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Sábado, 24 de diciembre de 2011

En busca de la felicidad verdadera

Orhan Pamuk es –junto con Vargas Llosa– el Nobel de Literatura cuyo nombre está más ligado a la política: es odiado en su país por hablar del genocidio armenio y ha sido amenazado más de una vez. Sin embargo, sigue viviendo en la misma casa en la que creció y escribiendo libros en los que funciona como un puente extraordinario entre la literatura oriental y la occidental. De paso por Buenos Aires para presentar El novelista ingenuo y el sentimental (Mondadori), habló con Radar de la situación en su país, de la diferencia entre el pensamiento político y el literario, de su admiración por Borges, de sus obsesiones literarias y, sobre todo, de la pasión que atraviesa secretamente sus libros: la pintura.

 Por Juan Pablo Bertazza

Orhan Pamuk quiso ser pintor a pesar de pertenecer a la cultura islámica que, se sabe, no se lleva nada bien con las imágenes. Nació y vivió toda su vida en Estambul, ciudad con altísimo riesgo sísmico, donde estudió tres años de arquitectura. Aunque nunca ejerció el periodismo, en 1977 se graduó en el Instituto de Periodismo de la Universidad de Estambul, a pesar de haber denunciado en varias oportunidades los ataques contra la libertad de expresión en Turquía.

Todo eso antes de convertirse, finalmente, en escritor, en un país que, según sus propios conceptos, carecía tanto de lectores como de escritores, al menos para la visión de Occidente. Escritor clásico que, a su vez, es uno de los primeros grandes representantes de la literatura turca moderna, Pamuk comenzó a cimentar su fama a nivel internacional a partir de los elogios que le prodigaron tanto John Updike como Margaret Atwood, y también al declarar que en Turquía constituye un verdadero tabú hablar del genocidio armenio. A raíz de tales declaraciones, se le inició un juicio en diciembre de 2004 por “insultar y debilitar la identidad turca”. Sin imaginarse lo que vendría, Pamuk dijo, durante una entrevista de un periódico suizo: “En Turquía mataron a un millón de armenios y a 30.000 kurdos. Nadie habla de ello y a mí me odian por hacerlo”. La primera sentencia le impuso una condena de seis meses, hasta que en enero de 2006 un tribunal abandonó el proceso judicial. Meses más tarde, Pamuk se hacía con el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer turco en recibir el máximo galardón literario.

Por diversas amenazas de muerte y campañas mediáticas en su contra, Pamuk abandonó en reiteradas ocasiones su país, pero nunca el tiempo suficiente como para considerarlo un exilio. En la actualidad, reside la mitad del año en Nueva York, donde enseña literatura en la Universidad de Columbia y el resto en Estambul, en la misma casa donde nació y vivió con su familia toda la vida.

Por estos días, visitó por primera vez nuestro país para presentar su último libro, El novelista ingenuo y el sentimental, serie de conferencias dictadas en Oxford, donde Pamuk reformula el ensayo de Friedrich Schiller Sobre poesía ingenua y poesía sentimental para postular la existencia de dos grandes tipos de novelistas: el novelista ingenuo, aquel que parece escribir de manera inspirada, mística y fluida, como si respondiera a una especie de llamado divino y sin poner en duda jamás aquello que escribe y, por otro lado, el novelista sentimental, escritor reflexivo, algo torturado y, sobre todo, consciente de sus artificios literarios.

Alto, flaco y algo nervioso, Pamuk habla un inglés muy marcado y a lo largo de esta extensa entrevista, por momentos se rasca la cabeza y se acomoda el pelo, por momentos le grita a la traductora “¡¿pero cuál es la pregunta, cuál, cuál, cuál es la pregunta?!” y, de repente, sonríe con ternura para enseguida enojarse y decir “no pienso entrar en esos detalles”, y luego volver a sonreír a la hora de agradecer algún concepto sobre su obra. Durante algunos instantes de la entrevista, Pamuk también esboza en un sobre blanco, con una fina lapicera negra, una taza de café con platito y cuchara, una copa y una botella de vino.

