PSICOLOGíA › LOS HIJOS COMO UN TERCERO INSOPORTABLE EN LA RELACIóN DE PAREJA

Los celos que destruyen todo

El sentimiento adquiere inusual protagonismo, una ampliación exagerada, en aquellos sujetos que tienen un vínculo pasional. Llegan a situaciones extremas, como puede verse en niños castigados, y hasta asesinados por sus propios padres.

 Por Domingo Caratozzolo*

En la entrada a la posmodernidad, a partir de los años 60, la perspectiva de la relación de pareja cambia de una manera notable. Ya no es sólo la muerte lo que separa a la pareja, ahora el vínculo se rompe cuando se termina el amor, cuando el deseo se extingue, cuando la pasión no se mantiene. Si bien la pasión y el deseo concomitante constituyen un excelente factor de unión de la pareja, tiene el inconveniente de la transitoriedad, pues el deseo es inconstante, caprichoso, volátil, y proclive a cambiar de objeto.

También podemos aducir que el enamoramiento y la pasión consiguiente tienen mucha fuerza, pues implican un reencuentro con el objeto primario, como dice Freud, un reencuentro con el yo ideal forjado en los primeros tiempos del maternaje. Este reencuentro aspira a la fusión con el otro, que aspira a desalojar toda alteridad, toda otroridad.

Se vive así una suerte de completud imaginaria que se mantiene a través de la exclusión de terceros. La aparición del tercero, así como ocurrió en el momento en que el padre separa a la madre y al hijo de esa unidad fantaseada, provoca celos.

La persona celosa desea que el rival desaparezca, pues el abandono de cualquier objeto de amor puede provocar un intenso sufrimiento, pero, en la relación pasional esta pérdida tiene un significado adicional, pues si el objeto que abandona es identificado con el objeto primario, hunde al sujeto en la desesperación de una pérdida irreparable, ya que el objeto primario es único, esencial para la vida, no es un objeto del deseo, es un objeto de la necesidad. Y si el adversario representa el rival edípico, aquél con quien se competía por el amor de la madre, las cualidades que se le adjudican serán relevantes. La sobrevaloración del rival es propia de la investidura parental.

Todos tenemos reacciones de celos, todos queremos ser atendidos y escuchados y nos molesta la exclusión. Pero estos sentimientos, comunes a todas las personas, adquieren un inusual protagonismo, una ampliación exagerada en aquellos sujetos que tienen un vínculo pasional, pues pueden llegar a situaciones de extrema violencia de las cuales nos dan testimonio a diario las crónicas policiales.

Si la inclusión de un tercero es fuente de trastornos en la pareja, lo paradigmático lo constituye un acontecimiento excepcional que requiere un máximo esfuerzo de integración y adaptación: el nacimiento de un hijo. En el mejor de los casos, los componentes de la pareja pueden gozar de este producto de la unión y el afecto. Pero cuando los celos y la posesividad no permiten la aceptación de la terceridad el hijo provocará conflictos de difícil solución. Si estos conflictos surgen con mucha frecuencia en parejas que no tienen una patología especial, las parejas pasionales los tendrán magnificados y será difícil que los puedan sortear con éxito.

Es así que el hijo puede convertirse en depositario del odio y víctima directa de actos agresivos de los padres. Si la inclusión del tercero es intolerable y la agresión no puede ser contenida, nos enteramos a través de la crónica policial del maltrato a que son sometidos bebés y niños, de un sadismo tal, que si no estuvieran registrados, no podríamos imaginarlos. Los celos y la agresión que despiertan en sus padres, reflejan, en estos hechos paradigmáticos, las consecuencias últimas de los vínculos pasionales.

Cuando una relación de pareja se funda en el deseo de restablecer la diada madre﷓hijo, cuando aspira a esa completud imaginaria, que no admite la otroridad, que pretende la fusión, el hijo aparece como un elemento desestabilizador. Si los celos y la posesividad no permiten una aceptación de la nueva situación, el hijo puede convertirse en víctima de maltratos psicológicos y/o físicos y en casos extremos ser asesinados.

