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Domingo, 13 de julio de 2003

NOTA DE TAPA 2

¡Capitalistas, al abordaje!

¿Cuál es la diferencia entre un bucanero, un corsario y un pirata? ¿Es cierto que debemos a ellos la Revolución Industrial? ¿Qué conexión hay entre la rapiña caribeña y uno de los padres de la Ilustración británica? ¿Hasta qué punto los bergantines ingleses hacían avanzar la Historia que los galeones españoles paralizaban? Con el estreno de La maldición del Perla Negra como excusa, José Pablo Feinmann procede a abordar uno de sus temas favoritos: el capitalismo y los piratas que lo inventaron.

Por José Pablo Feinmann

a Enrique Silberstein

No sin cierta frecuencia me pregunto (inmerso en un acto que implica un flagelante autocuestionamiento) si no concedo -.en la vida en general, digamos– excesiva importancia a los llamados factores económicos y políticos y hasta sociales. Esta tendencia se acentuó a partir del surgimiento del marxismo en el siglo XIX. No es que los filósofos anteriores al Gran Cabezón del British Museum no le dieran importancia a la historia, piensen si no en Hegel. O por qué no en los mismísimos griegos, que imaginaban repúblicas de filósofos o adoctrinaban a seres tan belicosos como Alejandro de Macedonia. Pero con el Gran Cabezón la cosa se pone más insidiosa: se parte de la materia, la materia son las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Era correcto: el hombre venía a representar (desde el universo de las ideas) a una clase social que trabajaba la materia, el proletariado, ¿cómo se iba a desentender de ese elemento? Supongo acaso que he leído con algún exceso al Gran Cabezón y de ahí me quedó esa obsesión por remitirlo todo a la llamada base real de la sociedad y no, pongamos, al Espíritu Santo, a quien jamás remití nada porque ignoro por completo dónde se encuentra. Todo esto viene para justificar que voy a hablar de los piratas pero, tanto como de ellos, del capitalismo. Y para decirlo todo: me dispongo a hacerlo con enorme placer. Porque el capitalismo tuvo y tiene cosas malas y cosas horribles. Eso, en lo básico. Que es casi todo. Con lo que podemos establecer esta esencial condición binaria. El capitalismo se divide en dos. Uno: lo Malo. Dos: lo Horrible. Acaso me pidan un ejemplo y no tengo por qué escamotearlo. Lo Malo: Clinton. Lo Horrible: Bush. Y si piensan que he logrado resumir de un modo impresionantemente sencillo todas absolutamente todas las posibilidades políticas, éticas y estéticas de la política norteamericana, piénsenlo. Es así. No obstante, ¿dónde poner a los piratas? Los piratas son el Todo. El capitalismo fue un sistema hecho por piratas y espero no ofender a nadie si digo que es un sistema mantenido por piratas. Es un sistema de saqueo. De conquista, de saqueo y también de seres desbordantes de ingenio, creatividad, coraje, sentido de la aventura, de la inversión productiva, del trabajo, la industriosidad y el descomedido amor por las riquezas ajenas. El más actual de los filibusteros, el Captain George W. Bush, ha enviado a sus bravos a un país remoto, arrasó con todo y con todas las riquezas que de allí levantará dinamizará la economía capitalista de su país, que lo anda necesitando.
Acaso el Captain al que acabo de referirme carezca ya del encanto de los viejos aventureros del mar. No va él con sus hombres. No se lanza al abordaje. No cruza su espada con los enemigos, frente a frente, dando la muerte al riesgo, inmenso, de recibirla. No, este es un filibustero de gabinete. Ni siquiera ve la cara de sus propios muertos. Sólo sabe dar órdenes para que otros aprieten botones maravillosos que destruyen sin matices, entre el desborde de la técnica y la ausencia de la pasión. Piratas eran los otros. Los que hicieron el capitalismo. Los que se arrojaban sobre los perezosos galeones españoles y los limpiaban de cabo a rabo. ¿Por qué España no tuvo piratas? Porque no tuvo capitalismo. Desde el siglo XV en adelante España se entregó a la conquista y al goce. Y el capitalismo es enemigo del goce. Donde hay goce no hay producción (no hay trabajo), y donde no hay producción no hay capitalismo. Desde Colón hasta el ampuloso Felipe II, España es una potencia traslativa. No produce. Sólo lleva algo de un lugar a otro. Para eso tiene barcos. Para llevar el oro de América al Imperio en que nunca se pone el sol. El sol de Felipe II era el oro. Era el oro el que iluminaba su Imperio. ¿Para qué usaban los españoles el oro? ¿Creaban industrias, ciudades, máquinas de vapor,proletarios explotados? Ni sabían qué era eso. Las mercaderías las compraban en Inglaterra. Y eran todas opulencias de grandes señores ociosos. Y era para el desarrollo incontenible de la opulencia real que se traían el oro desde las Indias. Qué pereza histórica. Qué ociosidad. Qué amor por el goce infecundo. Si por España fuera, la Historia aún se dirimiría entre cortesanos, terciopelos, carruajes, algunos cañones y marqueses con pelucas ridículas. Los piratas les arruinaron la fiesta. Errol Flynn, Tyrone Power, Sterling Hayden, Louis Hayward, Robert Newton y hasta Geena Davis y Johnny Deep.
Ahora les voy a hablar de Enrique Silberstein. Que no era pirata sino economista. Y un tipo fantástico. No lo conocí pero creo que leí casi todas las líneas que dio a la imprenta. Escribía en El Mundo y luego en La Opinión. Sus notas sobre Vietnam eran deslumbrantes. Era de esos economistas que escriben para que los entiendan. O sea, para no engañar. En 1969 publicó un librito brillante, un caramelo para el intelecto, o sea, el bocho. Se llamó: Piratas, filibusteros, corsarios y bucaneros. Aquí, yo debería saludar e irme. Irme y dejarlo a él. Algo de eso voy a hacer. Y otra cosa: ¿no habrá un editor en la Argentina de hoy que edite otra vez este libro del señor Silberstein? Yo, sofocado por semejante honor, le haría el más dedicado de los prólogos. Y otros escritores también, ya que el hombre no está olvidado. No todo está olvidado. Muchos recordamos a Enrique Silberstein y veríamos con felicidad este librito entre tanta cáscara boba que se agita en las vidrieras de las librerías.
De modo que al grano. A Silberstein. Entréguense al goce de leerlo, que no es el de los galeones españoles, ese goce estéril, gordo, sino el de la lucidez, el del espectáculo de la inteligencia. “Los filibusteros (y los piratas) fueron la cuña que introdujo Inglaterra (o mejor dicho, sus empresarios) para ser los beneficiarios directos de los resultados de los descubrimientos de los españoles y los portugueses (...). Robar a los barcos españoles y transportar esclavos negros era la finalidad de los piratas y de los filibusteros. La ganancia obtenida por ambas actividades fue de una magnitud tal que el capitalismo nació casi solo. La enorme acumulación de capital que se produjo gracias a esas actividades llevó a la revolución industrial, a la creación de las instituciones básicas del capitalismo superior (bancos, bolsa de comercio, acciones, etc.), y al planteo de teorías que luego resultaron básicas en el estudio de la Economía.”

