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Domingo, 11 de diciembre de 2005

MúSICA > LOS WAINWRIGHT O EL ARTE DE LA TERAPIA MUSICAL

Una familia muy normal

Padre ultraviril, aristocrático y trovador. Madre etérea, pero estricta y exigente. Hijo gay, atormentado y sin pelos en la lengua. Hija confesional, relegada y astuta. Todos músicos y todos extremadamente talentosos. Y sin ningún pudor para diseccionar las miserias familiares en discos, canciones y entrevistas que van de la risa hilarante al llanto desgarrador. Por favor, no se pierda a los Wainwright.

 Por Mariana Enriquez

El melodrama comenzó en 1975, cuando Loudon Wainwright III grabó su disco Unrequited e incluyó, dedicado a su hijo, el tema “Rufus Is a Tit Man”, acerca de los celos que le provocaba el niño lactante: “Hijo, parecés tan satisfecho/ te envidio/ Poné a Rufus en la izquierda/ y poneme a mí en la derecha/ Como Rómulo y Remo/ chuparemos toda la noche”.

Las tetas en cuestión le pertenecían a Kate McGarrigle, entonces esposa de Loudon. Formaban el matrimonio bohemio soñado; vivían en Nueva York; él, trovador con influencias de Dylan, vástago de una aristocrática familia de la Costa Este –su padre era editor de la revista Life; su madre, una célebre instructora de yoga–; ella, una de las mitades del dúo folk canadiense Kate & Anna McGarrigle, nativa de Quebec, descendiente de una familia irlandesa tradicional. Aparentemente, Kate vio tocar a Loudon durante los intensos años de la escena folk de fines de los ’60, y supo que ese hombre que analizaba sus neurosis en cada canción sería el padre de sus hijos. La tempestuosa unión duró hasta el nacimiento de Martha Wainwright, en 1977. Para entonces la pareja se detestaba, Loudon partió a Inglaterra con otra mujer, y Kate se mudó a Montreal, a casa de su hermana Anna, con sus hijos, futuras estrellas pop. Angustiada y sola, escribió para Loudon “Go, Leave”, una canción que incluyó en su primer disco con su hermana, editado en 1976: “Vamos, andate/ Ella es mejor que yo/ O por lo menos es más fuerte.../ Vamos, andate/ No vuelvas/ Ya no estoy disponible/ Pero no puedo decir que el corazón no me duela/ Se está rompiendo/ Recuerdo los días en que nos reíamos mucho/ Nos sentábamos y hablábamos/ Hasta que las palabras salían de nuestros oídos/ Pero hace mucho tiempo/ Y aquí vienen las lágrimas...”.

“Mi primera cuna fue el estuche de una guitarra”, recuerda Rufus Wainwright, el primogénito. “No habían comprado una cuna y me pusieron ahí. Así era todo. Como es lógico, la separación de mis padres fue muy intensa, sobre todo porque eran personas muy creativas y competitivas... Fue un duelo de titanes. Pero ambos amaban la música del otro y se respetaban artísticamente, así que, aun cuando mi padre se fue de casa, escuchábamos sus discos.”

La dinastía McGarrigle-Wainwright, además de componer una familia musical tan talentosa que parece demostrar que el genio se hereda, son un caso insólito de disección pública de sus complejas relaciones; aquella cancioncita folk sobre el bebé Rufus en 1975 fue apenas el puntapié inicial de una historia contada en canciones hasta límites humorísticos o dolorosos, alternativamente. Y a eso se suma la sinceridad extrema de los herederos Rufus y Martha, que en cada entrevista hablan sobre cuán complejo puede ser pertenecer a una familia de artistas, sobre todo cuando papá es el irónico y casi cruel Loudon –un personaje ultraviril, casi hemingwayano, con veintiún discos editados y una participación en la serie MASH como el “cirujano cantante”– y mamá es Kate, etérea pero exigente, sobreprotectora y obsesiva.

