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Domingo, 11 de diciembre de 2011

CINE > MONEYBALL, UN THRILLER SOBRE LAS FINANZAS DEPORTIVAS

El contador oculto

Un equipo chico vende sus tres estrellas por millones y se hunde en la tabla de posiciones ante la imposibilidad de comprar refuerzos a la altura de los que se fueron. Ni el entrenador ni el manager ni los dirigentes encuentran la manera, hasta que un joven universitario les revela cómo salir del semillero fundido. No, no es de fútbol argentino: es de béisbol, es con Brad Pitt, está escrita por el gran Aaron Sorkin y se merece algún Oscar. Sin épicas de estadio ni intrigas financieras, Moneyball es una película de la vieja escuela sobre cómo un algoritmo salvó a un equipo del desastre.

 Por Mariano Kairuz

¿Qué vale más: la exhibición ocasional pero casi garantizada de una destreza única, la demostración cada tanto, de espectacularidad, el destello de gloria, o el trabajo constante y confiable sin picos ni pozos pero con un buen promedio en los resultados finales? Para la película de béisbol estándar (y tal vez para el “drama deportivo” en general) suele rendir más lo primero: la historia de ascenso y heroísmo inesperado, el relato épico de los que renacen tras tocar fondo, de los que se imponen compitiendo en una aparentemente irremontable inferioridad de condiciones, el plano del marcador que nos tiene en vilo hasta el último tanto, hasta el minuto final de partido y película. Es más intenso visualmente; permite elaborar una puesta en escena emocional y de pura adrenalina. Para Moneyball, la nueva película del director de Capote, Bennett Miller, producida y protagonizada por Brad Pitt, consensuada aspirante a los Oscar principales del comienzo del año próximo y retitulada El juego de la fortuna para su estreno local el jueves que viene, paga más y mejor el examen cercano del detrás de la escena, de la estrategia, del trabajo a largo plazo y de largo aliento que la emoción y la experiencia casi inmersiva que se espera muchas veces de lo que ocurre en el campo de juego.

Pero, hay que decirlo, Moneyball no es estrictamente una “de béisbol” –a la manera de títulos recordados como El campo de los sueños–, y en eso radica su originalidad y su fuerza, pero a su vez es por eso mismo que la película tiene a los críticos norteamericanos preguntándose cómo lo hicieron. Cómo es que consiguieron que una película basada en un libro sobre estadísticas y números, y fórmulas y promedios, resulte tan interesante, entretenida y hasta algo emocionante.

Y lo más sorprendente es enterarse no tanto de que la de Moneyball es una historia real –ese truquito que por lo general le otorga carta blanca a todo tipo de disparates narrativos– sino que el guión está basado en un libro de no ficción, un tomo de 2003 escrito por el periodista norteamericano Michael Lewis, publicado con el subtítulo “El arte de ganar un juego injusto”. El libro recuerda la racha victoriosa de los Athletics de Oakland en 2002, que lograron el record de 20 victorias seguidas, obra que se le adjudica mayormente al manager general del equipo, la ex promesa malograda del bate y el guante Bill Beane (Pitt). Lewis es un periodista especializado en economía financiera, y su libro sobre béisbol no fue exactamente una anomalía entre sus publicaciones: Moneyball reconstruye la hazaña fuera del campo de Beane, quien consiguió levantar a un equipo económicamente mediano y en las malas, administrando sus limitados recursos financieros desde una óptica, por así decirlo, algorítmica. Es decir, sobre cómo casi los convirtió en campeones, sin dinero.

