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Domingo, 12 de agosto de 2007

TELEVISIóN > LA ESCUELA VUELVE A LA PANTALLA, ¿PARA QUé?

Hace unos años, los programas de preguntas y respuestas fueron barridos de la pantalla por otros más ajustados a la realidad: lo que se premiaba era el azar en la ruleta, la velocidad con un pulsador o la osadía en las apuestas. Ahora, en medio de bailarines, grandes hermanos y soñadores, se atisba el regreso de la cultura general aprendida en la escuela. Pero ya no como tragedia, sino como burla.

 Por Hugo Salas

Desde hace tiempo ya, con el exitoso Trato hecho y otros por el estilo, distintos mecanismos de eliminación (el maletín, la ruleta, el pulsador) han ganado terreno en los programas de concursos sobre la vieja vara de la cultura general. Fue una de las tantas muestras de sinceridad brutal a las que la caja nada boba –como un preclaro espejo– nos tiene acostumbrados, del mismo modo que los Bailando y los Cantando se encargan noche a noche de hacer explícito el verdadero lugar de la solidaridad y la beneficencia en la pantalla. En un espacio social dominado por lógicas arbitrarias y crueles de exclusión, el saber ya no vale dinero (es decir, no vale nada). El imbatible ha perecido bajo El circo de las estrellas y, en la pulseada, Gerardo Sofovich quebró a Pancho Ibáñez, relegado definitivamente al único lugar de provecho que el magma catódico puede encontrarle: respaldar productos lácteos de aquí a la eternidad.

En semejante panorama, parecería contradictorio que América saque al aire un ciclo diario como ¿Sabés más que un chico de quinto grado?, en el que un adulto acumula dinero a fuerza de responder preguntas de primaria auxiliado por un grupo de confiados nerds de diez años, bajo la mirada de una maestra cómplice y amablemente irónica (impecable el personaje de Andrea Frigerio, una belleza demasiado elegante para los tiempos que corren). ¿Será que el conocimiento vuelve a encontrar un lugar en la pantalla, que de nuevo vale algo, o será que la propuesta atrasa? En realidad, ni lo uno ni lo otro; ¿Sabés más que un chico de quinto grado? lleva las cosas un poco más allá y postula, de un modo paradójico si se quiere, la inutilidad de la escuela en el mundo contemporáneo.

Ocurre que toda la gracia del programa –un formato importado de Estados Unidos y respetado al pie de la letra (salvo por el premio, un millón de dólares contra los cien mil pesos locales, y el interesante giro que le aporta al papel del conductor la versión local)– consiste en demostrar que los participantes, adultos profesionales, siempre de clase media (como corresponde), “no saben más que un chico de quinto grado”; vale decir, que no recuerdan los contenidos de los libros de texto. En una sociedad donde todavía tuviera algún valor el viejo paradigma del hombre ilustrado, esto desnudaría la crisis de la “cultura general”, pero en una sociedad como la actual, donde el valor está dado por la inserción laboral o más crudamente por el acceso al consumo, que adultos productivos no recuerden o ignoren esos contenidos tiene el paradójico efecto no de desautorizarlos a ellos, los adultos (como parecería buscar el programa), sino a esos saberes... por inútiles.

Así, en esta mirada que supuestamente la celebra, la escuela se convierte en un lugar donde se difunden y aprenden datos superfluos, totalmente alejados del mundo real, con el único propósito de que los chicos se entretengan. Sus nerds tan confiados, tan sonrientes, “saben” de geografía, historia, lengua o lo que fuera (reducidas siempre a un catálogo de ríos, batallas o reglas ortográficas ignotas) del mismo modo que podrían “saber” de Pokémon, 100% lucha o Casi ángeles, como una serie sistemática de pormenores absolutamente irrelevantes en el mundo adulto. Lejos de reivindicar la cultura general, ¿Sabés más que un chico de quinto grado? demuestra en la práctica que las preguntas y respuestas pueden regresar a la pantalla no porque el saber vuelva a tener valor, sino porque se han convertido en un mecanismo de timba tan azaroso como la ruleta, los dados o el maletín.

No es el único caso. Algo parecido puede verse en El último pasajero, aggiornado sucedáneo de Feliz domingo producido por Telefé. Hasta el año pasado, tres cursos, formados en hilerita, respondían preguntas. Cada vez que la respuesta era correcta, un pasajero subía al micro y el curso podía responder otra; de ser incorrecta, el turno pasaba al equipo siguiente. El juego terminaba cuando uno de los grupos subía todos sus pasajeros. Ese grupo elegía entre dos llaves (una encendía el micro, la otra no); para los demás, las opciones se multiplicaban en función de la cantidad de los que hubieran quedado abajo (de ser cinco, por ejemplo, elegían entre seis llaves). El curso que elegía la llave correcta se iba a Bariló. Obviamente, casi siempre ganaban los que más “sabían”. ¿Qué pasó? Debido a los errores de los participantes, el programa se hacía eterno, a pesar de que prontamente las preguntas del estilo “¿Cuál es la provincia del país con mayor población?” o “¿Cuál de estos huesos no corresponde a la pierna?” fueron reemplazadas por otras como “¿A qué hora emite Telefé el noticiero de las ocho?” o “¿Cuántas patas tiene un cuadrúpedo?”.

El último pasajero optó entonces por una decisión radical: los grupos contestan durante un determinado lapso. Cuando el reloj llega a cero, se cuenta cuántos pasajeros no logró subir cada curso y un escribano les asigna las respectivas llaves (por ejemplo: ocho, once y catorce). De este modo, las preguntas y respuestas mantienen aún un muy relativo impacto en el margen de posibilidades, pero ganar, en última instancia, es pura cuestión de suerte (casi tanto como contestar correctamente o no). Todo ello, por si fuera poco, después de un juego (el de “desnudar” a las azafatas) y dos prendas (el beso, el corte de pelo) claramente sexistas, que terminan de poner las cosas en claro: la televisión no es un lugar para saber, la televisión es un lugar donde los chicos manejan, toman decisiones, juegan, las chicas se dejan –desnudar, cortar el pelo– por el bien del grupo y el contacto erótico es estrictamente heterosexual. A fin de cuentas, la tele –siempre se cansó de decirlo– es como la vida misma.

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