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Domingo, 23 de noviembre de 2008

PERSONAJES >JIM CORBETT, EL ESCRITOR DE LOS TIGRES CEBADOS

Jim de la jungla

Borges, Blake, Salgari, Hemingway: no son pocos ni menores los que escribieron, de una manera u otra, sobre el tigre. Entre ellos, es justo contar a uno más desconocido, de menor ambición literaria pero no por eso de menor logro: Jim Corbett. Hijo de irlandeses nacido en la India, fue soldado, funcionario del Imperio y, sobre todo, cazador de tigres cebados cuyas víctimas humanas se contaban por centenares. Sus cuentos autobiográficos sobre esas cacerías, que vuelven a aparecer en las librerías argentinas, son una atrapante literatura de aventuras que va más allá para hacer de los tigres lo que Melville hizo de una ballena blanca y Conrad de un coronel desvariado en el corazón de la selva.

 Por Guillermo Saccomanno

Tal vez sólo en la infancia los libros ejercen una influencia imprevista en nuestra vida”, escribió Graham Greene. “En la infancia todos los libros son textos de adivinación que nos hablan del futuro y, al igual que la pitonisa que ve en las cartas un largo viaje o una muerte en el agua, influyen en nuestro futuro.” Pero, ¿qué pasa si el libro, parafraseando a Kipling, es la selva?

El muchacho debe pasar apenas los quince y lleva un fusil viejo que se carga por la boca. El caño tiene una rajadura de quince centímetros de largo. La caja y el cañón, sujetos con alambre de cobre. Así pertrechado el muchacho vaga por las estribaciones de los Himalayas explorando selvas, valles, montañas. Chapotea en arroyos fangosos, se hunde en pantanos, camina al borde de precipicios. Al caer la noche, hace un fueguito para darse calor. Cada tanto, oye un rugido. Pero mantiene la calma. Tira otra rama al fuego. Sabe que los tigres no hacen daño si no se los molesta. Una tarde, al acecho de unos pájaros, el muchacho se trepa a un ciruelo frondoso. De pronto la copa se agita. Y advierte que en el otro extremo del árbol hay un tigre. Un tigre puede medir más de tres metros de largo, más de medio metro de alto y pesar tres cuartos de tonelada. Si bien este tigre no es un ejemplar de semejantes características, impone respeto. El tigre y el muchacho se miran. Después el tigre salta del árbol, abandona al intruso y se aleja sin volver la cabeza una sola vez. Cuando el muchacho escriba sus memorias, como buen lector de la naturaleza, afirmará: “La función de un tigre en el esquema universal es contribuir a mantener el equilibrio en la naturaleza, y sólo en raras ocasiones mata al hombre. Sólo cuando es impulsado por la necesidad o cuando su alimento natural ha sido cruelmente exterminado por el hombre. Contra lo que se exagera, el tigre da muerte sólo al dos por ciento del ganado cuya matanza se le atribuye. No es justo entonces que toda una especie sea calificada de ‘cruel’ y ‘sedienta de sangre’”.

De padres irlandeses, nacido en la India, Edward James Corbett nació en 1875 en Kumaon, cerca de los Himalayas. Fue el octavo hijo de un jefe de correos del imperio británico en Naini Tal. En los inviernos la familia se trasladaba a un clima más templado, al sur, a un bungalow en Kaladhungi. Desde chico a Jim le atrajeron la naturaleza y los animales. No temía perderse en la selva. Una presunción: su perderse era una forma de encontrarse. El saber del terreno que iba adquiriendo lo convertiría en un servidor eficaz de los intereses del imperio. Reclutó y entrenó soldados aliados en la selva. Fue oficial durante la Primera Guerra y combatió en Francia. Alcanzó el grado de teniente coronel. Con la salud quebrantada volvió a Naini Tal. Prestó servicios al ferrocarril del Punjab y a la navegación comercial por el Ganges. Pero la fama le provino por su destreza como cazador. Sin embargo, no cazaba por deporte. Cazaba sólo en defensa propia y para salvar vidas humanas y se limitaba a matar sólo tigres cebados. Pero si a Corbett le daban elegir, en cuanto a coraje, inteligencia y belleza, entre el tigre y el leopardo, adjudicándole un aura, elegía este último. No obstante, su pathos fueron los tigres. No todos los tigres: sólo los cebados, los devoradores de seres humanos. Para tener una idea de la peligrosidad de un tigre cebado: a su primera presa, el tigre de Champawat, se le comprobaron 436 muertes. Entre 1918 y 1930 bastaron doce tigres –que no es poca cosa– para volverlo leyenda. A Corbett se lo empezó a conocer en las aldeas de la región como “Carpett Sahib”. También se lo mitificó como “sadhu”, sanador. Se justifica: los doce tigres habían devorado más de 1500 vidas. Las crónicas de cada una de sus cacerías componen La fieras cebadas de Kumaon, una serie de relatos que trascienden la mera crónica de exploración y superan con amplitud la narrativa de aventuras.

