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Domingo, 24 de noviembre de 2002

INVESTIGACIONES

La espada, la pluma y la palabra

La Otra Juvenilia restituye una historia silenciada: la de la militancia y la represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires entre 1971 y 1986. Escrito por Santiago Garaño y Werner Pertot –ex alumnos de apenas 21 años–, el libro es el resultado de una minuciosa investigación que devuelve la voz a sus protagonistas (alumnos, preceptores, docentes, autoridades) y desaloja al Colegio del lugar de equilibrio y estabilidad donde siempre se empeñó en ponerlo la historia oficial.

Por Cecilia Sosa
“Algunos se jactaban de haberse echado un polvo en el sillón de la sala de profesores. Era una especie de transgresión. El placer de ser dueños de este espacio que siempre había sido de otros. Durante esos días, el colegio fue absolutamente nuestro. Pudimos hacer lo que quisimos” (Julio del ‘74)
Tapa del diario Noticias del 24 de agosto de 1974: “Sepultan a peronistas fusilados en Quilmes”, dice el título en mayúsculas y negrita. En la foto, cientos de estudiantes con la V en alto despiden un cajón. Una bandera engalana en el claustro central: “Montoneros”. Eduardo Beckerman, 19 años y dirigente estudiantil de la UES, había sido asesinado por la Triple A.
El mismo lugar, dos años después. Los alumnos forman enfundados en riguroso uniforme azul y gris. Mujeres, adelante; hombres, atrás. Un brazo de distancia. Posición de firmes, inalterable, hasta el desmayo. “Avancen, señores”. Ésa es –según “El esquema normal”, documento que instruye a los preceptores sobre la circulación de los alumnos– la única forma de entrar al aula.
Tres momentos, tres historias, ¿un mismo colegio? Anclada en un trabajo documental minucioso, más de 50 entrevistas, 33 horas de video y 20 de audio, La Otra Juvenilia restituye una historia silenciada: la de la militancia y la represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires entre 1971 y 1986. A diferencia de las correrías autobiográficas de Miguel Cané en el Real Colegio de San Carlos, lectura obligada de todo aquel que pretenda trasponer las puertas del colegio, el libro de Santiago Garaño y Wernet Pertot, ambos ex alumnos de 21 años, transita una historia que sus autores no vivieron pero que se vuelve relato colectivo a partir de las vivencias de sus protagonistas: ex alumnos, preceptores, docentes, autoridades.
A modo de punto de partida, los investigadores eligieron enfrentar el discurso tradicional, sostenido por el rector y muchos de sus profesores, que tiende a adjudicar al llamado “Colegio de la patria” un aura inmaculada que lo retira casi de la historia. “Siempre estuvo presente esa idea de que había un colegio tradicional que había sido subvertido”, cuenta Pertot, estudiante de Letras en la UBA y de periodismo en TEA. “Primero hacia la izquierda, con Aragón, y después a la derecha, con Maniglia. Pero siempre había un equilibrio: un colegio liberal que permanecía invariable.” Garaño, estudiante de Ciencias de la Comunicación e Historia en la UBA, agrega: “Nosotros partimos del lugar opuesto: no hay un colegio sino muchos. El de los ‘60, el de Onganía, el de Cámpora, el de la Dictadura. Había que romper esa burbuja”.
Luego de cuatro años de trabajo, madrugadas insomnes y somatizaciones varias, el resultado dista y supera en mucho el propósito inicial que tenían en mente Garaño y Pertot, alumnos miembros de la comisión de Derechos Humanos del centro de estudiantes: un video que contara cómo había sido el colegio durante la Dictadura. “La primera entrevista fue en el ‘98. Terminamos haciendo cincuenta. El material nos superó; nos dimos cuenta de que había una historia muy importante que comenzaba antes y que no había sido contada”, coinciden. Tres veces se había intentado un trabajo parecido y otras tantas había quedado en la nada. “A principios de la democracia hubo muchas amenazas, y muchos padres sacaron a sus hijos de los pelos de cualquier investigación”, dice Pertot. “Más allá de algunas frases paranoicas de nuestros viejos (‘cómo hablás esas cosas por teléfono. Andá a un locutorio, por favor’), nosotros trabajamos tranquilos”, dice Garaño.
El pasaje al libro se resolvió con la aparición de los primeros documentos. “Llegamos a juntar siete carpetas: resoluciones burocráticas, listas negras, interrogatorios, legajos de ex alumnos, de profesores”,dice Garaño. Gran parte del material fue hallado en el propio archivo del colegio, que –autorización del eterno rector Horacio Sanguinetti mediante– desempolvaron de punta a punta. “Revisamos resolución por resolución. Aprendimos a pasar contratos y nombramientos por alto para encontrar lo que buscábamos, todo aquello que tuviera alguna huella ideológica”, dice Pertot. Y había bastante. “Resoluciones con el discurso de la lucha antisubversiva de la dictadura; otras en las que se hacían las grandes limpiezas de profesores... Las fechas de asunción y partida de cada rector. Todo eso nos ayudó a reconstruir el esqueleto cronológico de la historia”, cuenta Garaño. Un ejemplo de ese mundo retórico es la primera resolución de Eduardo Aníbal Rómulo Maniglia, rector entre el ‘75 y ‘78, que rezaba: “Urge detener la creciente uniformidad que a través de la indumentaria desaliñada, el aspecto hirsuto, la palabra y el gesto procaz, la falta de respeto y cortesía, tienden a la destrucción de las instituciones, a la vulneración de los valores morales argentinos, a proclamar siempre con mayor desenfado los fines siniestros de la antipatria”.
Con todo, el material más importante estaba en la propia rectoría. “Había cajas llenas de documentos que Maniglia dejó abandonadas cuando murió. Eran los estrictamente confidenciales”, dice Pertot. Allí estaban las pruebas escalofriantes de la complicidad de las autoridades del colegio con las Fuerzas Armadas: cartas de Maniglia donde le ofrecía al general Bussi el “cuerpo de alumnos” para acompañar los desfiles militares de los 20 de junio; listas negras con profesores y alumnos marcados; interrogatorios marciales a alumnos; páginas de “Conozcamos a nuestros enemigos”, las guías de instrucciones del Ministerio de Educación para detectar “subversivos” en las aulas. Y hasta las felicitaciones con que René Otto Paladino, secretario de la SIDE, aprobaba la exaltación permanente de Maniglia del genocidio.

