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Domingo, 31 de agosto de 2008

UN ESCRITOR ELIGE SU ESCENA DE PELICULA FAVORITA: VICENTE BATTISTA Y EL PADRINO III, DE COPPOLA

El grito

 Por Vicente Battista

A la hora de hablar de cine hay muchas escenas para recordar. Por ejemplo, el cochecito del bebé rodando por las escaleras en El acorazado Potemkin, el crimen bajo la ducha en Psicosis, el cachetazo que Glenn Ford le propina a Rita Hayworth en Gilda. Pero no bien cierro los ojos y trato de evocar una escena, lo primero que aparece es esa secuencia previa al final de El Padrino III: veo las escalinatas del Teatro Massimo de Palermo, donde poco antes se ha ofrecido “Cavalleria Rustican”, y veo a la hija del último de los Corleone, en el preciso momento en que, sin comprender nada, cae muerta como consecuencia de un tiro que iba destinado a su padre. Hay exclamaciones y atrás se escucha una voz que anuncia: “Hanno ammazzato a Maria”, casi las mismas palabras del final de “Cavalleria Rusticana”, cuando la mujer del coro proclama: “¡Hanno ammazzato compare Turiddu!”. Trataré de explicar (y de explicarme) la razón de esa presencia recurrente.

La ópera se ocupó de echar por tierra todos mis conceptos de verosimilitud. Allá por los años ’50 mi padre solía llevarme a las funciones del Colón al aire libre. Desde mis escasos 10 años yo no entendía cómo esa mujer, excedida de peso, podía estar muriendo de tuberculosis y menos aún entendía cómo ese señor había sido capaz de enamorarse de esa corpulenta señora; aunque en rigor de verdad, también el enamorado y desesperado caballero parecía proclive a la buena mesa. Lo que veía en el escenario era difícil de aceptar y, sin embargo, por el solo efecto de la música y del bel canto, todo se hacía cierto; emocionante, hasta las lágrimas.

Eso fue lo que me sucedió la primera vez que vi El Padrino III, esa secuencia de El Padrino III, y continúa sucediéndome cada vez que la vuelvo a ver. Coppola congela el rostro de Al Pacino, lo deja con la boca abierta en un gesto que va de lo trágico a lo grotesco, hasta que de pronto estalla el grito, un grito de dolor y de indignación, un grito primario y ancestral, ese grito que estábamos esperando desde el mismo momento en que la joven María Corleone comenzara a bajar las escaleras rumbo a la muerte. Un grito que invariablemente nos llevará a las lágrimas. Sin duda, las mismas que yo solía ocultar en aquellas noches del Colón al aire libre, cuando Violetta moría en brazos de Alfredo.

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