CONTRATAPA

Alguien vive arriba

 Por Marcia Bredice*

Nuestra vecina escucha cumbia. A un volumen que nos deja al resto de los vecinos al margen de decisión alguna en lo que respecta a la regulación del sonido, nuestra vecina escucha cumbia. La célula rítmica binaria en su compás de dos cuartos insiste machaconamente hasta metérsenos en el pulso interno, imprimiendo de cadencia cualquier movimiento insustancial.

La irrupción de semejante acontecimiento conmueve la vida del edificio que, desde hace cuatro años, permanece en un casi inalterable equilibrio. Acá no existen los exabruptos, ni las cámaras de cable, ni los reporteros de delitos, ni los escándalos sexuales. No hay vecinas con ruleros ni caniches ladrando en horarios inadecuados. El silencio es la condición inherente de estos seis pisos que, por motivos desconocidos, conforman una verdadera excepción a la regla general de las construcciones de propiedad horizontal.

Sin embargo, con sólo apoyar la mano en la pared puede sentirse la vibración que la acústica del sonido produce. La potencia aumenta en proporción directa a la intolerancia y es preciso moderar cualquier iniciativa violenta. Evitar subir un piso, golpear la puerta y pedir amablemente, sin ningún tipo de preámbulos, el descenso inminente del volumen. Dejarse interrumpir por el compás insistente (y hasta doloroso) del esquema repetido de los sonidos mientras buscamos entre los archivos algún disco que valga la gracia y nos saque del bullicio del acordeón diatónico.

Separados por la medianera, en la más inmediata contigüidad, están los Ned Flanders de nuestra microscópica Springfield, los que dejan de pasarnos desapercibidos porque subieron el volumen de su música o arrastraron los desvencijados elásticos de sus camas. Nunca antes los habíamos oído. El camión de mudanzas, que hubiese oficiado de cartel de anuncio, se apostó de culata en la entrada el domingo a la mañana cuando calles y palieres permanecían desiertos y nadie registraba sino el mensaje recóndito de los sueños.

Luego se metieron en sus habitáculos con la rapidez de los animales de Rodentia y en la planta baja sólo quedaron restos de las cajas de cartón en la que embalaron sus objetos y hasta el barro seco de alguna zapatilla.

Con los días nos entrenamos en subir escaleras cada vez que se olvidaban entreabierta la puerta del ascensor. Le tocábamos el portero para advertirles del descuido, apelando abusivamente a nuestros derechos de antigüedad. Fuimos vinculándonos en el saludo amable y en el gesto solidario de quienes aún desconociéndose tienen todas las intenciones de simpatizar. Lo cotidiano comenzó a cruzarnos con una frecuencia admirable y el hecho azaroso de encontrarnos cada día con las mismas caras en los espacios comunes nos hizo pensar que el otro -﷓el vecino nuevo-﷓ había llegado a nuestra vida para algo. Hubo coincidencias en las conductas (corríamos una silla y a los siete segundos podía oírselos a ellos repitiendo el mismo desplazamiento) y hasta señales de que el nuevo vecino finalmente era nuestro espejo.

Un día, sin saber cómo, lo soñamos. Estamos saliendo por la mañana, sacándonos los restos de sueño del borde de los párpados, cuando en la planta baja su moto mal estacionada nos entorpece la salida.

Nos detenemos sin saber cómo sortear el inconveniente mientras que la puerta del ascensor se abre y ella aparece con cara de aplomo notificándonos de la fuerte tormenta y de su falta de tiempo para buscar cochera, adornando su explicación con tantos etcéteras que se nos hace imposible articularle algún gesto de cortesía.

No sabemos cómo fue posible que se haya metido en nuestros sueños, en nuestro silencio y en nuestros contratiempos. Cómo, sin conocernos, puede tomarse el atrevimiento de encontrarle diminutivos a nuestros nombres o pedirnos a grito de balcón una vela en el primer corte de luz.

Pero allí está, del otro lado, haciendo crujir su cama cada vez que le da insomnio o recibe visitas, descargando la cisterna de su inodoro, dejando correr el agua por el lavatorio, dando pasos huecos sobre nuestras cabezas. La música haciendo vibrar el tubo de cristal que oficia de centro de mesa de un comedor en el que no se come, porque se apilan libros y las copas de una cocina en la que no se cocina, porque se prefiere la abstinencia. Tiembla nuestro mundo, aunque nos resistamos.

La disposición de casas apiladas verticalmente encubre una fastidiosa topografía.

Arriba, alguien vive.

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