PSICOLOGíA › NUEVAS Y NO TAN NUEVAS FORMAS EN RELACIONES Y FAMILIA

Búsqueda amorosa hoy y siempre

El autor propone revisitar la "comedia moderna", a partir de los nuevos modos de hacer lazo en la época actual. Y también, un examen de las formulaciones de Lacan en La familia y de las de Miller en La angustia lacaniana.

 Por Romildo do Rêgo Barros*

Un poema famoso en Brasil, de Carlos Drummond de Andrade, sirve como introducción a la presentación de la comedia de los desencuentros amorosos. Esa comedia es revisitada en sus formas modernas, a partir de los nuevos modos de hacer lazo en la época actual. Un examen de las formulaciones de Lacan en La familia y de las de Miller en La angustia lacaniana permitirá reflexionar cómo los sexos logran encontrarse, o cómo las familias logran fundarse, en nuestros tiempos.

"Juan amaba a Teresa que amaba a Raimundo que amaba a María que amaba a Joaquín que amaba a Lili que no amaba a nadie. Juan se fue a los Estados Unidos, Teresa al convento, Raimundo murió de desastre, María se quedó vistiendo santos, Joaquín se suicidó y Lili se casó con J. Pinto Fernandes que no había entrado en la historia."

Este poema de Drummond de Andrade, se llama Cuadrilla y fue escrito en 1930. Está dividido en dos partes bien diferentes: la primera trata sobre la búsqueda amorosa como un movimiento de cuadrilla en el cual los pares se suceden, no exactamente al ritmo de la elección de cada bailarín, pero sí de la cadencia musical que hace y deshace los pares, para rehacerlos más adelante, en una cadena continua que sólo se interrumpe cuando surge Lili, que no amaba a nadie.

En la segunda parte del poema, los pares están deshechos, cada personaje tomó un camino, y en lugar de los giros de la cuadrilla surgen las diferentes figuras del destino, donde la historia finalmente se cumple, en ruptura con el deslizamiento de los objetos de amor: "Juan se fue a los Estados Unidos, Teresa al convento, Raimundo murió de desastre, María se quedó vistiendo santos, Joaquín se suicidó y Lili" -no por casualidad la única que no amaba a nadie- "se casó con J. Pinto Fernandes que no había entrado en la historia".

En 1938, más o menos en la misma época del poema, Lacan llamaba la atención, en su texto sobre la familia, sobre una característica de la familia humana, además de evidentemente no creer que se trata de un dato de la naturaleza: "el padre, la madre y los hijos son los mismos de la familia biológica". O sea, aquél que es llamado padre es el mismo que engendró, aquélla que se llama madre es la misma que parió, y quien se anuncia como hijo es el producto natural del encuentro de los dos. Habrá habido un tiempo, tal vez, en que los semblantes sociales recubrían con alguna eficacia la función biológica, a tal punto que se podía creer que no existían semblantes en la naturaleza. Se realizaba de cierta forma la idea de Emile Durkheim, que concebía la sociedad como un cuerpo con sus funciones particulares, más o menos en el mismo sentido de la definición de la familia como la célula-mater de la sociedad propuesta por nuestro Ruy Barbosa, en un poema de humor, además, bastante depresivo.

Los tiempos cambiaron. Hoy, es posible -como me ocurrió esta semana- leer en una revista online de sociología lo siguiente (se trataba de una invitación para el envío de artículos sobre políticas de familia): "(...) las técnicas de reproducción asistida, particularmente por medio de la donación de gametas, llevan a diferenciar" -tal vez la idea sea más separar que diferenciar- "lazos de sangre y lazos de familia, padres biológicos y padres sociales. A partir de esas transformaciones, el niño, y no más la pareja, tiende a tornarse el elemento fundante de la familia".

Esta es la época en la cual Jacques-Alain Miller puede afirmar: "nadie más dice que es preciso un hombre y una mujer para hacer un niño. Se trata de un vestigio (survivance) de algo anterior a la entrada del científico como tercero en ese asunto". Con la entrada en escena de ese nuevo tercero, y la hegemonía del discurso de la ciencia, se rompieron algunos semblantes y surgieron nuevas realidades. Una de ellas puede ser lo que indica la conclusión de la frase que extraje de la revista de sociología: "el niño, y no más la pareja, tiende a tornarse el elemento fundante de la familia".

