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Domingo, 31 de agosto de 2003

NOTA DE TAPA

la pesada del rock´n´roll

Para muchos, es el último bastión de resistencia del rock. Y aunque todos los años se anuncia su muerte, hoy por hoy es más popular que nunca. Sus videos destronan al pop prefabricado en MTV. Los chicos pintan los nombres de los grupos en sus mochilas. Y se cuela en todas las bandas de sonido de Hollywood. Antes de la llegada de Metallica a la Argentina, Radar ofrece un mapa para saber de dónde viene, dónde está y hacia dónde va el heavy metal.

POR MARIANA ENRIQUEZ

En 1976, el influyente crítico de rock Lester Bangs escribió en The Rolling Stone Illustrated History of Rock & Roll que el heavy metal ya era historia. Por lo menos una vez por año se anuncia la muerte del género y, en consecuencia, su renacimiento. El interrogante ¿Murió el heavy metal? es tan remanido como ¿Vuelve el heavy metal? Pero hay una pregunta más importante: ¿qué es, exactamente, el heavy metal? ¿El sonido que crearon Black Sabbath, Deep Purple y Led Zeppelin hace treinta años? ¿El que hizo masivo Iron Maiden? ¿El que devolvió a los estadios Metallica? ¿El que reina en MTV gracias a Korn y Linkin Park? ¿Marilyn Manson es un grupo de heavy metal? ¿Y Kiss? Es posible que lo que esté muerto sea el término, que ya no puede abarcar tanta diversidad. El heavy metal es sólo rock, pero muy heterogéneo. No hay otro género que contenga tantos subgéneros: death metal, thrash metal, power metal, soft metal, nü metal, black metal, doom metal, goth metal, rap metal... cada casillero encierra a bandas que, a su vez, pueden representar a varias subdivisiones, o a todas. ¿Qué tienen en común? La potencia, el volumen, la vulgaridad, la exageración. Una intensa y única comunicación con su público. Y la capacidad de disgustar, sobrevivir, mutar y redescubrir(se).

LA TRINIDAD
Black Sabbath, Led Zeppelin, Deep Purple. Los tres grupos que armaron el heavy metal modelo setenta, el que se convertiría en dogma y piedra fundacional. Chicos blancos ingleses que tomaron el blues y los acordes concretos de The Who y The Kinks para llevarlos a extremos de volumen e intensidad. Black Sabbath, con Ozzy Osbourne y Tommy Iommi, fueron lo oculto y lo oscuro; “¿Qué es esto que se para frente a mí?/ Una figura de negro que me señala/ Date vuelta rápido, y empezá a correr/ Descubro que soy el elegido/ ¡Oh, no!”, lloriqueaba Ozzy Osbourne en el primer tema de Black Sabbath (1970). El ritmo ralentado, que enloquecía hacia el final, la voz todavía aguda y con algún matiz demente de Ozzy y los riffs siniestros de Tommy Iommi convertían a las canciones en letanías satánicas. Deep Purple, con Ritchie Blackmore e Ian Gillan, los creadores del riff primigenio, ése que sabe tocar hasta el que no sabe tocar la guitarra: “Humo sobre el agua”. También los que unieron velocidad con sexo en “Estrella del camino”: “Nadie va a atrapar a mi coche/ Voy a correrlo hasta que no quede nada/ Nadie le va a ganar a mi auto/ Va a romper la barrera del sonido/ Oh, es una máquina asesina, lo tiene todo/ Lo quiero, lo necesito, lo sangro/ Es como un huracán salvaje/ Agárrense fuerte/ Soy la estrella del camino”. En la segunda estrofa, el auto se transformaba en una chica. Led Zeppelin completa el triángulo con el origen blusero de Jimmy Page (que fue parte de Yardbirds, como Eric Clapton y Jeff Beck), la voz histérica de Robert Plant, los solos de batería brutales e interminables de John Bonham, el latido del bajo de John Paul Jones. La propulsión de Zeppelin –y de Sabbath, y de Deep Purple– suena exactamente como el motor de un auto a toda velocidad. O como el sexo. Una vez más. En “Whola Lotta Love”, Robert Plant canta: “Voy a meterte cada centímetro de mi amor abajo y adentro”; el crítico Dave Marsh definió a la canción como “la más vulgar de la historia, una proyección desagradable de la angustia hormonal del macho”. Al mismo tiempo, Led Zeppelin podía acudir a las utopías pastorales, como en el sueño hippie de “Yendo a California”: “Alguien me dijo que hay una chica allí/ Con amor en sus ojos y flores en el cabello”. O al misticismo de “Escalera al cielo”, la mejor balada/madrigal del rock. Y de vuelta el sexo y el riff fálico, en “Perro negro”: “Tengo que rodar, no puedo quedarme quieto/ Tengo una llamarada en el corazón/ Ojos rojos ardiendo/ Sueños acerca de ti en mi cabeza”. Magos machos y amenazantes de gran disciplina para la construcción de las canciones, que podían desbaratarse hasta el caos en la improvisación, para volver al riff y al orden original.
Hace poco, Sr. Coconut, un dj alemán residente en Chile, remixó “Humo sobre el agua” en ritmo de cha-cha-chá. Es un éxito. Led Zeppelin acaba de editar How the West Was Won (1972), un disco triple grabado en vivo enCalifornia, acompañado por un DVD. Quizá sea el mejor disco del año. En la Argentina, el disco vale como cien pesos y se vende más que un pirata. Ozzy Osbourne es una estrella de TV adorable gracias a su reality familiar The Osbournes, y sigue siendo el alma mater de Ozzfest, el festival de rock pesado más importante del mundo, la vidriera de rigor para las bandas en ascenso, que organiza su esposa y manager, Sharon, la primera dama del heavy metal.