La Otra Juvenilia tiene 256 páginas. El original que Pertot y Garaño presentaron a la editorial Planeta se llamaba Memoria Viva y multiplicaba esa extensión por ocho. Rechazado por exceso de documentalismo, el libro pasó todo el 2001 sufriendo correcciones. “La primera versión, casi exclusivamente testimonial, la fuimos puliendo a los ponchazos. Teníamos miedo de que nos lo volvieran a bochar”, dice Pertot. “De a poco pudimos empezar a correr un poco los documentos y a encontrar nuestra voz. Nos gustó así”, dice Garaño. A la editorial Biblos también. Entonces ya tenía el título definitivo.
La idea de “un mismo edificio, muchos colegios” está presente en la estructura del libro, que se divide en cuatro partes: Antes, Dictadura, Después y Presente. El foco permanece en el colegio, en la reconversión que experimentan sus espacios: las garitas, que de bunkers de las agrupaciones entre el ‘73 y el ‘75 pasan a ser panópticos de los preceptores reclutados en colegios católicos, militares y la propia SIDE, que controlaban desde sus cápsulas de seguridad la circulación restringida de los años grises; o el Salón de Usos Múltiples (SUM) del tercer piso, que fue centro de la militancia a principios de los ‘70 y clausurado durante la dictadura como “antro de perdición montonero”.

