CONTRATAPA

¡Muérete Flanders!

 Por Javier Chiabrando

Y el día llegó. Parecía lejano como el del juicio final, pero llegó como llega un tío a casa o una carta que dejamos de esperar. Pasaron las elecciones y el país, siguiendo aquel viejo precepto de que los melones se acomodan solos, comenzó a vivir el día después. Saber lo que sucedería en el mundo de la política era sencillo. Un día había un puñado de presidenciables y al otro día eran humo que el viento se llevaba de acá para allá, y vuelta de allá para acá de tan poco que los querían sus aliados y votantes.

Pero de lo que yo quiero hablar es de los millones de libros que anunciaban el final de la era K. Por mucho que uno bromee sobre el asunto (y el asunto se lo merece), cabe la pregunta de si en la historia editorial moderna hubo alguna vez un caso donde tantos libros dejaron de tener vigencia de un día para el otro, de un minuto para el otro; y lo que eso libros decían dejaban de ser "estudios de situación", "ensayos", "análisis", para pasar a ser palabrerío barato de pensadores que no lo eran (algunos quizá nunca lo fueron) y que descargaban en libros su frustración y resentimiento.

Me pregunto, como pensador que intento ser yo mismo, si el bosque nos tapó el árbol. Yo creo cada uno de estos pensadores de cabotaje que toma la palabra para decir supuestas verdades políticas (que suenan a quejas de abuela a la que le robaron la ropa del tender), anula la palabra de los pensadores verdaderos que, no comulgando con la línea K, pueden aportar soluciones donde el gobierno no las encuentre, o aportar una mirada diferente, siempre bienvenida. Hoy no vemos a esos pensadores, pero ahí están, o ahí tienen que estar, o deberían estar. Roguemos que estén. Porque mal estaríamos si el discurso diferente está sólo en boca de Abraham, que pasó de filósofo a chicanero; o de Lanata, que bajó el índice de desocupación de los periodistas trabajando él solito en todos los canales opositores; o de Magdalena con sus tartamudeos de odio de barrio y sus ansias de que la oposición se una como hacen los yanquis cuando los invaden aliens o marabuntas; o de Majul y su cara que deja en claro que jamás oiremos de su boca algo más inteligente que lo que ya conocemos; o de Terragno, que pide que hagan lo que él no hizo cuando era jefe de ministros; o de Tenembaum y sus preguntas que le caben a él (¿qué le pasó?); o de Sarlo y su jerga exclusiva para gente que lee mil libros al año; y de tantos que creyeron que escribiendo un librito a las apuradas iban a ganar un dinero que no habrían ganado de otra forma, o sea apelando a su talento, los que lo tienen. Hasta Luis Juez parece un pensador al lado de ellos.

Me pregunto también qué libros leen. ¿Con qué libros aprenden a pensar nuestro país y nuestro futuro? Sería bueno saberlo para no repetir el error, porque esos libros dan falsos datos, falsas encuestas, falsos preceptos. No se engañe, doña. Yo ya me di cuenta. No leen libros de verdaderos pensadores que enseñan a reconocer la verdad del error, lo claro de lo oscuro, el miedo del valor; simplemente hablan desde el odio y el resentimiento; odian y hablan, y luego lo escriben y quieren que nosotros los consideremos pensamiento. Le llaman ensayos pero son chismes. Lo venden como análisis político pero es rencor; son deseos de fracaso, del fracaso de los otros, de usted, de mí, del país. Como dijo el Quijote, "tanto que estudiaron y tan poco que saben...".

Qué quiere que le diga, yo soy un muchacho simple y siempre encuentro analogías más bien comunachas. Me acordé de aquel capítulo de los Simpsons donde Homero se vuelve un temible crítico de restaurantes, aunque por mucho que sus críticas fueran respetadas o temidas (las escribe la hija), él no puede evitar que cada crítica termine con un ¡muérete Flanders! No importaba qué tan sesuda pudiera ser la crítica, qué tan noble pudiera ser el trabajo, Homero no podía evitar que apareciera ese desprecio visceral por su vecino, más fuerte que el pensamiento y la lógica. Así piensan nuestros pensadores, piensan un rato hasta que un ¡muérete Flanders! se les cruza en la garganta y de ahí al papel.

