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Domingo, 30 de marzo de 2008

NOTA DE TAPA

El’75

Cuando hace unos años los archivos fotográficos de La Razón, Tiempo Argentino y El Cronista Comercial fueron tirados a la basura, la Asociación de Reporteros Gráficos de Argentina los rescató. Pero como si salvar esa riqueza documental no fuera suficiente, entre las pilas de papeles aparecieron sobres repletos de un material inesperado: prontuarios, informes, comunicados de prensa y fotos de armas, casas allanadas y personas detenidas, golpeadas y luego desaparecidas. Todo, fechado en 1975. Todo, material que la policía repartía a los medios para informar sobre la “actividad subversiva”. Hoy, todo eso, parte de la muestra Archivos incompletos, aporta información sustancial sobre la actividad ilegal de las fuerzas del Estado antes del golpe, la planificación del terrorismo de Estado y el borramiento de la historia previa al ’76.

 Por Hugo Salas

La dictadura que gobernó a sangre y fuego el país entre 1976 y 1983 es responsable de más de un vacío. El vacío de cada una de esas personas que hoy deberían estar y faltan, el vacío de las discusiones políticas, condenadas a girar hasta el absurdo en los límites de un liberalismo aviesamente chato, un innegable vaciamiento económico –que, merced a la colaboración de la sucesión democrática, significa aún hoy la vida en la miseria para millones– y también un vacío histórico: el total borramiento de la historia de las organizaciones armadas antes y durante lo que ellos llamaron el Proceso de Reorganización Nacional. En más de un sentido, el interés por mantener vivo el recuerdo del criminal accionar de las Juntas ha contribuido a difuminar la historia, los pormenores y las contradicciones del principal objeto de su encono (vicisitud que, desde hace unos años a esta parte, comienza a ser aprovechada, de manera perversa, por los grupos de derecha que demandan una “memoria completa”).

Allí, justamente, radica el interés de Archivos incompletos, muestra inaugurada por la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (Argra) el 24 de marzo pasado, donde puede verse material sobre tres organizaciones armadas de las que poco suele escucharse (y mucho menos verse): el Ejército Guerrillero del Pueblo, las Fuerzas Argentinas de Liberación y la Junta Coordinadora Revolucionaria (de la que formaba parte el ERP). Con una peculiaridad; estas fotos no han sido tomadas por fotoperiodistas, tampoco por fotógrafos aficionados, ni por miembros de los propios grupos, sino por las “fuerzas del orden”, que luego las enviaban a los diarios, donde eran diligentemente publicadas. Cómo estas fotos de prontuario y difusión antisubversiva llegaron a la Fototeca de Argra, desnuda en parte el sutil proceso de destrucción generalizada de la historia.

Izquierda: Según consigna la información policial, esta valija de doble fondo habría sido encontrada en poder de las hermanas Graciela y Sandra Alvarez Daisson al momento de su detención, el 31 de marzo de 1977. Ambas continúan desaparecidas.
Derecha: “Bibliografía subversiva”: abajo de todo asoma El Capital en dos tomos.

LA CAMARA DELATORA

“Al venderse La Razón, hace casi diez años ya, gran parte de su archivo fotográfico fue a parar a la calle”, comenta Inés Ulanovsky, desde el año pasado a cargo de la Fototeca de Argra junto a Lucila Quieto. “En ese momento, alguien informa telefónicamente lo que acaba de ocurrir y el entonces presidente de Argra, Osvaldo Baratucci, va con una camioneta y carga todo lo que encuentra: bolsas de residuos y cajas, dentro de las cuales había distintos sobres con membrete. Tiempo después, lo mismo estuvo a punto de pasar con el archivo de El Cronista Comercial, que a su vez se había quedado con el de Tiempo Argentino, pero en esa oportunidad se rescató antes de que fuera a dar a la calle.”

