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Domingo, 5 de octubre de 2003

FOTOGRAFIA

Entre mujeres

En 1999, Adriana Lestido proyectó una parte de su extraordinario trabajo fotográfico sobre madres e hijas. La repercusión fue inmediata y unánime: luego de tres años de trabajo, había conseguido indagar con tanta precisión como emoción en una de las relaciones humanas más complejas. El miércoles que viene, finalmente, presentará Madres e hijas, un libro editado por La Azotea Editorial Fotográfica como parte de la celebración de su 30º aniversario. Probablemente el libro de fotografía más importante del año.

Por Guillermo Saccomanno
Quien entre en Madres e hijas, esta obra totalizadora de Adriana Lestido, va a sentir la fuerza matriz de sus imágenes. Sus fotos son narración pura. Si en Mujeres presas, el libro anterior de Lestido, en sus escenas de entre rejas y desgarramiento, los sentimientos consistían en una mirada fija en el gesto con que cada criatura exponía agazapada su drama, ahora el fenómeno vuelve a repetirse, indómito y multiplicado, en Madres e hijas. Lestido es consciente de que su arte, la escritura fotográfica, consiste en contar la fugacidad y, en este punto, su obra es esencialmente narrativa. Si el oficio del narrador es contar desde la experiencia, acá está la prueba. En Lestido hay una experiencia de vida, de sufrimiento y de alegría. Pero aquello que la vuelve singular es la experiencia artística de su mirada.
Lestido dio vueltas antes de titular esta nueva serie. Al bautizarla Madres e hijas, de modo directo, sustantivo, Lestido determinó, sin vueltas, una lectura de sus fotos. En vez de retorizar su trabajo decidió ofrecerlo de una, prescindiendo de toda adjetivación, con austeridad y despojamiento, señalando un modo de comprender la situación: primero, alejándola a la vez de cualquier posible glamourización, en particular la glamourización hipócrita del dolor, y después, adentrándose en una atmósfera de enrarecimiento de lo privado, se rehusó a maquillar la cotidianidad de sus heroínas.
¿Por qué llamar heroínas a sus personajes?, puede preguntarse. ¿Por qué no?, contesto. Denominar heroínas a las protagonistas de sus fotos tiene un sentido que comprende lo literario, pero apunta más allá. Iré por partes. Para un escritor hay pocas situaciones más desafiantes que la creación de un personaje femenino. No debe haber para un hombre apuesta más riesgosa. Donde se cree fatuo en la disponibilidad de un saber es donde, al escribir, surgen las incógnitas. Ema Bovary, Ana Karenina, Molly Bloom, resultan a la vez, además de heroínas por excelencia, paradigmas y construcciones de una perfección extraña. Y nada más alejado de la realidad que la perfección. ¿Cómo crear, desde el lado masculino, las emociones y pensamientos de un ser que está destinado a sangrar una vez al mes, un ser cuya relación con la vida y su reproducción está vinculada hondamente con la sangre? ¿Cómo describir la experiencia de llevar en el propio cuerpo un cuerpo que más tarde será otro, diferente y, al separarse, pondrá en tela de juicio la posesión? Y, adentrándonos en la incógnita, hay un conflicto –no menos oscuro– acechando, cuando uno quiere escribir sobre una mujer en especial, la madre. Basta indagar una franja de escritura sobre la madre, que va de Gorki a Vittorini, de Bataille a Handke, de Simenon a Ford, para verificar que, al escribir sobre la madre, los hombres suelen incurrir, aun cuando se empecinen en ser objetivos con sus emociones contradictorias, en una idealización moral o una autocompasión sospechosa. Las heroínas de Lestido no están formuladas sobre lo femenino sino desde. Ellas tienen nombre, pero no apellido. El padre está elidido. Del mismo modo en que casi no hay hombres en estas narraciones, y si los hay, son secundarios, el lugar del padre, el apellido, es una ausencia que ingresa fantasmal. Pero, ¿es tan así? O, más bien, ¿la inclusión de lo masculino entonces está regida por su exclusión? Podría tal vez conjeturarse que, en consecuencia, las madres e hijas de Lestido, si merecen ser consideradas heroínas, lo son por su naturaleza de mujeres solas en un sentido pavesiano.
A menudo escribí sobre los malentendidos, los entredichos y la rivalidad que signa la relación padre-hijo. Discúlpenme la autorreferencia, pero creo que es oportuna. Escribí sobre mi padre, escribí sobre lo que me pasaba con él, ficcionalicé y, en consecuencia, hice las trampas convenientes. No obstante, con mi madre aún no pude meterme. La he observado y la observo, pero no puedo. Mi familia se compone por una mayoría abrumadora de mujeres. Además de mi madre, están mi hermana, mistres hijas, mi sobrina y mi nieta. Y nada más presuntuoso acá que el posesivo mi. Cuando intento escribir una mujer, pienso en ellas. Y siempre experimento un misterio. Hay un saber en ellas que me rehúye. Lo único que sé es que estas fotos de Lestido, constituyéndose en relato, cuestionan. Y me cuestionan.