EL PRINCIPITO

A los 32 años, Rufus no sólo es el mimado de los críticos sino el favorito de sus colegas, que en el reciente documental de Channel 4 All I Want que acaba de editarse en DVD lo ponen por las nubes como a pocos compositores tan jóvenes, y eso con tan sólo cuatro discos. Allí, Sting dice, por ejemplo: “Rufus está fuera del tiempo. Podría haber aparecido en cualquier época de la música y aun así sería esta voz única, que tiene algo diferente para decir”. Y Elton John, un fan confeso, declara: “Creo que Rufus es el mejor compositor del planeta. No tiene competencia”.

Elton John además admira la actitud de Rufus, un artista abiertamente gay que jamás se ocultó, ni siquiera en su primer disco. “Supe que era gay alos 14 años”, cuenta hoy. “Estaba poseído por la necesidad de sexo. Pero, por otro lado, era una necesidad de algún tipo de figura masculina en mi vida en general, porque estaba viviendo con mi madre y mi hermana, y no encontraba a un hombre que me orientara en la vida.”

A papá Loudon estas declaraciones le caen espantoso, en parte porque aduce que Kate fue la culpable de su distanciamiento con los chicos, y en parte porque a un pedazo de macho heterosexual como él le molesta, a pesar de sus credenciales de progresismo y corrección política, un hijo tan fuera del closet y tan extravagante como Rufus. En 1992, cuando Rufus era un adolescente salvaje e ingobernable, le escribió “A Father and a Son”: “¿No podés ver que estoy triste?/ Quiero que seas como yo/ Los chicos crecen para convertirse en hombres/ Y después los hombres se vuelven a convertir en niños/ Estás empezando y yo estoy declinando/ ¿Y esta ciudad no es lo suficientemente grande para los dos?/ Cuando tenía tu edad, creía que odiaba a mi padre/ Y que el sentimiento era mutuo/ Nos peleábamos día y noche: yo siempre estaba equivocado, él siempre tenía razón/ Pero él tenía el poder y necesitaba ganar.../ Ahora se trata de vos y yo/ Y es un juego diferente, aunque no es nuevo.../ A lo mejor es poder y presión/ A lo mejor es odio, pero probablemente sea amor”.

A pesar de que fue Loudon el que llevó los demos de su talentoso hijo a las discográficas, y en definitiva el que le consiguió un contrato con el sello Dreamworks, la competencia entre ambos supo ser –y presumiblemente sigue siendo– feroz. Entre otras cosas, Loudon se niega a hablar sobre su hijo con la prensa. No lo hace nunca. Sólo cedió una vez, cuando aceptó posar junto a Rufus para Rolling Stone, una sesión de fotos que provocó la última y más espectacular pelea padre-hijo. Aparentemente tras las fotografías partieron a tomarse unos tragos, y Rufus irónicamente le dijo a papá: “Llegaste a Rolling Stone gracias a mí”. No se hablaron durante años. Mientras tanto, Rufus escribió, al piano, la trágica balada “Dinner at Eight” incluida en Want One: “No importa lo fuerte que seas/ Voy a derribarte con una pequeña piedra/ Te voy a quebrar/ para ver si realmente significás algo para mí/ La cena a las ocho estuvo bien hasta el brindis lleno de culpas/ Hasta que esas revistas viejas/ nos hicieron pelear otra vez/ La verdad es que fui yo el que empecé, una vez más/ Pero, ¿por qué siempre soy yo el que se tiene que ir?/ ¿Por qué siempre me echás/ cuando de hecho fuiste vos el que/ mucho tiempo atrás, mientras nevaba/ me dejaste?/ Dios eligió un lugar para nosotros/ en algún lugar cerca del fin del mundo/ cerca del fin de nuestras vidas/ Pero hasta entonces, papá, no te sorprendas/ si quiero ver lágrimas en tus ojos”.

Rufus se la mostró a su padre, y le dijo que si le molestaba, porque era muy impiadosa, no la editaría. Loudon le contestó: “Rufus, yo escribí canciones sobre mucha gente. Y lo que sea que digas, probablemente me lo merezco”. Misión cumplida: cuando la canción terminó de sonar en el living de Loudon Wainwright III, el gran hombre terminó llorando.

