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Domingo, 15 de marzo de 2009

Los caprichos

Durante décadas, la colección de Amalita Fortabat fue el santo grial del arte argentino. Las versiones eran infinitas, las especulaciones llegaban a lo desopilante y los rumores iban de la admiración a la ponzoña. La demorada inauguración del Museo Fortabat, un edificio ultramoderno diseñado por Rafael Viñoly, en Puerto Madero, permite finalmente asomarse al mito.

 Por María Gainza

Diluvia. Adentro, hay una gotera en el techo. El agua cae sobre el piso de roble de Eslovenia y deja un charco. En el Museo Fortabat, un miembro del plantel ya ha corrido la voz. Alguien, seguramente, llamará al techista. En medio de tanto lujo, de tanto hermetismo, esa filtración llama la atención. Pareciera insinuar que todo secreto tiene su fisura. Toda coraza, aun las de cemento, su grieta.

EL CENSO EN BELEN, DE PIETER BRUEGHEL II, LEJOS LA NIÑA BONITA DE LA COLECCION.

Durante más de treinta años, la colección de obras de arte de la señora Amalia Lacroze de Fortabat fue para muchos un chisme imposible de corroborar. De esos que por el solo material del que está hecho –dinero, arte, poder– cobran pronto status de leyenda. Decían, por decir, que tenía un Turner colgado sobre la pileta climatizada porque el vapor hacía juego con la atmósfera de los cuadros del pintor inglés; que Andy Warhol se había enamorado de ella y que le había regalado unas serigrafías a lo Marilyn Monroe; que durante su estentórea amistad con el presidente Carlos Menem éste le había pedido prestado unos gauchos de Prilidiano Pueyrredón para engalanar los asados en la Quinta de Olivos; y que recientemente, en época de tambaleos financieros, había tenido que vender un Gauguin, un Degas y un Matisse para pagar deudas. Con el tiempo, para los acólitos del arte que sólo podían llegar hasta las rejas del tríplex de la Avenida Libertador, y quedarse ahí colgados, un puñado de monos esperando su maní, la colección Fortabat se convirtió en El Dorado del mundo del arte. Y por eso resultó casi un fastidio cuando, en octubre de 2008, el muy postergado museo finalmente abrió sus puertas. La leyenda dio paso a la realidad. Y la realidad, como ocurre siempre, es defectuosa.

El edificio de bóveda de vidrio y acero diseñado por Rafael Viñoly tiene un aire industrial, de fábrica metalúrgica, que empalma en rara sincronicidad con las grúas Velociraptors y los mástiles blancos del paisaje de Puerto Madero. Pero de noche, cuando los parasoles se levantan, el lugar atraviesa una misteriosa transformación: los cuatro pisos del museo se iluminan y unas 200 obras de arte parpadean como luciérnagas atrapadas dentro de una jarra de vidrio; su aura centellando sobre las aguas turbias del Río de la Plata.

I

La historia del arte no tiene un comienzo, un medio y un final. Sólo hay sucesos, años y obras dispersas. Y una buena colección elige ordenar aquellos datos sueltos de cierta forma; dar su perspectiva, moldear, a su manera, el caos. Como mucho puede decir: “Esta es la mejor historia que puedo contar con lo que tengo y sé hoy”. Una colección exhibida al público debe ser audaz, pero también humilde, ya que ofrece verdades provisionales, atadas a los avatares de la compra y la venta. Una colección es, además, una declaración sobre la identidad de su dueño.

¿Qué nos dice la colección Fortabat sobre su propietaria? Nos cuenta que ella ha sido una niñita consentida acostumbrada a comprar lo que se le ponía entre moño y moño. Lo que no sorprende. Es probable que el capricho sea un móvil poderoso detrás de toda buena colección. Y lo que termine dando asociaciones estrambóticas, pero, por la misma razón, originales, cosa poco habitual en el coleccionismo argentino –en especial contemporáneo–, donde todas las colecciones parecen la misma. Entonces, que haya comprado por puro antojo es algo bueno. El asunto es que, al volverse pública, esa audacia cobra otra dimensión: entra en el ojo del huracán.

