CONTRATAPA

Malestar

 Por Leonel Giacometto

Ella le decía hijo de puta. Infinidad de veces se lo dijo y a él nunca le pareció nada agradable aquello. Lo de agradable es un decir. Lo de nunca, también. Al fin y al cabo, ella era su madre y no tenía por qué andar todo el santo día recordándoselo de ese modo, como si ser un hijo de puta fuera un logro cercano al heroísmo. Un decir por el cual ella le repetía y le repetía esas tres palabras porque, en rigor de eso que se llama verdad, ella estaba loca por la cocaína, que la perdía entre certezas y paranoias varias. Vivían en una de las piezas de la pensión de la calle San Juan, entre Mitre y Entre Ríos. La pieza tenía una ventanita donde él podía, apenas, apoyar los ojos para ver hacia afuera. Afuera siempre fue igual que adentro. Esto lo supo después.

Más que pobre, David Casano, de sobrenombre "Joyita", fue hijo de puta pobre y cocainómana que lo tuvo como logro de una vida que siempre quiso y que, obviamente, no pudo tener. Rondaba los treinta años, pero parecía de cincuenta. De la puta hablo, de Andrea Casano, quien al parecer siempre quiso un hijo. "A cualquier precio y de chiquita lo quiso siempre", contó una vez David en las inmediaciones del Parque Independencia la noche cuando lo conocí. También contó que ya para los diecisiete ella tenía tantos abortos mal realizados que no servía para nada su útero (David no dijo "útero", seamos claros). Y al parecer, ahí, con los rastros mal extirpados y el pasado marcado en su cuerpo, en ese momento, pasada de cocaína ya por entonces, a Andrea se le ocurrió la, por decir, maravillosa idea de robar un nene de una villa miseria cercana a su zona de trabajo. "Al voleo", dijo él que le dijo ella una vez después de haberse encamado por treinta pesos con el gordo Francisco, un viejo amargado y arrugado que vivía en la habitación del fondo de la pensión y que vendía encendedores, corta uñas y pomadas en la peatonal San Martín.

De dónde lo sacó, de qué rancho y de qué manera lo hizo el robo aquella vez, no lo sé y creo que David nunca lo supo tampoco. Pero, siendo sincero dentro de las posibilidades, no es tan rebuscado pensar que todo lo anterior fue una gran mentira y que David no se llamaba David, que se llamaba Carlos o Joel y que fue hijo de vaya a saber quién y dónde y cuándo. El mundo es injusto visto desde acá y poco importa el motivo y los detalles de su llegada al mundo ya que, de igual manera, ahí estaba él la noche en que lo conocí, en las inmediaciones del Parque Independencia, a una hora incierta de la madrugada de un miércoles, con las herramientas necesarias para sobrevivir en este relato apurado por las consecuencias. Lo de las consecuencias es sólo una manera de decir, un hablar para hablar de la posibilidad de pensar que él, digamos, no haya sido quién fue. Pero el mundo es injusto desde acá, recordemos esto.

Puta como era, la madre de David, que lo robó de una villa miseria a los diecisiete años ella y tres él, no sabía hacer otra cosa que ser puta. Había llegado de un pueblo en el medio de la nada del Chaco. Eso dijo él también esa noche y dijo que el pueblo se llamaba Warlen (o Uarlen, o Guarlen). No encontré ése pueblo en ningún mapa del Chaco y si lo encontré, me hice el estúpido. Para qué. Si había mentido, David lo había hecho bien. Si su madre le había mentido, hoy da igual para él. La madre de David le había dicho no tener, en Warlen, más que un padre borracho y una madre a la que, dijo, de tantos golpes que le dio el marido en pedo, ella, la madre, de su madre, no sabía cómo él, David, tenía una oreja partida en dos. "Joya, ¿te imaginás?", dijo David esa noche en las inmediaciones del Parque, adonde iba con la doble finalidad de vender cocaína y ofrecer su miembro viril por quince pesos la felatio. Lo viril es una discusión sin sentido.