La película abre con una derrota sobre otra: la que sufrieron en las finales del campeonato 2001 los “A” de Oakland en el campo de juego, e inmediatamente después, el golpe que les asestaron los grandes equipos al arrebatarles tres de sus jugadores clave, por sueldos millonarios a los que los de Oakland no podían siquiera acercarse. Al principio Beane y su veterano equipo de “buscadores de talentos” intentan la aproximación usual al problema: reemplazar a los muchachos perdidos por otros que exhiban fortalezas similares en los mismos aspectos (lanzar, recibir, correr), pero pronto el jefe choca contra una pared: ni los otros equipos están dispuestos a abrir su libro de pases para él, ni el dueño del suyo está en condiciones de darle más dinero para comprar jugadores caros como los que cree necesitar. Un cartel en pantalla nos indica: “New York Mets contra Oakland Athletics: 114 millones de dólares contra 39 millones”. Pronto está claro cuál es el lugar que ha pasado a ocupar el equipo más chico en las Ligas de Béisbol: el de semillero, campo de prueba, “granja de talentos” nuevos y con potencial para los equipos más grandes. Los de Oakland encuentran jóvenes habilidosos, los entrenan, lanzan sus carreras, y luego vienen otros con billeteras más grandes y se los llevan. “¿Saben cuál es el problema?”, increpa Beane a sus talent scouts, que siguen manejándose por los criterios de siempre, de probada falibilidad (“Su novia es fea”, dicen sobre uno de sus jugadores como argumento para descartarlo, porque “eso demuestra inseguridad de su parte”). “El problema –les espeta Beane en un intento por bajarlos a la cruda realidad– es que están los equipos ricos y los equipos pobres, y después vienen 20 metros de mierda y abajo estamos nosotros.”

Es entonces que Beane conoce a Peter Brand, veinteañero graduado en economía en la Universidad de Yale, quien tímidamente se atreve a proponer que han estado mirando mal la relación costo/beneficio de cada nuevo jugador/talento que reclutan. Todas esas estrellas de siete millones de dólares anuales valen mucho menos que eso. Si Beane, interpretado por Pitt, es el star power que hizo la película posible y el corazón que impulsa el relato, Brand (Jonah Hill, el chico gordo de Súper Cool, en un registro serio y distinto de casi todos los personajes que hizo hasta ahora) es su cerebro; y también está basado en otro personaje de la vida real, Paul DePodesta, que no quiso que su nombre apareciera en la película. Y aunque DePodesta tampoco es el autor intelectual de esta aproximación estadística a la administración de los jugadores de un equipo de béisbol, sí fue quien más hizo por llevarla a la práctica, aconsejando a Beane cómo comprar jugadores más baratos de los que nadie espera nada, para usarlos de maneras lo más eficientes posibles. El autor intelectual de la estrategia es un hombre que no aparece pero sí es citado en la película: Bill James. Actual asesor de los Red Sox de Boston, y autor de más de veinte libros sobre béisbol, James es el inventor de ese tipo de análisis que ha bautizado “sabermetricts”: “saber” por SABR (por la Sociedad para la Investigación del Béisbol Americano, según su sigla en inglés), y su registro de los datos empíricos del juego. Durante los años ’70, mientras trabajaba como guardián nocturno de una envasadora de arvejas y porciones de carne de cerdo, James empezó a escribir sus particulares crónicas de partidos de béisbol, que se alejaban del habitual relato épico de hazañas individuales para concentrarse en analizar qué lanzadores y catchers permitían hacer más carreras por juego. Su principal preocupación era una para la que nadie tenía una respuesta evidente: ¿Cómo es que se gana un partido de béisbol? Para los ’80, ya había perfeccionado su sistema de estudio, mediante una serie de fórmulas capaces de cruzar datos estadísticos con el fin de cuantificar las carreras de cada jugador, entre muchos otros factores, de títulos tales como el “porcentaje de eficiencia defensiva”, el “share de triunfo”, el “porcentaje de triunfo pitagórico” (una estadística en la que se computa la relación entre triunfos y derrotas, y carreras habilitadas), “promedios secundarios” (que mide el nivel de “contribución” de un jugador en ataque, que no se ve reflejado en el promedio de bateo), y muchas otras cosas que por supuesto serían muy engorrosas de explicar. Cosas que la película convierte hábilmente en material dramático, relegando todo el aspecto técnico a un par de imágenes cruzadas por números y planillas y dedicándose a poner en escena la resistencia de los defensores del viejo estilo de reclutamiento –basado en destrezas individuales especiales– a la nueva táctica. Beane y Brand pasan buena parte de la película tratando de convencer a otros de que lo que hay que evaluar en un jugador es la cantidad de veces que toca base; de que de ese modo es posible descubrir a muchos jugadores subvalorados que no se destacan por ninguna destreza en particular y que por lo tanto no valen (no cuestan) millones en el mercado de estrellas deportivas. Lo cierto es que aunque los A de Oakland no ganaron la serie de 2002, pasaron de arañar el fondo del pozo a vivir su serie de triunfos record, y que de este modo Beane y Brand/DePodesta revolucionaron la administración del deporte en EE.UU. En 2006, Bill James apareció en el número de la revista Time que lista a las personas más influyentes del mundo.

