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Domingo, 12 de octubre de 2008

PERSONAJES >PHILIPPE DE MONTEBELLO: 40 AñOS AL FRENTE DEL METROPOLITAN DE NY

Las paredes hablan

Phillipe de Montebello fue durante los últimos 40 años el director del Metropolitan Museum de Nueva York. Durante su gestión, el museo duplicó su tamaño, abrió galerías nuevas, popularizó la difusión del arte y se convirtió en la principal atracción turística de la ciudad; salió bien parado de una dura polémica sobre obras de origen dudoso, devolvió obras robadas a sus verdaderos dueños, y apoyó y criticó en partes iguales el arte contemporáneo. A los 72 años, y tras anunciar su retiro, el hombre que reinó mira atrás y adelante para hacer un balance de su legado.

 Por Jenny Comita

Philippe de Montebello, el hombre de la voz de terciopelo, el impecable director patricio del Metropolitan Museum of Art, rara vez aparece vestido en algo que no sea un traje, en cuya solapa lleva un pequeño broche rojo en forma de rosa. Obtenido en 1991, es la insignia de la Legión de Honor, una distinción otorgada a aquellos que han contribuido a la gloria de la República. Ya sea por haber escrito un best-seller, curado una enfermedad o dirigido un museo norteamericano que exhibe beaucoup de arte francés. Claramente De Montebello está orgulloso de su roseta: nació en Francia en el seno de una familia antigua y pudiente y, a pesar de haber vivido casi sesenta años en Nueva York, aún mantiene sus consonantes rodantes y su porte real de aristócrata galo. Pero debajo de su solapa, escondido de la vista, hay un objeto más humilde al que De Montebello está aún más apegado. “Esta es mi agenda”, dice introduciendo su mano dentro del saco y extrayendo un pedazo de papel que lleva impresas sus reuniones del día. “Esto –dice echándole una hojeada a través de unos anteojos con marco rectangular– provee de cierta estructura a la vida de uno. La idea de que me voy a levantar a la mañana y no voy a tener una de estas listas, me aterra.”

Es una realidad que De Montebello pronto va a tener que enfrentar. En enero de este año anunció su retiro del Met, que se hará efectivo el 31 de diciembre de 2008, cuando lo suceda Thomas Campbell, el actual curador de Escultura europea y Artes decorativas del museo. En los meses transcurridos desde el anuncio, el mundo de los museos ha estado ávido por saber quién lo reemplazará en su augusto puesto –una de las posiciones más poderosas del mundo del arte– y hasta el momento la junta directiva no ha encontrado una opción. Esto parece no preocuparle a De Montebello. No está particularmente apurado por irse. “Sospecho que será un momento difícil que me romperá el corazón”, dice desde su oficina en un perfecto día de junio, mientras la vista del Central Park compite en atención con un gran paisaje de Claude Lorrain sobre la pared. “Será como un divorcio. El museo ha sido mi amante durante cuarenta años y ahora la estoy dejando. O mi esposa ha sido mi amante y el museo, mi esposa. Creo que he pasado más tiempo en el museo que junto a mi esposa.”

Matrimonio o affaire -–cualquiera de las formas en las que él prefiera verlo-–, la relación de De Montebello con el museo empezó con un coup de foudre. Llegó como asistente en curaduría en 1963, directo del New York University Institute of Fine Arts, donde estaba terminando un doctorado. “No había aplicado para el puesto –subraya–, ellos vinieron a buscarme.” Y con la excepción de cuatro años estancado como director del Houston Museum of Fine Arts, De Montebello no paró de ascender hasta obtener su puesto en 1977.

Bajo el comando de De Montebello, el museo duplicó su tamaño, abrió una buena cantidad de nuevas galerías, en especial para arte griego y romano, y se convirtió en la atracción turística más importante de Nueva York (4,6 millones de personas lo visitaron el año pasado); además, cementó su reputación a los ojos del círculo internacional del arte como uno de los museos enciclopédicos más importantes del mundo. Quizá, lo más impresionante es que el museo adquirió unas 84.000 obras de arte durante el reinado de De Montebello, incluyendo obras de altísimo perfil como Campo de trigo con cipreses de Van Gogh y Estudio de una joven mujer de Vermeer. De esas, unas 300 serán exhibidas como parte de The Philippe de Montebello Years: los curadores celebran tres décadas de adquisiciones, una muestra celebratoria del pronto ex director que abrirá el 24 de octubre.