EL PINTOR DE LA VIDA MODERNA

Desde los siete años, Pamuk tenía claro que iba a ser pintor, y de hecho realizó durante esa etapa de su vida diversos cuadros que hoy no conserva. Pero más que tratarse de un mero dato biográfico, es una característica que gravitó en su obra: además de contar con un léxico pictórico y de describir la realidad casi en términos de una paleta de colores, como cuando en su libro Estambul dice sobre la ciudad que aún cargaba con las grandes ruinas del imperio otomano: “Viví el Estambul de mi infancia como las fotografías en blanco y negro, como un lugar en dos colores, oscuro y plomizo, y es así como lo recuerdo”, muchos títulos de sus libros nombran de manera directa un color, o casi: Oscuridad y luz es el título de su primera novela, publicada en 1982 y aun inédita en español, a la que luego seguirían El libro negro, Me llamo Rojo, El castillo blanco, el libro de memorias y entrevistas Otros colores y Nieve. Una característica que inserta a Pamuk en una gran tradición de escritores fuertemente atraídos por la pintura que va desde Balzac, autor de La obra maestra desconocida (1831), que tenía como protagonista al anciano pintor Frenhofer, el cual no sólo adelantaba rasgos del arte abstracto sino que incluso inspiró a Cézanne, y quien llegó a decir “Frenhofer soy yo”, hasta John Berger, exquisito escritor, pintor y crítico de arte cuyo libro Modos de ver resulta un texto de referencia para la historia del arte, e incluso Houellebecq, que en su última novela, El mapa y el territorio, tiene como protagonista a un pintor genial y obsesionado con los mapas Michelin.

En lugar de buscar “le mot juste” a lo Flaubert, Pamuk dice que su objetivo es dar con “l’image juste”. En El libro negro, donde abreva en historias de la tradición oriental, cuenta que un sultán convocó un concurso de pintura en el cual compitieron un grupo de pintores chinos y otros pintores de un país occidental. Para poder comparar las pinturas les dio a cada grupo dos habitaciones con paredes enfrentadas, entre las cuales había una cortina que cerraron enseguida para que pudieran trabajar sin copiarse. Mientras los occidentales inmediatamente sacaron los pinceles para dibujar y pintar, los chinos se dedicaron a pulir y limpiar el espacio. No bien se cumplió el plazo, abrieron la cortina. El sultán vio primero la obra de los occidentales: una pintura hermosa que lo deslumbró. Al mirar la de los chinos vio el reflejo de aquella maravillosa pintura, ya que la pared se había convertido en un espejo. El premio se lo concedió a los chinos.

De todos modos, el libro donde Pamuk mejor plasma esa percepción pictórica es Me llamo Rojo, novela en la que había planeado desarrollar en clave autobiográfica su pasión por la pintura, pero que luego desembocó en una trama compleja y mosaica (y con tintes de policial) sobre un grupo de miniaturistas del siglo XVI que practicaban durante tanto tiempo el dibujo de caballos que, después de muchos años, la prueba de fuego para saber si ya eran miniaturistas, era poder dibujarlos en una completa oscuridad.

“Hasta los 22 años pintaba y dibujaba de una manera muy espontánea. Luego me di cuenta de que soy un escritor muy visual y no tan verbal. Algunos escritores evocan pinturas o diseños en la imaginación, mientras que otros trabajan con lo verbal. Es el caso de Dostoievski: cuando intentamos recordar una escena escrita por él solo acuden palabras y nunca imágenes de una habitación porque él no se interesó en dar detalles visuales. Tolstoi, en cambio, nos hace percibir los sentimientos de Anna Karenina envueltos en la naturaleza y en el entorno de los detalles y los objetos que la rodean. Todos los textos literarios convocan nuestra inteligencia textual y nuestra inteligencia visual, pero algunos autores priorizan más una que la otra. Además de describir el mundo, las novelas dan cuenta también de la percepción de cada uno de nuestros sentidos y, por supuesto, el de la vista, al menos en Occidente, es el sentido más importante. La pintura me enseñó a ver el mundo a través de la imagen, yo estoy constituido de esa manera.”

¿Por qué, entonces, dejó de pintar y no realizó las dos tareas de forma simultánea?