No es que el niño haya pasado a ocupar el lugar antes reservado al padre -esto es una banal fantasía sobre la etiología de la perversión- o que esté asumiendo en su totalidad la potencia narcisística de "su majestad el bebé". Lo que ocurre es un cambio en su estatuto de objeto: de objeto que falta en el deseo de los padres, capaz, por lo tanto, de articularse como síntoma, como "verdad de la pareja parental", siguiendo la conocida expresión de Lacan en su carta a Jenny Aubry, el niño pasa a ser objeto plus de goce de la satisfacción, en todo comparable al objeto del exceso consumista.

Se sabe hoy mejor que antes, sin duda, y en buena parte por causa del psicoanálisis, que los montajes imaginarios pueden ser bien precarios, cuando hay una disyunción de lo simbólico. Se entiende mejor, por ejemplo, que la transmisión simbólica pasa a lo largo de la reproducción biológica, del "viaje a través de la carne", expresión que Drummond usó cierta vez en un poema (Retrato de familia) para definir a la familia.

Todo esto implica, naturalmente, el derecho -cuya definición más simple se refiere a una distribución del goce- y a sus semblantes. Jacques-Alain Miller habla a este respecto del "derecho de gozar" como un correlato de las conquistas actuales de la ciencia, que "comportan en sí mismas un logro que torna mucho más insistente el llamado a un real, al real del goce, que no es semblante".

Creo que podemos distinguir dos sentidos para la expresión "derecho de gozar", que tienen a primera vista un fondo paradojal. Son sentidos que reflejan las características de dos épocas históricas diferentes, y que muestran también relaciones diversas entre los dos términos, derecho y goce.

El primer sentido se refiere al derecho al goce como parodia, tal como fue consagrado por el Marqués de Sade, en particular en el panfleto, digamos, "para-revolucionario", llamado Franceses, un esfuerzo más para ser republicanos. La reivindicación del goce para todos confina, en verdad, con el punto en que el universal se revela imposible: basta que un solo sujeto, momentáneamente en posición de víctima, no consienta con la estrategia de goce del libertino, para que toda la arquitectura sadiana se desmorone. El panfleto viene de una época en que nuevos significantes-amo llegaban al cénit, y el objeto se producía como el resto que marca el imposible del "para-todos". Es el esfuerzo -sobre todo literario, pero también político- del Marqués en dar la palabra al objeto que termina por delinear los límites de la república, tornando al mismo tiempo posible de leerse sin contradicciones insuperables la Crítica de la razón práctica, de Kant, cuya verdad, según Lacan, el panfleto representa como su suplemento.

Pero hay un segundo sentido y un segundo momento que debemos intentar entender, porque habla justamente respecto de nuestros tiempos. Aquí ya no se trata de la hegemonía del significante-amo, sino del objeto. Esto cambia la cuestión del derecho al goce.

Aquí tenemos una dificultad, una vez que la vigencia del derecho depende de una cierta consistencia de sus semblantes: idealmente, todo espacio tendería a estar en el ámbito jurídico. Ningún acto dejaría de tener una expresión legal, incluso si fuese, por ejemplo, no imputable. De la misma forma, cualquier sector de la sociedad o de la cultura tendería a encontrar expresión en algún semblante jurídico, que marca el límite más allá del cual el goce no sería más regulado. Sin embargo, en una época en que esos semblantes vacilan, el objeto ya no es un simple resto cuya exclusión da consistencia al universal, sino que, por el contrario, él mismo sirve de fundamento para algunos lazos sociales, como ocurre en las llamadas "comunidades de goce", muchas de las cuales ni se refieren ni hacen objeción, propiamente, a ningún principio jurídico universal.

La relación entre los semblantes y las parejas, sea cual fuere, es de estructura: no hay pareja sin semblantes. En el caso de la pareja sexual, el mismo término "pareja", que contiene la idea de parte, o de parcialización, los semblantes recubren la imposibilidad de que los integrantes de la pareja se completen. O sea, si la pareja es necesariamente un conjunto de partes, compone de alguna forma una unidad, y está en contradicción con la separación, que está implícita en el propio término sexo, o sexual.

*Fragmento de nota en "Consecuencias", Revista Digital de Psicoanálisis, Arte y Pensamiento.

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Una reflexionar sobre cómo los sexos aún logran encontrarse.
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