¡Bucaneros!
Explica Silberstein: “Los bucaneros indican la participación francesa en el proceso”. De hecho, uno de los más feroces piratas fue francés y se llamó El Olonés, que gustaba cortar, él en persona, las lenguas de sus prisioneros, hacer violar a las mujeres de éstos por sus fogosos sicarios y abrir el noble pecho de los nobles españoles para extraerles sus nobles corazones. Un encanto de tipo. Sigue Silberstein: “De hircus que indica al macho cabrío se pasó a buccus con el mismo significado y de ahí a bouc, que se une, con la raíz alemana bukk para formar dos vocablos: uno, boucon que quiere decir prostíbulo y, otro, boucanier, que es el hombre vicioso”. Pero el aspecto realmente apetitoso de la cuestión (y, se verá, no es casual mi remisión al apetito) viene ahora: los bucaneros (según narra Oexmelin, famoso médico de piratas) “han convivido con los caribes, indios nativos de las Antillas, los cuales tienen por costumbre cortar en trozos a sus prisioneros y colocarlos sobre unas parrillas bajo las cuales encienden fuego. A estas parrillas las llaman barbacoa, boucan al lugar donde se encuentran y bucane al acto de asar u ahumar carne humana”. De aquí viene el nombre de nuestros entrañables bucaneros. Yo, de pibe, leía una revista que se llamaba así: Bucaneros. Se debe conseguir aún en casas de cómics viejos. Y si no, seguro que Sasturain la tiene. Era buenísima. Uno no la leía, la devoraba.

