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Domingo, 23 de noviembre de 2008

CINE > EL BAñO DEL PAPA: HUMOR Y POBREZA A LA URUGUAYA

El rebusque de la salvación

En 1988, Juan Pablo II visitó el pueblo uruguayo de Melo. Los locales se aprestaron a recibir a los miles de fieles esperados con puestos de comidas, bebidas y souvenirs. Pero uno decidió esperarlos con lo que nadie les iba a ofrecer: un baño. Sobre esta idea, los uruguayos Enrique Fernández y César Charlone filmaron El baño del Papa, una película que expone la pobreza de un modo poco común: con humor y ambigüedades.

 Por Hugo Salas

El realismo, género burgués por excelencia, no tardó en dar a luz al realismo social, discurso con que esa misma clase imagina, representa y conjura a los pobres, siempre en la cornisa entre la preocupación genuina y el paternalismo hipócrita. En cuanto al cine, con su eterna disyuntiva, ser o no ser popular, ya Buñuel atacaba las películas de De Sica (Ladrón de bicicletas, Umberto D) porque “mostraba a los pobres en un estado tan beatífico que daba pena sacarlos de la pobreza”. ¡Qué hubiera dicho de ver los “nuevos cines” de fines de siglo XX, ocupados en convertir a los excluidos en objeto estético!

Como quien no quiere la cosa, el estreno de El baño del Papa, de los uruguayos Enrique Fernández y César Charlone (el director de fotografía de Ciudad de Dios, dato nada menor para lo que sigue), viene a poner en tela de juicio a todas esas producciones prejuiciosas y reglamentariamente aburridas (no podría ser de otra manera, son cine culposo) que durante los últimos quince años han tenido, en el Río de la Plata, la representación privilegiada de la pobreza. A diferencia de esas historias “simples”, donde se sobreentiende de antemano que nada extraordinario puede ocurrir, aquí la anécdota es sencilla, pero totalmente fuera de lo común. En 1988, el pueblo de Melo, en la frontera con Brasil, recibió la visita de Juan Pablo II. Los medios esperaban, con su tendencia a la magnificación, la visita de unos 50 mil fieles, por lo que los habitantes del lugar se aprestaron a “recibirlos” con comida, bebida y souvenirs en puestos improvisados. Querían “salvarse” (y no en los términos en que ofrecía el sacrosanto padre, precisamente), pero finalmente fueron menos de 8 mil los visitantes, muchos de ellos de los alrededores, y nadie vendió nada.

Lejos de cualquier tono de denuncia o doliente, El baño del Papa acierta al elegir el humor como registro. Para ello se concentra en el personaje de Beto, un bagayero a pedal (realiza el contrabando en bicicleta) que tiene la idea de construir un baño para los visitantes. Su lógica, como la expone a su mujer y su hija, es impecable: si todos venden comida, y viene tanta gente, van a necesitar baños. Ocurrente, astuto, porfiado y por momentos ingenuo, su personaje es francamente adorable, sin que esto implique convertirlo en un beato, ni dejar de ver –gran acierto de la película– sus zonas oscuras; de hecho, el desarrollo de la trama pondrá a Beto en una serie de disyuntivas entre el cumplimiento de su propósito y su dignidad, e incluso la lealtad a sus amigos.

Lo asombroso, después de tanto tiempo, es que exista una película que se permita abordar la pobreza exenta de cualquier miserabilismo, una película que puede mostrar las duras condiciones en que viven sus personajes sin por ello negarles (ni a ellos, ni al espectador) el derecho a la ocasional alegría, a los anhelos inconfesables e incluso a la ambigüedad. Esta diferencia fundamental se advierte en el modo en que se trabajó con el elenco de actores profesionales y no profesionales: en vez de acentuar la brecha entre unos y otros, aquí se ha buscado un tono medio que desdibuja esa frontera. En El baño del Papa no hay actores haciendo de pobres y pobres en estado de naturaleza, exhibidos para beneplácito de las buenas conciencias; hay simplemente actores, ni más ni menos que eso, representando una comedia, en el marco de una ficción que procura, por otra parte, ser popular. Desde ya, esta búsqueda abre una discusión compleja, pero no deja de ser un movimiento interesante el de un realismo donde los pobres no sean sólo el objeto estético para un consumo burgués sino también sus posibles destinatarios.

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