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Martes, 2 de septiembre de 2008

CULTURA / ESPECTáCULOS › RETROSPECTIVA DE ELIZALDE EN EL MUSEO CASTAGNINO

Cuando el color se enciende

"Para que las cosas vuelvan a ser ellas mismas", dijo una vez Rodolfo Elizalde citando sus versos predilectos de Juan L. Ortiz, y bien podría haber estado hablando del sentido de su oficio. Desde mañana, y hasta el domingo 7 inclusive, es la última semana en que puede visitarse su amplia exposición retrospectiva en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino (Bv. Oroño y Av. Pellegrini). Titulada Rodolfo Elizalde. 45 años de pintura, con curaduría de Roberto Echen, la muestra sigue un recorrido nítidamente legible y tiene lugar a casi diez años de una individual (realizada en el mismo museo en 1998) que abarcaba apenas una década de su obra.

Nacido en Bahía Blanca en 1932, el "Colorado" Elizalde vino a Rosario con 17 años en 1950 para ser ingeniero; "de chico en la escuela era el que dibujaba todo". Desde muy joven practicó los más diversos deportes, entre ellos el rugby, al que le debe su nariz de boxeador. En 1958, a instancias de un compañero de la Facultad de Ingeniería, empezó a concurrir al taller de Juan Grela, donde se formó como pintor y se comprometió con su auténtica vocación. Un primer período en el que "pintaba de todo" está representado en la muestra por un autorretrato y un retrato de su mujer. "Después vino una época en que hice pintura abstracta, geométrica... usaba el lenguaje y las reglas y hacía cuadros grandotes", un par de los cuales se pueden ver en la muestra. El período abstracto fue breve ya que, como relató el artista, "yo tengo que salir afuera a buscar vida para que mi pintura no sea un mero ejercicio plástico".

Al regresar de un viaje a Europa en 1966, Elizalde se encontró con un clima de rebeldía y debate. "No era un grupo, era una estampida", dijo refiriéndose al Grupo de Arte de Vanguardia. "Fue un proceso que llegó a Tucumán Arde". Dejó de pintar pero volvió. Respondió esta decisión en parte a las esperanzas que Grela, su antiguo maestro, tenía cifradas en quienes había imaginado que serían sus discípulos. También lo había movilizado un providencial encuentro casual con Juan Pablo Renzi, quien había atravesado las mismas instancias pero estaba pintando de nuevo. De allí surge su célebre serie de fachadas de Rosario, iniciada con el último golpe militar. Como escribe su colega Julián Usandizaga, "Su poética del paisaje urbano rosarino reconstruye tenazmente, fragmento a fragmento, una ciudad de ausencias fantasmales". Fiel al rigor modernista greliano y a los grises de color, el autodenominado "ingeniero frustrado" recortaba con la mirada planos cinematográficos de las humildes construcciones de los inmigrantes, para encuadrar en composiciones pictóricas casi abstractas sus muros parduscos y sus retazos de crepúsculo ceniciento.

Menos conocidos son sus paisajes vegetales pintados a partir de 1989, nacidos de bocetos dibujados en su terreno de San Jerónimo, que abarcan la mayor parte de la exposición; entre ellos se destaca una serie de pinturas en gran formato que tienen por tema a la higuera del lugar, vuelta a brotar luego de una poda cruel. En éstas, sus obras más recientes, las rectas y diagonales son reemplazadas por curvas que evocan al último Matisse. El color se enciende, el plano deja paso al volumen. Rotundo, el tronco de la higuera se asemeja a un vientre; sus hojas parecen mariposas de alas oscuras. Y es en la potencia vital de la metáfora que las cosas de la naturaleza, paradójicamente transformadas por la magia de la pintura, vuelven a ser ellas mismas.

* Las entrevistas y demás textos citados, así como la ilustración de esta nota, proceden del libro Rodolfo Elizalde. Pinturas 1989 1999 (UNR Editora, 2000).

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