LA RUTA
Es una de las metáforas más recurrentes del heavy metal, género tuerca, donde el auto o la moto son una prolongación del poder, el alcance, posiblemente la virilidad. Dennis Hopper eligió para la banda de sonido de su film sobre motociclistas perdidos en el sueño americano a Steppenwolf y la canción “Nacido para ser salvaje” que en su segunda línea llamaba “heavy metal thunder” a la experiencia de ir a toda velocidad por las rutas de California. El cuero negro, que fue uniforme del primer heavy metal, está tomado de los motociclistas de los años cincuenta: fue gracias a Johnny, el personaje de Marlon Brando en El salvaje, que Rob Halford de Judas Priest se vistió de cuero negro de la cabeza a los pies, gorra incluida, y le agregó tachas. Cuero y metal, primitivismo e industria pesada, el macho salvaje y urbano.
Audioslave, el supergrupo que se formó con Chris Cornell de Soundgarden (una de las bandas más importantes de la extinta escena grunge de Seattle) y Rage Against The Machine (menos el cantante Zach de la Rocha, que abandonó el grupo en el 2000) acaba de homenajear a la ruta y a una película de culto de los setenta, Vanishing Point, con el video “Show me How to Live”: en un auto blanco, cruzan el desierto sin detenerse jamás, salvo para tocar. La más romántica canción del disco debut se llama “Soy la ruta”: “Estuve perdido en las ciudades/ Solo en las colinas/ Y nunca sentí pena o tristeza por partir/ No soy tus ruedas/ Soy la ruta/ No soy tu viento feroz/ Soy el relámpago/ No soy tu luna de otoño/ Soy la noche”.
La ruta es el ambiente natural del heavy metal. La vida de las giras es central en su imaginario. En 1981, la banda rutera por excelencia, desde el nombre, Mötorhead, llegó al número uno de los rankings ingleses con un álbum en vivo No Sleep Till Hammersmith (Sin dormir hasta Hammersmith). En el camino se vive y se muere: Metallica perdió a su bajista original en 1986 cuando el ómnibus de gira patinó en una helada ruta de Suecia y Cliff Burton murió instantáneamente en el choque.
Ningún otro género toca tanto ni hace de la liturgia del vivo, en un sótano perdido o en un gran estadio, una catarsis colectiva. Ahora mismo, Rata Blanca acaba de tocar en Córdoba, el 14 de septiembre se van a España a recorrer catorce ciudades, y vuelve el 25 de octubre para tocar con Metallica en River. Carajo, el grupo nacional que más creció en los últimos años, un grupo completamente distinto de Rata Blanca en lo musical e ideológico, se ganó un público a fuerza de gira constante: hasta fin de año recorrerán todo el interior, y visitarán Paraguay y Chile, donde acaban de editarlos. Todavía no está confirmado, pero es posible que también sean teloneros de Metallica. Los achiques en una economía imposible no les impiden salir a la ruta. Marcelo Corvalán cuenta: “Todos los viajes los hacemos en micros de línea, con nuestras cosas encima. Yo llevo el pedal y el bajo, Andrés (Vilanova, el baterista) los tambores y Henry Langer la guitarra. Armamos cuando llegamos y tocamos con bandas locales, no con invitados. Es lo que se puede hacer, y supongo que tendremos mejor infraestructura si cambian las cosas”.

