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Domingo, 15 de diciembre de 2002

CONJUROS

El año que vivimos en peligro

Mezcla de diario de artista y de sismógrafo colectivo, Limbo, el nuevo libro de Martín Kovensky, sigue mes a mes la trayectoria demencial del 2002 –el año que partió en dos la vida de los argentinos– con una estética de montaje que baraja fotografías, diseño gráfico, pintura, textos, ready-mades y hasta los aportes de una selecta asamblea de artistas amigos.

POR CECILIA SOSA
“Bienvenidos al mayor default de la historia del capitalismo... Del culo del mundo a la cabeza de la globalofobia.” Ése es el punto cero de Limbo. Argentina 2002. Un relato en imágenes, el libro de Martín Kovensky, multifacético artista plástico y diseñador cuyo inquietante plumín cumplió 20 años metaforizando lo real en los medios y acaba ahora de lanzarse a la novedosa experiencia de contar la historia argentina del último año con una polifonía de imágenes que no excluye la palabra. Diciembre 2001: “La sociedad argentina hizo ¡crac! Y todos entramos en el limbo”, anuncia Kovensky en el primer capítulo del libro que sigue un esquema calendario. ¿Por qué Limbo? Kovensky encontró el título después de reformar su casa de Chacarita: las dos puertas blancas, una que abre y otra que cierra, dejaron al descubierto un extraño juego de espejos metonímico de la Argentina. Esa imagen es una de las últimas que aparecen en el libro, pero desde el principio lo recorre de modo casi cabalístico. “Una entrada y una salida: en esa simetría pude ver el punto de inflexión. Ahí estaba: más allá de su acepción literal, el limbo es algo que está entre el infierno y el paraíso. Y el 2002 en la Argentina fue realmente un año entre el infierno y –ojalá, también– hacia el paraíso. Al menos como posibilidad de pensamiento.”
Con esa dualidad como soporte y un calendario como estructura manifiesta y pretexto, Limbo revisita la historia argentina reciente. “Los 12 meses son la organización real de un año, pero el 12 también es un número muy mágico, que recorre el conocimiento en todos sus niveles.” Un complejo de fotografías, arte gráfico, fotorreportaje y diseño en diálogo ecléctico con la prosa, donde Kovensky se toma su revancha personal luego de 20 años de ilustrar la palabra ajena. “Mis dibujos son como mariposas de papel que después se usan para envolver huevos. Construir una narración completa es el punto alto de mi carrera. Una inflexión. Partir de la palabra fue como amigarse con un vecino con el que te puteabas durante 20 años. De a ratos tenía miedo de que fuera una ingenuidad. Pero ser escéptico y catastrófico ya está pasado de moda: es una actitud dinosáurica”, dice. Esa voluntad de tomar el control del relato le permitió a Kovensky invertir la lógica e invitar a Martín Caparrós y a Leila Guerriero a ponerles letra a los meses de noviembre y abril.
Lo que animó la búsqueda del artista fue –en parte– el apremio por delinear una nueva estética. “La del menemismo fue una estética de Alicia en el País de las Maravillas, de no meterse. Pero, ¿qué estética cabe después de este quiebre? Me pareció importante salir a buscarla.” Y Konvensky salió. Con una cámara digital registró carteles ausentes, veredas rotas, subtes japoneses, gente entregada a la lucha y también a la desesperanza. “Y sí –sigue–; este año hubo de todo, todos quisimos suicidarnos alguna vez y también todos quisimos creer que podía ser el comienzo de alguna otra historia. Es un proceso en el que todavía estamos inmersos. Eso me gusta del libro: está jugado sobre la realidad. Después vendrán los sociólogos”, dice Kovensky.
En la música chirriante, plagada de arritmias, que resuena en Limbo, el cruce entre lo social y lo personal está siempre presente. Así, la primera imagen del libro es un boleto capicúa. “Lo encontré en una colección de boletos, obra del chico obsesivo que era yo a los 12 años: puras sublimaciones sexuales”, se ríe. Esa señal, cuyos mecanismos Kovensky dice ignorar, se despliega a lo largo de todo el relato, resuena en el armado y despierta sorpresas aun ahora, cuando el libro ya volvió del Fondo de Cultura Económica, la editorial que lo publicó.
La invitación a contemplar los fragmentos de un año de quiebres no está exenta de humor. Así, de un primerísimo plano del célebre chino saqueado, la sonrisa enorme de Adolfo Rodríguez Saá y los titulares de Crónica denunciando saqueos –imágenes granuladas tomadas directamente del televisor– se salta a una animación on line donde un cerebro parecido aun pollo es invitado a volar bajo el slogan Libera tu mente del corralito. O de un mapa de la provincia de Buenos Aires intervenido con tijeras y gráficas para marcar las rutas cortadas se puede pasar a un karma bank. O de las briquetas de billetes destruidos –merchandising autóctono del Banco Central– pesados en una balanza sin justicia se va con sólo dar vuelta la página a un ciudadano hormiga pronto a darse a la fuga con las migajas de los billetes devaluados.
