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Domingo, 11 de enero de 2009

MUSICA > SE REEDITO CUERPO Y ALMA, DE EDUARDO MATEO

Príncipe y mendigo

A fines de los ‘70, Eduardo Mateo vivía un panorama complicado en Montevideo: la dictadura había reducido a casi nada sus presentaciones en vivo, la policía lo acosaba por su vínculo con drogas ilegales y su distancia del círculo solidario del Canto Popular lo libraba a su suerte, empujándolo a pedir limosna en la calle como “parte de sus derechos de autor”. Sin embargo, tiempo después se refugió en casa de una mujer, hizo vida familiar, se rescató de tanta locura y grabó Cuerpo y alma, su tercer y último disco solista, que incluye varias canciones compuestas durante aquellos días y noches de desamparo. Pero que –sorpesivamente– no se refieren a esas desgracias, sino que profundizan su inmersión en un mundo propio. Y que ahora una completa edición local rescata por primera vez en la Argentina.

 Por Martín Pérez

Un tipo sentado entre dos grandes esferas de piedra, poniendo cara de bobo y con un nombre de cantante romántico italiano.” Así es como Guilherme de Alencar Pinto, quien terminaría siendo el biógrafo de Eduardo Mateo, describe con manifiesta decepción la portada del primer disco de su futuro biografiado que casi casualmente llegó a sus manos. Según cuenta en un artículo incluido en el compilatorio de letras, fotos y textos Como un señor del tiempo (1988), un libro apaisado que tal vez haya sido el primero dedicado a Mateo, Pinto se había fascinado con la música uruguaya de comienzos de los ‘80 escuchando a Leo Masliah, a Los Que Iban Cantando y a Jaime Roos, entre otros. Como desde Brasil le costaba conseguir aquellos discos, comenzó un intercambio discográfico con Mariana Ingold, y su primer envío, esperado con ansiedad, no incluía ningún trabajo de sus nuevos ídolos sino Cuerpo y alma, fuente de aquella inicial decepción. “Lo puse en el tocadiscos sin grandes esperanzas y me pasó algo raro”, confesó entonces Guilherme. Y lo que sucedió es que, a partir de esa primera escucha, se convirtió en un apóstol de su música. “Comencé a indagar”, confiesa con modestia en ese texto publicado más de un lustro antes de editar Razones locas, su completísima e ineludible biografía de ese personaje musical llamado Eduardo Mateo. Un camino que, para Guilherme, empezó con aquel disco de las esferas y la cara de bobo. El mismo que, con enternecedora dedicación en tiempos del aparente ocaso de los soportes físicos, se acaba de publicar en la Argentina por primera vez, en una completísima edición en CD, que incluye un valiosísimo y fundamental texto introductorio del propio Pinto, en el que asegura, concluyente: “Cuerpo y alma es quizás el punto culminante de la trayectoria musical de Mateo, y uno de los puntos más elevados de la música uruguaya, en un momento en que ésta se destacaba como una de las más creativas del planeta”.

“Méndigo”

