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Viernes, 3 de agosto de 2012

CONTRATAPA

Contradicción

 Por Manuel Quaranta

No voy a andar con vueltas para decir lo principal: el ser humano parece odiarse a sí mismo y por eso tiende constantemente a la autodestrucción. Esto no lo inventé yo sino que lo intentó expresar hace años el psiquiatra francés más famoso. Y tampoco voy a inventar que hay dos tipos que se metieron en lo más profundo de estos sentimientos tratando de descubrir un poco más claramente las particularidades que existen en eso que hemos dado en llamar ser humano y del que sabemos únicamente, y más o menos, que se odia.

Uno de estos tipos es bien conocido por una anécdota que, probablemente, no determina un ápice su obra pero que sin embargo está a la orden del día cuando alguien pretende referirse al filósofo alemán Friedrich Nietzsche: pasó los últimos diez años de su vida internado en un psiquiátrico. La mayor parte de sus entusiastas lectores tienen la fortuna de no penetrar en su libros más desgarradores por lo que siempre están a salvo de contemplar el caldo hediondo que se cocinaba en sus entrañas. Con esto no pretendo afirmar que yo conozca su obra pero sí que tuve acceso a un brevísimo texto que se encuentra en Humano demasiado humano en el que Nietzsche arremete, como de costumbre, contra sí mismo en tanto y en cuanto denuncia lo que nadie quiere ver (y no porque él lo vea sino porque lo intuye): "Medios de consuelo. Cuando alguien muere, son casi siempre menester motivos de consuelo, no tanto para mitigar la fuerza del dolor como para disculpar el hecho de que uno se sienta tan fácilmente consolado." Por supuesto que la idea del texto está clara y no la voy a oscurecer con una explicación, pero sí me gustaría apreciar el modo en que un cambio de perspectiva hace que el sentido más ranciamente común se venga abajo de un soplido: no nos consolamos porque la pérdida sea insoportable sino por el motivo inverso, por insensibles podríamos decir. Y advertir esta situación no beneficia de seguro a nadie, todo lo contario, compromete, aguijona, maltrata, devela: así, en parte, somos.

El otro tipo al que no le importó nada de nadie y se revolcó en el más absoluto sin sentido también es más reconocido por una anécdota que por su obra: compartió, en 1961, un premio literario con nuestro más conspicuo escritor (demás está decir que es J. L. Borges). Este personaje es Samuel Beckett y quien tenga oportunidad de entrar en sus textos podrá observar el modo en que los límites se diluyen en cuanto a preguntarse por sí mismo. Preguntas que, lamentablemente, jamás obtendrán una respuesta satisfactoria, o peor aún, jamás tendrán ni siquiera una. Con esto no pretendo afirmar que yo conozca su obra pero sí que me encontré con un brevísimo texto que aparece en El innombrable en el que Beckett arremete como de costumbre, contra sí mismo en tanto y en cuanto denuncia lo que nadie quiere ver (y no porque él lo vea sino porque lo intuye): "pero, ¿y si en vez de sufrir menos, a medida que el tiempo pasa, sigue precisamente sufriendo tanto como el primer día? Tal cosa debe ser posible. ¿Y si en vez de sufrir menos, o tanto como el primer día, sufre más a medida que pasa el tiempo, cada vez más? ¿No es preferible la pleamar de un sufrimiento a aquél cuyas fluctuaciones hacen creer a cada momento que, después de todo, acaso no dure para siempre?"

Por supuesto que la idea del texto está clara y no la voy a oscurecer con una explicación, lo que sí me gustaría es ver el modo en que un cambio de perspectiva hace que el sentido más ranciamente común se venga abajo de un soplido: no es que el tiempo cure las heridas como nos reconforta pensar, sino todo lo contrario, las mantiene abiertas y las agujerea aún más. Y advertir esta situación no beneficia de seguro a nadie, todo lo contario, compromete, aguijona, maltrata, devela: así, en parte, somos.

Eso es lo que somos: contradicción pura, pura contradicción.

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