DE LA LUCHA A LA RESISTENCIA
El músico de heavy metal como guerrero y soldado. ¿De dónde salió ese concepto de lucha? El primer disco de V8, los pioneros del heavy metal nacional junto a Riff, llamaron Luchando por el metal (1983) a su primer disco, que tenía canciones como “Brigadas metálicas”: “Prontas surgen las hordas del mal/ listas para el paso final/ son los que están hartos de ver/ las caras que marcan el ayer/ vengantodos, aquí hay un lugar/ junto a la brigada del metal/ gente demente que no es igual/ a la hipponada del rock”. ¿Había que dar pelea contra el hippismo y el silencio del rock nacional bajo la dictadura militar? Beto Zamarbide, el cantante de V8, decía: “No sólo era una lucha por el metal sino que también los pibes no se animaban a tocar, vivían en un clima tal de represión que la gente, al ver a todos los artistas encanados, apretados o exiliados, habían perdido las ganas”.
Pero hoy, en el 2003, la metáfora de la lucha continúa en el heavy nacional. Raíz acaba de editar un gran disco, y el título es En la línea de fuego. Ésa canción dice: “Muy duro es pelear en esta guerra tan hostil/ Las víctimas condenarán a toda una nación/ Sin dignidad y sin poder huir/ Viviré en la línea de fuego/ Seguiré si hay que empezar de nuevo/ Nunca nos detendremos”.
Quizá sea la lucha por la supervivencia de un estilo ninguneado o ignorado por la crítica de rock, denostado por los sectores sociales conservadores, en general incomprendido. Quizá se trate, en el caso de las bandas latinas, de una forma de resistencia política. Y quizá también se trate de hacer uso de otra obsesión masculina: la guerra. El líder de Mötorhead, Lemmy Kilmister, es coleccionista de memorabilia nazi y todo lo que puede encontrar sobre la Segunda Guerra Mundial; aunque jura por todos los dioses que lejos está de simpatizar con el nacionalsocialismo, admite que “los malos siempre tuvieron los mejores uniformes”, y explica su fascinación con el dato de que nació en 1945, cuando la guerra terminaba.
Hay canciones de Mötorhead, como “Bomber”, “Orgamastrom” y “Ace of Spades”, en las que la velocidad del heavy se redobla, y la banda deja de sonar como un motor: recuerda una ráfaga de artillería. En Dinamarca, cuando el tenista Lars Ulrich escuchó por primera vez a Mötorhead, formó un fan club. Tiempo después, cuando se mudó a Estados Unidos, formó Metallica. La banda de San Francisco reinventó el heavy metal: gracias al punk, tocaban mucho más rápido. Gracias a Mötorhead, sonaban como una ametralladora. Llamaron a su primer disco Kill ‘em All (Matarlos a todos). Eso hicieron: había que apretar el acelerador, so pena de morir de aburrimiento. Al mismo tiempo, Dave Mustaine, un joven que había tocado con Metallica durante apenas unos meses, armó su propia banda, Megadeth (“Megamuerte”). En 1992 logró su obra maestra, Countdown to Extinction. La mejor canción era “Symphony of Destruction”, con una melodía siniestra, riffs secos y cortos, y la voz que salía de entre dientes apretados: “Así como el Flautista de Hamelin/ guía a las ratas por las calles/ Danzamos como marionetas/ balancéandonos con la sinfonía de la destrucción/ La Tierra comienza a temblar/ Los poderes del mundo caen/ En guerra con los cielos/ Un hombre pacifista se eleva”.
La metáfora de la guerra, gracias a los posteriores discos de Metallica (sobre todo Master of Puppets y ...and Justice for All que tenía “One”, una canción escrita desde el punto de vista de un herido en combate) se transformaba en denuncia de los poderes globales y el armamentismo, una banda de sonido para el apocalipsis nuclear. Música pacifista que sonaba como la guerra.
