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Domingo, 23 de noviembre de 2008

PLáSTICA > EL TIGRE DE MARIANO SAPIA

Los ojos del Tigre

Escenas nocturnas, siempre iluminadas por una luz artificial, poblada por mujeres de una sexualidad abierta pero de intenciones ambiguas para el espectador, intensos y a la vez cálidos, misteriosos y cercanos como el río a cuyas orillas acontecen, los cuadros de Mariano Sapia revelan un Tigre que crecen en los márgenes del que se conoce a plena luz del día.

 Por Santiago Rial Ungaro

Una mujer oscura, caderona y pechugona (como una Venus esteatopigia del Tigre), levanta una lámpara e ilumina a otra mujer, de tez blanca y pelirroja. Como suele suceder en tantas pinturas de Mariano Sapia, la imagen es sugestiva e impenetrable (¿por qué la ilumina?, ¿hay alguien más viendo la escena?) y quizá por esa mezcla de “emociones mezcladas” es que nos termina quedando grabada en la memoria. Esta imagen, este ambiguo encuentro (que también aparece en otras dos obras, en una de las cuales a la mujer que ilumina se le transparenta la ropa interior) nos resulta a la vez cercana, conocida y enigmática. En el Río sin orillas, la nueva exposición de Sapia, este joven (1964) y a la vez ya consagrado pintor vuelve a confirmar una vez más su capacidad para representar imágenes cercanas (el Tigre está a menos de una hora desde Retiro) y a la vez lejanas, misteriosas, lujuriosas.

Luego de años de pintar paisajes urbanos y suburbanos y delinear una obra plástica rica poéticamente y a la vez fuertemente narrativa, en esta decena de obras que tienen al Tigre como escenario Sapia sintetiza, como quien no quiere la cosa, los hallazgos de su estilo.

Pleno de orillas, muelles, barrancas y canales, el Tigre es en sí una ciudad en constante mutación, siempre interactuando con el río y la ciudad, una geografía que ha ido apareciendo como un tema recurrente en sus pinturas, un espacio pictórico en el que a Sapia le gusta perderse y encontrarse.

Para saciar ese deseo de conectarse con el río, a veces el pintor optó por ir a él; pero al menos una decena de veces, el río fue al pintor, dejándole estas imágenes. Sapia señala una obra, en la que un auto ilumina a tres mujeres que aparecen expectantes, sin que uno sepa si se trata de una inocente bienvenida a una fiesta o de una secuencia previa a un comercio sexual. Teniendo en cuenta la secuencia de otras obras, como unas en las que vemos a un par de mujeres semidesnudas en uno de los muelles comunitarios que caracterizan al Tigre, o aquella otra en la que inequívocamente una mujer le practica una fellatio a un hombre en un auto, bajo la presencia de un ombú, hay algo en ellas inquietante que despierta nuestra curiosidad. Y es fascinante vislumbrar estos espacios en los que la razón cae en sus propio abismos. Quizá por el hecho de haber sido pintadas de memoria (de hecho, el pintor confiesa que, por alguna razón, estas imágenes del Tigre le hacen acordar, por los galpones, a Mataderos y a cuando vivía en Lugano), las escenas piden a su vez ser memorizadas, más allá de que sean o no comprendidas, como rastros, pistas de secretos olvidados de los que lo único que nos queda es una cierta sensación, melancólica pero también detonada, de una intimidad lunar, de una atracción inconfesable y fatal. Enmarcadas siempre por la noche, estas bizarras y a la vez serenas escenas en cierto modo nos devuelven los propios anhelos y las fantasías de nuestra mirada y de nuestros deseos.

Acompañando el texto que se reparte en la galería aparece un poema de Juan Laurentino Ortiz: “La noche, sin embargo, da una ligera paz al corazón / La noche se busca más allá de sí misma en el viento que la deshoja / sin detenerse demasiado en el repentino camino de lirios / que la luna reintegrada hace brotar un momento en el agua”. Realizadas con el toque preciso de un pintor que encuentra sensualidad en cada pincelada, estas aguas amarronadas nos muestran una suerte de litoral lateral: “Yo estaba dispuesto a no exponer, ya que el año que viene voy a hacer algo más ambicioso e importante en el Recoleta, con obras más grandes”, se ataja Sapia, quizá para aceptar que la idea de esta muestra fue de Gachi Prieto, su galerista. “Ella tiene algo muy bueno como galerista, que es que está casada con un artista (Andrés Waissman), lo que le da buena ‘muñeca’, y así me convenció de exponer.”

Esta exposición nos permite entonces vislumbrar ese Tigre que nunca va a figurar en las guías de turismo. Esas tres mujeres que reciben a unos autos, la mujer que le hace una fellatio al hombre del auto y las mujeres semidesnudas que se pavonean insinuantes y expectantes en los muelles, son reales. Y lo mismo se puede decir de las chapas de los ranchos, de los galpones, muelles, lanchas, botes, árboles, palmeras, y de la noche que acecha con su paz y sus intrigas. Es que es el buen arte con el que están pintadas estas escenas el que le ayuda a tejer, entre sus claroscuros, estas tramas secretas en las que el cuerpo femenino, por sus gestos y su sexualidad abierta, brilla con luz propia, no mancillada por la densidad y la violencia que también late desde las sombras.

Un rato antes de la inauguración de la muestra, antes de que lleguen los invitados y antes incluso de que llegue el hielo para preparar los Campari, la curiosidad nos lleva a preguntar si hubo una investigación sobre estas historias del Tigre. Sapia dice que no, que descree de ese tipo de investigaciones. Pero confiesa una anécdota de hace unos años: “Un día íbamos en lancha a hacer unas compras a un almacén, y una nena de unos 13 años se nos acercó para preguntarnos si nos podía acompañar. Nosotros le dijimos que no, en ese momento no le dimos bola, pero después, con el tiempo, me di cuenta de que en realidad se nos estaba ofreciendo, algo que para mí era impensable”. Su fuerza como pintor para conjugar los colores y los materiales le habrían permitido causar el mismo efecto.

Cuando se le pregunta, al ver un par de gatos deambulando por sus obras, si él también tiene gatos, comenta que no, que esos gatos que pinta son gatos que andan por ahí, que siempre hay un gato que anda por ahí. Mariano Sapia, a su manera, también es un gato que anda por ahí, solo y libre, ajeno a los vaivenes del mercado, paseando por los suburbios de su memoria y realizando una obra que de tan profundamente porteña ya ha llegado al Museo Metropolitano de Nueva York. Esas dos mujeres, una que ilumina a otra, de algún modo nos pueden iluminar también algunas de nuestras oscuridades.

El río sin orillas
Mariano Sapia

Galería Gachi Prieto
Uriarte 1976
Lunes a sábado de 12 a 20
Hasta el 13 de diciembre

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Muelle. 100 x 120 cms., 2008

Una luz. 36 X 46 cms., 2008

Sin título. 70 X 80 cms., 2003

Una noche en el Tigre. 40 X 72 cms., 2007
 
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