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Domingo, 26 de octubre de 2003

Una noche en Karachi

El primer capítulo de ¿Quién mató a Daniel Pearl?

por Bernard-Henri Lévy

Llegada a Karachi.
Lo primero que sorprende, incluso en el interior del aeropuerto, es la ausencia absoluta de occidentales.
En el avión viajaba un inglés, sin duda un diplomático, que había embarcado conmigo en Islamabad. Al final del pavimento lo esperaba un auto blindado que se lo llevó enseguida por la pista de aterrizaje, mucho antes que los demás pasajeros empezaran a abandonar el avión. Y luego, los rostros herméticos y los llamados a rezar mezclados con los anuncios de arribos y salidas. Del oficial de aduanas al changarín, de los mendigos a los choferes de taxi que se me tiraban encima entre los soldados enchalecados que patrullan el perímetro, una expresión dura y hostil enciende todos los ojos a mi paso, y también un aire de sorpresa, o de incrédula curiosidad, que dice mucho de la naturaleza incongruente de la presencia aquí, en la primavera de 2002, de un viajero occidental. No hay mujeres.
Qué impresionante esa sensación de un mundo completamente privado de mujeres. Y perdido en la multitud, los ojos delineados con kohl y el pelo color miel, vestido con un traje oscuro lleno de manchas y arrugas, los bolsillos repletos de papeles improbables –pero con un brote de jazmín en la solapa a modo de bienvenida, supongo–, el chofer enviado por el Marriott, que me conduce hasta su auto, al otro lado del aeropuerto. El tráfico está enmarañado. La policía acaba de encontrar una bomba y la ha transportado cerca del estacionamiento para hacerla detonar, forzando un desvío masivo de autos.
“¿Americano?”, me pregunta al cabo de un largo momento, observándome por el espejo retrovisor.
“No, francés.”
Parece aliviado. La posición francesa en el caso Irak, tal vez. La política francesa en el mundo árabe.
“¿Primera vez en Karachi?”
“Primera vez.”
Estoy mintiendo, por supuesto. No pienso decirle que sí, que conozco Paquistán. No pienso decirle que él ni siquiera había nacido cuando estuve aquí por primera vez, en 1971, cuando Zulfikar Ali Bhutto, con toda su majestad y su gloria, estaba ante el umbral del poder. Ese estilo, ese atractivo, ese aire cultivado de paquistaní colonial, fruto de las más distinguidas escuelas inglesas, que –en su indómito optimismo– nunca imaginó que ocho años más tarde terminaría colgado del extremo de una cuerda... Lo fascinaban Giscard... y Servan Schreiber, se preguntaba si la gente de mi edad leía a Servan Schreiber. Esa cultura, esas mujeres sin velos en las fiestas... La guerra con Bangladesh y, luego, el apoyo a los oprimidos bengalíes que se separaban de un Paquistán cada vez más occidentalizado. La entrada de Dacca con el ejército indio... el presidente Mujibur Rahman y sus grandes lentes brillando con ironía... Mi primer trabajo como asesor político, mi primer libro... En otras palabras: mi primer compromiso con lo que para mí era una guerra de liberación nacional pero para los paquistaníes sigue siendo el trauma último, la división de su país, una Alsacia-Lorena irrevocable. Sé que uno de los capítulos más significativos del currículum de Pearl fue el puesto que ocupó en India antes de venir a Karachi. Pero para la mente de los islamistas, y acaso para los servicios de inteligencia paquistaní, peor ha de haber sido el hecho de que “tuviera un departamento en Bombay”. Conforme a la lógica demencial según la cual el signo más ínfimo pasa a ser prueba o confesión, eso lo confirmaba como enemigo del país, agente de un poder extranjero y, por lo tanto, como un hombre que había que eliminar.
Así que no pienso decir nada. No pienso revelar que en otra vida, hace treinta años, yo fui un adversario activo y militante del régimen paquistaní. El taxista parece nuevamente aliviado.
