LECTURAS

El idiota

 Por Javier E. Núñez*

Lo cierto es que la primera vez que lo vimos no lo notamos. Que era idiota, quiero decir. Alguna vez Clara explicó que se trataba de una enfermedad congénita de nombre largo y complejo. Supongo que si un día decide escribir todo esto se puede tomar el trabajo de buscarlo. Pero déjeme decirle una cosa: no es una buena historia. No es algo que a muchos les gustaría leer.

Clara, el bebe y yo acabábamos de mudarnos. Era una casa vieja, a tres cuadras de la ruta. Tenía un terreno enorme y bien cuidado que había enloquecido a mi mujer, y una piecita que nos venía al pelo para el taller. Por detrás de la casa pasaba el río. -No suena increíble? A la mañana, cuando abríamos las ventanas para dejar que el sol invadiera el dormitorio, lo primero que veíamos era el río: amplio, salvaje, con los sauces de la ribera opuesta inclinándose para acariciarlo.

Patricio vivía enfrente. El idiota, claro. Recuerde que esta historia es sobre él: sobre Clara, el bebe, la casa, los sueños. Pero, fundamentalmente, sobre él. Vivía con la madre, una viuda de aspecto cansado que parecía haberse resignado a la irremediable imbecilidad de su hijo. Lo dejaba vagar toda la tarde y hasta bien entrada la noche, quizás con la inconfesable ilusión de que un día el río le ahorrara tanto esfuerzo. Era común verlo asomado por encima de la ligustrina que cercaba la casa, o espiándonos desde lo alto de algún árbol cercano como si fuéramos una especie de fenómeno de circo. Lo hacía con total descaro, hasta que yo le gritaba algo y entonces se alejaba a todo correr.

-No seas cruel -me reprochaba Clara-. No se da cuenta.

Y a mi me dolía este reproche por lo que callaba, por esa secreta alusión al problema del bebé y al resentimiento que me embargaba cuando sentía en la mirada de la gente algo parecido a la curiosidad y a la pena.

Espero que no le moleste si me guardo los detalles: el des﷓concierto inicial, las consultas al médico, los análisis. Y el dolor. El dolor cuando nos confirmaron que era irreversible, que la enfermedad de Clara durante el embarazo había afectado al bebe y que poco a poco iba a perder por completo la visión. Y ese preguntarle a Dios por que a nosotros.

Nos fuimos acostumbrando a la presencia del idiota. Clara incluso propicio un acercamiento: a veces lo saludaba con la mano, o le ofrecía una sonrisa silenciosa. Cierta tarde empezaron a conversar, seguro a instancias de ella. Cuando salí -Clara estaba sentada en el jardín, meciendo el cochecito donde dormía el bebe- el idiota se callo de golpe, como turbado. Clara le dijo que no tuviera miedo, y se volvió hacia mí con una mueca para exigirme que lo tratara con decencia.

-Hola -saludé.

El idiota se asomó a medias por encima de la ligustrina. Sus ojos saltones me observaban con fijeza, mientras un hilito de baba le chorreaba por el mentón. Por un instante se quedó así, sin decir nada. Después echo a correr.

-Lo asustas.

-Dejate de joder, Clara. Fui amable.

A pesar de ese recelo, el idiota siguió viniendo. Aprovechaba, sobre todo, las horas que yo pasaba encerrado en el taller. Desde el nacimiento del bebe había perdido la ayuda de Clara ﷓antes trabajaba codo a codo conmigo﷓ y, entre la mudanza y los problemas que siguieron al parto, se nos había acumulado un montón de laburo. Pasaba más tiempo entre las muñecas que con mi familia.

Se que le parecerá raro, pero le sorprendería saber cuanto trabajo puede tener un artesano respetado. El oficio se remonta a cuatro generaciones en mi familia: eso es toda una tradición, no le parece? Recibíamos encargos de todas partes. No sólo de Buenos Aires y el resto del país, sino de España, Portugal, Italia. Nuestro apellido, por años, fue marca registrada en la fabricación y restauración de muñecas artesanales.

A Clara le jodía que pasara tanto tiempo ahí adentro. Más de una vez me lo dijo. Y, aunque evito mencionarlo, también se que ella creía que me estaba escapando. Que detrás de mi obstinada dedicación había un silencioso rechazo hacia ella y el bebe. Supongo que esto contribuyó para que Clara le abriera las puertas al idiota. A veces, cuando yo salía del taller para buscar algo o tomar agua, los veía conversando en el jardín: ella con un libro o un tejido en las manos, y el idiota del otro lado de los arbustos.

Un día lo invitó a pasar. No se como lo convenció, porque el idiota no había dejado de temerme, pero una tarde lo encontré sentado en el pasto, observando maravillado como Clara amamantaba al bebe.

Esa noche le mencione el asunto, algo fastidiado. A Clara no le cayó muy bien.

-No entiendo como te puede molestar lo que pase en el jardín -contestó-, si te pasás todo el día encerrado.

