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Domingo, 31 de mayo de 2009

MúSICA > CESáRIA EVORA EN BUENOS AIRES

La voz descalza

Hija de esas islas primero colonizadas y luego abandonadas durante siglos llamadas Cabo Verde, heredera de la tradición musical de sus puertos, impregnada de tristeza y soledad, educada musicalmente por un marinero, obligada a abandonar el canto durante una década para trabajar y finalmente descubierta en Portugal, Cesária Evora se convirtió en la diva descalza de las mornas y una de las voces más importantes del mundo. El martes que viene se presentará por tercera vez en Buenos Aires, ciudad en la que descubrió las afinidades entre la morna y esa otra música portuaria y nostálgica: el tango.

 Por Diego Fischerman

Verde sobre negro. Las plantas contra la piedra volcánica. Y alrededor, el mar. Cuando los portugueses fundaron su primera ciudad en ese lugar que después se llamó Cabo Verde, en 1462, no había nadie. Después intentaron plantar caña de azúcar. Pero el lugar prosperó con el tráfico de esclavos. Esas islas frente a Senegal ofrecían algo irreemplazable en tiempos de esclavitud y comercio naval (y de navegación a vela): un puerto en el Sur del Atlántico y una escala en el trayecto desde Africa hacia América. Y después no ofrecieron mucho más. Allí quedaron los descendientes de los colonos y de los cautivos. Y una canción, impregnada de la tristeza de unos y otros, una especie de fado africano que cantaba males de pobres y solitarios: la morna. “En Lisboa se llora como sólo se llora en los puertos”, dijo una vez a este diario Amália Rodrigues, la gran estrella del fado. “Sin esperanza y sin ventura”, canta a Sao Vicente, Cesária Evora, la gran –o la única– figura de la morna.

Nacida en Mindelo, la ciudad principal de la isla de Sao Vicente, en el archipiélago de Cabo Verde, donde hace años que casi no llueve, Evora ayudaba a su madre a cocinar y a vender comida, y ayudaba con la limpieza y la cocina a cambio de unos pocos escudos caboverdianos, en el orfanato de la ciudad. Allí había, también, un coro. Y allí empezó a cantar. Su padre había muerto cuando ella tenía 7 años y fue un marinero llamado Eduardo, quien le enseñó las primeras mornas y coladeiras, el otro género sobre el que los caboverdianos reclaman propiedad. A los 16 empezó a cantar en bares y hoteles; los músicos locales la idolatraban; su tío, un compositor de canciones que se presentaba con el seudónimo de B. Leza (belleza, en la pronunciación portuguesa), le brindaba un repertorio original y ella se convirtió en “Reina de las mornas”. Pero claro, era la reina de una isla abandonada, y durante una década a la que llama “los años oscuros” debió dejar de cantar para trabajar de cualquier cosa y sostener a su familia. Una época en que, además, se volvió alcohólica. Entonces viajó a Portugal, donde comenzó a actuar en conciertos patrocinados por una organización de defensa de los derechos de la mujer. Y allí la escuchó un francés descendiente de caboverdianos llamado José da Silva, que la llevó a París y, en 1988, le produjo un disco, La diva aux pieds nus (La diva descalza). Evora tenía 47 años y su canción “Sodade” (equivalente en portugués criollo de saudade) se convirtió en un éxito internacional.

“La música que cantaba de niña es la que sigo cantando ahora”, dice Evora, que este martes cantará nuevamente en Buenos Aires. El concierto, en el Luna Park, es parte de una gira en que la cantante presenta en vivo el que sigue siendo su último disco, Rogamar, un proyecto en que acentuaba la influencia brasileña sobre su música, confiando incluso arreglos al cellista y orquestador Jacques Morelenbaum (integrante del grupo de Egberto Gismonti, miembro de un grupo con su mujer, Paulo Jobim y Ryuichi Sakamoto y factótum de varias producciones de Caetano Veloso con quien, también, Evora grabó a dúo el tema “E preciso perdoar”). La cantante dice que, en Cabo Verde, ciertas músicas de América del Sur, “sobre todo de Brasil, por la cercanía idiomática, pero también tangos y boleros”, se escuchaban tanto como el fado. Su primera visita a esta ciudad fue en 1999, cuando actuó en La Trastienda, y la segunda un año después, en que actuó en el Gran Rex. En ese momento su nombre empezaba a ser una de las figuritas más buscadas en esa parte del mundo musical que el mercado central denomina “música del mundo”. Es decir, del resto del mundo. Y poco después llegó el Grammy en esa dudosa categoría. Cesária Evora no pretende fidelidades más que “a mi manera de cantar y a las canciones que voy descubriendo; no sólo las que ya sabía de chica sino también las que me van acercando o voy escuchando. No voy a dejar de cantar una canción hermosa como ‘Bésame mucho’ porque no haya sido compuesta en Cabo Verde”. “Las noticias llegan del mar; las buena y las malas. Y en los puertos, las mujeres crecemos y vivimos mirando el mar y esperando”, decía Amália Rodrigues. “Sao Vicente es una isla, parte de Cabo Verde. Y en las islas todo llega del mar”, dice Cesária Evora. “Los puertos tienen sus propias historias. Y lo extranjero no es extranjero. Todo el tiempo está llegando gente de todas partes y, también, yéndose. Con ellos, llegan y se van canciones. Por eso es que en nuestra música está lo portugués, y está una manera de interpretar, una cadencia, que viene de Africa, pero también están todas esas canciones de marineros que fueron y vinieron durante siglos.” Alguien aventuró alguna vez que la palabra “fado” se relaciona con “fatum”, el destino. Y aunque seguramente no hay raíz en común, morna lleva a pensar en las nornas, esas diosas nórdicas del destino a las que hasta las otras deidades debían obedecer. Fado y morna son canciones tristes, portuarias, como el tango. “La última vez que estuve en Buenos Aires me llevé cantidades de discos de tango”, confiesa Cesária Evora. “Y es posible que cante alguno. Las maneras son distintas de las nuestras, menos íntimas, menos susurradas. El tango es un poco más heroico, y tiene detrás, muchas veces, esas grandes y magníficas orquestas, mientras que la morna, como el fado, es una canción con guitarras, más de bares que de grandes salones. Pero los sentimientos son los mismos, son sentimientos de la gente que vive en los puertos: la soledad, el amor, el abandono, la sodade.”

Cesária Evora se presenta el martes 2 de junio en el Luna Park (Av. Madero 420).

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