“¿Y su religión? ¿Cuál es su religión?”
No era lo que me esperaba. No así, en todo caso, no tan rápido, no con tanta seguridad.
Vuelvo a pensar en Pearl y en sus últimas palabras, fijadas en el video que grabaron sus captores: “Mi padre es judío. Mi madre es judía. Yo soy judío”.
Pienso en la noticia increíble que leí justo antes de irme en el website de “Periodistas Sin Fronteras”. Aftab Ahmed, editor de un periódico de Peshawar, había publicado una carta al editor en la que criticaba levemente la ola de antisemitismo que envolvía al país y sugería dejar de publicar todos esos artículos que arrastraban a los judíos por el lodo. ¡Escándalo! ¡Juicio por blasfemia! Inmensas manifestaciones de líderes religiosos e islamistas frente a los tribunales. Clausuran el diario. Queman la imprenta. ¡Mátenlo! ¡Cuélguenlo! ¡Librémonos de ese infiel: podemos odiar a quien queramos y por las razones que consideremos apropiadas! El editor escapó por un pelo a la pena de muerte y fue liberado luego de 54 días de cárcel, pero sólo tras escribir una “carta de disculpas al pueblo musulmán”. La publicación fue suspendida durante cinco meses; un año después, su colega, el jefe de la página editorial, Munawar Hasan, sigue aún en prisión.
En realidad, pienso en todo lo que me han contado del virulento antisemitismo de los paquistaníes y en una segunda advertencia: “No hable del tema. Nunca. Hay antisemitas que, como suele suceder, nunca vieron un judío en su vida, y no atarán cabos cuando escuchen su nombre. Así que ni una palabra, ¿ok? Jamás responda preguntas ni provocaciones. Usted ha estado en India y –por sobre todas las cosas– es judío: demasiado para un solo hombre, así que, no importa lo que pase, ni se le ocurra mencionar nada de eso”.
Los temas tabú en Paquistán: India; Kashmir, que debe ser “liberada” de la dominación india y a la que ven como una moderna Bangladesh, que sangra pero todavía dormita; y, por supuesto, el judaísmo.
“Ateo”, digo por fin. “Mi religión es el ateísmo.”
La respuesta lo sorprende. Veo su expresión incrédula cuando me escruta por el retrovisor. ¿Ateo, de veras? ¿Es posible ser de religión atea? Es posible, sí, porque no tengo cara de estar bromeando, así que supongo que el taxista deduce que lleva a bordo a un occidental excéntrico. Mejor eso que ser judío, o católico, o indio. Extrae de un bolsillo un viejo cigarrillo humedecido por el sudor y me lo ofrece en señal de amistad.
“No, gracias”, digo, “no fumo”.
Y ahora me toca a mí preguntarle por su religión, su vida, sus hijos, por los mendigos a la salida del aeropuerto, por los vendedores de postales que ofrecen fotos de Bin Laden, por el hombre encaramado a un andamio que pinta Bush = carnicero en una pared, por ese otro que cuando paramos en un semáforo ofrece venderme un poco de heroína. ¿Hay en Paquistán tantos drogadictos como dicen? ¿Y Bin Laden? ¿Está vivo? He oído que aquí, en Karachi, la mayoría de la gente lo considera un héroe. ¿Es cierto? He leído que en la ciudad hay dos millones de afganos, bengalíes, sudaneses, somalíes, egipcios y chechenos, en suma, extranjeros indocumentados que forman un ejército de candidatos naturales para los reclutadores de Al-Qaida. ¿Es cierto? ¿Y esos viejos de ahí afuera, semidesnudos, ennegrecidos por los años y el polvo, temblorosos, cargando hatos de bastones, que aparecen por una calle lateral como una columna de hormigas? ¿Y ese hombre con la cara llena de costras que alza su muleta como un arma y amenaza a los autos? Creía que Karachi era una ciudad rica; no imaginaba que hubiera tanta miseria, tanta ruina, tantos vagabundos... Le pregunto sobre todo, le hago todas las preguntas posibles e imaginables antes de dejar que él que me haga la suya, la que sé que se aproxima, la que busca averiguar qué hace un francés ateo que “viaja por primera vez a Paquistán” en esta ciudad, en un momento en que él sabe perfectamente que todo está al filo del apocalipsis. ¿Vengo de “turista” o en viaje “de negocios”? Y si vengo por negocios, ¿qué clase de negocios?
