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Domingo, 13 de julio de 2008

CINE > IFIGENIA EN LAS PAMPAS

Una tragedia argentina

¿Cómo adaptar Ifigenia en Aulide de Eurípides, con su guerra de Troya, Aquiles, Agamenón y Menelao, a un paisaje argentino y contemporáneo? Inés de Oliveira Cezar dio con una respuesta en Extranjera, una película tan libre como fiel, que cambia el camino a Troya por la aridez de Traslasierra.

 Por Juan Pablo Bertazza

Decir que Extranjera –la nueva película de Inés de Oliveira Cezar (La entrega, 2002 y Como pasan las horas, 2005), en colaboración con Sergio Wolf y Lamberto Arévalo en el guión– es una versión libre de Ifigenia en Aulide de Eurípides no tiene mucho sentido. ¿Versión libre con respecto de qué? ¿Era posible realizar hoy en Argentina una película “no libre” respetando la tragedia griega en su máxima pureza? Extranjera es, en todo caso, una versión necesaria, pero más en el sentido de ineluctable que en el de útil. La tragedia de Eurípides arrancaba con la desesperante inquietud de la noche que agudizaba el nerviosismo de Agamenón en el campamento de las tropas griegas camino a Troya. Según el oráculo, la diosa Artemisa sólo calmaría los vientos que impedían a los guerreros seguir viaje si Agamenón le entregaba en sacrificio a su propia hija Ifigenia. A partir de ese núcleo Eurípides va desenrollando las constantes idas y vueltas de los personajes en torno de esa extrema decisión. Arrepentimientos y contradicciones abundan en Ifigenia: Agamenón decidiendo, sin demasiada convicción, enviar a un mensajero para disuadir a su mujer Clitemnestra y a su hija de llegar al campamento con el anzuelo de un casamiento entre Ifigenia y Aquiles que él mismo había inventado; Menelao –hermano de Agamenón y responsable del conflicto con los troyanos por culpa de su mujer Helena– impidiendo que el mensaje llegue a destino para asegurar el sacrificio de su sobrina y luego, sí, reconociéndole a su hermano que, bueno, era un poco injusto que Ifigenia tuviera que pagar los platos rotos por un conflicto con el que no tenía nada que ver; Aquiles llenándose la boca defendiendo a Ifigenia, no en pos de la justicia sino por el rencor que le daba el hecho de que Agamenón hubiera tomado su santo nombre en vano y sin su permiso y, por último, el vuelco de la propia Ifigenia que, primero buscaba atarse como fuera a la vida y, enseguida y sin razón aparente, terminaba aceptando el designio de la diosa, a tal punto que el propio Aristóteles, en su Poética, se muestra fastidiado por ese cambio abrupto.

Evitando tanto el eurocentrismo como la deseuropeización, Extranjera lleva ese núcleo a la calma exasperante en un simbólico escenario de esa vieja problemática argentina que es el desierto pampeano (si bien la película no explicita su locación, hace sentir la indocilidad de las extensiones de Traslasierra, Córdoba, donde fue filmada). Un desierto azotado, en este caso, por una fuerte sequía que vuelve pastosas las bocas y, como consecuencia, genera indisposición al habla; de hecho, uno de los efectos buscados en esta película es la irritación que produce la falta de palabras, agudizada por ese molesto personaje del extranjero polaco (Maciej Robakiewicz) que parece tener algo importante para decir y se muestra insoportablemente tosco a la hora de hacerse entender. Por otro lado, la premisa de que la “fidelidad” iba a ser mayor cuanto más fuerte fuera la adaptación, es resaltada a partir del mimetismo de algunos animales –lagartijas, arañas, serpientes– con las grandes rocas montañosas que, en este caso, hablaría no tanto de la forma en que “debe” representarse a la naturaleza (la mímesis a la vieja usanza aristotélica) sino más bien de la forma en que “puede” adaptarse la tragedia griega.

Si Ifigenia en Aulide versaba sobre el poder y los terribles dilemas que debían afrontar los líderes, Extranjera traslada esa decisión fallida desde el vamos a una serie de personas aisladas inclusive de la misma idea de tiempo (la película termina con la siguiente cita: “Vivimos en el presente sólo por una cuestión de hábito”). Y en eso también hay, al menos, una búsqueda que escapa al simplismo. La bajeza que caracterizaba a casi todos los personajes de Ifigenia en Aulide –la cobardía de Agamenón, el egoísmo de Menelao, la arrogancia de Aquiles– es trasladada de una manera exquisita: dado que la parsimonia generada por tanto calor y sed opaca el móvil de los personajes a tal punto que resultan para el espectador algo así como jugadores de poker, su retorcimiento se mantiene gracias a que, en casi todas las escenas, ellos son mostrados de perfil, nunca de frente. Un perfilismo, podríamos decir, que habla tanto de la simulación como del secreto, y que llega al paroxismo en el final de la película con esa procesión de perfiles mirando la horca. Justo cuando la vieja catarsis trágica cede al chispazo que ilumina, otra vez, el problema también atemporal del desierto y sus desmesuradas extensiones.

Extranjera es de esas obras que parecen conscientes de poder causar rechazo, pero no por una intención romántica de no darle al público lo que espera, sino más bien por tenderle al espectador un espejo necesario (ineluctable), a partir de molestos personajes, versiones tan mestizas de esta tragedia en la que, ni siquiera, se pronuncian los nombres de Agamenón (Carlos Portaluppi), Ifigenia (Agustina Muñoz), Clitemnestra (Eva Bianco) ni Orestes (Agustín Ponce).

Extranjera se puede ver en el Malba los sábados de julio a las 20.15 y domingos de julio a las 18.45 y en el Gaumont todos los días a las 13.40, 15.15, 16.50, 18.25, 20.00 y 21.35.

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