En la entrada a la posmodernidad, a partir de los años 60, la perspectiva de la relación de pareja cambia de una manera notable. Ya no es sólo la muerte lo que separa a la pareja, ahora el vínculo se rompe cuando se termina el amor, cuando el deseo se extingue, cuando la pasión no se mantiene. Si bien la pasión y el deseo concomitante constituyen un excelente factor de unión de la pareja, tiene el inconveniente de la transitoriedad, pues el deseo es inconstante, caprichoso, volátil, y proclive a cambiar de objeto. También podemos aducir que el enamoramiento y la pasión consiguiente tienen mucha fuerza, pues implican un reencuentro con el objeto primario, como dice Freud, un reencuentro con el yo ideal forjado en los primeros tiempos del maternaje. Este reencuentro aspira a la fusión con el otro, que aspira a desalojar toda alteridad, toda otroridad. Se vive así una suerte de completud imaginaria que se mantiene a través de la exclusión de terceros. La aparición del tercero, así como ocurrió en el momento en que el padre separa a la madre y al hijo de esa unidad fantaseada, provoca celos. La persona celosa desea que el rival desaparezca, pues el abandono de cualquier objeto de amor puede provocar un intenso sufrimiento, pero, en la relación pasional esta pérdida tiene un significado adicional, pues si el objeto que abandona es identificado con el objeto primario, hunde al sujeto en la desesperación de una pérdida irreparable, ya que el objeto primario es único, esencial para la vida, no es un objeto del deseo, es un objeto de la necesidad. Y si el adversario representa el rival edípico, aquél con quien se competía por el amor de la madre, las cualidades que se le adjudican serán relevantes. La sobrevaloración del rival es propia de la investidura parental. Todos tenemos reacciones de celos, todos queremos ser atendidos y escuchados y nos molesta la exclusión. Pero estos sentimientos, comunes a todas las personas, adquieren un inusual protagonismo, una ampliación exagerada en aquellos sujetos que tienen un vínculo pasional, pues pueden llegar a situaciones de extrema violencia de las cuales nos dan testimonio a diario las crónicas policiales. Si la inclusión de un tercero es fuente de trastornos en la pareja, lo paradigmático lo constituye un acontecimiento excepcional que requiere un máximo esfuerzo de integración y adaptación: el nacimiento de un hijo. En el mejor de los casos, los componentes de la pareja pueden gozar de este producto de la unión y el afecto. Pero cuando los celos y la posesividad no permiten la aceptación de la terceridad el hijo provocará conflictos de difícil solución. Si estos conflictos surgen con mucha frecuencia en parejas que no tienen una patología especial, las parejas pasionales los tendrán magnificados y será difícil que los puedan sortear con éxito. Es así que el hijo puede convertirse en depositario del odio y víctima directa de actos agresivos de los padres. Si la inclusión del tercero es intolerable y la agresión no puede ser contenida, nos enteramos a través de la crónica policial del maltrato a que son sometidos bebés y niños, de un sadismo tal, que si no estuvieran registrados, no podríamos imaginarlos. Los celos y la agresión que despiertan en sus padres, reflejan, en estos hechos paradigmáticos, las consecuencias últimas de los vínculos pasionales. Cuando una relación de pareja se funda en el deseo de restablecer la diada madre-hijo, cuando aspira a esa completud imaginaria, que no admite la otroridad, que pretende la fusión, el hijo aparece como un elemento desestabilizador. Si los celos y la posesividad no permiten una aceptación de la nueva situación, el hijo puede convertirse en víctima de maltratos psicológicos y/o físicos y en casos extremos ser asesinados. *Psicoanalista. www.domingocaratozzolo.com.ar

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El nacimiento de un hijo irrumpe en una relación pasional como una intromisión inaceptable.
 
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