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Domingo, 5 de octubre de 2003

LIBROS

Disparen contra Moore

Estúpidos hombres blancos es la nueva estocada que lanza contra el imperio norteamericano el sarcástico Michael Moore, el mismo que en 2002 escandalizara al establishment al ganar un Oscar con el alegato antiarmamentista Bowling for Columbine. Combinación letal de sátira y panfleto político, el libro –que encabezó las listas de best sellers en todos los países donde se publicó– desmonta el gigantesco fraude electoral que en junio de 2001 encumbró a George W. Bush en el poder. En el texto que sigue, extraído del prólogo a la edición inglesa, Moore reconstruye las sistemáticas campañas de censura que debió sortear para que los 50 mil ejemplares de la primera edición no murieran en un depósito polvoriento de Scranton, Pensilvania.

Por Michael Moore

Esta edición de Estúpidos hombres blancos, a diferencia de la primera, no se publica para América del Norte, el continente donde vive la amplia mayoría de los hombres penosamente estúpidos, vergonzosamente blancos y asquerosamente ricos.
El libro se escribió inicialmente para estadounidenses y canadienses (en realidad sólo para estadounidenses, pues los canadienses son gente lista y enrollada que está al corriente de los males estadounidenses y que compró el libro como simple deferencia hacia mí).
Lo escribí en los meses anteriores al 11 de septiembre de 2001. Los primeros 50.000 ejemplares salieron de imprenta el 10 de septiembre de ese mismo año. Ni qué decir que, al día siguiente, esos libros no se distribuyeron por las librerías de todo el país tal como estaba previsto.
Yo mismo le pedí a la editorial, ReganBooks (una filial de HarperCollins), que retrasara la salida a la venta unas semanas, ya que como residente de Manhattan no me sentía con ánimos para salir de gira de promoción en tales circunstancias. El editor de HarperCollins se mostró de acuerdo..., y acto seguido, una alarma de bomba se disparó en la sede empresarial: “Tengo que irme”, dijo. “Van a evacuar el edificio.” Sus últimas palabras fueron: “Te llamaré en unas semanas”.
No hubo más avisos de bomba y las semanas fueron pasando. Al no recibir llamada alguna, decidí telefonear a la gente de ReganBooks/HarperCollins para preguntarles cuándo iban a salir a la venta mis 50.000 ejemplares (que estaban acumulando polvo en un almacén de Scranton, Pensilvania). La respuesta que me ofrecieron ponía muy en duda la presunta condición democrática de mi país.
“No podemos sacar el libro a la venta tal como está escrito. El clima político del país ha cambiado. Nos gustaría que pensaras en reescribir el 50 por ciento de tu trabajo, que omitieras las referencias más duras a Bush y que rebajaras el tono de tu disensión. También quisiéramos que nos entregaras 100.000 dólares para la reimpresión de los libros.” Sugirieron que eliminase el capítulo titulado “Querido George” y que cambiara el título de “A matar blancos”. (“Ahora mismo, el problema no son los blancos”, adujeron. “Los blancos –respondí– siempre son el problema”.) Añadieron que me agradecerían que no me refiriera a las elecciones de 2000 como un “golpe” y que sería “intelectualmente deshonesto” no admitir en el libro que, al menos desde el 11 de septiembre, el señor Bush había hecho “un buen trabajo”. La charla se cerró con estas palabras: “En ReganBooks ya somos conocidos como los ‘editores del 11-S’; tenemos un par de libros listos sobre los héroes de las Torres Gemelas, vamos a publicar la autobiografía del jefe de policía y preparamos un álbum fotográfico sobre la tragedia. Tu libro ya no encaja en nuestra nueva imagen”.
Pregunté si dichas órdenes procedían de arriba, o sea, del propietario de News Corp., que posee a su vez HarperCollins, Rupert Murdoch. No hubo respuesta.
Yo sí respondí: “No pienso cambiar el 50 por ciento siquiera de una palabra. No puedo creer lo que me dicen. Este libro ya lo habían aceptado e impreso y ahora tienen miedo o simplemente tratan de censurarme para ajustarse al dictado de la filosofía política empresarial. En un momento en que se supone que tendríamos que estar luchando por nuestra libertad, ¿vamos a dedicarnos a limitar nuestros derechos? ¿No es éste el momento de decir que, independientemente de los ataques que suframos, lo último que vamos a hacer es convertirnos en uno de esos países que suprimen la libertad de expresión y el derecho a discrepar?”.
