CONTRATAPA

La rayuela

 Por Víctor Maini

Luciana jugaba a la rayuela como ninguna. Aunque mis prejuicios me alejaban del juego, me gustaba mirarlo. Cuando participaba la Lu, varios pibes éramos los que nos sentábamos en el cordón de la vereda para apreciar la metamorfosis de la jugadora. Con un elástico uniendo los extremos de las patillas de sus gafas, la niña introvertida a quien la miopía y el astigmatismo parecían haberla metido hacia adentro, arrastrada por lecturas interminables en mares de sueños y fantasías, brillaba pisando números pintados en las baldosas. Había mucho de magia en todo aquello. Con la libertad de una bailarina jugaba por puro placer. No le molestaba perder, aunque nunca se la notó perdida. Arrancaba aplausos cuando arrojaba el tejo con los ojos cerrados o saltaba los casilleros hacia atrás sin pisar línea, pero lo que más me impresionaba era la expresión de su rostro. Yo no podía saber, que en el mismo momento, Julio Cortázar se debatía entre rayuela y mandala para bautizar su única novela. Tampoco había leído a Nietzche con la idea del eterno retorno, de la vida como círculo, de un pasado, un futuro y un presente todo mezclado. Creo que Luciana ya lo había intuido. Parecía reírse de las líneas de puntos, de los segmentos, de los compartimentos estancos, de las etapas. Aparentaba saber todo sobre el esoterismo búdico o tibetano que encierra una mandala. Su mueca, mitad burla y mitad piedad manifestaba la idea de volver siempre a un centro, a los orígenes de una historia propia o ajena pero siempre parte de un mismo sistema. Cuando pisaba el "cielo", no sólo hablaba, también bailaba y se reía. Decía que ese era el estado en el que ella se imaginaba viviendo allá. Pero en realidad lo que buscaba era perder para seguir jugando. Sabía que al ganador se lo premiaba con la inactividad, se lo consagraba con el título de espectador y crítico, cuando la gracia estaba en no dejar de participar, en no dejar de actuar. Mi amiga tal vez había descubierto el secreto demasiado pronto. No dudaba en que la vida era un círculo, una rayuela limpia de toda sacralidad, vuelta a andar y a saltar, una y otra vez en busca de la felicidad, que de existir, se encontraba en el camino, ni en el cielo ni en la tierra, sólo en el camino. Sabía que era la mejor en el juego, pero no hacía falta que nadie se lo dijera, siempre era la última en terminar de saltar.

Demostraba la humildad de los grandes y por eso la respetábamos más que a nadie. No dudaba usar sus lentes elastizados para atajar en algún picado sobre el adoquín y era la más creativa, cinta adhesiva y goma de mascar mediante, para el ring-raje en horas de la siesta. Luciana sabía cosas que nosotros no sabíamos, pero lo que más nos enseñó fue a disfrutar el momento. Los dos usamos excusas laborales para no abandonar el barrio del todo. Nos cruzamos de vez en cuando en filas de bancos o cajeros automáticos. Ella lleva tatuada una sonrisa falsa de vendedora en su rostro, mientras que a mí me acompaña un tic nervioso sobre mi párpado derecho. A pesar de que nuestras charlas sobre lo obvio, el clima y la tapa de diarios son tan grises como nuestras vidas, me gusta encontrarme con ella. Aprendí a esperar el momento. El instante justo en que baja su mirada hacia las mismas viejas aceras buscando en la proyección de su sombra el dibujo de una rayuela que como un reflejo de luz se proyecta a sus lentes de contacto encendiendo en su cara aquella rara expresión tan cercana a la felicidad.

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