(...)
Por ahora están los lugares. Los climas. El aire que Pearl respiró todos los días después de llegar una mañana de invierno al aeropuerto de Karachi. Está el Marriott, donde también yo he tomado una habitación. El Hotel Akbar, en Rawalpindi, donde se encontró por primera vez con su futuro verdugo, Omar Sheik, y donde también yo tendré que ir. El Village Garden, en la ciudad baja, donde se dieron cita la tarde del secuestro. Está el lugar de su calvario. El lugar donde encontraron su cuerpo, cortado en diez pedazos y luego reunido para la cremación: el torso, la cabeza colocada en la base de la nuca, los brazos seccionados a la altura de los hombros, los muslos, las piernas, los pies. Todos los lugares a los que fue, trágicos o cotidianos, y donde quiero tratar de hallar, de sentir su presencia. Y para todo eso –para volver a trazar sus huellas, imaginar lo que sintió, vivió y sufrió– no necesito visas, ni encuentros en sitios conspicuos, ni, sobre todo, ser demasiado visible.
(...)
“Lo siento. La policía”, dice el chofer de golpe, corriéndose a un costado.
Le había pedido que dejara la avenida principal con el pretexto del tráfico, pero lo que quería, en realidad, era encontrar una hostería de una calle lateral en la que había parado treinta años atrás, justo antes de irme a India y Bangladesh. Absorto en mis recuerdos, no había advertido al policía que estaba de pie en la media luz, pelo largo, ropa arrugada, ojos enrojecidos delineados con kohl, joven pero no juvenil, rasgos duros, un arma en una mano y en la otra una linterna absurda, no más larga que un lápiz, que ahora apunta hacia nosotros.
“Tendrá que bajarse. Le hará unas preguntas. Iba demasiado rápido.”
El policía –¿un verdadero policía?– me saca del auto con alguna brusquedad, me mira de arriba a abajo, examina con desagrado mi vieja chaqueta de cuero y mi barba de tres días y extrae de mi bolsillo el puñados de rupias que cambié en el aeropuerto y mi pasaporte. El pasaporte, visiblemente, lo sorprende.
“¿Lévy?”, dice incrédulo. “¿Es usted Lévy? ¿Lévy es su nombre verdadero?”
Me digo en el acto: “Qué catástrofe. Queda inmediatamente refutada la teoría de los paquistaníes que nunca vieron un judío en su vida, etc., etcétera”. Y después me vuelven los recuerdos de Bangladesh y recuerdo que “Lévy” es el nombre de un prestigioso batallón paramilitar creado por los ingleses para patrullar las fronteras. (Más precisamente: el “Levy Malakand”, por Malakand, la zona semitribal cercana a Afganistán, adonde el ejército común no va, delegando la tarea de mantener el orden en los “Levys”.) Recuerdo el homónimo y siento que me sacará de apuros otra vez, como hace treinta años en Jessore, cuando, un poco perdido, me encontré frente a frente con un grupo de elite del ejército paquistaní.
“Dos mil rupias”, dice ablandándose, con el tono de un mercader que ofrece un muy buen trato. “Exceso de velocidad, su situación no está en regla. Pero, para usted, sólo dos mil rupias.”
Pienso en protestar. Podría subirme al caballo, invocar el respeto que merecen los Levy Malakand, llamar al chofer, que permanece dentro del auto con la cabeza contra el volante, fingiendo dormir. Pero no. Dejo las dos mil rupias. Y, como si nada hubiera sucedido, sin una palabra de reproche ni el menor comentario al chofer, vuelvo al taxi, feliz de meterme en el papel del turista estafado. Todo está bien. Buen comienzo. Baltazar Gracián: “Las cosas de este mundo deben mirarse al revés para poder verse como son”.

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