Sí, sonaba tajante, pero la verdad es que estaba asustado. Mucha gente me había recomendado que me tranquilizara, que diese mi brazo a torcer un poco o jamás vería el libro en un estante. De modo que escribí al editor y traté de llegar a una solución de compromiso, ofreciéndome a escribir material nuevo y a revisar la obra para asegurarme de que no quedase una sola línea que pudiera resultar ofensiva para quienes perdieron a algún ser querido el 11 de septiembre. Intenté apelar a su sentido de lo quedebería ser el verdadero patriotismo –dejar que todo aquel que desee expresar su punto de vista haga oír su voz– y les dije que confiaba en que fueran ellos quienes lo publicaran, pues presumía que no iban a echarse atrás ante tales riesgos.
La respuesta que obtuve es el equivalente editorial de “vete a la mierda”.
Me exigían una reescritura sustancial, seguían insistiendo en que metiese tijera a buena parte del libro y, efectivamente, querían que mandara un cheque por valor de 100.000 dólares a la empresa del señor Murdoch.
El toma y daca se prolongó dos meses. Traté de hablar con la presidenta de ReganBooks, Judit Regan, pero no se dignó devolverme las llamadas. Sus allegados me dijeron que, desde el 11 de septiembre, Regan pasaba buena parte de su tiempo en el canal de Fox News, presentando un programa de debates y entrevistas de última hora, quizás uno de los peores de la televisión americana (en vista de que había integrado su editorial en el imperio mediático de Murdoch, éste la había recompensado con un espacio propio en su canal de noticias).
Hacia las ocho de la noche del 30 de noviembre de 2001, recibí una llamada de HarperCollins.
–Parece que nadie se baja del burro –se lamentó mi editor, apesadumbrado–. Tú no te bajas, ellos tampoco. Punto muerto. El libro no va a salir en sus condiciones actuales.
Le dije que podía llevarlo a otra editorial.
–No puedes –repuso–. Lee tu contrato. Tenemos los derechos por un año.
–Y si el libro no sale, ¿qué vais a hacer con las 50.000 copias que tenéis muertas de asco en un almacén?
–Pues supongo que las van a triturar para reciclar el papel.
¿Triturar? ¿Destruir? Me entraron náuseas. Esa noche no pegué ojo. ¿En qué punto me hallaba? Traté de animarme ponderando las últimas palabras que acababan de decirme. “Míralo desde el lado bueno –le dije a mi esposa–; esto demuestra la enorme influencia que tenemos en el panorama político; ¡hasta el opresor se dedica ahora a reciclar!”
Era un último intento para no comerme la cabeza con la sospecha de que mi país estaba dejando de ser tierra de libertad. Todos sabemos algo que somos incapaces de confesarnos: estamos ante un estado policial en ciernes que se acerca a la pesadilla orwelliana de la mano de una fuerza mucho más eficaz que la Policía del Pensamiento: la policía empresarial. Mientras el gobierno hace redadas de ciudadanos con aspecto de árabes y los encierra sin cargos, la elite empresarial se entretiene idiotizando al pueblo.
Pensé que ya no había nada que hacer, pero entonces llegó la mañana del 1º de diciembre de 2001. Esa fecha debería ser una fiesta nacional en el país, pues tal día como ése del año 1955 una costurera negra rehusó ceder su asiento a un blanco en un autobús público de Montgomery, Alabama. Según la ley, el color de su piel la obligaba a ello. Su callado gesto de coraje sacudió los cimientos de la nación y desencadenó una revuelta. Rosa Parks, que ahora reside en mi estado natal de Michigan, es un importante recordatorio de que pueden darse grandes cambios en una sociedad cuando una o dos personas de conciencia limpia y firme deciden actuar.
