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Domingo, 26 de octubre de 2003

ESCULTURA

Mucha madera

Trabajadas en maderas autóctonas, las piezas de Miguel Gandolfo evocan un constructivismo espontáneo y piden descifrarse desde las sensaciones internas que generan.

POR SANTIAGO RIAL UNGARO
Qué sonido habrá producido la escultura de Gandolfo? Aunque nadie admita haberla visto caer, aunque no se sepa a ciencia cierta si la caída fue consecuencia de algún espectador inquieto y/o toquetón, es fuerte la tentación de pensar que cayó como cae una rama de árbol: como un fenómeno natural orgánico. Trabajadas en madera con el gusto y la minuciosidad de un carpintero de oficio, estas formas rectas y angulosas confirman –desde su gusto por las terminaciones, la sutileza del pulido y la perfección de las uniones– el buen oficio artístico de Miguel Gandolfo.
Como él mismo lo admite, los parámetros constructivos que rigen las obras derivan de su práctica artesanal. Estas piezas enigmáticas, que no reenvían ningún significado que no sea su propia materialidad, son el fruto de una mutación: la escultura como delirio constructivista de un carpintero. Quizá como consecuencia de una experiencia profesional signada por la funcionalidad y las convenciones, del uso de la escuadra y de los rigurosos 90 grados (una constante de la carpintería), las obras de Gandolfo nunca pierden cierto aire constructivista. Pero el artista se mantiene alejado de las veleidades discursivas de la vanguardia: su trabajo no sólo no pretende cambiar la institución del arte; tampoco obedece siquiera a una pretensión “artística”. Son lo que son, simplemente. Ajenas incluso a cualquier temática, son sistemas que piden descifrarse desde las sensaciones internas que generan. Desde su mutismo y su monumentalismo abstracto, estas esculturas improbables constituyen un verdadero misterio. Algunos creen ver en ellas ideogramas, jeroglíficos, laberintos, cintas, nudos, arquitecturas enteras.
Lo cierto es que, eximidas de las reglas de la carpintería, las construcciones de Gandolfo se complejizan (o se simplifican) con el uso de ángulos variados y sus combinaciones, así como con la elección del largo de la madera. Así, Gandolfo logra transformar y animar la materia. Con el capricho de sus formas caóticas, abiertas a una multiplicidad de significados, Gandolfo parece querer restituirle a la madera su carácter orgánico original. Pero este proceso de construcción le sirve a Gandolfo para dar rienda suelta a una necesidad interior. Ese mundo escultórico puede ser todo lo que queramos descubrir en él: una serie de ruinas míticas, un bosque abstracto, un universo paralelo inventado por el artista.
Como quiera que sea, es fácil perderse en el mundo Gandolfo: desaparecer plácida, inevitablemente, en una evolución formal siempre imprevisible, rematada por terminaciones depuradas. El trabajo de este artista mendocino es tan inclasificable como inevitable. Elusivo a la hora de teorizar, Gandolfo es muy concreto cuando habla de su materia prima, la madera: “Prefiero las que son más bien duras, con poca veta; o sea, las que no son muy expresivas. O mejor dicho: las que tienen otra expresividad. Entre ellas está el peteribí –del que están hechas las obras de la muestra del Rojas–, y también el viraró y el guatambú. También uso el roble de los toneles de vino desmantelados”.
En palabras del crítico Rafael Cipollini, Gandolfo es un artista “concreto intimista”. Sus esculturas invitan al recogimiento interior. Verdadero fenomenólogo de la madera, el mendocino encontró en ese material de manipulación cotidiana un lenguaje y una poética propios. No hay nada trascendental que comprender en ese juego sutil de las líneas, las vibraciones de la madera, las formas y los vacíos: son objetos que sólo existen para el goce de la contemplación.

Esculturas de Miguel Gandolfo en la Galería del Centro Cultural Rojas.
Corrientes 2038.

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