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Domingo, 5 de octubre de 2003

CINE

El largo adiós

Presentada en la última edición del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, Flores de septiembre narra la historia de un colegio emblemático –el Carlos Pellegrini– durante los años ‘70 y la relación de amistad y compromiso político de tres alumnos que la dictadura hizo desaparecer en 1977. El documental, opera prima de tres docentes del Taller de Video del Pellegrini, elude lugares comunes y golpes bajos y confirma que ya hay una nueva generación revisando la década más sangrienta del siglo XX argentino.

POR JOSÉ MARIA BRINDISI

El gesto melancólico en la voz del Flaco Spinetta, abriendo y cerrando las imágenes con una belleza abrumadora, sintetiza la búsqueda de este film profundamente político en el que, sin embargo, por encima del paisaje furioso que escenificaron los años ‘70 en la Argentina, se cuenta la historia más vieja del mundo: un grupo de amigos que se divierten y, hasta donde les es posible, intentan hacer lo correcto. Flores de septiembre, el documental dirigido por los debutantes Pablo Osores, Roberto Testa y Nicolás Wainszelbaum –que ha iniciado ya un extenso trajinar por la lotería de los festivales europeos–, refleja con intensidad y frescura ese universo, pero a diferencia de la mayoría de sus antecesores elige no salirse prácticamente de sus márgenes: el Comercial Carlos Pellegrini, antes, durante y después de la dictadura, y en especial ese grupo de amigos, no son “una metáfora de”, ni “un reflejo de”, ni nada que se le parezca. Paráfrasis involuntaria pero casi inevitable, podría decirse que “son lo que son”, y con eso basta.
Realizado con la cooperación de Memoria Abierta, Zafra Cine y el Pellegrini mismo, Flores de septiembre es, entonces, la historia de un colegio durante los años ‘70, y muy especialmente la de tres amigos: su cotidianidad, sus esfuerzos, sus convicciones, sus temores. La breve historia de Rubén, Juan Carlos y Mauricio. Y la de los que vivieron para contarla.

Strawberry fields
Empezó casi como un experimento. Osores y Wainszelbaum, docentes del Taller de Realización de Video Documental del Pellegrini, le hicieron la propuesta al rector del colegio a mediados de 2002. Poco más tarde se toparon con Testa –ex alumno y en un principio un entrevistado más–, que les contó de una investigación que había hecho años atrás sobre la historia de un grupo de amigos militantes. Fue así como reenfocaron el proyecto, ahora con Testa como socio. Dice Osores: “Cuando fuimos a hablar con Roberto, nuestra idea era bastante caótica. Nos costaba decidir cosas elementales: había mucha incertidumbre de todo”. Pero fueron emergiendo del caos de a poco, a medida que el colegio se iba apropiando progresivamente del relato. Así surgieron una serie de voces –ex alumnos, amigos, parientes– que rescatan fragmentos de su historia común. “La generación nuestra comenzó a percibir que el orden que estaba establecido no era natural”, dice una voz. Y los ecos de la frase resuenan por todas partes: “Estábamos absolutamente convencidos de que en la Argentina se venía la revolución”; “La ruptura con Perón nos desacomodó políticamente”; “Recuerdo estar en el bar del colegio leyendo El Descamisado”.
Sin narración en off, apenas con una serie de subtítulos a manera de hilo conductor, la película toma el mítico patio del Pellegrini –”el patio de la formación militar”, dirá alguno– como epicentro del relato. Es ahí donde se dan las primeras discusiones políticas. Pero el patio es sobre todo el espacio donde terminan de conformarse alianzas profundas. Rubén Benchoam, Juan Carlos Mártire y Mauricio Weinstein cursan primer año en 1973, y al mismo tiempo que la amistad que los une, la película se encarga de contar la evolución del compromiso que –Montoneros mediante– van asumiendo con naturalidad hasta que desaparecen, en 1977.
Uno de los aciertos de Flores de septiembre radica, sin duda, en que esquiva los lugares comunes a los que suele ser proclive toda narración sobre los años ‘70. Quizá eso se deba a que sus autores forman parte de una generación heterogénea que, especialmente desde la literatura –léase Dupont, Kohan, Gamerro–, ha comenzado a traducir la experiencia de aquellos tiempos en términos mucho más lúcidos. En ese aspecto, el retrato que el film hace de sus tres “protagonistas” propone un quiebre de sentido, sustrayéndolos de toda ingenuidad. “Si bien fueron víctimas del terrorismo de Estado, fueron también sujetos activos –aclara Testa–. Practicaban determinadas políticas y, en todo caso, tuvieron que tomardecisiones adultas a muy corta edad. Pero, por otro lado, no se trataba de una sociedad militarizada. Los pibes eran pibes y hacían las boludeces que hace cualquier pibe”.
Esta última alusión pone de relieve uno de los núcleos conceptuales del film. Si la memoria es perezosa y todo lo generaliza, entonces es necesario revestirla de particularidades, gestos íntimos o triviales que le devuelvan a cada uno de ellos su autonomía: un nombre, un rostro, una personalidad. Así, por ejemplo, se dice que Juan Carlos era fanático de las películas de taekwondo, o la hermana de Rubén cuenta que ella y Mauricio se pasaban horas escuchando a los Who. “Y le gustaba mucho el helado de frutilla”, dice, arrancándolo por un rato del pasado.