–A los 22 años perdí un tornillo, no pude disfrutar más de la pintura y la perspectiva de convertirme en arquitecto me parecía vana, falsa, vacua. Entonces empecé a escribir novelas.

¿Volvió a pintar?

–Sí, retomé la pintura en los últimos cuatro años, pero es un tema que me da vergüenza.

¿Cree que hubiera tenido tanto éxito como pintor?

–Siempre he pensado mucho en eso, creo que en ese caso sería más feliz, porque cuando canto o pinto me siento como si estuviera bajo la ducha, mientras que es imposible escribir una novela bajo la ducha porque uno tiene que sentarse y trabajar con las palabras. Ni siquiera puedo escuchar música cuando escribo.

PROFETA EN SU TIERRA

Pamuk es reconocido a nivel mundial como el gran exponente de la literatura moderna de Turquía pese a que no es muy querido en su país por sus declaraciones sobre el genocidio armenio. “Soy feliz de ser turco pero no creo que eso contribuyera a mi fama internacional. Le voy a contar, al respecto, algo que me dijo Susan Sontag en Nueva York. Ella vivía en Suecia trabajando en películas y le gustaban muchísimo los films de Ingmar Bergman, se la pasaba escribiendo notas sobre él en revistas norteamericanas. Entonces los mismos suecos le preguntaron: disculpe, pero ¿por qué escribe permanentemente sobre Bergman, si hay otros directores y escritores suecos que también son interesantes? A lo que ella respondía: ‘Lo siento, pero lo que pasa es que Bergman es un gran cineasta’. Es muy difícil evaluar las obras que salen de tu propio país, porque existen ciertas perspectivas o puntos de vista que quizá sólo un extranjero puede ver. También me aseguró que, por entonces, si viajabas a Suecia y le preguntabas a alguien culto su parecer sobre Bergman, recibías invariablemente comentarios hostiles sobre él.”

¿No es curioso que tras bregar años por la inclusión de Turquía en el euro ahora la moneda esté casi en peligro de extinción?

–El entusiasmo por que Turquía se sumara a Europa se ha debilitado en ambos lados, tanto por el de los conservadores nacionalistas europeos, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, como por el de los nacionalistas turcos que tampoco querían, lo cual es una lástima porque yo realmente lo veía como algo positivo, pero tampoco es que me pongo a llorar por eso. Sí me parece muy triste que la Eurozona se encuentre en medio de tantos problemas, pero no soy vengativo ni digo “bueno, como no nos recibieron en su momento, ahora que sufran”.

¿Qué opina de la intervención de la OTAN en Libia?

–La comunidad internacional sostuvo el levantamiento de Libia, uno lo puede ver como una intervención imperialista o como la protección que las fuerzas democráticas prestaron a las fuerzas de Libia, no hay manera de poner punto final a ese debate. No soy del estilo Chomsky, que tiene miles de detalles para agregar, en realidad no me ocupo de eso sino de las vidas privadas de la gente que veo: turcos, iraníes, brasileños, indios, gente de clase media que ve televisión y se casa. A propósito, la mitad de la humanidad aún se casa como consecuencia de un arreglo contractual. Por otro lado, no concuerdo con la teoría de Samuel Huntington, no creo en la teoría del choque de civilizaciones. Si creemos en el conflicto y en la incompatibilidad de las tradiciones, sin lugar a dudas va a haber choques; pero, en cambio, si creemos que las culturas pueden convivir armoniosamente como lo hicieron en Estambul, entonces emerge una tercera postura más interesante: ni choque ni bombardeo sino una situación humana moderna y novedosa, que creo yo se está dando en países como China, la India y gran parte de Latinoamérica. No soy un pensador geopolítico, está bien pensar en la política grande, en la política diplomática, pero para el novelista siempre el tema más importante es la vida cotidiana de las personas y espero que eso se refleje en mis novelas.

