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Domingo, 22 de marzo de 2009

ARTE > LOS BORDADOS DE LEO CHIACHIO Y DANIEL GIANNONE

Con una agujita de oro

Delicados, domésticos y artesanales, los bordados de Leo Chiachio y Daniel Giannone pertenecen sin duda al arte contemporáneo, pero entran en él rescatando lo más antiguo del bordado: la cantidad descomunal de horas de trabajo, la libertad absoluta dentro de una tarea codificada y la sofisticada creatividad escondida durante años en la esfera privada.

 Por María Moreno

Leo Chiachio y Daniel Giannone son gemelos monocigóticos imaginarios, una unidad creativa que parece no haber tenido una vida anterior al huevo, fundadora de un país en dúo totalmente autónomo, como si hubiera sido creado placenta adentro y sin límite de invención y en donde el bordado y ahora la porcelana son las industrias nacionales. Es cierto que los artistas tuvieron una prehistoria separados, pero cuando la cuentan es como si hablaran de otros. Cada puntada, en sensual punto francés o gusanito, dada sobre una flor de ceibo de tela industrial, cada mandala de punto cadena y efecto joya sobre una capa imperial, cada ensayo en photoshop con pelucas de mandarín u orejas de fierita, parecen querer recuperar el tiempo que los artistas no pasaron juntos. Es como si ellos nunca hubieran cesado de decir, como en esa infancia en donde no se conocían, “dale que...” dale que vos eras el pombero y yo el yacaré pero el yacaré quiero ser yo vos das más pantera entonces seamos por turnos pero y piolín ah nos olvidamos de piolín dale que yo era pombero y piolín pomberito, entonces yo soy el emperador y vos me llevás el manto pero entonces no me hagas tan gordo y vos que me hiciste como susana romero– y allí se gasta todo lo proteico del juego y entonces ya no importa si lo realizan o no, sólo que no cesan de realizarlo mediante una tarea en donde la rutina se rompe agregando cada vez una mayor complicación –hacer paisajes con pompones, bordar un saco de trabajo hasta que pese como un ropero, afinar la línea de los dibujos en porcelana con un instrumento que encandila la vista–, una variante vueltera como cuando se sale en excursión por la piel del amante, y en donde la búsqueda de pruebas falsas no tiene fin. ¿Pruebas falsas de qué? De que Leo y Dani han nacido juntos.

De la serie Los herederos, 2008, 66 x 62cm.

La tradición femenina del tejido y del bordado no sólo indica acatamiento a las tareas impuestas por los patrones de género: en el interior de sus límites, muchas mujeres han logrado trascenderlos –la crítica Josefina Ludmer ha dicho menos enigmáticamente de lo que se supone que las mujeres hacen lo que quieren aun cuando hacen lo que no quieren. La reina Matilde de Bayeux utilizó la técnica del tapiz para entretejer los nombres y las historias de las mujeres tejedoras (usó el bordado para legar el documento histórico de una genealogía)–. En el siglo XII, una monja llamada Guda puso su nombre y autorretrato en sus versiones bordadas de las primeras letras del alfabeto. Más recientemente, Ethel Wright Mohamed, de Belzomi, Mississippi, escribió en su costura un álbum de familia (una autobiografía de costurero). Chiachio&Giannone recogen esta tradición militante de la aguja y en su obra común siempre está presente, puede decirse que entre hilos, la bandera gay y las alfombras realizadas colectivamente para rendir homenaje a los muertos de sida. Entonces la acción de bordar es una oración agnóstica que recuerda los muertos –de una manera desplazada, nada panfletaria, por ejemplo en Paisaje con calaveras– mientras sigue sosteniendo la Internacional de Eros a través de una utopía imperial benigna: con el mismo ademán de esas damas mendocinas que bordaron la bandera de guerra para San Martín, desmilitarizar todo y, desde la pareja, conquistar en imágenes cada cultura, cada colectividad, cada mito en una suerte de pandecoración del mundo.