Según precisa Guilherme en el texto incluido en la reedición en CD, Cuerpo y alma se empezó a grabar en uno de los períodos más difíciles de la vida de Mateo y se completó en uno de los más felices. “El proceso se extendió por más de tres años y no fue menos tortuoso que el que llevó a la realización de Mateo solo bien se lame”, explica el biógrafo, refiriéndose al justamente venerado primer álbum solista del músico, que sólo se pudo completar gracias a la heroica dedicación del técnico Carlos Píriz, que preservó cada una de las tomas de grabación aun en contra de las decisiones de Mateo, y lo terminó a su cuenta y riesgo, dando forma al mito. “Aquí, sin embargo, las dificultades no fueron, como en el disco de estreno, consecuencia exclusiva de las actitudes del propio Mateo”, aclara Pinto. Con sus fuentes de trabajo habituales mermadas por la dictadura, alejado del calor del público por estar fuera del círculo solidario del Canto Popular y acosado por la policía por su vínculo con las drogas ilegales, a fines de los ‘70 Mateo aceptó resignado su condición de mendigo. O “méndigo”, como a él le gustaba decir, acentuando la palabra en la primera sílaba. Esta es la época en que, según cuenta la leyenda, el músico paraba a la gente en la calle para cobrarles sus derechos de autor, pidiéndoles limosna. Pero aunque, según cuenta Guilherme, la imagen que se tenía de ese período es la de un Mateo estropeado moral y psíquicamente, registros grabados de ensayos y de algún recital evidencian que buena parte del repertorio de su tercer disco se compuso por aquella época. A partir de entonces, a fines de los ‘70, Mateo propuso en distintos sellos grabar ese nuevo repertorio, sin éxito. Pero la marea iba a cambiar.

Cuerpo

Si uno de los momentos más difíciles de la vida de Mateo fue esa vida de mendigo, cuyo corolario fue alguna internación y sucesivos encierros en comisarías, uno de los más felices fue cuando, para escapar de las insistentes redadas de la policía, buscó refugio en la casa de Reneé Mieres en el barrio Malvín. En un entorno familiar, Mateo comenzó a mostrar su mejor rostro, alimentándose regularmente, componiendo todos los días y retomando el contacto con sus amigos de siempre. Por aquel momento fue que pareció cambiar la marea del sentir popular, y Mateo dejó de ser aquel músico perdido para comenzar, lentamente, a ser percibido como un mito viviente. Una de las cosas que subraya Guilherme en su libro Razones locas es cómo semejante percepción es fruto de un cierto ánimo general, más que una realidad perceptible en grabaciones de la época. “Todo parece indicar que su rendimiento interpretativo y compositivo cambió muy poco desde su época de seudodecadencia a la de reconocimiento generalizado de su genialidad”, apunta, y agrega que el cambio parece corresponder más a la sensibilidad de la gente “normal”, así, entre comillas. Y concluye que, impermeable a la inconstancia de los criterios sociales, Mateo puede en realidad servir como punto de referencia, fijo como una boya anclada señalando una posición entre el flujo de las corrientes marítimas.

Alma

Ubicados entre aquellos retazos de grabaciones que son los registros históricos de los hermosísimos temas de El Kinto, y la ambiciosa última etapa con La Máquina del Tiempo, cuyos mejores registros son en vivo y no en disco, tres son los discos que sustentan el mito de la música de Eduardo Mateo. El primero, Mateo solo bien se lame (1972), señala el entrañable comienzo de todo, el músico solo con sus canciones, lo mínimo abarcándolo todo. A no dudarlo: es el punto ideal para comenzar a disfrutar de su música. Después viene Mateo y Trasante (1976), el primer disco realmente terminado por Mateo, donde se pueden apreciar como corresponde todas sus ambiciones musicales. Pero Cuerpo y alma, a pesar de ser menos coherente que aquéllos, parece enhebrar lo mejor de ambos. Apunta Guilherme: “Sin la frescura juvenil y la inocencia del primer disco, es en cambio más complejo, más profundamente original y más amplio en sus alcances temáticos y estilísticos”. Lo admirable en la flamante reedición —que los coleccionistas locales podrán poner al lado de la cuidadísima reedición que el Club del Disco realizó hace un par de años de Mateo solo bien se lame— es que se reconstruye por primera vez en CD la edición original, que antes sólo había sido recuperada como parte del segundo volumen de la compilación Mateo clásico (1995), supervisada por Jaime Roos. Además, los cuidados textos del librillo interno incluyen una puntillosa reconstrucción de los datos técnicos —corrigiendo incluso autorías de los temas, con las que Mateo era bastante impreciso—, a cargo del ya casi indispensable y siempre heroico Guilherme de Alencar Pinto.

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