Las heroínas de Lestido, en este aspecto, nos paran ante esta dificultad que, excediendo un problema de escritura y enfoque, es otro problema, uno que suele dejar impávidos a los hombres en general: la comprensión de lo otro. No digo que este libro de Lestido me explique algo que no puedo descifrar. Este libro, en vez de explicarme, de concederme un conocimiento que puede ser utilitario en la escritura y no sólo, me enfrenta de nuevo con la imposibilidad de descifrar. En todo caso, su efecto es la acentuación de ese misterio. En la medida en que los hombres, cuando intervienen en sus fotos, lo hacen de manera apenas tangencial, su ausencia es el signo invertido de otra pregunta. Y entonces el misterio se vuelve recíproco.
Quizá se les reproche a estas reflexiones su carácter literario. Intentaré justificarlo. Si en Mujeres presas, la serie anterior de Lestido, cada foto, al retratar a una mujer diferente, en su individualidad, cada una de ellas operaba como cuento, acá, en Madres e hijas, el pasaje de Lestido es hacia la novela. Ahora cada una de las fotos es un capítulo y uno tras otro, en secuencia, conforman una novela. El libro presenta cuatro. Es decir, Lestido ha dado un salto narrativo mayor. Un realismo extremo atrapa a sus heroínas en diferentes estados de ánimo, persiguiendo siempre aquello que puede pasar inadvertido, trátese de un gesto de frustración, otro de soledad o bien, menos frecuentes, los estallidos de dicha, una dicha siempre duramente conseguida en los rincones de una intimidad apartada de la estridencia de un afuera siempre hostil.
Lestido se centra en la instantánea, pero no se limita a la búsqueda de ese gesto espontáneo que pueda emparentarse casual con la pose. En Lestido no hay poses: ni en la actitud de su búsqueda ni en la actitud de sus personajes. Lestido reivindica, en su imperfección, el documento. Pero no se queda en el testimonio. Esta mirada, una mirada de clase, es el sello Lestido. Podría pensarse, a primera vista, que la intención de esta obra reside en esa categoría narrativa que es la “historia de vida”. Sin embargo, aunque apele al anonimato de sus heroínas, la artista traspasa lo documental y, como una directora de cine que elige deliberadamente un elenco no profesional, se introduce en sus momentos secretos para articular una ficción que las contiene. Durmiendo, corriendo, besando, abrazando, esperando, festejando, jugando, sufriendo, en una calle, en una plaza, en un río, en una cocina, en un baño, en un baile, ellas son su pena pero también su fortaleza. A Lestido no se le escapa que la suya es una elección estética y que no hay elecciones inocentes. Cuando fotografía sus heroínas, su desolación o su risa, no estamos ante la construcción deliberada de un símbolo. Stendhal definía la novela como un espejo en movimiento. Lestido emplea el espejo registrando sitios concretos, más bien de clase media urbana o periféricos, completamente verosímiles y, en su propósito, consigue un efecto de realidad que se mide con lo real. Porque, al anclar sus narraciones, Lestido fecha y clava a un tiempo los sentimientos de sus heroínas aquí y ahora volviéndolos universales. En consecuencia, me animo a sostener que su narrativa, además de enfocar una específica problemática de género, comprende asimismo una más englobadora, vuelvo a subrayarlo, una problemática de clase. Y que ésta, central, es uno de los ejes temáticos de su libro.
Si toda gran novela propone, como metáfora, un viaje, del que no se vuelve igual, la foto de tapa de Madres e hijas lo sugiere. Una madre y una hija viajan en colectivo y, en el viaje, miran a un costado, por lasventanillas, hacia lo exterior. El libro se abre luego con una primera foto, la de una mujer recién nacida, y concluye como en una despedida, con otras dos mujeres, una madre y una hija de espaldas a la cámara, alejándose, la madre primero y la hija detrás, en una playa desierta. El viaje que muestra Lestido con su narración, como toda expresión de auténtico arte, inspira más reflexiones, muchas más. A quien lea estas historias de Lestido, cualquiera sea su sexo, le moverá el piso imponiéndole la noción del lugar desde donde observa. Procuré, con asombro, desconcertado, insinuar algunas de las ideas que me provocó el viaje. No todas las ideas que me asaltaron fueron consoladoras. No obstante, el viaje valió, vale y seguirá valiendo la fascinación que despierta. Porque, en más de uno de sus tramos, hubo instantes en que me sentí, de golpe, hijo, padre, tío, abuelo, acompañado por estas mujeres. Procuré, insisto, algunas reflexiones. Pero, al revisarlas, el procedimiento intelectual deviene algo endeble. Como si en la legitimación racional de las emociones que el recorrido del libro provoca, me hubiera fijado sosegar el desconcierto. Porque como ocurre con toda gran narración que nos conmueve, al terminar el viaje advertimos que no somos los mismos de antes.

Parte del material de Madres e hijas podrá verse expuesto en el Museo Nacional de
Bellas Artes (Av. Libertador 1473).
La entrada es libre y gratuita.

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