Chiachio&Giannone no sólo recuperan para el arte “alto” la sofisticada creatividad secuestrada por siglos en la esfera doméstica sino que disuelven las fronteras entre arte conceptual y pintura, entre arte y actividades prácticas, entre mitología amorosa y épicas nacionales o tribales, entre fashion y proclama.

Panda y conejo, 2008, 124x185 cm

Cuando vemos un Chiachio&Giannone, a la impresión estética sucede un pedestre “¡Qué trabajo!”, quizá porque en el arte contemporáneo el valor trabajo está en desuso.

Ese valor trabajo cotiza, sin embargo, como en todo goce, es gratuito y el supuesto sacrificio bien podría llamarse sacrificio sonriente, ya que el peso de la tela durante el verano, su resistencia que encallece los dedos, el sobrebordado que rompe la serie del bordado industrial, no hacen más que aumentar el placer siempre diferido pero también sostienen la fantasía de dominar el tiempo más allá de sus límites mientras se lo va volviendo de todos los días (Chiachio&Giannone bordan de 14 a 21, al compás los teleteatros Tormenta en el paraíso, El amor en la tercera edad, Las tontas no van al cielo, La rosa y el clavel, La niña moza y ahora ¡Xica da Silva!).

Gemelos monocigóticos, sí, pero nada de padre y madre. Si Leo y Dani suelen posar para sus propias agujas en cuclillas y a la primitiva, o haciendo el bípedo completo que exigen las tapas de los magazines de moda o poniendo sólo el busto como para una estatua municipal, más a menudo posan de acuerdo al modelo occidental en donde el dúo se asocia a la idea de sucesión como en esas series de retratos de parejas que suelen acompañar las escaleras de mármol en los palacios XlX. Solo que Leo&Dani&Piolín son un conjunto antiedípico. Ese salchicha que sabe hacer de dama de compañía imperial, bebé de carcaj o Cristo de pesebre apócrifo, no es un hijo sino el tercero necesario a toda pareja. Piolín es una figura extrafamiliar como aquellas que se encuentran en ese espacio fabuloso en donde transcurren los cuentos de hadas: el bosque, verdadera patria de los niños –¡qué voluptuosidad sentir en las espaldas las garras del águila que nos rapta para llevarnos al cielo, que nos engrillen los gitanos y nos obliguen a bailar, ver al lobo vestido de mujer!–. Por eso ha sido excluido de la letanía de la reproducción, para una alegre inmadurez sin fin: él no sale a pasear con la patota de patanes de razas belicosas a las que el paseador ata del mismo poste mientras ellos tiemblan de emoción en un conato de masoquismo, ni hace pis a reloj no bien sortea el felpudo de entrada. De raza miniatura, cuando la miniatura está destinada a conservar aquello que se extingue, Piolín, con los ojitos luminosos, no cesa de decir a sus dos amores que por suerte no son sus padres: “Qué tedio desear a mamá y querer matar a papá cuando podemos divertirnos los tres como perros”.

Pombero, pomberito y yaguareté, 2008, 165x290 cm

En un libro delicioso sobre los dúos de escritores, Escribir en colaboración, Michel Lafon y Benoît Peeters reproducen los saludo que los hermanos Jules y Edmond Goncourt solían intercambiar con Gustave Flaubert: “Les estrecho las dos manos y les beso las cuatro mejillas”, se despedía Flaubert, a lo que los Goncourt respondían: “Ponemos nuestras cuatro manos en las suyas, si entran...”. De plagiar a los Goncourt, Leo y Dani deberían agregar al “si entran”, “y si usted no se pincha”.

Rohajhu quiere decir “te quiero” en guaraní.

Rohajhu
Leo Chiachio y Daniel Giannone

Ruth Benzacar
Florida 1000
hasta el 2 de mayo
www.ruthbenzacar.com
Este texto de María Moreno está incluido en el catálogo de la muestra.

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De la serie Los herederos, 2008, 66 x 62cm (detalle).
 
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