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Domingo, 1 de agosto de 2010

Breve historia de la literatura portátil

Esta semana, por primera vez los libros electrónicos vendieron en Amazon más que las novedades en tapa dura. La semana pasada, Stieg Larsson se convirtió, con su saga de Millennium, en el primer escritor en pasar la marca del millón de libros para el e-book Kindle que la librería virtual inventó. Hace poco más de un mes, J. K. Rowling anunció que finalmente permitiría la venta electrónica de la saga de Harry Potter. A eso se suma el éxito del iPad y la inminencia de Google Editions, quienes tras fotografiar el planeta se proponen digitalizar todos los libros del mundo. El e-book ya convive con el libro. Por eso, Radar explora el fenómeno, recapitula todas esas veces que el libro cambió en el pasado, escucha los argumentos de quienes defienden el libro de papel y quienes aceptan el futuro, y habla con las editoriales para saber cómo es y cómo será la cosa en Argentina.

 Por Juan Ignacio Boido

La escena es así: un hombre descansa en la cima de una montaña que acaba de alcanzar. Está satisfecho: a sus pies se despliega un escenario sin límites, el cielo está despejado y las cumbres nevadas de los Alpes sólo recuerdan la magnitud de su hazaña. Sin embargo, se ve al hombre absorto y feliz con la mirada fija en el objeto delgado y rectangular que sostiene en sus manos. Por su expresión, uno intuye que la sensación de libertad del paisaje a su alrededor es un eco perfecto de esa otra sensación que lleva dentro. El hombre, por supuesto, está leyendo y nosotros podríamos estar ante una nueva publicidad de e-book, de Kindle o de iPad.

Pero no: el hombre es Petrarca, el año es 1353 y lo que se sostiene en la mano es un libro. Toda una novedad de aquel entonces: un libro pequeño, portátil, en este caso una copia de las Confesiones de San Agustín, un objeto amigable y diferente a los monstruosos ejemplares que habitaban los monasterios.

La escena, que el mismo Petrarca describe en la epístola “Subida al Ventoso”, late en el corazón del Humanismo, una revolución cultural como no hubo otra y que cambió para siempre el modo de leer: rescató a los clásicos griegos y latinos del ahogo de la glosa medieval y los liberó del dogmatismo escolástico; convirtió el saber en un elemento indispensable para la construcción de un hombre, en un instrumento político y en un estilo de vida cotidiano; inspiró la fundación de universidades, la aparición de mecenas, el surgimiento de bibliotecas privadas y la proliferación de traducciones. Se empezó a escribir para ser leído en voz alta, se dejó atrás el latín anquilosado, surgieron las lenguas romances, nuevos idiomas para nuevas ideas y nuevos públicos. Los libros y las libretas para tomar notas se podían llevar a cualquier lado, se desarrolló la ágil cursiva en reemplazo de la letra gótica, y empezó a tomar forma la idea de que el mundo podía corregirse como se corrige un texto. Ese redescubrimiento de la Antigüedad convirtió a la red de bibliotecas de la Iglesia que se desperdigaban por Europa como los servidores de Internet se desperdigan hoy por el mundo, en un manantial inagotable de textos y saber que se podían rescatar y reinterpretar. La revolución motorizada por esas búsquedas llevaría a Europa al Renacimiento y su fuerza se seguiría sintiendo durante siglos.

No es poco lo que tuvo que ver en todo esto un significativo cambio tecnológico: la incorporación del papel, llegado de China a través del mundo árabe, como versión económica del pergamino.

Menos de un siglo después de la caminata de Petrarca, otra escena terminará de acelerar esa revolución: un hombre de 52 años finalmente encuentra el modo de realizar la idea que lo acompaña desde su juventud: es 1450 y Gutenberg sostiene en sus manos el primer libro de la imprenta que acaba de inventar. El libro, ahora, se imprime apenas en un par de semanas y ya no hace falta copiar a mano durante meses. En poco tiempo, las imprentas se esparcirán por Europa y los libros, como envoltorios de cientos de saberes, se multiplicarán por miles. El libro volverá a ser laico y Europa florecerá como nunca en 1500 años. Las innovaciones artísticas y los adelantos científicos serán incomparables. Se ha puesto en marcha el Renacimiento. Apenas pocos años después, un niño genovés descubrirá en casa de sus padres una de esas pequeñas ediciones dedicada a la geografía e imaginará viajes extraordinarios. El pequeño Cristobalito ya sabe leer.

De alguna manera, fue la imprenta la que descubrió América.

