CONTRATAPA

Lo previsible según el ñato Desiderio.

 Por Gary Vila Ortiz

Suelen ser tan previsibles los comentarios de algunos sobre los Oscar, que pienso en la sabiduría esplendida del Ñato Desiderio, aquel de "Shakespeare pronunciese Schopenhauer". Tanto sobre los premios como sobre los no premiados. Y si presentan ser original, no lo son. No tienen el sentido crítico de Raymond Chandler ni la humildad de unos de los tipos que más sabia de cine por estos lugares. Y lo de tipo viene bien por Wimpi, que era uruguayo como era Homero Alsina Thevenet, sin despedirse, como diciendo en realidad no me voy. Y no se ha ido. Leyendo las cosas se han dicho sobre porqué no se premio tal película y por que su tal otra, hay que aproximarse a uno de los libros de Alsina Thevenet para refrescar la mente de tantas sandeces juntas.

En cuanto a Capote, el escritor no el filme sobre parte de su vida, teníamos la seguridad de lo que se diría, al menos de lo que algunos dirían. La ultima novela de Capote, un verdadero desastre. Lo es, pero no lo diríamos en voz alta y con tanta certidumbre como si por parte de lo que juzgan todo lo que han escrito siempre fuera de una excelencia fuera de lo común. Por otra parte, todos (la mayoría, no todos) están de acuerdo en los valores de A sangre fría y que a través de esa obra Capote inaugura esa forma de novelas en que hay tanto de ficción como de realidad. Posiblemente es quien lo hizo de manera más perdurable, pero de ninguna manera es el primero. Lo de Norman Mailer, sin embargo, se aproxima o se pone a la par de esa calidad, en dos libros estupendos como son The armies of the night (1968) y Miami and the siege of Chicago, del mismo año.

Son, entre otras cosas, inolvidables el retrato de algunos protagonistas, sobre todo el del poeta Robert Lowell. Thomas Wolfe, por su parte, se encuentra en un par de escalones de los mencionados, pero fue quien teorizó con autoridad sobre The new Journalism (1973). Y algunos de sus artículos en Esquire son un antecedente a tener en cuenta. Vale aclarar que este Tom Wolfe nada tiene que ver con ese ser único que fue Thomas Wolfe (1900﷓ 1938), el autor de esa larga, lenta, maravillosa novela que es Of time and the river (1935).

El ñato Desiderio, probable sabio analfabeto, que sin embargo escribía, de ese tipo de analfabetismo que defendía Pedro Salines en ese libro tan compinche en esos momentos de duda que nos introducen en el mundo del insumo, que es El defensor. El Nato, desde su humanidad, compararía a los pontífices literarios del momento, en choripanes que no pueden digerirse, ya se trate que salgamos de la cancha del malo de buen humor, o con esos empates que dan tanta bronca cuando uno sabe que el equipo del que es hincha merece siempre ganar.

Yo soy hincha de Capote. Y hasta puedo leer ese pésimo libro que es Plegarias atendidas y lo puedo leer con cariño, experimentando lo que el mismo Capote debe haber sentido al comprender que no podría escribir ese libro, por lo cual destruyó muchos de sus capítulos. No debería adjetivarse sobre este libro, me arrepiento de haber escrito algunas líneas atrás que es pésimo. No lo es; es otra cosa que no se decir y que los críticos especializados (pero deben ser especializados en hacer un huevo frito y en el mejor de los casos un huevo pasado por agua) tampoco encontrarán las palabras adecuadas.

Hay párrafos que tienen la calidad y las cualidades de la prosa de Capote, el manejo de la ironía y una ternura encubierta y, como siempre, su negación, hasta carnal diríamos de la crueldad deliberada. Si en este libro alguien adivina ese tipo de crueldad es porque en Capote surge algo de resentimiento. Parece decirles a quienes aparecen en lo poco que se publicó del libro (y los que debían aparecer en lo que destruyó) que había dejado de ser, exagerando, el bufón de los poderosos que se entretenían con él. Y que era tiempo de poner algunas cosas en claro. El editor de Plegarias atendidas comenta sobre el suceso de A sangre fría: "En el transcurso de 1966 el libro vendió más de 300.000 ejemplares y estuvo en la lista de best﷓sellers del New York Times durante treinta y siete semanas. Finalmente se vendió mas que cualquier otro libro no novelístico, excepción hecha de los libros de ayúdese﷓usted mismo. Desde entonces ha sido publicado en unas dos docenas de ediciones extranjeras y solamente en los Estados Unidos el número de ejemplares vendidos ha ascendido a cinco millones". Y mas aún, con respecto a Plegarias atendidas en 1981, tres años antes de la muerte de Capote, se le adelantarían un millón de dólares pagadero sólo a la entrega del libro, libro que había sido propuesto en 1966 para ser entregado en 1968.

Es posible que se diga que el dinero no tiene relación con la calidad que Truman Capote se exigía de si mismo. Que es probable que en él hubiera, hacia el dinero, algo de dinero y algo también parecido a la actitud de otros escritores norteamericanos. Es difícil salvarse en una sociedad que trata a sus escritores de una manera ambigua y donde hay muchos (hablo de los grandes) que debieron salvarse o tratar de hacerlo en Hollywood cuyas experiencias fueron lamentables. Bastaría recordar a Faulkner, a Scott Fitzgerald, a Chandler. y no se trataba de lograr más dinero. Un ejemplo: la indiferencia de Faulkner cuando recibe el premio Nobel, no por el premio en sí sino por el dinero que iba a recibir. Le importaba sin demasiado entusiasmo, aún cuando sin duda lo necesitaba.

Con relación a ciertos pasajes, como el que podemos hacer comenzar con su vista a Colette, Capote modifica, y no para bien, lo que dice de la misma entrevista en un trabajo que puede encontrarse en Los perros de paja, En las descripciones parece haber una exagerada visión de lo que pudo ser verdadero. Pero impresiona que Capote, que tenía un verdadero sentido. de su autocrítica, haya dejado algunas de esas páginas

y no las haya﷓ destruido C0010 hizo con tantas otras del mismo libro. Es probable que la muerte impidiera su destrucción, Se me ocurre pensar que de la misma manera que la crítica hizo añicos a Hemingway por su última novela, Raymond Chandler saldría en defensa de Capote. Hemingway terminó matándose con una escopeta. ¿Acaso Truman Capote, a su manera, no se destruyó de manera más dolorosa?

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