El resto del relato se sostiene sobre los medidos y más o menos esperables aportes de la ficción: la frustración que ha arrastrado por décadas Beane, la joven promesa que no consiguió materializarse; o su relación con su hija adolescente y con su ex esposa –Robin Wright– y el nuevo marido de ésta –cameo de Spike Jonze–, un muchacho rico de Malibú; detalles en los que la película se entrega discretamente a una sensiblería que, por suerte, el resto del relato nos ahorra casi por completo, a la vez que nos ahorra también las habituales arengas “inspiradoras” del género, las escenas “revanchistas”, y las de confraternización entre jugadores y técnicos en su esforzado camino hacia la cima. Todo un acto de coherencia de parte de un guión que propone a un protagonista que se niega a ver los partidos en vivo por cábala, y que trata de no hablar mucho con sus jugadores para evitarse el mal trago a la hora de “dejarlos partir”. Este logro se debe en parte a la caracterización de Pitt, a quien todos dan por seguro contendiente y muy probable ganador en los próximos Oscar: si no es por ésta, será por El árbol de la vida, de Malick, dicen los críticos norteamericanos, que le adjudican (exageradamente) una enorme austeridad y una profundidad a su actuación. Alguien dijo por ahí que Pitt actúa “sin renegar de su apariencia, pero también consciente de que no es suficiente”.

Por otro lado, es bastante obvio que buena parte del mérito a la hora de llevar los números y las planillas del libro de Lewis a la pantalla es de los guionistas Steve Zaillian y Aaron Sorkin. En alguna menor medida corresponderá a también a Stan Chervin, que varios años atrás hizo el primer boceto de guión cuando los directores convocados para dirigirla fueron primero David Frankel (El diablo viste a la moda) y después Steven Soderbergh, quien pretendía, dijo, “incorporarle mucho humor” y un estilo semidocumental para el cual llegó a filmar entrevistas con verdaderos beisbolistas. Pero si es fácil imaginarse a Sorkin –el creador de la serie West Wing– traduciendo las explicaciones de un best seller fluido pero esencialmente explicativo y de teoría matemática y administrativa a dos horas y pico de escenas encadenadas con no menor fluidez y crecimiento dramático, es porque ya hizo una proeza similar el año pasado, cuando escribió Red Social (o cómo volver entretenido y hasta “cool” el relato de la creación de un código) para David Fincher. De algún modo, Sorkin se está convirtiendo en el guionista de lo infilmable. Y, como también han señalado la crítica, la producción y hasta el propio Sorkin, ambas películas tienen mucho en común: son –para citar a Manohla Dargis, del New York Times– historias “sobre un cambio cultural fundamental y al ascenso de la elite de la información”. Una módica paradoja, siendo Moneyball una película esencialmente analógica en su concepción, hecha por un estudio, en años en que el cine de Hollywood se ha terminado de entregar por completo al digital.

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