UN TURCO EN ESTOCOLMO

“En la búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal ha descubierto nuevos símbolos para el choque y el entrelazamiento de culturas.” Ese fue el motivo del premio para Pamuk según la Academia Sueca. Algo que no se suele tener en cuenta es que el Premio Nobel de Literatura debería premiar no sólo la escritura sino también la lectura o, por lo menos, una figura que representara lo suficientemente bien ambos estratos, algo que suele ocurrir con la mayoría de los premiados, incluido Pamuk, cuya obra está repleta de citas implícitas y explícitas a escritores orientales ignotos para nosotros y, sobre todo, a autores occidentales, en cuyo podio tiene a Borges, Dostoievski y Nabokov. Claro que para algunos tuvo mucho peso a la hora de ganar el Nobel su declaración con respecto al genocidio armenio.

En cuanto a las edades, el escritor más joven en ganar el Nobel de Literatura fue Rudyard Kipling, quien tenía 42 años cuando lo recibió, en 1907, mientras que la sueca Selma Ottilia Lovisa Lagerlöf, la primera mujer en recibirlo, en 1909, tenía 51. En el otro extremo está Doris Lessing, que lo ganó con 87 años. Pamuk se encuentra entre los diez más jóvenes en obtenerlo, ya que tenía, en 2006, 54 años.

“Nunca busqué la política, la política me buscó a mí. Creo que todos mis problemas políticos se suscitaron no tanto por mis ideas sino por los celos de otras personas. Si yo tuviera amigos en Turquía no tendría los problemas políticos que tengo. Nunca pensé mucho en por qué me dieron el Premio Nobel. Fueron muy amables y dijeron cosas muy positivas sobre mis libros. Era como un nene, como un chiquito entre todas las figuras ancianas que me rodeaban. Yo estaba con mi hija que, por entonces, tenía 16 años y me miraba permanentemente, y todo era besos y abrazos. Pero no lo vivo con demasiada presión, me gusta que los lectores tengan siempre una expectativa alta antes de que saque un libro. Cuando gané el premio iba por la mitad de El museo de la inocencia, y lo terminé con mucho placer porque todo resultó tal como estaba previsto, es decir, el Nobel no me hizo cambiar en nada lo planeado.”

¿Cuál es, entre los ganadores del Nobel, el autor que más lo merecía y quiénes están entre los que no lo obtuvieron y merecieron ganarlo?

–Más allá del Nobel, considero a Gabriel García Márquez el mejor novelista vivo. Borges se lo merecía, claramente se lo tendrían que haber dado, y no lo ganó. Empecé a leerlo a principios de la década del ‘80. Borges me mostró la metafísica de la literatura. Lo que más me impresiona de su obra es que cuestiona los fundamentos, los cimientos sobre los cuales se construye la literatura y lo más interesante y notable de todo es que no lo hizo a partir de un lenguaje académico, sino mediante historias y relatos interesantes y atractivos. Me impresionó y me emocionó visitar la Fundación Borges, Kodama me mostró textos manuscritos, objetos de él, y sobre todo me impresionó ver sus libros de Chesterton, H. G. Wells y Kipling.

Estos son los dibujos que hizo Pamuk durante la entrevista en un papel que había sobre la mesa.

DOBLE O NADA

El del doble es un tema fundamental en su novela El castillo blanco, que cuenta la historia de un sabio turco y un joven científico veneciano cuyas vidas empiezan a mezclarse más de la cuenta, y que le valió a Pamuk los elogios de Updike, algo así como el equivalente a trescientas reseñas elogiosas en un medio masivo y prestigioso a la vez. Pero también aparece claramente el doble en Estambul. Ciudad y recuerdos, donde cuenta que, de chico, fantaseaba con la existencia de otro Orhan: “Desde niño me he pasado largos años creyendo en un rincón de la mente que, en algún lugar de las calles de Estambul, en una casa parecida a la nuestra, vivía otro Orhan que se me parecía en todo, que era mi gemelo, exactamente igual a mí”.