La reconciliación también fue pública. Rufus invitó a su padre a subir al escenario durante un show suyo junto a Elton John. Elton había proclamado a los cuatro vientos que, cuando era joven, estaba terriblemente enamorado de Loudon, al punto de tomarse helicópteros para ver sus shows. A instancias del hijo, un quejoso pero sonriente Loudon aceptó un beso en los labios de Elton, y la fotografía fue publicada en todas partes. Después, Rufus se internó en una clínica de rehabilitación por su adicción a la metadona cristalizada y otras sustancias, habló de papá en las sesiones, después lo visitó, y al llanto de rigor le siguió una participación de ambos en El aviador, la película de Martin Scorsese. Los dos interpretan a diferentes cantantes de la orquesta Cocoanut Grove, y Martha Wainwright también aparece, como corista.

Aunque Rufus nunca se peleó con su madre, ella no escapa a su incisiva pluma. Kate es su musa, pero también la madre siempre insatisfecha: “Nunca quise/ nunca tuve/ tu marca de belleza/ A mí me gusta Callas/ Vos preferís a Robeson cantando ‘Deep River’/ No soy tan masculino/ Pero sé que me amas/ Aunque nunca tuve tu marca”, le canta en “Beauty Mark”, de su disco debut. Kate confiesa que, cuando Rufus le contó que era gay, ella perdió el control –a pesar de ser una madre hippie permisiva– y, llorando, subió las escaleras del Sacre Coeur en París, como para llevar el drama a su pico máximo. Después se le pasó. Hizo falta que Rufus tomara todas las drogas posibles para que Kate reconociera que su hijo estaba en problemas. En “All I Want”, Rufus confiesa haberse inyectado en armarios, y recuerda los días de sexo anónimo en habitaciones cerradas recargadas de drogas. Y aun así, Kate, muy negadora, muy suelta de cuerpo, dice: “Creo que iba a muchas fiestas porque le gustaban. Y te metés en esas cosas difíciles de dejar. Pero él nunca faltó a un show. No lo hacía para autodestruirse. Nunca me preocupé en serio por él, porque tiene sentido común. Nunca se hizo mierda. No tiene mecanismos de fracaso”.

Mamá, claramente, es dura. Cierto que ser madre de Rufus debe ser complicado: hace un mes, en su show en el Central Park de Londres, abrió diciendo: “La última vez que estuve aquí tenía catorce años y me violaron. ¡Qué regreso!”.

Para Martha también es una carga porque, según ella misma dice, “siempre soy la segunda. La que menos llama la atención, la menos reventada, la menos famosa. Aunque no estoy segura de ser la menos talentosa”.

LA PRINCESA

Martha Wainwright acaba de editar su primer disco, que sólo lleva su nombre. Es una verdadera joya, que puede definirse como country-folk, pero de verdad desborda el género. En cualquier caso, y esto es muy sorprendente, no se parece en nada –ni en letras, ni en climas, ni en instrumentación– al barroco pop con influencias clásicas de su hermano. Los hermanos no pueden ser más diferentes, además. “Crecí con mi madre, mi hermano, mis tías y primos en Canadá; la casa estaba siempre llena de gente. Tenía que encontrar refugio en algún lado, porque Rufus se la pasaba golpeando el piano y cantando a todo pulmón. Era insoportable.” Pero es pura ironía, porque Martha adora a su hermano, para quien tocó la guitarra e hizo coros durante años, hasta que decidió lanzarse como solista a los 29 años. Con papá la relación es más compleja: “El es un hombre que se dedicó a escribir canciones sobre sus hijos en vez de criarlos”, dice. No le debe haber gustado nada que Loudon lanzara su nuevo disco, Here Come The Choppers!, el mismo día que ella editó su debut, hace cuatro meses. Claro que la venganza a la inefable competitividad de papá viene en forma de una canción llamada “Bloody Mother Fucking Asshole”: “No tenés idea de lo que es estar solo, en tu casa/ Con el maldito teléfono y tu madre deprimida/ En tu habitación/ Parada sobre tu cabeza, acariciándola/ No voy a fingir/ No voy a sonreír/ No voy a decir que todo está bien con vos”.