A partir de entonces, el idiota se instaló en mi casa. No pasaba un día sin verlo en el jardín, conversando con su tosco balbuceo, contemplando en silencio cómo mi mujer tejía o arrullaba al bebé, o corriendo mariposas hasta el borde de la barranca. Y si en un principio parecía haberse limitado a ese pequeño espacio que le habíamos otorgado -Clara al invitarlo; yo al callar-, con los días la frontera empezó a difuminarse y pasó a moverse sin restricciones por la casa.

Una tarde, mientras me ocupaba de una muñeca que acababa de recibir, noté su presencia, o más bien la intuí. Podía oír su respiración acompasada, cerca de la puerta que estaba a mi espalda. Me pregunté cuánto tiempo llevaría ahí.

-¿Por qué le cambias los ojos? -dijo.

Aunque tenía ganas de exigirle que se fuera, me contuve. Supongo que pensé en Clara, en su vehemente defensa del idiota y en la discusión absurda en que terminaríamos envueltos.

-Porque los otros estaban rotos -contesté sin volverme, con la esperanza de que ese gesto pusiera fin a la conversación. Pero, en lugar de marcharse, el idiota entró al taller y se paró a mi lado, como queriendo seguir mis movimientos.

-Correte de la luz -dije.

Se movió apenas, hasta encontrar otra ubicación.

-¿Ya no servían? -preguntó, estirando la mano para tocar un ojo de vidrio que había sobre la mesa de trabajo. Su codo rozó un frasco de barniz y lo volcó. Debo haberle gritado mientras lo recogía, porque el idiota se echó atrás y se tapó la cara con los antebrazos, como preparándose para una golpiza.

-Andate -le dije, más calmado. -Estoy ocupado.

Pero no se movió. Se quedó ahí, con la cara oculta detrás de los brazos. Cuando di un paso hacia él, sin saber muy bien qué hacer, Clara apareció en la puerta.

-Patricio -dijo, y en su tono se percibió cierta alarma -¿qué haces acá?

El idiota pasó corriendo a mi lado y se refugió tras su espalda. Clara, sin decir una palabra, cerró la puerta y se fue.

Esa noche volvimos a discutir. Le dije que era intolerable que el idiota se moviera por la casa como si fuera su feudo; y lo único que supo responderme fue que no lo llamara así. Que no le dijera idiota.

Ese momento de tensión no bastó para alejarlo de mi taller. A veces lo veía asomado a la ventana, espiándome. Pegaba la nariz al vidrio, empañándolo con su respiración, y seguía con una extraña fascinación cada uno de mis actos. No podía decirle nada a Clara porque sólo lograba iniciar otra pelea, y las discusiones que empezaban con el idiota terminaban siempre en acusaciones mutuas sobre nuestro hijo: ella me echaba en cara que no podía asumir la enfermedad del bebé; y yo le decía alguna barbaridad de la que siempre terminaba arrepentido.

No había que ser muy perspicaz para notar que todo se desmoronaba a mi alrededor. Desde que habíamos llegado a la casa, las cosas no hacían más que empeorar. Pero nada me podría haber preparado para lo que iba a suceder.

Una tarde, mientras estaba en el taller, miré por la ventana y vi que caía agua del alero. Se trataba del tanque: otra vez habíamos dejado abierta la llave de paso y volvía a rebalsar. Me asomé y le grité a Clara, pero no me escuchó. Salí apresurado y dejé la puerta abierta.

No recuerdo qué me entretuvo cuando cerré la llave. Una de esas cosas fugaces cuya contemplación suele despertar un instante de tregua con el mundo: el discurrir del río, el temblor de las hojas en los árboles, la geometría de las nubes en el horizonte. Alguna cosa insignificante que ya no logro recordar. Cuando regresé, Clara salía del baño. Le pregunté por el bebé.

-Está afuera, en el coche -contestó-. Recién se duerme.

Dije que terminaba de guardar unas cosas y me iba a tomar unos mates con ella. Después, mientras se alejaba por el pasillo, entré al taller.

Un rápido vistazo bastó para inquietarme. Me acerqué a la mesa y comprobé que alguien había estado hurgando en mis cosas. La tapa apenas abierta de una caja marrón lo confirmaba.

Entonces se oyó el grito de Clara. Salí por el pasillo y llegué al jardín a la carrera. Arrodillada en el piso y aferrada al coche del bebé, Clara chillaba algo incomprensible mientras todo su cuerpo se sacudía con el espasmo del llanto. A su lado, agarrándose la cabeza, el idiota repetía una explicación inútil.

Y sabiendo lo que estaba a punto de ver me asomé al coche. Dos ojos de vidrio estaban hundidos en las cuencas del bebé.

-Quería que viera -repetía el idiota-. Quería que viera.

**El autor nació en Rosario en 1976. Cuentos suyos fueron galardonados en el Primer Concurso Nacional de Cuentos "Eduardo Gudino Kieffer", Buenos Aires, 2003, en el IV Concurso de Cuento "Encuentro de Dos Mundos", Paris, Francia, 2004, y en el Concurso literario para escritores rosarinos, Rosario, 2005.

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