CONTRATAPA

Regalo menor

 Por Adrián Abonizio

¿Que hacía Charlie Parker en el desierto buscando heroína, bajándose del tren en la noche mientras en el coche comedor, fumando rubios, lo miraba vagabundear el resto de la banda? "¿Ese no es Charlie?", preguntó el batero. "Sí", contestó Dizzy Gillespie. Y lo atraparon y lo metieron en el coche cama y lo durmieron con gin mezclado en el café hasta que llegaron a la ciudad y él mismo, luego de una abstinencia de semanas, se encargó de conseguir caballo gracias a un lustrabotas que encontró y le salvó la vida.

Mendiolaza lee bajo lámpara verdosa viejas historias del Reader Diggest, mientras casualmente está sonando Bird detrás suyo, afelpado como un gatito gigante invisible de humo que ocupara toda la habitación. El humo de su cigarro recorre una parábola extraña, aposentándose en un ángulo de la sala donde queda como corpóreo. Acá hay poco aire, se dice, y se levanta para abrir un hilito de ventanuco. Justo cuando suenan unos golpecitos a la puerta. Sí, voy. Se mira en el espejo, se adecenta el pelo y corrije la corbata que parece la cola de una rata colgando. Voy, repite, y echa sin hacer ruido desodorante en aerosol. Un cliente no respeta horarios, puede ser. Abre. El pasillo iluminado a pleno le devuelve una chica alta, cuyo rostro yace en la semipenumbra por el foco de 100 que le pega en la nuca y en la espalda. Ella entiende y se aleja un paso: da un salto y sonríe. Bajo la mirada oblicua lleva la cara sombreada de pestañas. Tiene un vestido de flores y un paquete de rotisería en la mano. Regalo de su amigo, el Colo me dijo que le dijera.

El estudia el asunto y huele el vapor a pollo fragante bajo el papel de seda que trae la chica en las manos. Ah, gracias. Toma el paquete. ¡Que delivery tan encantador! Busca un billete en el bolsillo. Ella se adelanta, teatralmente pone su pierna en la puerta: El regalo es completo, así me dijo su amigo que fue el que pagó. Comida con comida, me dijo que le dijera.

Mendiolaza por vez primera se sonríe. Se corre dejando entrar a la chica. Ella tiene una vacilación porque él no dice nada y temiendo haberse equivocado de puerta dice puntualmente, como una secretaria adiestrada: El Sr. se apellida Mendiolaza, ¿no es cierto?. El apaga el cigarro. Dios mío, ahora que la ve bien no pasa de diecisiete, no llega a dieciocho seguro. Pasá, sentate ahí, ese es el único sillón cómodo de la ratonera. Sí, soy Mendiolaza y mi amigo no se equivocó, tengo un hambre fatal, lástima que el menú está verde.

Ella lo mira, perpleja, no entiende a la gente adulta pero tiene que trabajar. Nada, nada, corazón, olvidate de mí. ¿Vas a comer algo?

Bird suena detrás de ambos mientras cena. Se toma su tiempo y la conversa: sabe de la maldad fangosa del mundo al que la chica ha entrado, por algo se es policía, para ver la llaga, para hundirla en las pesadillas, nunca para curarla. El hizo lo que pudo con su vida de meteoro en la repartición. No violó, mató de frente y no tocó un centavo. No lo creen los ángeles de bronce y uranio que le sobrevuelan; ángeles armados con cocaína en los bolsillos se ríen cuando Mendiolaza repiensa estas cosas. Se ríen los bastardos. Se ríen. Ella observa cómo come mientras simula estar entretenida y fuma tirando el humo con la boquita de costado para que no le caiga sobre la cena. El mohín es hermoso, pero Mendiolaza no quiere ver tanta hermosura cerca, porque es intocable por más que sea de regalo. Regalo menor, se dice, jugando con las palabras.

Mañana, bien temprano, a una hora que le joda lo va a llamar al Colo para agradecerle simplemente. Buscará un tono neutro, en camiseta, con la taza en la mano y le va a dar las gracias por la atención, siempre tan fino vos, tan de fijarse en los detalles, y le rematará diciendo que le hizo acordar a su propia hija, a la del Colo, justo antes de cortar y encender el primer Parisien del día, porque como tantas otras noches habrá dormido poco, meditando en el sillón, oyendo una y otra vez a Charlie Parker, sabiéndose él mismo el personaje atonal de una novela de policías.

Olvidate de mí, le sugirió él cuando la despidió en la puerta sin siquiera haberle tocado un dedo. Le iba a ofrecer un paraguas porque se había largado de golpe, pero la chica ya bajaba las escaleras silbando una canción de moda.

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