Es sabido que un escritor se construye con dos clases de experiencia: la de vida, por un lado, y la de lector por el otro. Corbett vivió, qué duda cabe, lo que cuenta, pero también debió ser un lector refinado, lo que explica que a la hora de sentarse a escribir sus memorias, lejos de todo remilgo estilístico, se centrara, selectivo, en contar desde la situación y el terreno. La suya es una prosa prescindente de efectos y próxima al relevamiento de un estudioso del paisaje y sus criaturas. No se le escapan ni la cantidad de kilómetros recorridos ni los accidentes geográficos, ni los cambios meteorológicos de estación ni las fechas. Puntilloso, Corbett es, de a ratos, un naturalista. Pero no se queda en la captación minuciosa de la naturaleza. Entonces es cuando uno repara que Las fieras cebadas de Kumaon es un libro tan extraño como fascinante, poseedor de una rara virtud hipnótica que muy pocas veces brinda la literatura testimonial o de ficción que presume de culta: estar ahí. Pero, a no confundirse, con su realismo transmite una metafísica de lo salvaje perceptible al rato de avanzada la lectura. Escribe Corbett: “El tigre no se divisaba. Instalé mi apostadero sobre una peña plana para escudriñar el terreno. La premonición de un peligro inmediato es demasiado bien conocida como para repetir comentario alguno. Durante tres o cuatro minutos me sentí perfectamente tranquilo, sin experimentar ninguna sensación de peligro. De repente, me asaltó la certeza de que el tigre me estaba mirando desde muy cerca”. Una interpretación que cae de madura: el otro, el doble. Porque el tigre, especular, simétrico, le devuelve el rostro de su doppelgänger.

Tampoco es una virtud menor su indiferencia a lo folklórico. A menos que la historia lo requiera y cumpla una función: algunas costumbres, algo de comidas y los inexorables rituales funerarios de incineración de lo que queda de la víctima, un miembro mutilado o unos huesos. Si se tiene en cuenta que Corbett se sitúa en las vecindades del Nepal, el Tibet o Bengala, se apreciará cómo sortea con elegancia la tentación del exotismo. Describiendo con simpleza la geografía (valles, bosques, colinas, montañas, ríos), la flora (pinos, azaleas, orquídeas, rododendros, capullos y pétalos) y la fauna (monos, ciervos, serpientes, cocodrilos, osos), consigue un efecto de realidad a la vez sustantivo e interior. Cabe subrayarlo: si Corbett consigue transmitir tanto la amenaza como la sangre, la cacería como la depredación carnicera, no es sólo mediante la enumeración sino a través de detalles físicos que componen la situación. Su exterioridad, el afuera, es puro adentro: un gesto, una respiración, un cambio de luz no son únicamente signos que deciden en términos de vida o muerte el encuentro con la fiera. Son signos decisivos que, diseminados en el instante preciso, logran ese estar ahí. Corbett no adjetiva. Su punto de vista no es sólo el de alguien que conoce un terreno y lo domina. Es también la mirada de alguien que, aun cuando conoce un mundo como la palma de su mano, siempre le encuentra un costado nuevo. Digamos: Corbett lee en la selva lo que nadie lee. Lo que persigue tiene la forma del tigre. Pero, como se habrá notado, es y no es el tigre.