La mirada de los otros
Es preciso subrayar la sobriedad con que Osores, Testa y Wainszelbaum manejaron cada secuencia. “Lo que intentamos fue romper con ciertos vicios de esta época, como la teoría de los dos demonios, la de las víctimas inocentes o la idea del militante-héroe”, señala Wainszelbaum. A lo que Testa agrega: “Por otro lado, no queríamos inundar la pantalla de lágrimas, porque eso resulta paralizante. La película tiene una mirada próxima, afectuosa, pero también hay un cierto extrañamiento”.
Con todo, hay momentos en que la emoción –si bien las imágenes no buscan efectismo alguno– se apodera de la superficie del relato. En particular, en el fragmento en que el padre de Mauricio se refiere a la noche en que tuvo que “elegir” entre él y su hermana, guiando a la policía hasta el escondite de su hijo. “Elegí, papá”, lo había tranquilizado Mauricio más de una vez, intuyendo lo que podía llegar a ocurrir. O cuando Alejandra, una amiga muy próxima al grupo que estuvo secuestrada durante varios meses, narra en una suerte de clímax trágico el encuentro que tiene con Mauricio y Juan Carlos –el “Ruso” y el “Topo”– en el Vesubio: “Me dejaron despedirme de ellos; alguien los vio con vida hasta el último momento, pensé. Eso me dio tranquilidad. Incluso recuerdo que le arreglé al Topo el cuello de la camisa”.
La misma Alejandra, una vez liberada, personifica otro de los ejes dramáticos vividos durante el Proceso: el sufrimiento de los otros, los que se quedaron, esperaron, buscaron. En el caso del Pellegrini, Alejandra fue la primera que apareció, lo que de algún modo les hizo pensar –aunque algunos no fueran capaces de admitirlo en voz alta– que el resto también regresaría. “Una de las cosas que a mí más me obsesionaban era qué les pasaba a los demás cuando este banco estaba vacío un día, dos, tres”, dice Alejandra.
Resulta sintomática, en ese sentido, una anécdota que rodea a los mismos ex alumnos del Pellegrini. La filmación en súper 8 que aparece en Flores de septiembre fue tomada en el ‘77, poco después de que secuestraran a sus compañeros, y cada vez que se juntan a verla desarrollan una pequeña ceremonia: ponen una música particular, el cuadro del viaje de egresados en algún lugar privilegiado, y respetan un pacto que dice que la película jamás puede proyectarse si no están todos presentes. Como una manera, quizá, de reintegrar a los que no pueden estar mediante el silencio, las imágenes y la contundencia que siempre tiene el recuerdo.

Flores de septiembre puede verse en La Nave de los Sueños (Suipacha 842), hoy y todos los domingos de octubre. A las 19 hs.

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