John Locke y Henry Morgan
De un diccionario cualquiera:
John Locke, (1632-1704): “Filósofo y político británico que está considerado como uno de los iniciadores de la Ilustración en Inglaterra”.
Del Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora: “Su filosofía política, especialmente tal como fue expuesta en el segundo tratado sobre el gobierno (el llamado Ensayo sobre el gobierno civil), influyó grandemente en la formación de la ideología liberal moderna”.
De un librito de Mariano Grondona cálidamente llamado Los pensadores de la libertad: “Ellos están en la base del pensamiento contemporáneo en política y economía, sobre todo en los países europeos y anglosajones que han logrado el desarrollo (...) Con John Locke empieza esta línea de pensadores. Todo gran pensador, como los grandes músicos, es la cima de una cordillera. En el siglo XVIII hubo muchos como Mozart. Eso sí: sólo hubo un Mozart”.
Del libro de Enrique Silberstein: “Cuando Morgan gobierna Jamaica las instrucciones acerca de cómo gobernarla fueron escritas por el filósofo John Locke, quien se las entregó al Gobernador”.
De otro diccionario vulgar: “Henry Morgan (1635-1688). Pirata inglés. Fue almirante de los bucaneros por elección popular entre ellos. Sus servicios a Inglaterra le merecieron el título de Gobernador de Jamaica. Asaltó las costas de Cuba, Venezuela y otras regiones del Caribe. Personaje muy temido por los españoles. Logró alcanzar el rango de Caballero del Reino”.
Esta unión de Locke y Morgan (aunque incomodará a algunos) no debe interpretarse como ese viejo vicio de los escritores anticapitalistas por demoler honras ajenas o, por decirlo más claramente, honras burguesas. Marx admiraba hondamente a la burguesía y todo el que haya leído el Manifiesto y sobre todo la interpretación que del Manifiesto da Marshall Berman en su libro sobre la experiencia de la Modernidad sabrá que el Gran Cabezón admiraba el espíritu fáustico del capitalismo que no se detenía ante nada y todo lo destruía. Parte de ese espíritu fáustico fueron los piratas, los bucaneros, los corsarios. Le quitaron el dinero al goce y se lo dieron a la producción. Hicieron avanzar la historia. Al lado de un galeón, un bergantín pirata era el progreso histórico. Un galeón era reaccionario: sólo llevaba oro para los ociosos de las cortes españolas. Los bergantines piratas derivaban ese oro a la Bolsa de Londres. A la Revolución Industrial. Eran el avance de la historia. Generaban trabajo. Creaban proletarios. Sindicatos. Ideologías. Huelgas. La Comuna de París. Que, luego, la historia se haya fosilizado y los piratas de hoy sean unos miserables que acabarán por destruir el planeta, no desde los bergantines sino desde las finanzas, es otra historia. La nuestra –la que aquí quisimos contar– es otra. Es la del espíritu de aventura contra la rapiña soñolienta. Es la de un sistema económico que está surgiendo y desborda imaginación, rapiña, pragmatismo, indecencia y criminalidad. El capital, decía Marx, viene al mundo chorreando sangre y lodo. ¡Y claro! Si lo trajeron los piratas.
No es casual que Hollywood (esa cumbre del capitalismo) los haya amado. Pero no sólo por sus contribuciones al desarrollo del capital comercial e industrial, sino porque hicieron lo que hicieron entre el coraje, la osadía, la metralla, el riesgo y el desdén por la muerte. No siempre un sistema económico se combina con la aventura, el azar, el viento, las borrascas y las islas desiertas con tesoros recónditos. ¡Tantas cosas nos dieron los piratas! Nos dieron a Salgari y a Stevenson. Y la isla de Tortuga, los tesoros enterrados, los mapas trazados con sangre sobre una camisa desgarrada y en ella una cruz que indicaba dónde estaba el cofre con piedras preciosas, doblones y joyas que se habían quitado a algún bergantín español. Y nos dieron palabras, muchas y nuevas y sorprendentespalabras: barlovento, palo mayor, proa, popa, trinquete, latitud norte, latitud sur. Y esa tabla tendida sobre las aguas infestadas de tiburones y el desdichado, con la espada en la espalda, empujándolo hacia su muerte inapelable. Y las islas, y las penínsulas: las Molucas, Sumatra, Java (¡Rumbo a Java con Fred Mac Murray!), Macao (con Robert Mitchum y Jane Russell), Borneo, Ceylán, Bengala, el Cabo. Y todas esas mercaderías exóticas, esos nombres que uno leía o escuchaba en las pelis: nuez moscada, madera de sándalo de Timor y las Célebes, la pimienta y el jenjibre, el alcanfor, el ébano, el estaño, oro en polvo, diamantes de Borneo y de Sumatra, el índigo, el azúcar, el ron, el tabaco de Java, la canela de Ceylán, el opio, la seda, el algodón de Bengala. Cuánto.
“Lo que no nos contaban esas novelas (insiste Silberstein) era que los corsarios y los filibusteros que peleaban en el mar de la China, que desembarcaban en Java, que se emborrachaban en Borneo, que amaban en Ceylán, eran empleados de las Compañías Holandesas o de las Compañías Inglesas. Que cada disparo de cañón que hacían había sido pagado por una sociedad anónima, que cada miembro que perdían era convenientemente indemnizado, que cada herida que recibían tenía el pago corespondiente.” Es posible. De pibes no lo sabíamos. Crecer es –entre otras cosas– el trabajoso arte del desengaño. Pero seguir vivos es no olvidar ni renegar de nuestros asombros tempranos. Si les parece.

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