rosario

Miércoles, 19 de mayo de 2010

CONTRATAPA

Complicidad de la lluvia

 Por Javier E. Núñez

Soñaba con ella las noches de lluvia. No era, a decir verdad, un sueño que se presentara con irremediable precisión en cada una de las lluvias de mi vida, pero siempre que lo tenía era una noche lluviosa. Puedo decir, al menos, que era una costumbre irreconciliable con las siestas sosegadas, con los amaneceres tardíos, con las noches secas. Lo más curioso, sin embargo, no era esta llamativa coordinación entre mi sueño y el clima, si no la mujer. Nunca supe quién era. Y nunca supe por qué, con metódica regularidad, soñaba con ella.

Tenía una belleza rara, cautivante. Una de esas personas que uno no sabría cómo describir, sin un rasgo distintivo que la diferencie del resto. A excepción de sus ojos. En ellos radicaba, acaso, todo su encanto: en esos ojazos de gato triste, como caleidoscopios infinitos donde se vislumbraban, a intervalos y difusos, retazos de un mundo inalcanzable.

Lo otro que la distinguía era su risa, un destello del sol en el único resquicio abierto de un cielo encapotado. Una risa espontánea, inesperada; un instante de breve alegría que se sobreponía a una tristeza inconmovible. Y su olor. Un aroma a lavanda que a veces creo haber sentido impregnado en mi almohada, como un trazo de aquel sueño.

Tenía cara de Vanina, o Jimena, tal vez de Analía. Pero no de Claudia, ni de Marcela, ni de Julia. Tomaba café con una gotita de leche; nunca cerveza como yo. Sonreía como si no fuese consciente de su belleza, gesticulaba para hablar y se mordía el labio inferior cuando reflexionaba. Me gusta creer que en esos momentos, en ese gesto, pensaba en mí, en nosotros.

El sueño era siempre el mismo. Ella esperaba un taxi en una noche lluviosa, amparada en el pobre cobijo de un portal antiguo. Yo le ofrecía mi paraguas. Como la lluvia no cesaba buscábamos refugio en un bar: un cortado y una cerveza, por favor. Las coincidencias no forzadas reducían la distancia inicial, tendían un puente que nos conectaba, nos hacía más reconocibles. Esta, tal vez, era la única parte del sueño que solía variar. Un día eran escritores, y nos pasábamos la noche hablando de libros, de autores o de personas inventadas. Ella quería ser Fermina Daza, La Maga, o Gabriela en Bahía. Yo le confesaba que todavía no superé la frustración de no haber sido nunca Huckleberry Finn.

Otro día era la música: hablábamos de Silvio, de Serrat, de Sabina, de Ismael Serrano. A ella le hubiese gustado saber cantar; a mí, tocar la guitarra. Murmurábamos estrofas con torpeza, tarareábamos comienzos o estribillos, hasta armar un inventario de canciones que nos conmovían. A veces se nos ocurría la misma canción al mismo tiempo, y era como encontrar una mano amiga en medio de la noche oscura. En esos momentos los ojos le brillaban con promesas de futuro.

La lluvia era mi gran aliada. El tiempo discurría manso hasta que se agotaban los temas triviales; ella pedía otro café y llegábamos cautamente a las confidencias. Al filo de la madrugada el cielo nos daba un respiro y yo la acompañaba hasta la esquina. Y entonces otra vez la lluvia, otra vez su intervención como un mensaje ineludible. Teníamos que buscar refugio en un zaguán que apenas alcanzaba para nuestras sombras. Quedábamos tan cerca uno del otro que el beso llegaba sin excusas. Y ese beso no era más que el prolegómeno de una exploración mutua que habría de durar toda la noche.

Soñé con esa desconocida durante meses. Solía despertar con su olor en todo el cuarto, con las huellas de su cuerpo en las manos y un abismo en el pecho, un vacío súbito que me hacía deambular como perdido durante el resto del día. Cuando no soñaba con ella me despertaba abatido, con el desamparo de un amante abandonado, temeroso de no volver a verla. La soñé tantas veces que me aprendí su cara de memoria: sus ojos de caleidoscopio, su media sonrisa, la geografía de su cuerpo, cada pliegue de su piel.

Por eso, cuando la vi, no me costó reconocerla. Como no podía ser de otro modo, era una noche de lluvia. Yo acababa de salir del médico. Caminé por el bulevar Oroño hasta la esquina de Rioja para conseguir un taxi. Un viento sibilante le arrancaba un quejido breve a las palmeras; junto al cordón, el agua acumulada buscaba el camino hacia la boca negra del desagüe. Detrás de una cortina acuosa, guarecida en un portal, ella atisbaba la calle sin mucha esperanza. Me quedé inmóvil por un segundo, atónito, mientras la lluvia taladraba mi paraguas.

Era ella: sus ojos, la breve mirada que me dedicó, disiparon cualquier duda. Avancé con la seguridad que sólo puede brindarnos la premonición onírica, el convencimiento que se había forjado en tantas noches compartidas bajo el rítmico resonar de la lluvia en mi ventana. Le estiré mi paraguas y ella sonrió.

"No, gracias. Ahí viene un taxi".

Y se fue, con la cruel indiferencia de todas las mujeres que nunca soñaron conmigo.

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