La muestra es un tributo adecuado para un hombre que se encuentra más feliz cuando está discutiendo -–muchas veces calurosamente-– los méritos de una compra o exhibición, a pesar de que en los últimos años su trabajo se ha convertido más y más en algo, según él, “administrativo”, con el foco puesto en los fondos, el presupuesto, los asuntos legales y los seguros. “Los curadores tratan con Philippe más íntimamente cuando hablan sobre adquisiciones o muestras”, dice Helen C. Evans, la curadora de arte bizantino del Met y organizadora de The Philippe de Montebello Years, a la vez que señala la rara habilidad del director para ver por sobre su propio gusto. “Ha fomentado la diversidad de gusto en su staff. Nunca ha limitado las adquisiciones a obras con las que a él le gustaría convivir. Esta muestra es una chance para reconocer eso.”

El reinado de De Montebello no ha transcurrido sin controversia, pero después todo, para mantener un puesto por más de treinta años sin levantar un poco de polvareda, uno debería estar en estado casi catatónico. Recientemente se encontró a sí mismo involucrado en un escándalo internacional que giraba alrededor de antigüedades robadas. Finalmente se llegó a un acuerdo en 2005, y el Met tuvo que devolver al gobierno italiano 21 piezas clásicas de proveniencia cuestionable, incluyendo el cráter de Eufronio, un bol griego de 2500 años que era el centro de la colección de arte clásico. Durante todo ese tiempo De Montebello nunca pidió disculpas por la manera en que el museo había adquirido las antigüedades, en ocasiones comprando piezas cuyos periplos del suelo a la vitrina de exhibición no podían ser rastreados claramente. “En el momento en que estos objetos fueron descubiertos –dice–, sus países de origen eran totalmente indiferentes a lo que tenían en la tierra y estaban demoliendo grandes templos para construir escuelas. Desde ese punto de vista, hicimos un rescate.”

Aunque supuestamente el estrés de las negociaciones con el gobierno italiano le terminó causando un ataque de nervios, ahora lo minimiza todo. “La mayoría de la gente –insiste– no le prestó demasiada atención a lo que decían los diarios. No les importaba. Quieren ver las antigüedades acá, y no ven por qué para ver arte griego o mesopotámico deben ir a Bagdad o Atenas o Roma.”

En el otro extremo de la línea del tiempo de la humanidad, De Montebello también ha generado controversia por su aparente indiferencia -–hasta desprecio–- por las obras de su era. En 1999, Rudolph Giuliani, entonces alcalde de Nueva York, amenazó con cortar los fondos del Brooklyn Museum of Art por considerar algunas de las obras expuestas en la muestra Sensation “cosas de enfermos”, y De Montebello escandalizó al mundo del arte al apoyarlo abiertamente. En una solicitada en The New York Times, dijo de la muestra: “Creo que el emperador está desnudo”. También aprovechó la oportunidad para declarar que la escultura “Tale”, de Kiki Smith, que representaba a una mujer en cuatro patas arrastrando excremento, entonces en exhibición en el Whitney, era “desagradable, y carente de toda factura o mérito estético”. Sin importarle que muchas de las obras de Smith pertenecían ya a la colección permanente del Met.

Cuando se le pregunta si desde entonces ha hecho las paces con el arte contemporáneo, sólo dice: “Me interesa intelectualmente”. Y después rompe en una sonrisa de labios apretados que deja en claro que está mordiéndose la lengua. Sus explicaciones de por qué el museo ha incrementado su programa de arte contemporáneo y moderno es más elocuente: “Estamos haciendo más en contemporáneo, moderno y fotografía porque nos hemos dado cuenta de que contamos con un público que tiene una educación general muy baja. La mayoría de la gente que entra a una sala de arte budista no tiene ni idea acerca de quién es el dios o la diosa o cuál es la diferencia entre budismo y zoroastrismo. Se paran en frente a una pintura barroca que representa los doce trabajos de Hércules y apenas saben qué es. Para la mayoría, Hércules es un producto de limpieza. Con el arte moderno o contemporáneo no se necesita conocimiento de mitología o de la Biblia o del Corán, lo que francamente es triste”.

Este tipo de charla no le ha ganado muchos amigos a De Montebello. Pero George Goldner, el encargado del departamento de dibujos y grabados del museo, señala que De Montebello es director del Met, no del Dia Art Center. Por lo cual no hay por qué esperar que se conmueva con todo lo que exhibe el museo. “Sé que ha sido criticado por los militantes de lo contemporáneo que insisten en que todos deben adorar el arte contemporáneo como un principio religioso. Obviamente si él fuera el director de un museo contemporáneo eso sería un problema, pero no lo es. ¿No es suficiente que lo apoya dentro de su museo?”

Tanto que uno de los artistas que recientemente tuvo una muestra individual en el Met describe a De Montebello como “bastante agradable. Pareció gustarle mi obra y sonrió. Realmente fue amistoso para un tipo que se llama Phileeeeeeep de Montebellooooo”.