Y así sucedió el 1º de diciembre de 2001. Acudí a algún lugar de Nueva Jersey para hablar ante un centenar de personas de un consejo de acción ciudadana en cuya reunión anual me había comprometido a participar. Plantado en la tarima, les confesé a los concentrados que no me sentía con ganas de pronunciar el discurso que había planeado. En su lugar, les conté lo que me había impedido dormir la noche anterior. Les dije que ya no creía que nadie pudiera llegar a leer las palabras que había escrito y les pregunté si les importaba que les leyera un par de capítulos de mi Estúpidos hombres blancos. La sala asintió, tal como uno espera que haga la clase trabajadora de Jersey cuando se les ofrece algo que el poder no desea que sepa. Así que me puse a leer los amenazadores capítulos conocidos como “Querido George” y “A matar blancos”. Al cabo, la sala prorrumpió en cálidos aplausos y varias personas me pidieron que les firmase algunos ejemplares.
–¿Qué ejemplares? –pregunté.
–Ejemplares de su primer libro –respondió una mujer.
–Claro –dije, y me senté para disponerme a firmar, no mi libro más reciente, sino el que había pergeñado cinco años antes. Mientras autografiaba un ejemplar tras otro, pensé que podría estar firmando mi nueva obra si al menos hubiese cedido, cedido un poco... o mucho. Si al menos hubiese renunciado por completo a mis principios.
Cuando terminé, salí precipitadamente del edificio porque no quería que toda esa gente me viera llorar. ¡El grande y corajudo Michael Moore! Regresé a Manhattan, convencido de que mi carrera de escritor había terminado y que vivía en un lugar que me había desecado el alma. Enjugué mis lágrimas al divisar ante mí el cercenado perfil de la ciudad. Bien, pensé, al menos todavía seguía allí, a diferencia de los bomberos de mi manzana o el productor con quien había trabajado en abril y que, en aquel infausto día de septiembre, viajaba en el avión que impactó contra la torre sur del World Trade Center. Sí; estaba vivito y coleando.
Entonces, sucedió algo milagroso. Sin saberlo yo, entre el público al que me había dirigido el 1º de diciembre en Jersey, se hallaba una mujer que, después de escuchar mis penas, decidió hacer algo al respecto. Era una bibliotecaria de Englewood, Nueva Jersey, llamada Ann Sparanese. Aquella noche se fue a casa y se conectó a Internet para escribir una carta a sus amigos bibliotecarios, que colgó en un par de páginas dedicadas a temas literarios progresistas, en la que les contaba lo que HarperCollins planeaba hacer. Me riñó (al más puro estilo de las bibliotecarias) por no hacer público mi caso, pues no tenía derecho a callar en el creciente clima de censura que empezaba a respirarse en el país y que afectaba a todo el mundo. Cabe recordar que la nueva ley antiterrorista USA Patriot Act prohibía a los bibliotecarios denegar a la policía información sobre quién está leyendo qué. ¡Incluso podían acabar en la cárcel si contactaban un abogado! Pese a esta atmósfera opresiva, Ann Sparanese pidió a todo el mundo que escribiera a HarperCollins y exigiera que pusiera a la venta el libro de Michael Moore.
Y eso es lo que cientos y luego miles de ciudadanos hicieron.
Yo no tenía la menor idea de que esto se estaba cociendo hasta que recibí una llamada de HarperCollins.
–¿Qué les dijiste a los bibliotecarios? –inquirió la voz al otro extremo de la línea.
–¿De qué hablas? –le pregunté, desconcertado.
–Estuviste en Nueva Jersey y contaste todo a los bibliotecarios.
–No había bibliotecarios en Nueva Jersey y... ¿Cómo sabes lo que dije?
–Está en Internet. Algún bibliotecario se ha empeñado en difundir la historia, ¡y ahora estamos recibiendo un montón de correo hostil por parte de bibliotecarios!
Vaya, me dije. Los bibliotecarios son, sin duda, un grupo terrorista con el que uno no desearía enzarzarse.
–Lo siento –dije, apocado–. Pero te juro que comprobé que no hubiera prensa en la sala.
–Pues ahora ha salido a la luz, y no hago más que recibir llamadas de Publisher’s Weekly.
Pocos días después, PW citó una supuesta declaración de mi editor en la que afirmaba que yo reescribiría el libro (más tarde, éste la desmintió rotundamente). Después de guardar silencio ante la prensa durante meses, esperando poder arreglar las cosas pacíficamente, le conté a PW todo el vía crucis por el que había pasado, así como que había 50.000 copias de milibro retenidas como rehenes en Scranton. Entonces, el periodista me habló de la bibliotecaria de Nueva Jersey que había alborotado el avispero.