Bueno, pero volvamos al problema: ¿qué vamos a hacer con tantos libros? No se ría, porque de esos libros viven editores, libreros, correctores, diseñadores, papeleros, linotipistas, transportistas, despachantes de aduana, guardabarreras, cafeteros, vendedores puerta a puerta, y al fin sepultureros (que son los que los van a enterrar en algún lugar perdido de la patria).

La que hizo una contribución fue la Conabip (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares), que compró ejemplares de cada título para distribuirlos en las bibliotecas del país donde van a inaugurar El Rincón de la Risa, actividad lúdica y saludable porque genera endorfinas, como el chocolate pero que no engorda. Allí, en El Rincón de la Risa, los argentinos de hoy y de siempre nos vamos a reunir a leer los libros de Majul, de Tenembaun, los ensayos pseudofilosóficos de Aguinis para destornillarnos de risa, rodeados de posters de Olmedo y de Porcel con sus gatitas.

Con el resto, que siguen siendo millones, algunos propusieron tapar el canal de Beagle para evitar futuros litigios con los chilenos; otros hablaron de unir Uruguay y Argentina para que si llegaba la guerra no hubiera que gastar en barcos; la idea más razonable fue contratar a todos los cartoneros del país y ponerlos a hacer papelitos y luego almacenarlos para cuando volvamos a ganar un mundial. Al fin, la cantidad de naftalina que había que usar, desalentó a todos. Las librerías tampoco la tuvieron fácil, porque los estantes pasaron de un día al otro a verse peligrosamente vacíos, como si el hombre hubiera dejado de pensar. Algunos aprovecharon la volada, y en la mitad vacía de la librería pusieron una heladería o una panchería, así fue cómo se dejó de lado la moda del café y se pasó al saludable hábito de comerse un tentempié mientras uno hojea libros de Bauman, Zizek, elija.

No fue fácil sacar tantos libros de circulación. Fue tal el problema que un amigo librero me pidió ayuda. Empezamos el acarreo de madrugada y terminamos a la medianoche, con algo de demora porque a cada rato había que explicarles a los clientes lo que estábamos haciendo, como cuando una señora mayor se me acercó en la futura librería choripanera de mi amigo y me preguntó: "¿Y qué hago yo con esos libros de Majul y Aguinis que tengo al lado de la biblia y de los chistes de Landriscina?".

Pobre mujer, me contó que había probado venderlos como libros usados pero le dijeron que sólo se los aceptaban a manera de canje, dos por uno: por cada libro de ella le daban dos de Hanglin. "Espere un poco --le dije yo--, seguro que un día el diario La Nación edita la biblioteca personal de Majul, como hizo con Borges, Vargas Llosa, y otros, ahí se va a ahorrar unos pesos porque comprando unos pocos libros va a tener la colección completa".

Ella no parecía muy convencida. Más le gustó que le dijera que guardara los libros, que con el tiempo iban a ser estudiados como el diario de Colón o el Facundo, para entender cómo es posible que gente inteligente a veces parezca tan burra.

"No, señora --tuve que aclarar--, no me refiero a Colón y mucho menos a Sarmiento, me refiero a nuestros pensadores de cada día. Mire Mi Lucha, del bigotón, que se lo pasa a retiro cada dos por tres, y siempre hay alguien que lo saca del baúl de los recuerdos y lo lee por las noches, escondido debajo de las sábanas". La señora se fue silbando bajito, con cara de que iba a hacer su propia hoguera en el patio de la casa, así de paso espantaba los mosquitos que este verano van a estar bravos.

Volviendo a la mudanza, por suerte estaba de nuevo en vigencia la línea Belgrano de trenes que partieron cargados de libros hasta en el techo. ¿Quiere saber adónde fueron a parar? Entre en el Google Earth y enfoque el Aconcagua, ¿vio que al lado se ve ahora una montañita? Bueno, no se acerque con un fósforo encendido, es todo papel entintado, altamente inflamable. Si anda por la zona y se queda sin papel higiénico, manotee nomás. Pero no se vaya a limpiar el culo con la foto de Majul, que da urticaria.

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