Y mientras tanto, en Europa, Lutero y Hamlet, los dos alumnos más célebres de la Universidad de Wittemberg, también se preparán para hacer historia, abriendo cismas cuyos orígenes, como los de su universidad, pueden rastrearse en esa conjunción de humanismo e imprenta.

Durante los últimos seis siglos, el libro, impreso en papel y salido de la imprenta, parece haberse convertido en la materialización inseparable de la escritura: lo escrito sólo perdurará, se cree, si toma forma de libro. El libro es verbo hecho pulpa. Y, sin embargo, ahora asoma el libro electrónico, un soporte tecnológico que podría desembocar (o no) en una democratización inimaginable de todo de tipo de textos, liberados del ahogo de lo inconseguible, de la importación y de los precios desorbitantes, abriendo la posibilidad de una circulación impensada de traducciones, correcciones y creaciones. Pero no por eso dejará de ser libro. A eso se refiere Umberto Eco cuando afirma que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo... Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”. El libro parece ser a la mente lo que la rueda fue al cuerpo. Sólo el tiempo dirá si la aparición del libro electrónico será al libro lo que la cubierta inflable de caucho fue a la rueda de madera.

Por supuesto que muchos querrían leer En el camino en los rollos originales en que Kerouac los tipeó, pero tal vez el libro electrónico nos acerque más a eso que las ediciones de cientos de pesos que, a pesar de ser facsimilares, no se desenrollan (¿no está más cerca de un papiro de Alejandría la función de scrollear para abajo en la pantalla que la de pasar las páginas?). Si durante el Humanismo fue crucial la posibilidad para los artistas y estudiosos de volver a tomar contacto directo con los originales antiguos, liberados de la intermediación escolástica, ¿por qué no imaginar las consecuencias (buenas y malas, pero inevitables) de cientos de miles de alumnos y profesores que podrán, en sus pequeñas pantallas, leer los facsimilares virtuales de papiros griegos, piedras egipcias, pergaminos medievales, papeles chinos, y encima poder anotar, consultar e intercambiar ideas entre todos?

¿Qué sería de los códices de Da Vinci, llenos de dibujos, recetas, diagramas e invenciones, con las posibilidades de la tecnología? ¿Por qué no imaginar una versión aggiornada e interactiva de La evolución de las especies o un libro así sobre la historia del Tiempo o del Universo?

La noción de libro es más amplia que su soporte: Los nueve libros de la Historia de Heródoto, viajero, cronista, historiador, antropólogo, escritor, fueron escritos en rollos de papiro, y no por eso no se llaman libros. Del mismo modo, fueron divididas en nueve libros en la biblioteca de Alejandría. Y hoy, no hay edición que no los reúna en un solo volumen. Nada de eso modifica su contenido: habla en cambio de su circulación y de las épocas que atravesó. El mismo Heródoto escribía en papiros “portátiles” que enrollados cabían en una mano, y cuyo largo estaba calculado para durar una lectura en voz alta. Ya desde entonces el hombre ha vivido bajo la tensión entre el almacenamiento de saber y la posibilidad de transportarlo.

Acaso los cambios que traiga el libro electrónico sean inimaginables, inmensos o modestos, pero lo cierto es que muchos de los problemas que parece plantear ya fueron, en verdad, planteados por el libro antes.

La posibilidad de acceder a todo el conocimiento disponible es algo que ya se había planteado en Alejandría, donde sus copistas copiaban todo lo que conseguían, muchas veces con métodos bastante más ilegales y engañosos que los que hoy se usan para bajar mp3 y películas (y gracias a ello, por ejemplo, sobrevivieron tragedias griegas que si no se hubiesen pulverizado bajo las ruinas de Atenas). Un corte de energía mundial o un virus que fulmine la red serían el equivalente al incendio de la biblioteca, aunque más improbable en la ferocidad de su resultado.

El temor a la circulación desaforada de textos que pierdan su copyright e incluso el nombre de su autor como una etiqueta que se despega de un cuaderno tampoco es nuevo: tenemos siglos de filología tratando de adjudicar con certeza la autoría de textos antiguos (o no tanto, como el Cardenio de Shakespeare), incluso identificando y discutiendo fragmentos de otros autores insertados a lo largo del tiempo en textos originales (como los pasajes de Jenofonte en la monumental obra de Tucídedes).