En los noventa, apareció por fin una banda que abordaba el conflicto con el poder tomando elementos de la música de los oprimidos: Rage Against The Machine, el grupo de Zach de la Rocha y Tom Morello, ambos activistas políticos, que mezcló el metal con el hip hop. Discos como Evil Empire o The Battle of Los Angeles son claros desde el título. En 1998, el grupo tuvo su propia radio, Radio Free Los Angeles, donde solían tocar con Flea de Red Hot Chilli Peppers y Stephen Perkins de Jane’s Addiction como invitados. También entrevistaron a Noam Chomsky, Leonard Peltier, Mumia Abu-Jamal (el periodista ex pantera negra acusado de haber asesinado a un policía) y hasta al Subcomandante Marcos. Rage Against The Machine cargó sobre sus hombros la defensa de Abu-Jamal, se unió a los trabajadores textiles de EE.UU., al comité nacional contra la censura, pidió la libertad de Tibet. Muchos les espetaron que una banda “militante” no podíaser parte de una multinacional. Tom Morello respondió: “A la hora de sacar a un hombre de la cárcel, lo que realmente importa son las acciones, y no ser el abanderado de una supuesta independencia”. Finalmente en el 2000 RATM se separó bajo el peso de sus contradicciones, la inquietud del cantante Zach de la Rocha y la imposibilidad de llevar a cabo sostenidas acciones conjuntas. Hoy sigue funcionado un site de Internet para militantes globalifóbicos y de todo tipo (axisofjustice.org), pero la banda se dedica al hard rock más clásico, sin atisbo de hip hop, en Audioslave. Tim Commeford, el bajista y licenciado en ciencias políticas, dice: “Llamamos a Chris Cornell porque es el mejor cantante de rock que existe. Pero si las letras de Chris hubiesen adquirido un tono político, hubiera sonado artificial y espantoso”.
La posta la tomó System of a Down, el grupo de hijos de inmigrantes armenios que llegó al número uno en la semana del 11 de septiembre de 2001 con su disco Toxicity y que impactó con el video de “Boom”, quizá el manifiesto pacifista más importante del rock pesado: “En los sesenta, muchos grupos cantaban en contra de la guerra de Vietnam, fuera popular o no. Eso es lo que hicimos”, dice Serj Tankian, el cantante. El grupo, que además denuncia permanentemente el genocidio armenio, armó un clip con imágenes de las marchas pacifistas que se organizaron en todo el mundo el 25 de febrero de 2003. Sobre las imágenes, los textos dicen: “Millones de personas en más de 600 ciudades alrededor del mundo participaron de la manifestación de paz más grande de la historia; se estiman 500 mil civiles muertos; según la ONU pueden morir de hambre 10 millones de iraquíes”. El cantante de System of a Down tiene una banda paralela junto a Arto Tuncboyaciyan, que recupera el folklore armenio y ritmos africanos; se llama Serart y Sony acaba de editar su primer disco en la Argentina.
Y aquí, el grupo Carajo, con dos ex integrantes de A.N.I.M.A.L. (otra banda de temática política), nació al calor del 19 y el 20 de diciembre y grabó su disco debut en enero del 2002. Este año llenaron Cemento, y se perfilan como la banda más importante del rock pesado local, una escena en estos días más bien pobre. En el debut se animaron a incluir la canción “Sacate la mierda”, un himno de furia. Dice Marcelo: “Es la letra más explícita, que refleja el clima de esos días. Fue un momento de toma de conciencia y resistencia; creo que los jóvenes lo vivimos como una revolución. Ahora, que pasó un poco, hay que seguir en la lucha”.
Otros luchadores de mención obligatoria son los brasileños de Sepultura y luego Soulfly (indigenismo y ecología), los puertorriqueños de Puya (raíces hispanas, spanglish y recuperación de la cultura negra del Caribe) y los argentinos Hermética y Almafuerte (la lucha obrera, el nacionalismo, la recuperación de la gauchesca).