El libro arranca en el llamado “Colegio para la liberación” y la euforia militante del rectorado de Aragón. “¡Aquí están, éstos son, los soldados de Aragón!”, coreaban los estudiantes en el acto de asunción. “Era una época que teníamos muy idealizada. No podíamos dejar de pensar ‘¡Quiero estar en el Buenos Aires del ‘73!’. Después empezamos a descubrir los matices: no todo el mundo participaba, no todo el mundo militaba. Había complejidades parecidas a las de ahora”, dice Pertot. Luego viene el avance del lopezrreguismo, el comienzo de la represión, la irrupción delos grupos de choque de los alumnos del Otto Krause y los primeros asesinatos de la Triple A... En noviembre del ‘75, durante una asamblea de 1500 alumnos, unas obleas colgadas en el claustro central ilustraban gráficamente la coyuntura:

IvAnissevich (Ministro de Educación)
OttAlagano (Interventor de la UBA)
GArda (Rector que reemplazó a Aragón)

La asamblea terminó abruptamente, cuando medio centenar de hombres vestidos de civil irrumpieron en el colegio y apuntaron a los alumnos con itakas.
Reinaba “La Bestia”, Eduardo Aníbal Rómulo Maniglia, que el 5 de septiembre de 1975, en su discurso de asunción como rector, había dicho: “En febrero Dios me quitó un hijo, un ángel que está a su diestra derecha (sic). Y, en septiembre, Dios me dio la rectoría del Colegio Nacional de Buenos Aires”.
En la madrugada del 24 de marzo del ‘76, el rector corrió a su despacho para descolgar los retratos de Perón, de Isabel y de Rosas. También cambió las frases de Perón de la cartelera y puso en su lugar las flamantes alocuciones de Jorge Rafael Videla. Maniglia fue el único funcionario de la Universidad que no fue depuesto luego del golpe. Lo respaldaba su amistad con el general Diego Uricarriet, jefe de Fabricaciones Militares y responsable de los campos de concentración El Tolueno y la Fábrica de Armas Portátiles en Rosario.

Fue la parte dedicada a la dictadura la que más dolores de cabeza y dudas provocó en los investigadores; en especial, el capítulo destinado a los 105 desaparecidos y asesinados. “Queríamos contar todas esas historias y nos dimos cuenta de que el libro hablaba poco de ellos. Por eso recurrimos a ex alumnos escritores y periodistas, para que nos contaran cómo eran sus compañeros”, dicen. Así, bajo el título “Presente”, las voces de Jorge Binaghi, Eduardo Blaustein, Marcelo Brodsky, Martín Granovsky, Vera Jarch, Miriam Lewin, Juan Salinas, Enrique Carlos Vázquez y Horacio Verbitsky le dan un tono intimista y casi confesional al listado completo que –con nombres, edades y fechas de muerte o desaparición– cierra el libro.
En realidad, la investigación comprueba que de los 105 sólo 14 seguían siendo alumnos del colegio. “O se fueron, o los fueron, o les impidieron inscribirse, o se ‘proletarizaron’. Pero su historia debía ser contada”, dicen los autores. Entre el ‘75 y el ‘80, 931 alumnos abandonaron el colegio. Sólo en el ‘76 se fueron 288. Ese año también marcó un punto de inflexión, difícilmente repetible en el Buenos Aires: hubo menos aspirantes que vacantes. Las autoridades impusieron un interrogatorio de admisión, con formularios y entrevista con los padres. “Preferimos católicos a judíos, pero judíos a ateos”, se decía. El combo se completaba con un certificado de buena conducta expedido por la Policía Federal.

“Discipuli volant, botón manent” (“Los alumnos se van, los botones permanecen”, Tapa de la revista Aristócratas del Saber, 1978)