La idea misma de la riqueza casi infinita del hipertexto, de las múltiples referencias y significados que pueden encerrar cada palabra y las incontables ramificaciones que cada uno puede rastrear, ya se encuentran en el Finnegans Wake de Joyce, un libro de una complejidad a la que Internet todavía no llega.

Incluso el libro con auriculares, ¿no está acaso prefigurado en la Ilíada y la Odisea? ¿No son acaso audiobooks al revés, en los que se fijó por escrito eso que tantos oyeron de boca de los poetas y los rapsodas, historias que pasaban y mejoraban y perfeccionaban de unos a otros sin problemas de copyright?

La circulación de información siempre tuvo resultados inesperados. Shakespeare fagocitó libros de divulgación histórica para algunas de sus piezas sobre reyes antiguos, y hasta libros que recogían noticias y dramones sentimentales para otras como Romeo y Julieta. A mayor información, mayores combinaciones posibles. Una vez, a mediados de los ‘90, Francis Ford Coppola dijo que se sentía un dinosaurio en el cine, porque filmaba a la vieja usanza, mientras probablemente el nuevo Mozart del cine tuviera cinco años y estuviera jugando con una cámara digital en un rancho alejado de las ciudades. Tal vez, esa conjunción de Internet y e-book (difícil no pensarlos juntos) haga lo mismo por la escritura.

Tal vez el e-book signifique libros baratos que uno podrá comprar por poco dinero y entre los que elegirá unos pocos para imprimir a pedido en ediciones a medida o artesanales. Tal vez signifique también varios estantes de libros de consulta menos (igual que Internet fue limpiando los estantes de enciclopedias Espasa y Británicas). Tal vez también signifique la puerta de entrada (sigue teniendo forma de puerta, sigue siendo un libro) a un mundo en el que sea menos probable que las cosas desaparezcan. Es inmensa la cantidad de obras que la humanidad ha perdido por guerras, censuras, imperios derrumbados, piedras rotas, papiros descompuestos, papeles quemados o perdidos. El XX ha sido el primer siglo en dejar un registro de sí mismo en movimiento. No está mal que el XXI perfeccione el modo de almacenar para el futuro todo ese conocimiento, y eso incluye a las palabras. Una palabra incomprensible puede encerrar, incluso, mucho más que un cd sin la tecnología para leerlo. Después de todo, la palabra, mucho antes que la grabación, es un objeto que ha transportado sonidos a través del tiempo: ¿o no son el griego y el latín los únicos sonidos que nos han quedado de Atenas y Roma?

La aparición de la Piedra Rosetta fue aún más proverbial que la de un lector de cds para el arqueólogo que desentierre un Musimundo en el futuro, ya que abrió la puerta a una civilización que estuvo 4000 años cerrada. Y quién sabe si el ebook no tendrá, para entonces, un lugar junto a la Piedra Rosetta en ese inmenso museo de civilizaciones antes que de obras de arte que es el Museo Británico. Ahí se exhiben fragmentos monumentales de paredes talladas en el esplendor de Medio Oriente, jeroglíficos pintados en ataúdes, ideogramas en rollos de papel milenario, cajas con largos rollos de papiros para ser enterrados junto a los muertos como guías para el viaje en el más allá, tabletas escolares del imperio babilónico con acertijos y problemas matemáticos con la solución del otro lado, tabletas de arcilla de 5000 años del tamaño de un iPod. Cada civilización parece representada, también, por sus escritos. Pero si hubiera que elegir uno, quizás sería el Obelisco Blanco, una pieza de 3000 años que muestra que algunos de los primeros libros no eran libros sino obeliscos, con caras en vez de páginas, en el que giran los lectores en vez de las páginas. Bastante se avanzó desde entonces. Sin embargo, ahora, desgastada la piedra, borroneada por el tiempo, imposible de leer, giramos a su alrededor como giran los monos de 2001 alrededor de ese monolito milenario de una civilización desconocida.

A pocos metros, el pequeño Obelisco está custodiado por dos imponentes guardianes en piedra del dios asirio Nabu, el dios de la escritura. Son dos figuras de 3000 años de antigüedad que han mantenido la ferocidad a través del tiempo. Al final de la inscripción que llevan tallada y que todavía se puede leer, advierten al lector: “No confíes en ningún otro Dios”.

El argumento de que el libro se podrá seguir leyendo a la luz de la vela presupone con arrojo que en un futuro sin e-book habrá velas. Tal vez ése sea un apocalipsis optimista. Tal vez, las velas correrán por cuenta de quienes nos vayan a visitar una noche al Museo Británico. Pero eso no será por culpa del e-book.

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