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 Por Mariana Miranda

Los primeros en reaccionar fueron los angelitos azules de la plaza desierta.

Como casi nunca habían sentido nada en toda su entera vida, al primer escozor en la espalda se asustaron, casi tanto como la primera vez que los truenos y relámpagos los tocaron con sus voces y luces en la primera tormenta brava del verano.

Pero luego se habituaron.

En la fuente vieja de la plaza vacía ya no les quedaba ningún otro remedio que adaptarse a las prerrogativas del Destino.

Y el primer escozor en la espalda lo sintieron casi tan extraño como si hubiera venido su escultor para mostrarles el pedazo de piedra original del que habían salido, hacía centenares de años atrás (porque eran ángeles antiguos, casi como la misma ciudad) en algún taller recóndito de alguna Europa desvencijada, allende los mares, cansada de aterirse hasta los tuétanos de tantas obras de arte valiosísimas de autores anónimos.

Y casi tan extraño como aquel trozo de piedra en bruto les resultó el escalofrío, primero en la nuca, luego en toda la columna vertebral, que se les deslizó lentamente, suavemente, desde el primer rulo hasta el coxis.

Pero el escalofrío no era sino el preludio de una importante puesta en escena de algún genial autor teatral, otra vez, como es natural, completamente anónimo.

Y como dicen que los genios permanecen en el recóndito olvido de lo inédito se les hizo difícil, muy difícil, cada vez más difícil, a los tiernos angelitos azules de la plaza vacía comprender algo, aunque fuera algo mínimo, de todo aquel escándalo.

Pero el escándalo prosiguió, a luz y a sombra, bajo las tinieblas de las noches y en los mediodías hartos de sudor en donde hasta las piedras reclamaban en un mínimo de consideración piadosa, algo de agua.

Y del escándalo estrepitoso sólo quedaron, como es menester, algunos fantasmas convertidos en recuerdos, cansados de deshilacharse en filamentos de olvidos por las callejas desiertas y polvorientas, reclamando por las presencias antiquísimas de los antiguos ángeles, minusválidos y marchitos, ateridos de frío y/o de calor, según las inclemencias climáticas correspondientes, desde su pétrea existencia atornillada a la fuente de la plaza vacía de transeúntes y paseanderos, de perros y de gatos, hasta de pájaros, que con cocinarse al sol en la plaza ya no querían saber más nada, y, por lo tanto, se contentaban con airearse desde la cima de algún modesto pinito, de aquellos que había por el campo de Torres, lejos de la ciudad.

Y el escándalo fue, precisamente, que en el mediodía harto de sol, sintieron los angelitos tiernos los primeros escozores de algo inédito y desconocido completamente para ellos, algo así como un escalofrío ¿viste?, algo de lo que no tenían ni la más mínima puta idea de lo que podía llegar a ser, y lo sintieron tan bien, y lo sintieron tan dulce y tierno que un ligero goce les erizó la piel completa en toda su más cabal existencia, y ahí sintieron los angelitos que no todo era piedra, ni cemento ni roca, ni mármol frío y azul, sino que también existía una nueva dimensión desconocida para ellos, ajena a su historia olvidada y enterrada en la fuente de la plaza vieja, una dimensión que olía, sentía, palpaba, tocaba y reía, desde su más completa carcajada, el aliento finísimo de los dioses del Olimpo que en otra más de sus ya incontables excursiones terrestres, volvían a aparecérseles para soplarles en las caras sus más finísimas mieles.

La reacción fue gozosa, casi mística diría: un sabor a néctares profanos encendió la columna vertebral de los ángeles (su columna vertebral entera, claro está) y junto a ella sus musculitos de piedra también se prendieron fuego y hete aquí que en un escozor tan erótico como incontenible, los angelitos azules de la plaza empezaron a emprender, vehementemente, sus primeros y torpes movimientos en el Planeta Tierra, porque, claro está, nosotros sabíamos que ellos habían sabido nadar ágilmente en las aguas diáfanas de la Atlántida misma, pero, por los diversos avatares del Cosmos y el "Dios mediante" clásico, habían terminado por estacionarse en la fuente de nuestra plaza vacía.

