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Domingo, 27 de agosto de 2006

MúSICA > NACHO VEGAS, CANTAUTOR ROCKER Y ESPAñOL

Viva Vegas

A medio camino entre la intensidad de Enrique Bumbury y la ductilidad de Andrés Calamaro, Nacho Vegas es la gran revelación del rock independiente español. Cantante de bar apasionado y narrador, trágico y entusiasta a la vez, su tercer disco solista, Desaparezca aquí, acaba de ser editado en la Argentina y merece una presentación en sociedad.

 Por Mauro Libertella

Quienes escucharon a Nacho Vegas en su primer disco cantar “escogí la enfermedad y escogí el frío” entendieron que estaban frente a un artista oscuro y visceral escondido bajo la fachada engañosa de la canción de amor. Con el tiempo, sus siguientes discos fueron armando una constelación extraña pero absolutamente necesaria y, con sólo tres álbumes solistas, Nacho Vegas logró devolverle al rock español algo que hace tiempo parecía haber perdido.

Pero Nacho Vegas no es sólo un gran músico. Durante los últimos quince años se ha dedicado a arrojar tajantes esquirlas al anquilosado underground que había dejado la España de los ’80. Primero con su banda debut, Eliminator Jr., y un poco después, ya entrados los noventa, como líder de Manta Ray. Vegas parece ser de aquellos artistas que estuvieron en el momento justo en el lugar indicado. La década del ’90 hizo temblar el suelo sobre el cual la cultura indie rock española estaba cómodamente dormida, y algunos grupos como Los Planetas, Australian Blonde y Penélope Trip armaron el rompecabezas de una escena en donde Nacho Vegas se supo mover con elegancia. Pero después de una década excesiva y opulenta, el milenio cortejaba su fin y Vegas tomó la decisión luminosa de probar como solista. Sobre eso diría: “Cuando tomé la decisión de dejar Manta Ray para hacer el primer disco estaba escuchando el Blonde on Blonde de Bob Dylan. Estaba así, con los auriculares a la noche en la cama, y simplemente lo decidí”.

Entonces llegó Actos inexplicables y los primeros fanáticos contuvieron el aliento. Algo estaba pasando. El primer disco lo muestra tanteando en lo sinfónico y los excesos de orquestación, pero también desnudo en toda su rudeza, en su salvaje precariedad. Allí se inicia una infinita cadena de aparentes contradicciones que marcan y definen el estilo de Vegas: el minimalismo en el pulmón de la megalomanía, el manejo acústico de una guitarra suciamente distorsionada, el juego de luces y sombras que lo convierte en un maestro del claroscuro. Quizá por eso su máximo logro sea haber fabricado un puñado de canciones raras y complejas pero siempre amables y peligrosamente adictivas. Como letrista, Nacho Vegas es un disparador de sentido, pero también es un gran narrador. Lo avala su formación literaria –estudió Filología española–, y está marcado por una extraña obsesión por Bret Easton Ellis, autor de American Psycho (El fanatismo llevó a Vegas a prologar el último libro de Ellis y a presentar la última novela del autor americano en Madrid hace algunos meses).

Muchos dijeron que el disco debut de Vegas era la primera pincelada de un tapiz incierto, estructurado como viaje de ida hacia un lugar cualquiera. El segundo disco, el doble Cajas de música difíciles de parar, lo confirmó. Se trataba ya de un artista voluntariamente arrojado en el ojo de un huracán de canciones, en una búsqueda lunática por atrapar el hecho estético. El resultado es un disco doble de lenta degustación como testamento y epitafio de aquellos años anfetamínicos. Una experiencia quizá comparable con la de Andrés Calamaro en Honestidad brutal. Es como si el camino que un músico hace en una década, Vegas lo hubiera recorrido en sólo tres años. Y allí están, como en un calidoscopio que conjuga y desfigura, todas las influencias de Nacho Vegas: la lírica opaca y ensimismada de Leonard Cohen, la épica trascendental de las sombras de Nick Cave, el susurro autobiográfico en voz baja de Nick Drake, la escisión del abismo entre literatura y canción de Bob Dylan y, más acá en el tiempo, los grupos de la escena norteamericana del New Folk como Smog o Will Oldham, pero también el último Johnny Cash.

El último salto al abismo de Nacho Vegas fue Desaparezca aquí, su tercer y mejor disco, que por estos días se edita en Argentina. Son diez canciones refinadas y expresivas, como la gran “El hombre que casi conoció a Michi Panero”, “Maravillas de la condición humana” o “La noche más larga del año”, pero también de una claustrofóbica furia eléctrica, como en la épica “Ella me confundió con otra persona”. La banda de Vegas, Las esferas invisibles, suena muy bien aquí, y no es imprudente acercarlos a los Bad Seeds de Nick Cave en alguno de los últimos discos del australiano, sobre todo en No more shall we part. La tapa de Desaparezca aquí también nos dice mucho: un primer plano de un hombre entrando en sus treinta años, con la cara mitad iluminada, mitad perdida en la negrura. Quizás esa sea la imagen más elocuente de Nacho Vegas, un músico que ha quemado las barcas por la música y que ahora no nos deja más opción que esperar de él grandes discos. En los próximos meses aparecerá un álbum suyo junto a Enrique Bunbury, el doble El tiempo de las cerezas, una colaboración que ya había sido anticipada en Freak Show, el último disco del ex Héroe del Silencio, un registro de una gira circense y con amigos –a lo Rolling Thunder Review de Dylan–, de la que Nacho participó y en la que incluso registró un tema propio: “Gang bang”. A dúo con Bumbury, Vegas probará decir lo suyo en las salas del mainstream y las multinacionales, un fuego en el que hemos visto a muchos quemarse. Veremos.

Por lo pronto su extraña prédica, diseminada en un puñado de canciones raras y sumamente actuales —porque Vegas no es un revival, es sin dudas algo nuevo—, empezará a desparramarse tímidamente por estas costas con la flamante aunque tardía edición local de Desaparezca aquí. Cuando su voz suene un poco más fuerte e inunde nuestras radios, esperemos que Nacho Vegas siga tan afinado y tan ásperamente desafinado como hasta ahora.

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