El nombre, por supuesto, puede ser imponente –-aunque no tanto como la versión completa: Guy Philippe Lannes de Montebello–- y el aplomo de De Montebello junto a su persistente formalidad hacen poco para suavizar su imagen como Rey Philippe, Gobernador de los Snobs. Cuando anunció su retiro, la New York Magazine preguntó en su titular: “¿Quién es lo suficientemente snob para reemplazar a Philippe de Montebello?”, y siguió con una lista de potenciales nombres elegidos mediante una escala de esnobismo llamada el esnobmetro (Neil MacGregor, el director del British Museum recibió el primer puesto, en parte porque la revista encontró una foto de él apuntando a una pintura con su meñique).

Elitista es una etiqueta que De Montebello acepta aunque rápidamente señala que su definición de “elite” tiene mucho que ver con el mérito y poco con si uno desciende, como él, por un lado del Marqués de Sade y por el otro de uno de los generales favoritos de Napoleón. “La elite se refiere a una categoría de personas que han hecho una decisión consciente por mejorar”, dice. “Todos respetamos a la gente que da lo mejor de sí, gente que quiere progresar y tendemos a despreciar a aquellos que no. A esas personas que tienen un comportamiento perezoso, una mente haragana que no deja una contribución a la humanidad.” Para su mente, el mismo acto de pisar un museo convierte a uno en un elitista. Porque representa una decisión por educarse. Hace un tiempo, estaba dando una charla a un grupo de pasantes de verano cuando uno de ellos le preguntó qué estaba haciendo el museo para combatir el elitismo. De Montebello recuerda haber respondido: “¿Dónde están tus amigos? Probablemente a la salida de un kiosko tomando cerveza. Pero vos elegiste venir acá durante el verano y aprender sobre grandes obras de arte. Eso te convierte en un elitista. Viniste con la intención de progresar, eso es ser elitista. ¿Debes pedir disculpas por eso?”.

A pesar de su reputación de hielo, De Montebello –que tiene una esposa hace 47 años, Edith, tres hijos y cuatro nietos– tiene un sentido del humor casi colegial. Cuando se le pregunta qué hace para divertirse, por ejemplo, pregunta: “¿Eso se puede publicar?”.

“No es un snob, de ninguna manera”, dice un miembro del staff. “Obviamente tienen opiniones sobre qué es apropiado hacer en un museo y qué no, pero siempre son desde el punto de vista de: ¿estamos desarrollando la misión del museo? Cree fuertemente que hay pocos lugares en el mundo donde uno puede estar en presencia de gran arte y quiere preservar eso para el público.”

Pregúntenle a cualquiera en el mundo del arte y le dirán que, en ese sentido, ha hecho un muy buen trabajo. Tom Freudenheim, director del Baltimore Museum of Art y de la London’s Gilbert Collection, ha conocido a De Montebello desde que eran compañeros de estudios. “Philippe instintivamente reconoció que no sólo las obras que están en el Met son tesoros sino que la institución en sí es un tesoro. Y que era un lugar importante con el que podía jugar un poco pero no arruinar. Y no lo ha hecho. Todo lo contrario. El Met que Philippe va a dejar es un museo aún más importante que el que heredó, y eso es algo muy difícil de lograr en este clima: cuando todos están intentando hacer que las instituciones desciendan al denominador común más bajo. El ha encontrado el balance perfecto entre seriedad y pop, algo que, en un punto, nadie más ha logrado hacer.”

¿Entonces por qué retirarse ahora? A pesar de dos rodillas de titanio, a los 72 años De Montebello aún juega al tenis cuatro veces a la semana, “y sólo juego singles, con lo cual cuando juego, realmente juego”, señala. La edad, por supuesto, es un factor. “A los 72 años un hombre no puede estar planeando lo que el Met debe hacer para los próximos 25 años. Es porque sé que no tengo mi dedo sobre el pulso de lo último que creo que alguien que sí lo tenga debe tomar el timón.” Y además, dice que no está particularmente interesado en planes a futuro. “Estoy más interesado en la reflexión. Quiero pensar sobre lo que he hecho y por qué. ¿Qué es realmente un museo? ¿Es un museo útil en el mundo de hoy?”

En un intento por responder a esas preguntas, De Montebello se embarcará en una segunda carrera. Desde el otoño que viene, dará clases de historia de los museos en el NYU Institute of Fine Arts. Como hombre que admite tenerle “pánico al ocio”, suena exultante ante la cantidad de trabajo que su nuevo puesto requerirá. “Probablemente por los primeros años tendré que trabajar más de lo que trabajo aquí. Son clases para doctorados, un curso dura todo un semestre. ¿Sabés lo que se requiere para preparar 14 clases de dos horas cada una? Será un trabajo full-time.”

Entonces, aunque su agenda diaria ya no será necesaria, De Montebello quiere dejar en claro que no está abandonando el juego. Aún no. “No me estoy jubilando”, dice. “El año que viene me encontrarán en la biblioteca preparando mis cursos. Ciertamente no me estoy yendo en un crucero.”

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