CONTRATAPA

Un árbol

 Por Bea Suárez

Enfrente de mi casa había un árbol, que tenía asumida la vegetación hasta lo indecible, cada pulgada de su verde nos concernía; no sé cuál era su nombre, quizás Bambú gigante.

Este verano específicamente había empezado con la sombra, se había hecho doble para todo el barrio, cada quien estacionaba ante su delicia, madres e hijos se enredaban ahí a descansar y yo, con enigma y todo, disfrutaba de él, del repliegue chorreante de sus ramas, abiertas a la gente como algunas muchachas.

Además no hacía polvillo ni podía esperarse un volar de chapas o esos gritos insolentes que emanan de las obras en construcción y, aunque tenía la altura de un tercer piso, jamás le escuché decir una grosería.

Era más bien un manantial.

De flores amarillas, en pequeños puñados teñían la vereda, la volvían flexible; uno entonces pasaba o patinaba, el árbol se reía.

Lo sentí infinito, interminable.

Vivía ahí, frente a casa, no sé siquiera desde cuando. Solo sé que desparramaba amarillo como un pimentero, con sus vainas inmensas y sus hojas potables de agua.

Tan diferente a todo, no tenía ladrillos ni taladros, era una alternativa al ruido sórdido de la historia que por mi casa está escribiéndose en cemento y membrana; un árbol como testigo de que no todo viene en mezcladoras a mi cuadra, un poco de belleza extraviada entre dioses modernos que en vez de iglesias predican en inmobiliarias.

Flotaba. Los edificios son, él flotaba. Yo floto, tú flotas, él flotaba.

Con frutos trilobulados y botánica humana, invitaba a penetrar su maleza para hacernos sentir naturales o leñosos.

No era un hombre.

A veces lo olvidaba, lo abolía de mi memoria, me iba lejos, viajaba sola; él ahí, anulado, igualmente quedaba guardián y desnudo de mí. Al regresar el mediodía lo volvía intocable y su realidad era un signo más allá de los signos.

Henchido de minutos y horas de trabajo de quienes vivimos por acá, inventaba movimientos en sus apariciones; repleto de sonidos, inflamado por la primavera, mirándome escribir.

Yo le di la palabra, se la alcancé hasta los ojos, quise y quise, logré hacerlo leer en la vereda, percibir, inventar, coincidir.

Se alineó con la temperatura, evitó mi propia evaporación. Encendió mis residuos verbales.

Llegué a quererlo con imaginación, llegué a tejerlo. De tanto mirarlo terminé selvática en sus matrices y guirnaldas.

El lunes sucedió todo.

Comenzó a soplar un viento de desastre en todo Rosario, a no sé cuántos quilombos por hora. Mientras algunos cuidaban sus cositas en el combate campal de la tormenta nadie pensó siquiera en el árbol.

De pronto cayó embestido y desgarrado contra un cartel de Prohibido estacionar﷓discapacitados, se desplomó ahorcado por un huracán obediente a la muerte.

Vi petardos amarillos entre adoquines, autos y cables de luz, las ramas colgando entre una civilización de ingenieros civiles.

Me pareció observar un estallido de orejas, tobillos, ingle, nuca, uñas del árbol en la penumbra de la noche.

Me miró, yo no sé qué me miró, recién después su alma ocre se fue al otro mundo pisando gente.

Le hice leer mi último poema y a la hora en que todo fue soluble en lluvia tuve que despedirme.

Se vio el frente de un edificio que él camuflaba con su altura.

Y la ciudad desnuda para siempre.

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