Investigando la época de la dictadura, los autores se llevaron la mayor sorpresa: “Comprobamos que había contacto fluido entre el colegio y los militares, que hubo delaciones y pasaje de información. Pero lo que no pudimos comprobar es que el colegio hubiera entregado chicos. Es más: según los antropólogos forenses eso nunca pasó. La red de desapariciones era otra. No necesitaban su información. Eso es lo más terrible”, dice Garaño. Ninguno de los alumnos y docentes que figuraron en las listasnegras fue secuestrado. “Lo que hubo fue una fuertísima represión cultural y social. Tanto sobre los que se llevaron como sobre los que no”, señala Pertot. “¡Hablen en silencio!”, exigía entre el ‘76 y el ‘81 Tito Gristelli, prefecto del turno tarde y suboficial de reserva de la Escuela de Artillería, cuando controlaba el ingreso de los alumnos a las aulas.
En ese marco represivo comenzó a gestarse una resistencia silenciosa, subrepticia, que cobró la forma de una revista: Aristócratas del Saber. El pasquín, al principio una única copia en mimeógrafo, empezó a circular de mano en mano a partir del ‘78. El título parodiaba alguna de las frases célebres de Icas Edgardo Micillo, que ocupó interinamente el rectorado luego de la muerte de Maniglia y hasta 1982. Si bien el contenido era variado, había algunas secciones fijas: “L’idiotaire”, compendio de frases memorables de profesores y preceptores; “No se banca más”, una lista de arbitrariedades a las que eran sometidos los alumnos; “Interviuses”, donde se reporteó a Eduardo Pavlovsky, Hebe de Bonafini, Silvio Rodríguez y César Menotti, entre otros. La pesquisa permitió recuperar 23 de los 26 números. “La revista era una especie de mito. Los tres primeros números se perdieron. El resto los conseguimos por ex alumnos que nos los fueron trayendo de a uno. Aunque una vez nos llegaron ocho de golpe”, cuentan.
Uno de los desafíos fue dar con Nacho, el fundador de la revista, que a los 41 años se había abocado a dar seminarios de pensamiento político y psicoanálisis. “Estaba obsesionado con él. Un día abrí el diario y vi que participaba en un panel del movimiento 501. Conseguí el teléfono y lo llamé. No podía creer que lo estuviéramos buscando como el fundador de ADS. Cuando se encontró en una foto publicada en la tapa de Noticias del ‘76 se puso pálido”, cuenta Garaño. “Eso pasó en muchos casos. El golpe de encontrarse en una lista negra fue difícil de evitar”, agrega Pertot.
Luego de la guerra de Malvinas, la rebeldía estalló en la cara de las autoridades. En La Otra Juvenilia, la agonía del régimen se relata en paralelo con el regreso de las vueltas olímpicas y el renacer del centro de estudiantes. Allí se comprueba la existencia del famoso “chancho aceitado” interceptado en una de las puertas laterales (la vuelta de 1982). Pero un año después la hazaña fue superada: los alumnos de sexto año subieron un Fitito por las escaleras de piedra y trabaron el ingreso. “Ese día, unos 1500 pibes cortaron Avenida de Mayo y celebraron la inminente democracia.”
El último rector de la dictadura, Alfredo de las Carreras, fue cercado en su despacho por los estudiantes y obligado a renunciar. La leyenda cuenta que fue alzado en andas por un militante morrudo cuando logró arrebatar el bombo. Para despedirlo, ADS le dedicó un poema de Antonio Machado:

Nunca vuelvas donde no te quieren
Nuca vuelvas donde te odian
NUNCA VUELVAS

La Otra Juvenilia se presentó formalmente el 9 de octubre ante un aula magna repleta. Estaban desde el ex rector Raúl Aragón hasta el rector de la UBA, Jaim Etcheverry, además de ex alumnos, ex militantes, alumnos, padres, hermanos y familiares de los desaparecidos, Madres de Plaza de Mayo. “Quisimos que la presentación fuera un espacio de encuentro como lo fue el libro: un gran homenaje a los desaparecidos pero también un reencuentro de ex alumnos que conocimos a lo largo de la investigación”, cuenta Garaño. De los 400 presentes, la mitad se fue con el libro bajo el brazo. Puertas adentro, la investigación generó lecturas compulsivas, felicitaciones eufóricas y grandes silencios. Una profesora, que se descubrió en uno de los interrogatorios, propondrá incluir su lectura enel curso de ingreso. “Hay que ver si Sanguinetti acepta”, sonríen los autores.

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