A leer y a escribir aprendió sólo. De casualidad, digamos. Eso dijo y no sé por qué tanto hincapié aquella noche en la educación recibida. Un pequeño llamado de atención, algo parecido a una intención, pienso ahora. No se acordó cómo ni quién en la pensión le tiró lo básico y ahí empezó a leer. A escribir después, parece. Leía todo lo que tenía a mano. Diarios, revistas viejas, prospectos, recetas, boletas, impuestos, documentos, hasta libros de guerra había en la pensión. A la escuela no fue nunca y a su madre jamás se le ocurrió esa idea. Ella trabajaba a una cuadra de la pensión, en la esquina de Mitre y San Juan. Ahí se paraba de la mañana a la noche, y de la noche a la mañana, con intervalos en los que volvía a la pensión para ver dónde andaba y qué estaba haciendo su hijo; darle de comer (sándwiches, siempre), tomar cocaína y volver a la esquina, a laburar de puta. Y así fueron todos los días. "Así, amigos y amigas fui haciendo y de todas las edades y colores, son gente que está", siguió hablando David esa madrugada de miércoles en el Parque. No era alto, pero tampoco era petiso. Morocho extremo y flaco de piernas engrosadas de tanto deambular por ahí, se llamaba David como dije, pero no pronunciaba la última d, cosa que le indexaba cierta gracia para ciertos clientes, o cierto malestar en la cultura para otros. Igual conseguía de los dos. De sus clientes hablo, los clientes que tenía David para drogas más o menos baratas y sexo rápido en las inmediaciones del Parque de la Independencia, cerca del Hipódromo y siempre después de las ocho de la noche. De día andaba en la Plaza Sarmiento, me dijo.

Los clientes de su vieja, más o menos dijo, fueron siempre los mismos. Ninguno de mucha plata, todo lo contrario más bien. Gente que juntaba y que a veces como no había plata para el hotel, Andrea los subía a la pensión y lo sacaba a David para el patio. Ahí quedaba David, enojado y furioso primero, furioso y enojado después. Fue por entonces cuando a David se le ocurrió lo de irse a la calle. Y una tarde se fue. Volvió a la noche tarde y la vio a ella que, trabajando en la esquina, estaba preocupada. Parecía estarlo. Pero desde que lo vio volver esa noche, desde la esquina esa vez, Andrea le hizo un okey y él siguió saliendo. "Muy raros sus okeys", dijo David casi con un gesto parecido a una sonrisa.

En la calle conoció de todo lo que se dice de todo. Ejemplos sobran y hasta incomodan si se los mira desde otro punto de vista. En ese Parque, esa madrugada de miércoles, transacción mediante, David me dijo que "lo de hijo de puta" se lo acordaba, más o menos, desde los cinco años. Desde entonces recordaba el sonido de su voz, la voz de ella, medio áspera, medio arrastrada diciéndole: "Sos un hijo de puta, acordate, sos un hijo de puta". Y eso le entró a David desde los cinco años. Cuando lo vi en el parque, David tenía quince y desde hacía dos años, más o menos, era algo así como un improvisado taxi boy, medio peligroso y de poca monta, repartidor de la merca de La July, una travesti muy gorda que lo mandaba a llevar a algunos de sus clientes bolsitas con merca de la buena. Andrea al parecer no tenía ningún problema con La July. Eso me dijo la primera vez que lo vi. La última vez que lo vi no fue en el Parque, sino en una fotografía del archivo de Policiales del diario donde trabajo. Tenía un cuchillo tipo Tramontina clavado en el medio del pecho. Esto fue la semana pasada y aún la policía busca a dos sospechosas: una mujer apodada "La chaqueña" y una travesti de nombre July (o Julia), ambas involucradas en el asesinato del menor NN fotografiado en la pensión de la calle San Juan.

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