Si Rufus tiene un mundo propio, de decadencia y príncipes rebeldes y noches en la ópera, Martha es confesional en un sentido mucho más clásico y directo. Ambos son terriblemente honestos, de maneras muy distintas. Canciones como “TV Show” son conmovedoras, y de lo más sencillo y desgarrado que una mujer haya escrito jamás: “No soy tan buena amante/ Soy mucho mejor conversadora/ Así que cuando me tocás ahí/ tengo miedo de que veas/ no la forma en que no te amo/ sino la forma en que no me amo a mí misma/ Y hay cosas estos días/ que te ayudan/ Como la comida y la salud y el miedo/ Pero yo prefiero la cerveza”. La voz de Martha es misteriosa, dulce, pero nocturna; sugiere bares de madrugada, noches sin dormir. Ella es la chica más callada y astuta de la dinastía, la que, si hicieran una sitcom, sería Lisa Simpson. En su primer EP, lanzado en 1999, le escribió a Rufus el tema “Laurel & Hardy”: “Siempre fuiste el orgullo de la familia/ Y eras tan flaco/ Siempre quise que me entraran tus pantalones, en más de un sentido/ Siempre tan fotogénico/ Por lo menos tenés mala suerte en el amor”. Y es la única que se atrevió a grabar con su temible padre en 1995 el tema “Father/Daughter Dialogue”: “Querido papi, con tus canciones, ¿esperás corregir tus errores?/ Todas tus hijas y tu hijo tenemos los hechos y hemos concluido/ en que básicamente nunca estás presente/ Sentimentalmente/ le cantás a mi hermano sobre padre e hijo/ cuando todo lo que hacés es huir de él/ Creés que está bien/ cantar sobre lo que no hablás”.

Lo insólito es que esta letra no es de Martha: es de Loudon.

A diferencia de Rufus, Martha es muy tímida en vivo. “Si no estoy en un día extrovertido –dice–, no finjo. No me importa mostrarme vulnerable.” Sus influencias musicales también son diferentes: le gusta el punk rock –hay algo punk en sus canciones, no musicalmente, pero sí en la actitud– y está entusiasmada con bandas como The Killers o Franz Ferdinand, que probablemente su hermano nunca escuchó y mucho menos sus padres. Y si Rufus usa máscaras y una lírica compleja para expresar sentimientos, Martha es la frontalidad encarnada: “Creo que mi destino es desangrarme frente a la gente. Es importante desnudar tu alma, especialmente si la gente sobre la que cantás está en el show. Y eso me pasa mucho”. Sus canciones de desamor son mil veces más impactantes que las de su madre. En la hermosa y desgarrada “Ball & Chain”, canta: “Sí, las tetas de ella están menos caídas que las mías/ Y su cintura no tiene restos de azúcar/ Me dijeron que también sabe leer y escribir/ Y está logrando un diploma en cogerte/ La psicología sexual es más fácil que la filosofía/ Y mucho más que la química/ ¿Dónde está mi química?/ ¿Por qué siempre me pasa lo mismo?/ ¿Por qué?”.

A esta altura, el disco de Martha es uno de los mejores del año, quizá sólo comparable a Extraordinary Machine de Fiona Apple, y quizá bastante más interesante. Y Rufus, con su gira europea totalmente agotada y una reverencia generalizada, ya es mucho más famoso que su respetado padre. Pero, a pesar de los mimos de la crítica y los fans, no bajan los decibeles de la exposición. “Somos bocones por naturaleza –explica Martha–, a veces a pesar nuestro. Muchas veces pienso que sería más sano hablar, ¿no? Pero cuando nos vemos para las Fiestas, no decimos nada. Y después salen estas canciones terribles. No sé si hay un techo. Es una especie de destino.”

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