“Además de Borges, E.T.A. Hoffmann, Poe, Pushkin y Dostoievski tomaron esta idea y, literalmente, me hicieron temblar, me asustaron mucho cuando los leí. Al escribir El castillo blanco pensé que mi pequeña contribución a este tema histórico tan rico era basarlo o actualizarlo en esta especie de puente o influencia doble que tenemos en Turquía de Oriente y Oeste. El del doble es un tema metafísico que tiene que ver con la identidad y la ambigüedad humana pero, en nuestro caso particular, también constituye un tema nacional sobre la duplicidad de influencias culturales. Siempre digo que nuestras mentes son capaces de generar pensamientos contradictorios al mismo tiempo, y del éxito y el equilibrio con el cual se realiza esa actividad depende la creatividad de una persona o de un país. Uno de los temas del nuevo libro es ése: nuestras mentes no son cartesianas, podemos vivir y pensar de manera simultánea cosas que son contradictorias. Un ejemplo de esto es que podemos ser acérrimos católicos y a la vez pensar científicamente, estar a favor de Darwin, esas actividades que parecen dividir la mente son las que abren el camino hacia el progreso y la originalidad. Cuando di estas conferencias en Harvard, siempre levantaban la mano y me preguntaban si era ingenuo o sentimental cuando el punto de la conferencia era claramente que uno debía ser las dos cosas al mismo tiempo: ingenuo y sentimental, poético y cerebral.”

Volviendo al tema del doble, esa preocupación o esa fantasía por la existencia de otro Orhan, ¿cree usted que tiene algún asidero en la realidad?

–Es una figura poética que me gusta, pero además, es verdad, con algunas motivaciones personales: tengo un hermano con una diferencia de edad muy acotada, sólo 18 meses más grande que yo. Eramos muy competitivos, nos celábamos mucho, nos pegábamos, teníamos mucha rivalidad. Y también puedo decir que tengo una especie de segunda vida constituida por la ensoñación y la imaginación.

Efectivamente, algunos de los libros de Pamuk le generaron más de un conflicto no sólo con políticos y periodistas sino directamente con su hermano y con su madre. “Es un tema problemático, doloroso y hasta con resonancias éticas: ¿qué derecho tenemos los novelistas a escribir sobre la vida privada de las personas cercanas a noso-tros? Si uno es escritor, en cierta medida escribe sobre la experiencia personal de su propia vida. ¿Representamos la verdad al lector o escribimos algo que resulte cómodo y aceptable para la comunidad? La verdad más inteligente es aquella que contenta a la mayor parte de la comunidad, y el que logra hacer eso es un escritor exitoso que nunca se pelea con nadie y es todo amor y paz (risas).”

¿Se arrepiente de haber escrito algo que pudo generar dolor en su familia?

–Arrepentimiento es una palabra fuerte, con connotaciones religiosas. Mi mamá siempre está contenta con mis libros. El libro que más le gustó fue Me llamo Rojo y sobre esta novela me dio el mejor cumplido de toda mi vida: “¿Cómo pudiste escribirla?”.

Dentro de su familia, el que merece un párrafo aparte es el padre de Pamuk, a quien le dedicó nada menos que el discurso de aceptación del Premio Nobel, una brillante exposición en la cual recordaba que, poco antes de morir, su padre, que había intentado sin éxito ser escritor, le dejó una valija con todos sus manuscritos para que alguna vez él los leyera y viera qué podía hacer. A partir de esa anécdota, posterga el momento en que finalmente abre la valija para repasar los momentos más destacados de su carrera literaria, incluso el momento en que su padre le profetiza que iba a ganar el Premio Nobel: “Mi padre recurrió a un lenguaje muy intenso y exagerado para manifestar su confianza en mí o en mi primera novela: me dijo que, algún día, yo ganaría el premio que hoy, con inmensa alegría, voy a recibir aquí. Dijo eso no porque estuviera tratando de convencerme de su buena opinión, ni para establecer este premio como objetivo; lo dijo como un padre turco que brinda apoyo a su hijo, alentándolo y diciéndole ‘Algún día, tú llegarás a ser un pashá’. Durante años, cada vez que me veía, me daba aliento con esas mismas palabras. Mi padre murió en diciembre de 2002. En este momento, cuando estoy parado ante la Academia Sueca y sus distinguidos miembros, que me han otorgado este gran premio, este gran honor, y ante sus distinguidos invitados, quisiera, con toda el alma, que él pudiera estar entre nosotros”.

