CONTRATAPA

Los bajos pensamientos

 Por Miriam Cairo

Amar dragones

Esta mañana, cuando salí a comerme el mundo, un dragón o un hombre bajaba por un río amarillo o por la calle Laprida y tuve la revelación que estaba buscando. No ya el famoso diagrama circular que simboliza el Yang y el Yin, sino la comprobación de aquel viejo axioma respecto de que "el unicornio acaba como fiambre y el dragón como pastel de carne". La imaginación popular vincula al dragón con el fútbol, la necedad y los asados, pero por fuera del régimen de mutaciones previsibles, suele tener transformaciones prodigiosas. No sé si el dragón surgido del río Laprida era un hombre de establo, de silla y de tiro. Mientras yo lo miraba fue un emblema imperial. Me pareció que era aquel hombre al que un pintor le dibujó los ojos. Por un momento, mientras lo imaginaba hombre, salvé al formidable dragón de su destino de papas servidas después del fiambre. A punto de subir al taxi, le adiviné el ímprobo privilegio de monstruo que asciende al cielo con una mujer desnuda montada en el lomo. Tan abstraída estaba en su contemplación que entre otras cosas olvidé que había salido a comerme el mundo. Y ni por un momento tuve en cuenta que la criatura imantada, surgida del río amarillo de la calle Laprida, estaba a merced del arte doméstico, cada vez más difundido, de hervir dragones.

Develados

Explora (exploro) la realidad que no realiza en términos previsibles. Percibe (percibo) el estrecho margen del destino y su mórbida vocación de desencuentro. Comprende (comprendo) que para evitar salvaciones masivas, el destino no muestre sus espiras, sus pasadizos, sus abismos. Y acepta (acepto) que su boca se apriete amenazante para que mantengamos cerrado el corazón, su opuesto en peligro. Pero aunque sus ojos, para nosotros, nunca se abran, no diremos jamás que el propósito del destino sea ignorarnos.

Otredad

Desde el otro lado de la luna, donde vive un animal quietísimo a punto de caer en el olvido, me desprendo de la índole solar de todos los abismos. Ningún otro sitio me parece más apropiado, más acorde, más perdido, más intransitable. Desde aquí pienso en tantos animales proclives a envolverse cien veces en el oscuro papel de los tormentos. Desde este lado de la luna, puedo ver cómo las criaturas deportadas de toda certeza, se abrazan a la posibilidad que abarca también el imposible. Pero también sé de ese drama en el que un ave con piernas de hombre devora una serpiente todos los días, hasta que un príncipe budista le enseña las virtudes de la abstinencia. Pienso en la astucia de las serpientes y en la complicidad de los monjes.

Arte poética

Desde la línea invisible en que se cruzan lo dicho y lo no dicho, los mejores testigos de la sombra siguen siendo, para mí, el oxímoron y la elipsis (a falta de los prodigios de tu sexo, me entretengo con los placeres de mis bajos pensamientos).

Im-posible

En un tiempo, me alimentaba de finísimas hebras, de guturales frutos. Me nutría de impacientes súplicas y me acostaba con las flores boca abajo. Ahora lo hago de forma errática, a veces, muchísimo y de una sola vez, otras, gota a gota como un poema de una sola sílaba que se repite página tras página hasta abolir el pleonasmo. Todo esto dicho para demostrar que lo imposible siempre encuentra la manera de ser un mejor im posible.

Vigencias ignoradas

Llegar sin venir, venir sin llegar. Andar por fuera de la galla realidad que apenas puede repetir sus fórmulas gastadas, como si ese viejo acontecimiento de pisar la luna hubiera ocurrido sólo una vez y con los pies en la luna.

Cubrir las sombras

Me pregunto en vano por qué mi cuerpo cae como única piel cubridora de sombras. Desde hace algunos y días y algunas noches, me gustaría pensar en otras cosas. Pero también espero seguir pensándolo todavía. Pensarlo ahora cuando el cuerpo está más solo que nunca. Pensarlo en nombre de todos aquellos y todas aquellas que aquí mismo o en otros lugares se consumen hasta no ser nada, hasta no ser nada más que una sombra.

Desde que tengo memoria, mi cuerpo no dejó de honrarme con su presencia. No dejó de cubrirme las sombras. Desde niña me he acostumbrado a nombrarlo, no como a una tercera persona, como a alguien extraño y secreto, obligado a habitar la ausencia, sino como un yo que me hace compañía. Desde niña he jugado con él como algo vivo, algo que también se descifra, se transmite, se invoca. Me pregunto, pues, por qué este intérprete de las sombras, que me llama desde dentro, puede también estar tan lejos de mí y estar conmigo. En el transcurso de estos días y de estas noches, un tiempo afortunado, sin dudas, lo he escuchado respirar la elipsis, sin dejar de caer una y otra vez, como única piel cubridora de sombras.

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