Una puerta que abre, otra que cierra. “El libro mismo es un relato de entrada y salida sobre la realidad. David Lynch dice que el fracaso puede ser una puerta a la libertad. Es una gran frase para este año de la Argentina”, dice Kovensky. En mayo son las Redes: el elogio de lo nuevo, de “la extraordinaria oportunidad para ampliar el paradigma colectivo”. Así, en distintos soportes, aparecen asambleas, clubes de trueque, las fábricas recuperadas, el “que se vayan todos” y las bolsas de los cartoneros, la burla a la clase media. “Me embola eso de asustarse ante la crisis. La crisis está bárbara, es mucho más real. Se está pagando el precio de haber entregado lo colectivo. De alguna manera se corrió esa máscara. Y más allá de que sea confuso, en algún punto yo prefiero la verdad. No esa cosa psicótica en la que estábamos”, dice Kovensky.
Junio. No logo. Un país en remate. Los carteles publicitarios en blanco se deterioran esperando avisos que no llegan. “Esos carteles me dan una cosa de silencio, de olvido. ‘Metete a la rubia del desodorante en el orto, el autito, ese tipo bólido’, ya pasó. Pueden ser un índice de lo tremendo de la crisis, pero también de la posibilidad de escribir un futuro. Fracasamos, ¿en qué? ¿En no tener un auto último modelo? ¿En no tener una pileta de natación llena de cloro?”
En medio de la zozobra también hay imágenes balsámicas: San Marcos Sierra, el reducto hippie del artista en febrero, o las imágenes capturadas por Ana Gilligan, coautora de la obra, en Desde el balcón de julio. ¿Ironía? “Está pensado desde cierta ternura, pero la ternura siempre corre el riesgo de parecer irónica en un medio de tanto dolor. También puede ser un gesto de retirada. ‘Mátense, yo riego las plantas!’” Don’t touch my mind es el pedido que iba a titular el capítulo y se ha filtrado en el texto. “Y sí –dice Kovensky–, también hay algo de estrategia de supervivencia.”
El libro es en gran parte el resultado de una transposición de soportes. La materia bruta está en la página web (www.kovensky.com) donde el artista se propuso construir una suerte de diario íntimo, subiendo una imagen por día. “No soy tan zen: quedará para cuando sea grande”, se ríe. El proyecto se redondeó en una imagen por mes, y las imágenes decantaron en Limbo en forma de relato. También hubo espacio para los dibujos íntimos atesorados en la fila de cuadernos Rivadavia, para los que el artista reserva un estante de su biblioteca.
La única producción realizada especialmente para Limbo fue la que corresponde a octubre, el mes del triunfo de Lula en Brasil. “Fue la menos espontánea: me saqué un pasaje y me fui a verlo ganar. Lula es de lo más artístico que hay política”, dice Kovensky, que tiene con Brasil, donde se exilió durante la dictadura, una relación afectiva. “En Brasil, que tiene cinco veces más habitantes, hubo 300 muertos, mil veces menos que en la Argentina. Acá arrasaron. ¿Por qué acá no hay alternativas? El vacío es excesivo. Ese precio se paga.”
El libro, terminado en noviembre, concluye con una incógnita: diciembre de 2002. “El arte es lo único que nos puede sacar del limbo”: ésa es a la vez la apuesta y el pedido. Pero el oráculo se despliega apelando a una “asamblea de artistas” cuyas obras dan cuenta de nuevas preguntas colectivas. El Palacio de Justicia invadido por las cucarachas de León Ferrari, lecops intervenidos por Ral Veroni, el cactus estallado de Marcia Schwartz, una económica versión de El grito de Ivana Martínez Vollaro, unamujer alterada de Maitena maquillando lo inmaquillable, entre muchos otros. “Me pareció pertinente el gesto asambleístico de incorporar más gente. El arte tiene que difuminarse como actitud. Hace falta creatividad para poder crear un nuevo concepto de justicia, para que no nos afanen más”, dice Kovensky.
En una suerte de nuevo comienzo torcido, la serie de imágenes repite los capítulos del libro y la estructura secreta del 12 vuelve a emerger. Así, Marcos López recrea en una foto de un asado cordobés una vernácula versión de La última cena. Tira de asado, damajuana, doce apóstoles morrudos y “saravá”. Al filo de la presentación, Kovensky asegura que siente alivio por haber “purgado los fantasmas”. Lejos de un monumento a la memoria, el artista apuesta a que Limbo ayude a procesar el año, pero también a olvidarlo. “Es para, de acá a diez años, sacarlo de un anaquel y cagarnos de risa: ‘Uy, ¿te acordás del chino ése, boludo?’” Eso, a la espera de alguna transmutación: “Somos un pueblo malvado –termina Kovensky–. Tenemos que reencarnar en algo mejor.”

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