CONTRATAPA

Nina

 Por Javier Núñez

Nina mueve la cucharita en la taza como si tratara de marear el café. Apareció anoche, después de más de dos años sin dar señales de vida, con los ojos arrasados por el llanto y arrastrando una valija. Lloró un buen rato y todavía con lágrimas en los ojos le pidió al chueco que la cogiera. Por favor por favor por favor. Después volvió a llorar hasta quedarse dormida. Esta mañana despertó exultante y las últimas dos horas y media se las pasó barriendo, lavando platos, pasando el trapo, ordenando las cosas que el chueco había dejado desperdigadas por cualquier rincón. Debería estar agotada pero en cambio se remueve en el asiento, juguetea con la cuchara o la taza, cruza los pies y los descruza todo el tiempo y enciende un cigarrillo detrás de otro. El chueco le pregunta si en estos días tomó las pastillas pero ella no contesta.

--Podemos salir. Eso podemos hacer ﷓dice de pronto, soltando la cuchara y mirando al chueco que está de pie frente a la cocina, esperando que esté lista el agua para el mate﷓. Qué te parece? Vamos a un bar a tomar algo. O a bailar. Me gustaría bailar, hace mucho que no bailo. No tenés ganas de que vayamos a bailar?

El chueco mira el reloj. Son las once de la mañana. Las once de la mañana de un lunes.

--Ahora no, tonto -﷓dice Nina, entendiendo el gesto mudo-﷓. A la noche.

El rumor del agua en la pava empieza a incrementarse. El chueco agarra la llave de gas pero no la cierra: espera que la pava vibre un poco, que la tapa tiemble con ritmo metálico. Lleva la pava a la mesa y se sienta.

--Volvamos al tema de Fernando.

--Fernán. Pero no quiero hablar de eso.

--Seguramente lo pueden arreglar, sea lo que sea lo que haya pasado entre ustedes. Van, se echan un polvo, después te hace un tatuaje nuevo mientras todavía estás en la cama. El dolor une. A lo mejor eso funciona.

Nina sonríe. No me vas a decir que no está bueno el tatuaje, dice. El chueco no dice ni que sí ni que no. Ella le muestra otros tatuajes que le hizo Fernán en el año y medio que llevan juntos: un dragón flaco que se traga su propia cola al dar la vuelta al tobillo, tres estrellas que tiene detrás de una oreja, un árbol blanco que le ocupa toda una pantorrilla. Lleva puesta solamente una camisa a rayas que encontró en el ropero y que le llega a hasta los muslos. Nina tiene tendencia a cierta simbiosis, a hacer propios los gustos o intereses del hombre que está a su lado. Tuvo su época de misticismo durante los seis meses que estuvo en pareja con Aníbal, y lo seguía en sus viajes al Uritorco, a dojos de meditación, a visitar chamanes en la selva boliviana o en el norte argentino y gurúes mediáticos en hoteles de lujo de Buenos Aires y Punta del Este. Más tarde abandonó a los dos -﷓a Aníbal y al misticismo-﷓ por un actor de teatro under que la empujó a sótanos oscuros donde se representaban obras incoherentes que Nina aplaudía con devoción. Durante algo menos de un año el actor -﷓el chueco no recuerda cómo se llamaba-﷓ metió su grupo de psicodrama todos los martes y jueves en el departamento alquilado por Nina para ensayar proyectos que nunca se llevaban a cabo, hasta que una mañana huyó con una pendeja de pecas y tetas grandes que se había sumado al grupo pocas semanas antes. Hubo dos o tres más pero ninguno le había dejado huellas tan indelebles como Fernán, el artista del tatuaje.

El chueco ceba un mate y chupa despacio para no quemarse. Se pregunta si a Nina se le habrá pegado también, en su momento, algo de él. No se le ocurre qué. Tampoco se le ocurre un motivo lógico por el cual Nina sigue volviendo, una y otra vez, a la casa que alguna vez compartieron. El chueco se lo dice.

--No sé por qué seguís viniendo.

--Sos mi exmarido.

--Uno. Uno de tus exmaridos. Y ya pasaron como diez años.

--Sos el único que me abre la puerta.

Tengo que dejar de hacerlo, dice el chueco. Nina se ríe: es una carcajada feroz y forzada. Como si, a nivel intelectual, el comentario del chueco le pareciera cómico pero el cuerpo no le respondiera de la misma forma y se sintiera obligada a actuar las reacciones ausentes.