Sin embargo, hasta ahora Pamuk no publicó el libro de su padre y todavía le cuesta hablar sobre lo que le produjo abrir esa valija: “Después de que escribí el discurso de aceptación, abrí la valija y tuve la misma reacción. No me gusta leerlo, pero le debo a mi padre la publicación en el futuro. Esas páginas tienen el sorprendente poder de generar sentimientos en mí y eso es un problema. Noto semejanzas con mi obra en lo que respecta a la minuciosa atención y modestia hacia los detalles, en que es algo modesto y realista”.

EL FIN DE LA FELICIDAD

Uno de los últimos capítulos de Nieve se llama “Una felicidad que duró muy poco”. El protagonista, Ka –quien en otro pasaje de la novela dice que el único principio que debería regir la vida es la felicidad– se acuesta con Ipek, la mujer de su vida, mientras preparan su viaje a Frankfurt, aunque ese momento será, en realidad, la última vez que se ven: “Después de hacer el amor, Ka e Ipek se quedaron un rato abrazados sin moverse. El mundo estaba tan silencioso y Ka tan feliz que le pareció que pasaba mucho tiempo. Sólo por eso, se dejó llevar por la impaciencia y saltando de la cama se acercó a la ventana y miró al exterior. Mucho más tarde pensaría que aquel largo silencio había sido el momento más dichoso de su vida y se preguntaría por qué se había deshecho del abrazo de Ipek y había acabado con ese instante de felicidad incomparable. Más tarde, Ka pensaría que había abreviado el momento más dichoso de su vida porque no podía aguantar la excesiva felicidad”.

El museo de la inocencia, novela sobre un joven de nombre Kemal que a punto de casarse deja todo por el atractivo irresistible de Füsun, una pariente lejana a quien no veía hacía mucho, empieza con un capítulo llamado “El momento más feliz de mi vida”: “Fue el momento más feliz de mi vida y no lo sabía. De haberlo sabido, ¿habría podido proteger dicha felicidad? ¿Habría sucedido todo de otra manera? Sí, de haber comprendido que aquél era el momento más feliz de mi vida, nunca lo habría dejado escapar”; y termina con el capítulo “Felicidad”, en el cual el mismo Kemal, luego de entregar la foto de Füsun para inmortalizarla en un museo, culmina diciendo “que todo el mundo sepa que he tenido una vida muy feliz”.

Teniendo en cuenta que un escritor trabaja con las emociones y también con el sufrimiento, ¿la felicidad y la escritura son irreconciliables?

–Creo que escribo porque no soy feliz, pero a la vez escribo para ser feliz. La felicidad que surge de la escritura es algo muy complejo porque la escritura es el ritual de vivir en lo imaginario. Como el tiempo en que se preparan los atletas, a mí escribir una novela me lleva tres o cuatro años, y una vez que uno penetra en esa tela de araña que constituyen las relaciones construidas en una novela, empezás a habitar un mundo imaginario alternativo, un mundo en el que a mí me gusta estar. Entrar y conectarme con el mundo a través de las palabras me da una fuente alternativa de felicidad. Ahora, si uno piensa que hay una verdadera felicidad, entonces es realmente ingenuo (risas). No hay felicidad verdadera, sentimos verdadera felicidad cuando pensamos que somos felices, la felicidad es saber que uno es feliz y se trata de momentos líricos que ocurren excepcionalmente, momentos que, de todas maneras y a pesar de su baja frecuencia, siempre buscamos. Ese, creo yo, es uno de los mayores valores de una persona.

Según Gautier, “cuando está finalizada la casa, entra la muerte; por eso los sultanes tienen siempre su palacio en construcción”. Y ya que hablamos de la felicidad literaria, ¿cómo imagina el final de su carrera? ¿Será por la escritura de un libro inigualable o por fallecer antes?

–Será porque logre escribir mi mejor libro. En oposición a todos los rumores según los cuales los escritores escriben su mejor novela apenas iniciada la madurez, yo siempre pongo el ejemplo de Los hermanos Karamazov, para mí el mejor libro de Dostievski, y que escribió después de los 60; yo ya estoy cerca de esa edad y, sí, todavía tengo muchos proyectos. Es como pasaba en Las mil y una noches: los que ya habían leído todo, morían inmediatamente.

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Imagen: Xavier Martin
 
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