LA ANGUSTIA
Pero el heavy metal popular, el que reina en MTV y en las bandas de sonido de todas las superproducciones de acción de Hollywood, es el que se ha dado en llamar nü metal. La revolución del nuevo metal trajo consigo un cambio de uniforme: fuera el cuero y las tachas, entran los tatuajes, la ropa de deportes extremos, los piercings, las rastas; elementos del hardcore, el punk, el hip hop, el gusto por el skate y el reggae. De la catarata de bandas importantes, como Deftones, Papa Roach o Slipknot, se destacan dos: Korn y Linkin Park. Con ellos el metal dejó de sonar como una ametralladora: ahora suena como los disparos del Playstation. La voz brutal, el estribillo directo y rapeado, las guitarras como descargas eléctricas y las bases electrónicas configuran una nueva forma de música pesada, más industrial que nunca, extrañamente popular, extrema en su sonido.
Korn inauguró el nü metal en 1994. Y una nueva forma de ser heavy: lejos de la omnipotencia, ahora se trata de hijos de la clase media baja norteamericana, que andan en skate y deambulan por los malls, vestidos con ropa demasiado grande para ellos; hijos de familias disfuncionales que no parecen poder superar la separación de sus padres, y que hacen de laangustia adolescente su obsesión lírica. Éstas son las bandas favoritas de los chicos; pintan sus nombres sobre las mochilas negras, se pintan las uñas de negro como ellos, usan sus piercings, vuelan sobre sus skates. Además, se trata de la primera generación desprejuiciada en lo musical: la guitarra y el ritmo machacante están allí, pero se permiten investigar fuera. Jonathan Davis, el cantante de Korn, se sabe fan de Duran Duran y el pop de los ochenta. Chino Moreno, de Deftones, es fan de Radiohead y The Cure. Los Linkin Park, de los Angeles, usan rapero (Mike Shinoda) y DJ (Joseph Hahn), más una estética de videogame central para una cultura juvenil que creció pegada a la pantalla de la computadora. La angustia del cantante Chester Bennington es infinita: en “Crawling”, una canción del disco Hybrid Theory que vendió seis millones de copias en EE.UU. en el 2001 (y en la Argentina más de 25 mil), sufre: “Estas heridas no se curan/ Caigo en el miedo/ La confusión es lo real”. En “Faint”, del segundo y superexitoso Meteora, continúa: “Estoy hecho de un poco de soledad y un poco de indiferencia/ Soy un manojo de quejas, pero no puedo evitar que todo el mundo vea mis cicatrices”. Bennington fue adicto a la cocaína a los doce años, y usa en las letras esa experiencia.
Pero no puede ganarle a Jonathan Davis, de Korn. Desde su primer disco hasta el último Untouchables (2002), el chico de Bakersfield ha descripto el abuso que sufrió a manos de su padrastro, su época como trabajador en la morgue (el tema “Dead Bodies Everywhere”) y su condición de marginal en la adolescencia. En “Freak on the Leash”, del disco Follow the Leader, escribe: “No puedo sacarme todo este dolor/ Lo intento cada noche, en vano”. Y en “Dirty”, de Issues, quizá el disco más importante del género, canta: “Sigo golpeando/ No hay nadie/ Estoy ahí afuera, solo/ Sacándome la cabeza/ Duele tanto aquí dentro/ Ojalá pudieran ver el mundo con mis ojos/ Sigue igual/ Sólo quiero poder reír otra vez”.
El nuevo disco de Korn estará listo para noviembre. Pero acaban de lanzar el single “Did my Time”, tema de la nueva película de Lara Croft - Tomb Raider, que no estará incluido en la banda de sonido.