El chueco toma mate y se calla. Sabe que no será capaz de hacerlo. Aunque alguna vez se cansó de no saber con quién se iba a encontrar al despertarse o al volver del trabajo, no dejará de abrirle la puerta. Quizá porque es el único que todavía lo hace.

--Deberías dormir. Cuánto hace que no dormís?

--No quiero dormir. Quiero emborracharme -﷓Nina se pone de pie, como si una revelación súbita la hubiera levantado de la silla-﷓. Me voy a bañar, así después salimos, nos emborrachamos y cogemos otra vez. A lo mejor afuera, en la calle: eso me calienta.

Nina sale de la cocina y se precipita sobre un minicomponente que está en un rincón de la sala. Es un equipo viejo, con una bandeja triple de cedés en la parte superior y doble casetera. Debajo del equipo, apilados sobre un estante divisor, se amontonan varios cedés en cajas a las que se les sale la tapa y dos portacedés con cierre, de algún material sintético que imita el cuero. Nina abre uno de los portacedés y va pasando los compartimientos interiores para elegir un disco. Billie Holliday, Ella Fitzgerald, Sara Vaughan, Bessie Smith, Etta James, Nina Simone, Sinatra, Tony Bennett.

--Tu música atrasa como cincuenta años, sabías? -﷓grita Nina desde la sala, aunque no espera respuesta. Revisa el segundo portacedés, y aunque encuentra otro tipo de música -﷓que va del rock nacional al alternativo-﷓ nada le despierta entusiasmo. Se incorpora y rebusca en su bolso, que está abandonado sobre el sillón. Vuelve al equipo con un cedé grabado que sacó del bolsillo interno. El lector hace un ruido extraño; por un momento pareciera que va a seguir girando en falso pero de golpe el visor cambia y muestra el número del track y la duración. Nina presiona un par de veces el botón forward y gira la perilla del volumen. Los primeros acordes resuenan en toda la sala y llegan con claridad hasta la cocina. Nina sigue la voz de la cantante y su voz se acopla perfectamente con la que sale del equipo: "Cuéntame que harás después que estrenes su cuerpo/ cuando muera tu traviesa curiosidad/ cuando memorices todos sus recovecos/ y decidas otra vez regresar/ ya no estaré aquí en el mismo lugar..."

El chueco reconoce la canción, es de Shakira. Pero no es ella la que canta. Incluso le parece que el tempo está un poco acelerado. De golpe, cuando termina la estrofa, se incorpora un ritmo nuevo, inconfundible, de cumbia. Nina alza los brazos y baila en la sala, moviendo las caderas para un lado y otro. Se desplaza con gracia por el medio de la sala, los faldones de la camisa de hombre que la cubre flotan alrededor de sus caderas, dejando ver las nalgas desnudas y blancas; sus pies descalzos dibujan complejas figuras en el viejo parqué. Nina baila esquivando muebles, sin dejar de cantar. Cuando llega el estribillo, Nina grita por encima de la voz de la cantante: "Si te vas, si te vas, si te marchas / mi cielo se hará gris / Si te vas, si te vas, ya no tienes / que venir por mí..."

El chueco aprovecha la distracción para agarrar el teléfono que Nina dejó en la cocina. Busca el nombre Fernán en la agenda y llama. Tiene que hacerlo. Suena dos veces y una voz que parece preocupada la nombra una, dos, tres veces. Pregunta si está bien. El chueco está a punto de decir algo, apoyado en el marco de la puerta, cuando ve a Nina bailar. La voz del teléfono la nombra sin obtener respuesta. El chueco sabe que tiene que decir algo. Avisar que está acá, que está bien. Preguntar por las pastillas. Ponerse de acuerdo para que todo vuelva a ser como era hasta ayer.

Pero no dice nada. La mira bailar.

Nina avanza hasta el baño, se desabrocha la camisa y a mitad de camino la deja caer a sus pies. El enorme tatuaje que le cubre la espalda cobra vida: la cola del dragón se mueve cuando los músculos de la espalda se tensan con los movimientos de baile, el pez parece ondular. Después la espalda mágica se pierde en el baño. La voz del teléfono se apaga. A través de la puerta, por sobre el ruido del agua que corre, la de Nina persiste como si nunca se hubiera ido del todo o como si algo de ella resistiera, se instalara, en cada uno de esos inesperados regresos.

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