JULIETA Y SU NIÑERA, EL MITICO WILLIAM TURNER, LA OTRA JOYA DE LA COLECCION Y ALREDEDOR DE CUYA UBICACION TANTAS CONJETURAS SE HICIERON.

En ese sentido, la colección tiene algo de los zapatos de Imelda Marcos. Un berrinche, por momentos, inaguantable, y por otros, divertido en su desfachatez. El espectro que abarca quita el aliento. Va desde la legendaria y cochambrosa Difunta Correa de Berni hasta un mosaico bizantino caído del cielo, desde unos delicadísimos Grueze hasta unos Pérez Celis dudosos; desde unos Xul Solar imperdibles hasta unos Polesello flojísimos. La cantidad de pintura nacional –unos buenos Macció y Noé, otro buen par de Butler y Thibion de Libian y varios Rugendas, Pueyrredón y Della Valle– señala uno de los puntos fuertes de la colección: la exhaustividad con que compró pintura argentina y que ahora, en lugar de llevársela a la tumba, o repartirla por ahí, ha decidido exhibir al público en un proyecto carísimo. Por lo que no es tanto el potpourri como la manera en que se presentan las obras en sociedad lo que asombra.

El montaje es abarrotado y recuerda el botín de guerra de un general romano, obtenido a cuatro manos en un saqueo a una ciudad vecina. Además, el hilo de familia que hay entre las pinturas es tan delgado que, por sectores, parecen no reconocerse entre ellas. Lo que termina dando momentos incómodos: como el arlequín geométrico de Roberto Aizenberg al lado de un desnudo de Juan Lascano que debe tener al pobre Aizenberg revolviéndose en la tumba. El gesto, la boutade si se quiere, son los collages pop de la nieta de la Señora enfrentados al muy concreto Raúl Lozza. Amén de darse el gusto de colgar a sus seres queridos, la situación es tan forzada que sólo consigue que las obras se empasten, logrando que los dos pierdan y ninguno gane.

II

Dicen que hubo curadores, pero que a última hora la que decidió todo fue la Señora. Desde el living de su casa miró los planos del museo que recién pisaría por primera vez el día de la inauguración y, pared por pared, digitó qué iba en cada sala. Luego, con una lapicera, marcó con una cruz el lugar donde cada guardia de seguridad debía pararse.

Que se haya largado a hacer todo sola es admirable. Sería una tarea considerable para una mujer de cualquier edad, mucho más para una de ochenta y largos. Sus míticos bríos, se ve, siguen intactos. Pero es una pena que haya desestimado el conocimiento colectivo acumulado en un largo siglo XX de ensayo y error en materia de montaje de muestras. La alquimia de una buena curaduría es sencilla: a veces poner una obra al lado de otra logra que 1 más 1 sea igual a 3. Dos obras alquímicamente bien colgadas mantienen sus propiedades intactas, se influyen mutuamente y crean una tercera cosa que dispara cascadas de pensamientos e ideas. Es una reacción en cadena. Y a veces ocurre. Una mezcla de magia negra y ciencia. Todo razonamiento está propulsado por alguna clase de sentimiento y todo sentimiento serio tiene algo de razonamiento. Por supuesto que un museo no debería promover un montaje fácil y aburrido. Instruir deleitando, como pretendía Diderot, sería una mejor alternativa. Cuando se piensa en un museo como una iglesia se debería pensar en ellos como templos del pensamiento mágico, lugares que permiten las apariciones. El sorpresivo y mágico encuentro con lo desconocido.

EL OLEO REALIZADO POR EL PINTOR CATALAN ALEJO VIDAL-QUADRAS EN 1962, CUANDO LA SEÑORA YA ESTABA CASADA CON FORTABAT Y EL DIBUJO EN CARBONILLA Y PASTEL, TAMBIEN DE VIDAL-QUADRAS, HECHO EN 1946.

Pero el cliché no lo es en vano. El poder aísla y genera un tipo particular de paranoia. La idea de que el enemigo está afuera. El completo anonimato del equipo que trabajó en el museo es un síntoma de esto: dada la ausencia de créditos, uno pensaría que fue la Señora misma la que se subió a una escalera para colgar los cuadros, prendió con sus manecitas los 2 mil farolitos de luz Erco, restauró el color sobre el manto de la Virgen de Breughel y, con legendaria habilidad para el manejo del Indesign diseñó las páginas, tomó las fotos y escribió los textos del catálogo. Que el Museo Fortabat no dé cuenta de ningún logro grupal sólo puede hablar de alguien a quien el dinero ha dejado en soledad.