CUENTA LA HISTORIA DE UN MAGO
Pero hay bandas que aún hoy continúan con los mitos fundantes del heavy metal. Para ellos, los guerreros usan espadas, o poderes mágicos. El heavy metal épico, que se nutre de J.R.R. Tolkien o, en el otro extremo, del satanismo, es más juguetón, es pura ficción. Nuevamente, se trata de obsesiones asociadas a la masculinidad. En 1990, Rata Blanca lanzó el disco Magos, espadas y rosas, que es una síntesis perfecta de lo que más tarde se denominó power metal: las influencias de la música clásica, el fetichismo medieval, el héroe de la guitarra (en este caso Walter Giardino, una figura asimilable a Ritchie Blackmore de Deep Purple o a guitarristas pirotécnicos como Yngwie Malmsteen), las brujas, las hadas, el héroe solitario que abandona el castillo. Ese disco tenía “Mujer amante”, la única canción del metal argentino que trascendió a lo popular, al punto que ayer nomás la cantaban los chicos de Operación Triunfo. El cantante Adrián Barilari, con sus agudos inalcanzables, explica: “Cuando Rata explotó, en el ‘91, era la única banda en el género que competía. Si se abrió paso en el género y se insertó en la sociedad como lo hizo, es porque tenemos buenas canciones. Fuimos criticados por ir a las bailantas, por meternos bien en lo popular, pero es que Rata era un fenómeno social. Hay parejas que se han casado con ‘Mujer amante’. En Córdoba, hace una semana, la gente la cantó completa, yo ni abrí la boca”. ¿Y por qué el uso de esa voz tan aguda, casi femenina, en el metal épico? Cuestión de estilos: “AC/DC marcó una etapa con Bon Scott, que tenía una voz muy aguda. Y por supuesto están los antecedentes de Ozzy, Robert Plant, ni hablar de Rob Halford en Judas Priest: todas las bandas querían hacer eso, era una moda que se estaba imponiendo. Walter componía para una voz aguda, y le costó encontrarla. Yo tengo que bancarme las giras, tuve que empezar a estudiar para ayudar al rendimiento. Me costó mucho lograr esta voz, ni loco la cambio. Ahora seusa la voz rota, un grave con presión, muy sensual, lo que hacía David Coverdale, lo que hoy hace Chris Cornell”.
Pasados de moda, los guerreros clásicos siguen adelante. Adrián Barilari acaba de lanzar un disco solista que ya se editó en Japón y Europa, y para fin de año estará en la Argentina. El último de Rata Blanca, El camino del fuego, del año pasado, aparece en todas las revistas españolas. Internacionalmente, el power metal no se rinde: Iron Maiden, la Doncella de Hierro, casi ya no existe, pero su influencia no puede medirse. En la Argentina siguen llenando estadios y los nombres de Bruce Dickinson (voz) y Steve Harris (bajo) son leyenda. Dickinson es un difusor de la historia medieval británica, y hasta escribe sus propias sagas. Skyclad rescata a la Inglaterra conquistadora con estética medieval y toques de música celta y mandolinas; su mejor disco es de 1995, The Silent Waves of Lunar Sea. Rhapsody, Nightwish y especialmente Stratovarious mantienen la vela encendida con canciones de diez minutos, influencias del rock sinfónico y un disco tan intrincado como excepcional en su género, Elements pt. 1, editado el año pasado.
DESDE EL INFIERNO
Black Sabbath comenzó a simpatizar con el demonio, y desde el entonces el metal le reserva un lugar especial a su majestad satánica. Tommy Iommi de Sabbath y Jimmy Page de Zeppelin son conocidos por sus coqueteos, más o menos serios, con el ocultismo. Más cercano en el tiempo, Marilyn Manson, sacerdote de la Iglesia de Satán de Anton La Vey, hizo uso y abuso del nombre del demonio para denunciar el lado oscuro del sueño americano. Su obra cumbre fue Anticristo Superstar, en la que proclamaba el satanismo como enfrentamiento a la moral establecida. Manson también recuperó la obsesión por la teatralidad y la imagen de los pioneros Kiss, Misfits y King Diamond. Los sectores políticos conservadores siempre acusaron a las bandas pesadas de corruptoras y herejes: es famosa la absurda leyenda urbana que relata el asesinato de pollitos en el escenario por los simpáticos Kiss. A Manson le fue mucho peor, porque directamente lo acusaron de instigar la masacre en la escuela de Columbine en 1999. Nunca pudo recuperarse de ese golpe, ni siquiera hoy con su recién editado The Golden Age of Grotesque, que intercambia a los demonios místicos por los reales y usa la metáfora del fascismo y su espectacularidad para revelar la hipocresía del mundo del espectáculo y de los poderosos del mundo.
Pero hay grupos que toman al satanismo de manera más literal. Se trata de los cultores del black metal, casi todos grupos escandinavos. En una compleja mezcla de mitología y satanismo, el black metal es un subgénero de velocidad atroz, voces guturales y teclados que recuerdan a una banda sonora de película de horror. El año pasado, los noruegos Satyricon se convirtieron en la primera banda de black metal que firmó para un sello multinacional (EMI/Virgin), con el disco Volcano. Su primer video, el increíblemente violento “Fuel for the Hatred”, fue censurado por MTV. Quizá le teman a la fama ganada por el black metal escandinavo, gracias a bandas como Emperor, que tiene a uno de sus integrantes, el guitarrista Samoth, en la cárcel por asesinato y quema de iglesias.
Las letras del black metal son apologéticos himnos satánicos: Deicide, por ejemplo, rugía en la voz de su cantante Glen Benton en “Bible Basher”: “¿Quién es tu Dios?/ Apuñalá a tu religión hasta que se muera/ Que se retuerzan tus entrañas con el toque de Satán”.
Otros grupos no se alienan con la militancia satanista, y buscan en la imaginería del horror su inspiración lírica y estética. Esto puede encarnarse tanto en White Zombie como en el proyecto solista del cantante Rob Zombie, fan del horror clase B, los comics y el vudú; su mejor disco es el divertidísimo y más que veloz Astro-Creep: 2000. O en las orquestaciones soñadoras del goth metal: los portugueses Moonspell o los excelentes My Dying Bride (“Mi novia agonizante”) que escribieron canciones con títulos como “Para mi ángel caído”. El romanticismo de lacaída está presente en el debut superexitoso de Evanescence, Fallen (tercer disco en ventas en la Argentina) y en el oscuro death metal de los ingleses Craddle of Filth, que acaban de editar un álbum conceptual sobre la caída de los ángeles rebeldes, influenciados por William Blake: Damnation and a Day (Sony), que acaba de editarse en la Argentina.

