CONTRATAPA

Sobre algunas decepciones y una vacuna

 Por Eugenio Previgliano

Palabras clave: infiel, decepción, mandarín, pesar, cortesana, GPS, programa, academia, verdad, ordenador, Downes, belleza, Esperanza, paseo, oficinista, española, cerealera, vacuna.

Si no es que también mi propia memoria me es infiel, es Barthes quien cuenta en los Fragmentos... sobre un mandarín que desea a una cortesana. La cortesana, sin embargo, dice que será suya si él espera cien noches bajo su ventana; el noble mandarín entonces lleva un taburete hasta la ventana y atraviesa noche tras noche esa grata vigilia. Al llegar la noche 99 retira el banquito y se va.

Pesar causado por un desengaño, anota como primera acepción el diccionario de la Real Academia Española, pero por si esto fuera poco agrega una decepcionante segunda acepción: engaño, dice secamente la corporación peninsular, aclarando, por si esto fuera poco y entre paréntesis, con las palabras falta de verdad: esta sensación de pesar que describe livianamente el diccionario deviene la mayoría de las veces -me parece- cuando uno mismo, el sujeto, pone cierta esperanza de sí mismo en otra persona o cosa.

Personalmente, las mayores decepciones me las deparan la tecnología, los ordenadores, los sistemas GPS, los dispositivos de seguridad y el sr. Downes, de la oficina de Empadronamiento Catastral de la Municipalidad de Esperanza. No incluyo en esta lista a ninguna mujer que haya conocido porque siempre guardo la ilusión ﷓muchas veces contrapuesta﷓ de que el tiempo y los sucesos que lo escanden me tengan celosamente guardada alguna sorpresa grata.

Será de Dios este programa oigo que pregona un empleado de una cerealera mientras yo atravieso la prolija hilera de puestos de trabajo con un paso voluntariamente demorado. El tipo, acostumbrado a la suave rutina de los días cerealistas, ha tal vez soñado ﷓conjeturo﷓ con un programa que le simplifique la vida, lo ayude al solitario y le permita soñar, y cuando se lo instalaron en su computadora, mientras hacía el curso de actualización, tal vez incluso en el camino a casa iba aprendiendo a confiar en ese programa que haría más bellos y delicados sus días; pero sin embargo el programa no cumple con sus expectativas, cuando él lo solicita sobre un dato le contesta con otro, tal vez interesante pero distinto, y todas las veces que el operador intenta llevar adelante una cadena de operaciones de acuerdo a sus convicciones el programa lo guía por una senda pavimentada de belleza hasta que en un punto extraño el resultado termina por desconcertarlo. Qué desilusión, qué desengaño pregona el oficinista, pero yo, que sigo caminando lo suficientemente lejos como para todavía escucharlo sé que en el fondo de su alma no es la ilusión lo que lo motivaba, sino la fe y la fuerza gestada por él mismo en su propia subjetividad que se potenciaba mientras el programa cumplía con ese mutuo compromiso tan soñado: se trata de una decepción.

Con los sistemas GPS la situación no es demasiado diferente: el navegante dispone de un artefacto que ha sido fabricado para guiarlo en la navegación. No importa el paisaje, el estado del clima ni la topografía: nada menos que el Departamento de Estado de los Estados Unidos de América respalda la navegación y los usuarios GPS ponen en el dispositivo su prestigio, su poder y todo aquello que la imaginación popular del mundo globalizado toma a traves de los medios: operación quirúrgica, guerra preventiva, precisión en la puntería, ¿qué razón habría para que un ciclista de montaña no ponga todo su corazón en el track que el artefacto lee de los satélites? Sin embargo no hay que esperar que la imprecisión, una falla inesperada, o un error de operación pongan una distancia prudente entre lo imaginado y lo que en realidad ocurre; basta con recorrer el buen sendero guiado sabiamente por el sistema GPS para caer en la decepción: el paisaje sólo ofrece referencias vacías y para estar seguro que se volverá a un punto basta con presionar durante tres segundos el botón colorado y se puede estar tranquilo respecto de la ubicación geográfica sin considerar el porte de los árboles, la naturaleza de las rocas ni el color de la cubierta vegetal; el uso del GPS trivializa el paseo, le quita los rasgos de aventura que alguna vez tuvo el conocimiento del lugar y americaniza toda navegación, la exime de riesgos y procelosos vientos, pone al navegante a salvo de dudas y desorientaciones y en esa misma virtud está la llave de la decepción.

Tal vez en el amor, del que tantos hablan, suceda muchas veces algo parecido: el estado natural del enamorado es la espera, y salir del encanto suave del enamorado probablemente importe una decepción, tal vez el mandarín de Barthes haya encontrado ﷓hace tantos años﷓ la vacuna contra esa clase de decepción.

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