III

El 13 de enero, el magnate textil Luciano Benetton amarró su yate ecológico en Puerto Madero y bajó a conocer el Museo Fortabat. Quedó absorto ante un Vicente Forte que parece el diseño de un suéter de la marca. Después siguió su vuelta al mundo en 80 días. Por supuesto, para un europeo el Breughel o el Turner no deben haber sido novedad. Pero acá podrían perfectamente estar solos, uno en cada punta de la sala, como rey y reina presidiendo su larga, muy larga, mesa.

Julieta y su niñera de Turner es una pintura luminosa y controvertida. Apenas terminada, en 1836, el pintor fue acusado de “senilidad mental” por haber colocado a los personajes de Shakespeare en un balcón de Venecia en lugar de Verona, y esto provocó que el célebre John Ruskin saliera en su defensa en una carta tan laudatoria que el mismo Turner le rogó que no publicara. Y aun así, lo que importa, lo que aún está ahí, es ese cielo alucinante de azules, blancos y grises, y –su mayor descubrimiento como colorista– la “sombra escarlata” que de tan real parece falsa. Pero es El censo de Belén de Brueghel, una pintura endiabladamente buena, la niña bonita de la colección. Detrás de un vidrio antibalas, la extraña frescura y exactitud de cada toque de color se conserva intacta. La genialidad de aquel viejo loco: el rostro cansado de María a punto de dar a luz, su cuerpo protegido del frío por una pesada piel, y cómo cada personaje da la espalda al otro, ensimismado en su nieve eterna. Con un cuadro así, de esos que dan taquicardia, en realidad todo lo demás resulta una nota al pie.

IV

No están juntos, pero hay una serie de retratos que trazan el arco de una vida. El primero es un dibujo en carbonilla y pastel del pintor catalán Alejo Vidal-Quadras que muestra a la Señora en 1946, cuando aún parece la señorita Amalia, una debutante. Lleva un vestido blanco, las mejillas rellenas. Deja que sus ojos pensativos se pierdan hacia la derecha; probablemente mire a su novio, a quien podemos imaginar supervisando el cuadro. Sus brazos caen lánguidos de la silla, pero su mentón bajo, desafiante, anuncia ya su determinación. Parece una heroína de Henry James, una Daisy Miller con más cojones. En 1962, el mismo pintor la vuelve a retratar en óleo, y ya es otra. Ahora es la Señora de Alfredo Fortabat, una mujer de mundo. Un trajecito sastre de color durazno y unas perlas la contienen. Apoya los brazos con decisión, pero algo en ella vibra, como una mujer atrapada en la suburbia de Cheever. El tercer retrato es una serigrafía de Andy Warhol: 1980 reza la fecha de realización, pero podría decir cualquier otra porque ahora el gurú de la publicidad ha convertido a la Señora Fortabat en una marca. Es un trozo de hielo que no se derretirá jamás. Los años ya no le pasan, su cuerpo ya no existe. La máscara warholiana es una fortaleza, aparentemente inalcanzable. El mundo ya no la toca, pero tampoco ella toca al mundo.

EL ESPECTACULAR EDIFICIO DEL MUSEO EN PUERTO MADERO, DISEÑADO POR RAFAEL VIÑOLY, CON UN TECHO ABOVEDADO DE VIDRIO Y METAL QUE ASPIRA A GARANTIZAR LA MAYOR LUZ NATURAL POSIBLE.

Olga Cossettini 141
Puerto Madero
Martes a viernes de 12 a 21
Sábados y domingos de 10 a 21
Entrada: $ 15
Estudiantes, jubilados y docentes: $ 7
www.coleccionfortabat.org.ar

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RETRATO DE LA SEÑORA AMALIA LACROZE DE FORTABAT CON EL QUE, EN 1980, ANDY WARHOL LA VOLVIO UNA MARCA.
 
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