COMO CONSEGUIR CHICAS
Porque de eso también se trató siempre el heavy metal. De eso se trataban los quejidos de Robert Plant y el riff de “Whola Lotta Love”, que es un orgasmo sonoro. El reino de los sex symbols del heavy metal fue los años ochenta, con el auge del soft metal, y los machos travestis. Mötley Crüe con Tommy Lee, ex marido de Pamela Anderson. David Lee Roth, sensual y pintado como una puerta. Poison, aquellos que destrozaron el escenario de Marcelo Tinelli en “Videomatch”, con deliciosas canciones pop apenas pesadas. Axl Rose, hoy obeso e irreconocible, y los desmayos de las chicas en la puerta del hotel; Guns n’Roses hizo uno de los mejores discos de heavy de todos los tiempos, Appetite for Destruction, pero también escribió la canción más hermosa: “Sweet Child o’ Mine”. Skidrow, con el bellísimo andrógino Sebastian Bach. Gracias a ellos los shows se llenaron de mujeres, que desde entonces son un público ávido de heavy, aunque todavía no parecen poder pisar los escenarios. Se trata, claro está, de un género machista, aunque en los últimos años las nuevas bandas reniegan de este sectarismo: hace poco Claudio O’Connor, ex cantante de Hermética y ex líder de Malón, hoy voz de O’Connor, se encontró con los Miranda! en los premios Clarín, y la cantante del grupo se enterneció cuando lo vio maquillado junto a su hija. Ya no hay tantas groupies en los backstages: basta con darse una vuelta por las trastiendas de los shows de Totus Toos (que avanzan como la gran promesa gracias a un muy buen disco, Inflamable alma), Carajo o Cabezones.
Aunque la furia hormonal machista –que tan bien entendía AC/DC– tiene sus representantes, por ejemplo, en Fred Durst de Limp Bizkit. El grupo de rap metal tiene una reputación espantosa que horroriza a las feministas; sus fans usan en las remeras la leyenda “Mostranos tus tetas”. Bravucón y arrogante, Durst canta sobre la cantidad de discos de platino que ganó, que fueron muchos; su segundo disco, Significant Other, vendió seis millones en Estados Unidos. El 22 de septiembre sale el nuevo disco, Results May Vary; Durst ha bajado los decibeles, y ya dejó de insultar a Christina Aguilera. Ahora dice que muere por tener un romance con la esquiva Britney Spears.

Y SIGUE
Metallica acaba de editar St. Anger; en el video se los ve impostando furia entre los presos de St. Quentin, pero en los últimos MTV Video Music Awards del jueves pasado dieron una lección sobre lo que significa sonar como una auténtica aplanadora. Repetirán la hazaña el 25 de octubre en River, con Rata Blanca como teloneros. A Marcelo Corvalán de Carajo le encantó el disco de Metallica: “Que salga Metallica no es casualidad, porque no hay banda que le haya sacado la corona. Son los mejores”. Pero lo que realmente le rompió la cabeza este año fue el DVD How the West Was Won de Led Zeppelin: “Pasan los años y te siguen transmitiendo esa fuerza, esa actitud, con más fuerza y más sensaciones que Slipknot. Son como... son la verdad de todo”.

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