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Domingo, 21 de febrero de 2010

Nuestra huella en el mundo

 Por  Ariel Dorfman

Más o menos cada diez kilómetros, una pila de piedras, una cruz, un pequeño santuario que parece hecho de tiza, en algunos casos hasta un templo en miniatura, para registrar el lugar donde alguien murió de manera violenta y donde se presume que el alma (el alma pequeña, la animita) sigue rondando, dispuesta a interceder en nombre de los vivos con los dioses o la Virgen o quien sea que esté al mando del más allá y pueda hacernos favores. Las pequeñas muertes y los pequeños muertos que no pudieron llegar a esos cementerios que comienzan a salpicar el horizonte a medida que penetramos en los salares, donde brotaron los pueblos salitreros. Y luego lo que parecen ser espejos acostados durante varios kilómetros a lo largo de la carretera, quizá receptores y transmisores por satélite o dispositivos para captar la energía solar, de una ultramodernidad tan extraña y casi grotesca en un desierto en el que, si uno se desvía diez metros del camino, todo se halla intacto, exactamente igual a como estaba hace un millón de años.

Formas en las que tratamos de marcar la tierra como nuestra.

Mensajes en el desierto. Viajeros que nos precedieron se detuvieron, recogieron piedras, de un color rojizo, incluso más rojo en contraste con las estériles dunas de arena de más atrás y que escribieron sus nombres a un costado del camino..., mensajes de amor, pequeños recuerdos de esperanza y desesperación, fechas, corazones. Siento que surge una desusada ternura en mi interior cuando pasamos por esas palabras escritas sobre la piel del desierto, que derrite la ira que los graffiti en los paisajes naturales suele causarme, experimento una camaradería con esas personas que tocaron este paisaje y dejaron algo, cualquier cosa, grabada en sus rasgos, escrita en el desierto como si fuera una página.

“Yo estuve aquí, dicen, léeme, he pasado por...” ¿No es eso lo que yo mismo he venido a hacer? Aunque pensé en penetrar sus secretos, ¿acaso no estoy rozando la superficie de esta tierra con el objeto de dejar alguna especie de marca? ¿No está este desierto lleno de pictografías y petroglifos y jeroglíficos gigantescos que dejaron sus primeros habitantes, los antepasados de los hombres y mujeres de Monte Verde, acaso no intentaron ellos también enviar mensajes que todavía intentamos descifrar, escribiendo a su manera sobre el desierto con los elementos que ofrece ese mismo desierto, sus piedras como palabras, sus piedras como ideas?

Y esa es la razón por la que ahora me dispongo a parar, cuando nos acercamos a la intersección en la que debemos salir de la Panamericana y tomar la carretera en dirección oeste que desciende en dirección del mar y Antofagasta, a setenta kilómetros de distancia, por mucho que ya esté oscureciendo, por mucho que se nos esté haciendo tarde y nuestro amigo novelista espere nuestra visita.

Allá adelante, a un costado de la carretera, se levanta una gigantesca mano de granito sobre un suave terraplén en el desierto. Sí, dije una mano de granito y dije gigantesca; tiene unos veinte o treinta metros de altura... Una estatua de roca lisa, esta Mano, erigida aquí en 1992 por el escultor chileno Mario Irrarrázaval para conmemorar la presencia de humanos en esta tierra, tanto la de los europeos que llegaron en 1492 como la de aquellos que habían hecho el viaje tantos milenios antes de Colón.

Nuestra respuesta al desierto, esa mano.

Lo que nos hace humanos. Que no podemos aceptar el vacío, la nada. Que todos queremos dejar algo, una huella, un rastro, pero no por accidente y no en el barro, no sólo el resbalón casual de un pie de camino a otra parte, sino deliberadamente, a veces incluso con brutalidad, adueñándonos de lo que encontramos.

Tiene que haber una razón para que la escritura haya nacido en el borde del desierto. ¿Los habitantes de las grandes civilizaciones originales que se generaron en los valles fluviales no estarían demasiado conscientes de las peligrosas inmensidades que los rodeaban? ¿La escritura no se inventó como una forma de apropiarse de un pedazo de tierra, una escritura que en sus comienzos plantó los cimientos de la ley pero también estableció los derechos de propiedad, diciendo esta tierra es mía y no tuya, y menos aún de la naturaleza, la naturaleza que escribe su propiedad de esta Tierra de manera distinta que las letras de los hombres? ¿No fue el temor al vacío lo que impulsó a esos primeros habitantes de las primeras civilizaciones? ¿El mismo miedo nos estaban transmitiendo las rocas huecas de aquellas arenas en las afueras de Caldera esta mañana?

Tratar de establecer alguna forma de permanencia, eso es lo que hacemos, nuestra especie.

Todos nosotros, viviendo en pueblos fantasma, aunque no lo sepamos.

Con la ilusión de que lo que dejamos no sea barrido por el viento, de que algo quede a pesar de la corrosión del tiempo.

Una mano junto a la otra, una mano en la otra.

Fingiendo gloriosamente que perduraremos más que el desierto.

Estas líneas son parte de Memorias del desierto, el

libro de Ariel Dorfman

sobre su viaje por el Norte Grande de Chile, publicado por National Geographic y distribuido por estos días en Buenos Aires.

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