Una digresión y no tanto ahora: a propósito de Walter de la Mare, Graham Greene observó que todo escritor de genio, que merece el calificativo de poeta, es un hombre entregado a una obsesión. En consecuencia, me parece que conviene hacerse una pregunta ante la seducción fuerte que ejerce su literatura: ¿un tigre que devora vidas no es una metáfora del escritor que alimenta su arte de vidas concretas? Excepcionalmente, cuando ya no queda otra alternativa, Corbett opta por una batida, un gran contingente de hombres que, abarcando una gran distancia, se despliega y penetra en la espesura gritando y tocando tambores. Porque Corbett elige cazar solo, sin compañeros. Al cazar en compañía siempre es mayor el riesgo de recibir un tiro cuando uno menos se lo espera. En este punto, en la soledad, la relación especular entre el cazador y su presa se electriza generando una fascinación absoluta. A tal extremo que el cazador y su presa pueden establecer una comunicación aterradora entre rugidos.

Del mismo modo que el cazador debe permanecer alerta si no quiere perder la vida, el narrador, con la intuición afinada, le presta atención a cada indicio mínimo en la selva, en el barro, en la maleza o entre los peñascos, detectando los signos de un suspenso que no afloja. Pueden ser unas huellas como una rama rota, los gritos de un mono como los pedazos dispersos de un cadáver, las sobras humanas que dejó el tigre. Otro hallazgo de Corbett, evitar lo macabro, donde podría regodearse cuando encuentra restos humanos, la pierna de una muchacha víctima del tigre, un desgarro de su vestido ensangrentado, su cabeza tirada entre unos arbustos. Aun en estas escenas la narración no incurre en la truculencia. Quizá nietzscheano, lo que Corbett nos dice es que la naturaleza carece de moral. O eso que nosotros entendemos por moral.

El tigre es un animal literario. A su mitología contribuyeron escrituras variadas como las de Blake, Salgari, Kafka, Hemingway, Dinesen y Borges. Entre estas celebrities, por mérito propio, Corbett es un nombre obligado. Cierto que buena parte del valor de sus crónicas procede de lo vivido, pero también del recelo que Corbett profesa a su oficio de narrador: le desconfía al lenguaje tanto como el cazador a los momentos de afloje durante una cacería. Como escritor, no se la cree. Y como cazador, menos. Porque está comprobado que allí donde uno se siente seguro, está liquidado. “Habiendo vivido la mayor parte de mi vida en las selvas, no tengo la habilidad para pintar con palabras”, avisa con una modestia sospechosa. Las emociones no le importan. Lo dije antes: en su estrategia narrativa su afuera es interioridad. En la búsqueda de su presa Corbett no se detiene en la autocompasión de una laringitis que lo paraliza o una fiebre que, bajo un aguacero, conspira contra sus fuerzas. Empirista, Corbett utiliza la situación para informar cómo se consigue una reposición del físico en condiciones adversas. Corbett no aparta un segundo su atención de las huellas del tigre ni quita el dedo del gatillo. Toda una trasposición: en este bloqueo absoluto del yo en la caza como en la escritura, el lector es, cuando narra, su presa codiciada. El arte de cazar y el arte de narrar se fusionan y Las fieras cebadas de Kumaon deviene una lección práctica del arte de contar.