Claro que nuestro asombro fue más lejos, no sólo cuando nos enteramos de que los angelitos de la plaza habían partido gateando por las callejas candentes del sol, ensuciándose hasta los últimos mármoles de tierra caliente y polvorienta, sino que, cuando en el noticiero de la noche, la señora rubia que se sonríe como si los muertos que anunciaran fueran una buena marca de dentífrico para tener la dentadura más blanca brillante y hermosa del mundo, no, no menciona ninguna marca la damisela todavía, anunció, entre risueña y decepcionada, que las dos grandes esculturas de mármol, apodadas "los gigantes" que hacían guardia puntualmente de 0 a 24 frente al Museo de Arte de la ciudad habían desaparecido misteriosamente ayer a la madrugada, sin que ningún vecino del parque fuera capaz de dar algún testimonio valedero y cierto acerca de los posibles terroristas turcos que se habían llevado sus partes desarmadas y la única información que habían logrado recabar especificaba que sólo un croto había dicho haber visto "a los dos gigantes gateando entre los semáforos, aplastando el césped de los canteros y las rayas blancas de la Pellegrini rumbo al Monumento a la Bandera" pero claro que ya casi creía lo que decía el croto porque ya para la madrugada se había emborrachado tanto que el Universo entero se le movía.

Pero, a pesar de esto, tampoco creyeron en la fidedigna palabra del médico forense Felisberto Hernández, quien tenía sobradas pruebas (las cuales expuso fielmente frente a las cámaras del noticiero nocturno) de que efectivamente los gigantes de piedra se habían ido de su lugar habitual gateando (o por lo menos arrastrándose) teniendo en cuenta el grado de hundimiento del piso y los graves destrozos que habían provocado en canteros, veredas y alumbrado público. Pero esto no era, sin lugar a dudas, lo peor, lo peor era, justamente, que dadas algunas características específicas del laguito de enfrente y del jardín japonés, los gigantes no sólo destruyeron las jaulas y los rosales dejando escapar todos los pájaros, sino que encima habían tenido la grave osadía de llevarse a la fuerza a la grácil y lánguida figurilla de la señorita Blanca que descansaba sus curvas descaradamente a la vista de toda la ciudad, en la rotonda de la Gran Avenida y frente a la cantidad de curiosos que quisieran observarla. Y vaya a saber Dios qué es lo que habían hecho estos pervertidos con la señorita Blanca, ella que es tan casta y erógena a la vez, aunque corría entre las voces populares el rumor de que era perfectamente usual que los gigantes cruzaran la avenida --de a uno, por supuesto-- para amarla hasta el hartazgo y extasiarse en sus ardores vaginales para volver luego a su sitio --como si nada-- y seguir estáticos en su posición y así sucesivamente (aunque afirman los vecinos que esto sucedía solamente en las fiestas y los feriados, ya que los gigantes eran muy celosos guardadores de su tarea de cuidar fielmente el portal del Museo de Arte de la Ciudad).

Y por más que vinieron peritos arquitectos e ingenieros notabilísimos, ninguno lograba llegar a sonsacar una conclusión coherente racional y creíble de lo acontecido, ya que los únicos hechos en realidad eran que las estatuas habían desaparecido y que todo alrededor de sus pedestales estaba destrozado, tal cual si ellas se hubieran ido arrastrando a lo largo de todo el Parque y por la Gran Avenida rumbo al Monumento a la Bandera, pero sin embargo, como era casi imposible que un ingeniero y un arquitecto se pusieran de acuerdo, surgieron muchas versiones contradictorias acerca de la inexistencia de la materia y la vida íntima de los monumentos municipales, versiones cuya extensión sería imposible detallar aquí para una comprensión más fidedigna de parte de nuestros señores lectores.

Pero nuestro asombro más claro se produjo cuando el domingo, mientras entrábamos a la misa, nos dimos cuenta de que no sólo las iglesias (en general) presentaban graves hundimientos en los pisos y destrozos varios sino que cuando fuimos a rezarle al Cristo de la Cruz y a la Virgencita María del altar de la derecha nos encontramos con que ya no estaban, ni ellos ni el San José ni el San Juan Bautista ni el Santo de las Pelotas y entonces nos dimos cuenta de que cuando el cura decía la misa no estaba tomado como solía suceder de habitual en la mayoría de los domingos sino que realmente lo que él declamaba acérrimamente desde el púlpito (al menos esta vez) era la más pura y fidedigna de todas las verdades: a las estatuas de la Iglesia también les había agarrado el escozor erótico de la vida por la espalda (empezando por las vértebras del cuello y culminando en las del coxis) y en un escándalo estrepitoso de yesos, mármoles, rocas y maderas ambulantes habíanse arrastrado (gateando, como parecía ser justamente su medio de locomoción predilecta, por lo menos en esta arcaica etapa de su infancia inaugurada) desde donde estaban guardando la Casa de Dios y la Fe Católica para abrir entre todos la inmensa puerta de quebracho y hierro y salir en estampida calamitosa y arrolladora hacia el Monumento a la Bandera, lugar en donde parecían haberse dado cita ya todas las estatuas de nuestras plazas públicas, parques y edificios.

