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Domingo, 27 de abril de 2003

MUSICA

La moral Melero

Mientras aparece la versión argentina de M (un disco originalmente editado en el mercado chileno), Daniel Melero no da abasto: prepara un nuevo, misterioso disco de canciones, mezcla cuatro álbumes ajenos al mismo tiempo, pone en marcha sus grupos de “desaprendizaje e interacción audiovisual” y explica por qué encuentra más inspiración en las inmoralidades de la ciencia que en la cultura rock.

Por Santiago Rial Ungaro
¿De qué vive Melero? es el nombre de un proyecto de música electrónica, pero también el síntoma de la relación amor-odio que tiene la escena local con Daniel Melero. Que es un “no-músico”, que vive de su personaje, que se vale para sus propios proyectos de artistas más jóvenes, que sus discos no serían lo que son si no los apoyara él con sus entrevistas y sus explicaciones... Los cuestionamientos se multiplican. Pero tanto para las decenas de músicos y artistas que se han sentido fascinados por su influjo como para quienes lo desprecian (que suelen ser los que nunca hicieron nada con él), Melero es una obsesión, un tópico que atrae, seduce y molesta. Y si nadie se preocupa por preguntarse de qué viven los ¿De qué vive Melero?, también es cierto que el mito siempre intenta explicar lo incomprensible. Y el mito que rodea a Melero proviene de sus múltiples personalidades. En singular, hoy, Melero sigue siendo sinónimo de vanguardia estética y de nuevas tecnologías. Y sorprende que también sea medio chabón: aún queda en él algo de ese “muchacho rockero de barrio” –como él mismo se define al recordar sus comienzos musicales– que escuchaba a Brian Eno y encontraba en su música y sus ideas un vehículo para convertirse él mismo en algo así como el “Brian Eno argentino”. Alguien siempre dispuesto a canalizar las ideas de la contracultura rockera, ya sea como solista o a través de algunas de sus múltiples colaboraciones.
Pero aunque la idea es bastante interesante y ayuda a entender su evolución, o sus mutaciones, Melero es más que eso. Personaje borgeano, parte de su fama se debe en gran medida a su conversación. De eso vive Melero, en realidad; de eso, y de sus trabajos musicales. Mientras prepara un nuevo disco de canciones del que –curiosamente– no quiere adelantar nada, el músico está mezclando cuatro discos: el de Victoria Mil, el tercer disco de Los Látigos, el debut de Bao Bab y un disco de Psicobilly del grupo La Historia del Crimen. Y en simultáneo con la aparición en Argentina de M (un disco originalmente editado para el mercado chileno que incluye versiones de Estupendo, Leandro Fresco, Trineo y Fantasías Animadas), sigue adelante con otro proyecto: su “Grupo de Encuentros de Desaprendizaje e Interacción Audiovisual”. Hace unos días, en Sonoridad Amarilla, Melero dio una charla-convocatoria para la formación de lo que sería el tercer grupo de “Desaprendizaje”. “La excusa es un poco relacionarse con interfaces, el sonido, el video y la computadora, pero no necesariamente tenés que manejar una computadora para venir.” No todos los aspirantes llegan a entrar; Melero elige: “Busco que haya mucha diversidad, no grupos homogéneos. Que cada uno sea un despertar para el otro, inclusive para mí, y no una confirmación de lo que ya queremos ser”. Así confluyen directores de marketing de empresas, chicos que hacen neopunk y gente muy metida en tecnología y computación. “El grupo tiene que ver con la cultura rock pero también con las tecnologías y la evolución de la cultura, con el darwinismo y con la genética, pero todo visto desde un ángulo más artístico que científico. Empiezo proponiendo temas: un poco de cultura rock, la interacción con las nuevas interfaces, sobre todo Internet.”
Para Melero, Internet tiene una faceta anárquica que sintoniza con sus ideas políticas. “Yo, políticamente, soy anarquista. De hecho, creo que en Argentina hay un montón de gente que es anarquista, ¡sólo que no lo sabe! No me considero un anarquista a lo Sacco y Vanzetti, pero sí uno del poscapitalismo.” Y este poscapitalismo está signado por las interfaces: “Vivimos en un universo de interfaces; todo el tiempo usamos cosas de las que sólo conocemos el último botón. Pasa con la computadora pero también pasa con la llave de luz. ¿Quién sabe cómo hacemos luz? Hay una evolución de la información en redes con distintas interfaces: el correo, por ejemplo, es una red, como también lo es la red eléctrica, o Internet, onuestro tejido cerebral. En un punto siento que son todas exteriorizaciones de nuestras cadenas neuronales”.