A Corbett no pudieron pasarle por alto la lectura del Stevenson atribulado ni las ínfulas rubias de Rider Haggard, tan imperialista como su amigo, el tormentoso Kipling, toda una autoridad en la selva. Pero al perseguir una objetividad escrupulosa, Corbett se aleja de los paradigmas de la acostumbrada literatura imperial británica. Es menos pretencioso, más pudoroso. Con justeza, Adolfo Colombres, responsable de esta edición de sus relatos, señala que se leen “con el mismo interés que nos despiertan los mejores cuentos de Kipling, y acaso más”. Tal vez este “acaso más” se deba a que Corbett se siente nativo, parte de esta tierra y, como no se la cree, está convencido de que lo suyo no es ficción: apenas testimonio, sugiere, como si el testimonio no estuviera estructurado por las reglas de la ficción. Por su distancia de la civilización, Corbett no es, aunque responda al Imperio, del todo un occidental. Más bien, alguien magnetizado por el margen, que busca, con una gesta romántica, su identidad en la naturaleza. Pero la naturaleza no es su refugio sino su escape. Que lo enfrenta consigo mismo. Entonces el ideario occidental y romántico de lo salvaje se apodera de su escritura. Y como cazador, no tiene otra alternativa, cebándose en su presa, que mimetizarse con lo salvaje. Es inevitable mientras se lo lee –ahora el lector transformado en la presa que vigila a su narrador– asociarlo a otras experiencias literarias. Moby Dick, por ejemplo: el tigre como ballena blanca. Conrad, también: el tigre como Kurtz. Porque Las fieras cebadas de Kumaon ofrece, por debajo de la sencillez de su prosa, la oscuridad de un centro que el propio autor no devela sino que deja traslucir: su corazón en tinieblas. En este sentido, Corbett deja libradas al lector las conclusiones. Por más que el autor se escude tras el propósito noble de salvar vidas, su cacería oculta otra cosa. Y es en esa otra cosa, una densidad, donde reside el misterio.

En 1947, después de la independencia de la India, convertido en mito viviente, Corbett se mudó con su hermana Marie a Africa. Dedicado a la escritura, pasó sus últimos años en Kenya. Por supuesto, cabe conjeturar que la independencia india debe haber impulsado este cambio no tanto de aire como de geografía. Sin embargo, Corbett no les llevaba el apunte a los hechos políticos. Raramente, en sus relatos, mencionó disturbios. Cuando, en tiempos de revuelta, entraba en una aldea y era mirado con desconfianza aclaraba de entrada que lo suyo no era la política sino salvar vidas, es decir, la persecución de un tigre cebado que aterraba los alrededores. Murió de un ataque al corazón en 1955 mientras terminaba su sexto libro Three Tops.

Tardíamente sus restos fueron trasladados a la India. En su homenaje, una subespecie de tigre sobreviviente a la caza furtiva fue bautizado pantera tigris corbetti. Aquellos territorios que fueron escenario de sus aventuras integran el Parque Nacional Corbett, una de las principales reservas de flora y fauna de Asia, que ocupa una superficie de 1318 kilómetros cuadrados al noroeste de Delhi. Acá viven elefantes, ciervos, jabalíes, leopardos, monos, aves y reptiles, además del centenar de tigres que lo han convertido en atracción turística de luxe. La forma de visitarlo es a lomo de un elefante. Antes del amanecer, los elefantes, guiados por sus mahouts, entran en la selva con la ilusión de ver un tigre. Mientras que en otras reservas de la India el tigre se ha acostumbrado a la presencia de turistas, en las selvas de Kumaon el tigre sigue siendo un espectro al que a veces se consigue vislumbrar como un fulgor rayado entre la maleza. Aquí la emoción radica, más que en lo que se ve, en lo que permanece agazapado tras la maraña sofocante de la jungla. Previsible, la vida de Corbett inspiró documentales y algún largometraje. Pero ya nada de esto tiene que ver ni con Corbett ni con su vida y, menos, con su literatura. De haber una relación entre el marketing del Parque Nacional que lleva su nombre y el cazador legendario, ésta sería idéntica a la de una megalibrería de shopping con una escritura respetuosa del lector.

En estas semanas volvió a distribuirse en algunas librerías argentinas este libro hasta hace poco inhallable en una edición de 1994.

Las fieras cebadas de Kumaon
Jim Corbett

Traducción: Aurelia González
Colección La línea de sombra, dirigida por Adolfo Columbres
Ediciones del Sol
185 páginas.

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