Pero como no nos terminábamos de resignar a creer en semejante locura, fue necesario que viéramos con nuestros mismos ojos espantados la procesión interminable de santos, santitas, santotes y las imágenes religiosas de los ritos más diversos y extraños, además de las estatuas de todos los enanos y las Venus (alguna Blancanieves de vez en cuando) que habitaban en nuestros jardines y plazas domingueras que parecían (obviamente) haberse puesto de acuerdo para cobrar vida todos a un mismo tiempo y concentrarse (o al menos eso creíamos) en el Monumento más grande de nuestra ciudad.

Lloraban a moco suelto los turcos y gitanas de las santerías y yeserías: toda su mercadería almacenada en una larga vida de trabajo empecinado y guardada cuidadosamente del más mínimo roce, de la más mínima resquebrajadura, andaba suelta por la calle como Pancho por su casa, arrastrando las manos y las rodillas salvajemente por todos los adoquines y el asfalto de la ciudad, abandonando descaradamente sus respectivos hogares maternos y/o paternos sin ninguna (aparentemente) esperanza de volver y llenándose de moretones, mataduras, resquebrajaduras y raspones de pintura por todas las partes de su anatomía mineral.

Sin embargo, ellas rodaban felices, gateando y laleando como criaturas, es más, las escuchábamos entonar algo así como el "arroz-con-leche-me-quiero-casar" mientras rumbeaban decididamente y sin ningún tipo de titubeos hacia su lugar de encuentro, lugar al que váyase a saber cuál registro mnémico grabado a fuego en su debutante memoria las comandaba ineludiblemente a acudir.

Con asombro y admiración descubrimos que ellas no iban (como todos creíamos, incluídos el Intendente, el Jefe de Policía, el Comandante de la Gendarmería) al Monumento a la Bandera, ya que en él se había montado un operativo rastrillo imposible de eludir, mucho más para un ejército de estatuas gigantes, sino que su verdadero objetivo era llegar hasta donde estaba el puerto y con él llegar al río. Claro que, cuando empezaron a zambullirse en las profundas aguas marrones, nosotros, los que habíamos seguido con entusiasmo atroz su loca carrera apasionada a través de toda la anatomía de la ciudad convulsionada por las sirenas de la policía y los bomberos y ambulancias y las alarmas antirrobo de los negocios más paquetes del Paseo del Siglo, nosotros que las habíamos seguido hasta allí empeñando en ello nuestra propia vida, ya que tuvimos que arriesgarnos a los tiros entrecruzados de policías y gendarmes que se empeñaban en tratar de detenerlas a toda costa, nosotros que habíamos avanzado (también) cuerpo a tierra entre balazos y ametralladoras que nos taladraban los oídos, nosotros, que habíamos sido capaces de hacer por ellas semejante sacrificio, nosotros que nos fuimos acercando mientras ellas estaban allí, risueñas y caóticas, plenas de vida y de erotismo en sus antiguas esculturas pétreas, esta vez omnívoras de los sentimientos y sensaciones más disímiles, nosotros nos sentimos los seres más estafados del mundo cuando las vimos llegar hasta el puerto y desde allí, desde los muelles desiertos, iniciar zambullidas feroces y acrobáticas, zambullidas audaces que delataban que, desde un principio y aún desde su llegada a la Tierra, ellas eran seres acuáticos (aún las de yeso, sólo que por un determinado estado anímico eran capaces de no deshacerse en las profundidades acuáticas), seres vivaces y longilíneos que sabían desplazarse bajo las aguas quietas y no cristalinas de un Paraná magnánimo y dulce que las recibía, otra vez, bajo el fiel cometido de ser su guardador empedernido y su más ardiente defensor hasta que ellas, otra vez, atolondradas por tantas corrientes disímiles y tantos brazos enredados entre las islas del delta, fueran capaces de encontrar, entre tanto tumulto de aguas, otra vez, su camino de regreso hacia la Atlántida, continente del cual, sin lugar a dudas jamás hubieran debido salir.

Y nos quedamos ahí, hartos de tantas esperanzas desperdiciadas inútilmente en objetivos sin causa, y desde allí, atolondrados hasta en lo mas profundo de nuestra humanidad pensante, empezamos a volver, después de haber visto zambullirse de bombita al último de los enanitos del jardín que quedaban sobre el muele, ya desierto de imágenes minerales, con la más íntima y grande de todas las resignaciones: la de sabernos convencidos hasta las raíces de nuestros propios tuétanos, que nunca más, en nuestra gran ciudad, alguna vez, iba a haber estatuas. [email protected]

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