–No conozco a esa mujer –dije–, pero sea quien sea me gustaría agradecérselo.
La semana siguiente, después de que me convocaran a un encuentro con el alto mando en HarperCollins –en el que se me amenazó nuevamente con que mi libro “simplemente no puede salir al mercado con esa portada y ese título”–, recibí una llamada de mi agente para comunicarme que el libro se pondría a la venta tal como estaba, sin un solo retoque.
La editorial estaba mosqueada porque todo había salido a la luz pública y ellos quedaban como unos censores (que es lo que eran). “¡Malditos bibliotecarios!” Dios los bendiga. No debería sorprender a nadie que los bibliotecarios fueran la vanguardia de la ofensiva. Mucha gente los ve como ratoncitos maniáticos obsesionados con imponer silencio a todo el mundo, pero en realidad lo hacen porque están concentrados tramando la revolución a la chita callando. Se les paga una mierda, se les recortan su jornada y sus subsidios y se pasan el día recomponiendo los viejos libros maltrechos que rellenan sus estantes. ¡Claro que fue una bibliotecaria quien acudió en mi ayuda! Fue una prueba más del revuelo que puede provocar una sola persona.
Sin embargo, la airada editorial había decidido que este libro debía morir de un modo u otro, con o sin bibliotecarios. Ordenaron que no se imprimieran más ejemplares y me notificaron que no habría promoción en los periódicos y que mi gira de presentación se limitaría a tres ciudades (“tres y media si quieres contar la ciudad en la que vives”): Ridgewood, Nueva Jersey (donde reside el congresista republicano que en las elecciones de 2000 compitió contra el ficus que nuestro programa de televisión había designado como candidato); Arlington, Virginia (sede del Pentágono) y Denver. Pregunté si habían extraído tan brillante idea del manual Cómo acabar con un libro. El día de la presentación se acercaba peligrosamente, y HarperCollins había acordado con las emisoras un total de cero apariciones televisivas. El libro no se mencionó ni en la radio ni en la televisión públicas y se me informó que una cadena de librerías vetaba mi aparición en sus dependencias “por razones de seguridad”.
Así pues, el libro parecía listo para un entierro inmediato cuando decidí publicar una carta en Internet en la que refería todo por lo que había pasado. Denunciaba que en esta nueva era de represión, las palabras se antojaban tan peligrosas como terroristas y pedía a los lectores que compraran el libro para no dejar que quedaran sepultadas.
En pocas horas se vendieron los 50.000 ejemplares. Al día siguiente, Estúpidos hombres blancos era número uno en la lista de Amazon.com. HarperCollins se hallaba en estado de choque. ¿Cómo era posible? Me habían dicho que la obra jamás llegaría a conectar con el pueblo norteamericano.
Al quinto día, el libro ya iba por su novena reimpresión. La editorial no daba abasto. Se colocó en el primer puesto de la lista de libros más vendidos del New York Times y de las del resto del país. Durante meses no fue posible encontrar un ejemplar en las librerías.
Mientras escribo esto, Estúpidos hombres blancos se halla en su quinto mes como líder de todas las listas. Sigue sin haber recibido publicidad alguna en los periódicos, y yo sólo he aparecido en dos programas de televisión: uno que se emite hacia la una de la madrugada y otro que empieza a las siete de la mañana.
El ostracismo mediático no ha surtido el menor efecto. El público estadounidense, al que los medios pintan más burro que un canasto, ha demostrado que sabe estar a la altura de las circunstancias, y no hay más que agradecérselo a George W. Bush. Sus acciones desde aquel mes de septiembre han estremecido a todo americano pensante. Este libro ha vendido más ejemplares que ningún otro título de no ficción en Estados Unidos este año. La última noticia que tuve es que iba camino de su 25ªimpresión. Animo, ciudadanos de este hermoso planeta: puede que, después de todo, haya todavía esperanza para nosotros, los americanos.

Este fragmento pertenece a la “Introducción a la edición inglesa” de Estúpidos hombres blancos, el libro de Michael Moore que Ediciones B distribuye en estos días en Buenos Aires.

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