Desde entonces, las cajas y bolsas permanecieron a buen resguardo, pero cerradas, hasta que el año pasado Ulanovsky y Quieto se hicieron cargo de la coordinación de la Fototeca. Durante los primeros meses de trabajo, cuentan, todo fue abrir cajas y sobres y visualizar: qué tenía cada foto, cuáles estaban identificadas al dorso y cuáles no, de dónde provenían. Así comenzaron a aparecer sobres que llevaban las leyendas “subversión”, “extremistas”, “allanamiento policial”, y que en su mayoría coincidían en la fecha: 1975. En ellos encontraron recortes periodísticos, prontuarios policiales, circulares de prensa oficiales y fotos, las mismas que hoy pueden verse expuestas en las paredes de Argra.

“En su mayoría –señala Quieto–, se trata de operativos realizados por la policía en 1975, vale decir en pleno auge de la Triple A. Son fotos de lugares allanados, como la imprenta y la fábrica de armas de la JCR o la cárcel del pueblo de las FAL, pero también de personas encarceladas, golpeadas, muchas de las cuales desaparecieron o fueron asesinadas poco tiempo después, durante la dictadura militar.” La muestra cobra así un efecto inquietante: el de desnudar la poca ruptura y mucha continuidad que hubo dentro de las fuerzas entre uno y otro momento; vale decir, que ya durante el gobierno de Isabelita se aplicaba el terrorismo de Estado, y que los datos así obtenidos fueron utilizados a mansalva durante los años siguientes.

Más que elocuentes, fotografías de algunos de los miembros de la JCR detenidos en 1975, tomadas en sede policial. El viernes 11 de abril, La Razón las utilizaría, con sus respectivos nombres, para ilustrar una nota a doble página con la volanta “8 hombres y 15 mujeres constituían una vasta organización extremista internacional”.

LA PRUEBA INVERTIDA

La investigación, dedicada a establecer en algunos casos qué había ocurrido con las personas cuyo nombre se indicaba al dorso de las fotos y en otros la identidad de los retratados, puso a las curadoras en contacto con el Archivo de la Memoria, cuyos responsables se sorprendieron del material, habida cuenta de lo mucho que cuesta conseguir pruebas de actividades represivas antes de 1976. Más tarde fue el turno del Archivo General de la Nación y del Equipo de Antropología Forense, que permitió completar la información que forma parte de la muestra, y a su vez sacó un beneficio: la foto de Luis María Aguirre, médico maoísta y dirigente de las FAL, asesinado en 1977 y la de su mujer, Lidia Marina Malamud de Aguirre, cuyas imágenes eran desconocidas.

“Cuando vimos el interés que despertaba –comenta Ulanovsky–, nos dimos cuenta de que no sólo era necesario rescatar este material sino también exhibirlo, sobre todo para hacer un llamado de atención: esto que hoy nos parece tan importante estuvo a punto de desaparecer, tirado en la basura. Entonces abrimos ese archivo, escaneamos todo, lo compartimos con las instituciones y la idea es dárselo a todo aquel que quiera tenerlo, que circule, porque es realmente impresionante. Sobre todo porque son fotografías tomadas por la policía. Desde lo fotográfico, justamente, es impactante: los detenidos acaban de caer, los llevan a una comisaría, los ponen contra un fondo blanco y les da de lleno un flash... un flash que, por otro lado, deja ver todo: cortes, golpes, lastimaduras. En algunos prontuarios, por ejemplo, algunos aparecen tapados del cuello hacia abajo por una frazada... Andá a saber qué había debajo de la frazada. Y no deja de ser curioso, a modo de reflexión sobre la fotografía, que el mismo medio que ellos utilizaban para registrar su accionar hoy para nosotros sea una prueba en su contra.”