Según Melero, el espacio de la ciencia y las nuevas tecnologías promete más libertades que las que ofrece el mundo del rock. “Hace ya algunos años que la ciencia me parece más rockera que la música de rock, en el sentido de que la ciencia experimenta porque sí. Ése fue durante algunos años el rol de los artistas: crear y ser víctimas de su obra. Pero el rock, mucho más adaptado a los mercados, vive preocupado por ver dónde encaja, mientras que la ciencia está un poco más libre de eso y trabaja sin saber del todo qué clase de proceso moral involucran sus investigaciones. Por eso la genética produce tanto choque moral como los que en su momento produjeron la aparición de los hippies en los ‘60 o el surgimiento del rock en los ‘50. Me encanta la inmoralidad de la ciencia, que en algún momento fue patrimonio del arte y en cierta medida se perdió. Ahora el arte tiene mucha más moral y maneras de encajar en lo que ya hay. No pasa sólo en el rock; también en las artes visuales. En la inmoralidad de la ciencia, en cambio, hay polos de conflicto que me obligan a replantearme qué hago como persona todo el tiempo.”
Así, Melero encuentra inspiración en los entornos tecnológicos, pero también en los cambios que atraviesa el hombre como especie. “La historia de la evolución muestra que el hombre es hombre desde que usa herramientas. Y lo que está generando ahora son herramientas para cambiarse a sí mismo, no sólo su entorno. Ésta es la primera generación de la especie que crea instrumentos para alterar su propio contenido genético. Es una mutación de afuera hacia adentro.” Otras ideas claves que Melero hace circular en estos encuentros –y que también aparecen en su trabajo– son la eliminación del gusto como único parámetro para juzgar (“Lo que nos gusta es aquello que pertenece a nuestro pasado: algo que probamos y nos gustó. Importa más si algo es interesante”) y la de la no repetición. “Una vez que algo ha sido dicho –dice–, creo que estamos listos para otras cosas. Por eso sigo haciendo discos. Hacer lo mismo durante una década me parece subestimar la inteligencia de los otros.” La discografía de Melero es la puesta en práctica de esa fobia: cada disco reacciona ante el anterior y salta hacia otra idea.
De todos los artistas pop argentinos, Melero es sin duda el más conceptual, una estirpe que conoció con Brian Eno y, más tarde, con John Cage. “Cuando accedí a Cage accedí realmente a una nueva visión de la música y de su significado... Cage podría no haber compuesto ni una sola obra; los conceptos que desarrolló son suficientes.” Basta saltar de Cage a Duchamp para que el músico se entusiasme: “Duchamp es el primero de una cadena de mutantes. Creo que su mente, de hecho, funcionaba de una manera distinta que la de sus contemporáneos. Me interesa mucho la estrategia de lo inadecuado que desarrolló, y también, claro, su sentido del humor”. La actitud cartesiana de Duchamp, así como su gusto por la estrategia artística como forma de vida, reaparecen en los discos de Melero, desde Conga hasta Tecno. “Hacer lo que quiera es un permiso que me merezco: he tomado caminos que sabía que me iban a hacer más pobre. Y en esas decisiones hay algo intuitivo pero también algo estratégico: yo apuesto a durar. Tengo una trayectoria, más que una carrera de teenager, y tengo un lugar propio.”
Pero esa “libertad creativa”, ¿no es una de las utopías del rock? Los Beatles ¿no terminaron abandonando las giras, cansados del griterío adolescente? “Se supone que el rock permite una libertad absoluta”, dice Melero. “En ese sentido, yo creo que Charly García es más un objeto de rock que un músico de rock: su cuerpo tiene las talladuras de una escultura. Lo veo como una escultura viviente. Ya no es necesario que haga discos importantes o interesantes, porque es una encarnación de rock. Incluso sus discos me parecen excusas para exhibir ese rock hecho cuerpo.” Es esa manera de ver (o de oír) el rock la que perpetúa la vigencia de Melero. A más de veinte años de la aparición de Los Encargados, el primer grupo de tecno-pop nacional, su influencia se hace sentir en frentes diversos, apadrinando a Victoria Mil, proclamando su admiración por Emisor o desviándose de las tendencias más previsibles y monótonas del rock nacional. Más de uno pensó en él cuando vino al país Brian Ferry, rockero romántico, sofisticado y glamoroso. “Sí, un amigo me lo comentó. Para mí, Boys & Girls es un gran disco. Pero hay un diferencia: Ferry toca con sesionistas; yo hago un seleccionado con músicos del under.” En efecto, desde la época de Conga, donde tocaban Ricky Sáenz Paz (Clap), Hernán Reyna (El Corte), Vaisenborg (Euroshima) y Foigelman (Los Encargados), hasta su banda actual, de la que participan Gabo (Babasónicos) y Leo Santos (ex Victoria Mil), Melero se las ha ingeniado para aglutinar músicos jóvenes y talentosos, algo que puede resultar fascinante o chocante, según. “Para mí sería mucho más chocante tocar con un músico que tenga el bajo colgado allá arriba. No entiendo cómo los artistas son tan convencionales. ¡Son más convencionales que los políticos! Cuando van a la televisión, les dicen: `Vos sí que sos coherente’. Un artista coherente: ¡Es una barbaridad! Coherentes tendrían que ser los funcionarios. Al artista habría que exigirle que dé una opinión nueva. O que no diga nada. Ése sería el estado zen ideal: que genere la tensión de que va a decir algo... y al final no diga nada.”

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