Curiosamente, la atención y el cuidado que no ponían al fotografiar a los prisioneros aparece en las imágenes de los allanamientos, de los objetos, minuciosamente distribuidos en encuadres compuestos con obsesivo rigor. Algunas tomas, si uno olvidase su siniestra procedencia, incluso podrían parecer “lindas fotos”, con esa imparcialidad despiadada que tiene –como todas las máquinas– la cámara fotográfica. La cuestión del autor, sin embargo, queda fuera de los alcances de Archivos incompletos, como reconoce Ulanovsky: “Suponemos que ninguna de estas fotos fue tomada por un reportero gráfico. Tal vez sí, tal vez en algún caso el medio haya enviado un fotógrafo, pero en general creemos que casi todas son fotografías policiales”. Habrá que aceptar que la que exponen estas fotografías, entonces, es una curiosa poética policial.

5 de marzo de 1964: la foto más antigua. El día anterior, en el campamento La Toma, Gendarmería Nacional detiene a los integrantes del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), primera experiencia guevarista en la Argentina, que opera en la provincia de Salta entre mediados de 1963 y 1964. Junto a los militantes, caen detenidos dos agentes de la DIPA, infiltrados en el grupo. Así, en estas fotografías de la rueda de presos puede verse a Federico Frontini, el cubano Oscar del Hoyo, Alberto Castellanos y el infiltrado Víctor Eduardo Fernández, cuya identidad Gendarmería desconocía. Los tres primeros cumplieron cuatro años de prisión.

ARCHIVESE

“Cualquiera que hubiese abierto esas cajas se habría dado cuenta de que era un material valioso e importante –dispara Lucila Quieto–. Entonces, la pregunta es cómo y por qué llega a la basura, donde supuestamente habría de perderse.” “No es accidental –reflexiona Inés Ulanovsky–, y no pasa sólo con la fotografía. Todos sabemos que ATC borró la historia de la televisión, grabando una y otra vez sobre los mismos soportes, por ejemplo, y en general la Argentina es un país que tiene problemas con los archivos. Incluso en el uso cotidiano, cuando se dice ‘Archivalo’ no necesariamente significa que se trata de algo valioso que hay que resguardar sino más bien de condenar algo al olvido.”

En realidad, Archivos incompletos dispara múltiples preguntas, difíciles de responder. La primera, y más obvia, es qué tipo de material, similar, parecido o igual a éste, habrá en los archivos de los otros dos grandes diarios activos en la época, y por qué a ningún fiscal o juez se le había ocurrido, hasta ahora, solicitar su cooperación. Si las caras de “guerrilleros”, “subversivos” y “extremistas” conformaban el menú habitual de la indigesta noticia que circulaba en los ’70, ¿por qué no se le ocurrió a nadie echar un vistazo allí, justamente, a la hora de recabar información o incluso elementos probatorios? ¿Por qué esos diarios no investigan sus propios archivos? Y por otra parte, tratándose de información tan necesaria, tan acuciante, ¿es lícito esperar su decisión, su buena voluntad o que, en un descuido, la tiren a la calle?

Otra serie de preguntas atañe directamente a la práctica del periodismo en sí mismo. Mucho se ha hablado de su connivencia ideológica con el poder político en los ’70, de lo que se callaba, no se decía o no se publicaba (salvo honrosas excepciones). Hoy, sin embargo, las paredes de Argra permiten entrever una arista más compleja; en el modo automático e insensible en que estos diarios convertían la circular de prensa policíaca en noticia, había ya algo más efectivo y siniestro, pero sin duda menos silencioso, que la connivencia activa: se garantizaba, sin mediaciones, la difusión del discurso del poder. Que el periodismo medianamente sincero muere frente a la gacetilla, es una verdad de Perogrullo que no requiere de excesiva comprobación; entender hasta qué punto puede ser nociva y cómplice esa práctica deshonesta –que continúa extendida hoy en los más diversos ámbitos de la información–, es lo que permite entender hoy Archivos incompletos.

La muestra puede visitarse de lunes a viernes, de 12.30 a 18, en la sede de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina, Venezuela 1433.

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