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Viernes, 20 de junio de 2008

TAPA

A imagen y semejanza

¿Qué pasa cuando una niña o joven travesti se reconoce en esa identidad aun cuando el espejo no lo refleje todavía acabadamente? En general, buscan a una par, a veces mayor, para beber de sus saberes y sus mañas en el tránsito hacia lo que quieren ser. Pero esta relación se torna jerárquica cuando el ámbito en que se desarrolla es la prostitución y muchas veces reproduce las mismas violencias que impone la calle en estas condiciones. Por eso el madrinazgo está cuestionado desde el activismo aunque subsiste en la vida cotidiana, como en la historia de Carolina y Marina, separadas por unos pocos años pero también por la experiencia.

 Por Ivana Romero

1 No es justo que él se haya ido, no es justo. Claro que por las noches, cuando ella deja de trabajar, él vuelve y se sigue metiendo en su cama mientras le asegura “siempre serás mi mujer”. ¿Por qué la dejó, eh? ¿Porque le agarró culpa de tener su familia en otra provincia y enamorarse de una travesti acá? ¿Porque llegó el invierno y con este frío ella no puede usar lencería de tulcitos y estrellas, rosada, mínima, transparente, esa lencería con la que lo esperaba en las noches tibias hecha una reina de juguetería, pintadita, mi amor, mi muñequita, después de quitarse el sudor de otros chongos que piden, piden a gritos, tan machos, tan entregados y asquerosos? No es justo que me deje sola, ahora que estoy por cumplir los 22, dice Carolina. Y se aferra a la colcha de raso carmín que cubre su cama de dos plazas. Y mira el techo de chapa que deja pasar el frío inclemente. Y acepta el abrazo de Marina, que la besa y la consuela y le dice: “Ya está bien, puto, vamos a tomar unos mates”.

2 Marina dice puto como una manera de quitarle drama a esas escenas que arma Carolina cada vez que se enamora y se desenamora. Para Carolina no hay nada más importante que el amor. Eso fue lo primero que le dijo a un trémulo varoncito de 16 años que golpeó la puerta de su casa en 2006, con flequillo rolinga y el elástico delator de una tanga breve asomada bajo los pantalones amplios de siré. Apenas abierta la puerta, él había balbuceado que no sabía bien lo que quería, pero que no se sentía bien dentro del cuerpo que le había tocado, que no quería estar más en su casa, que andaba vagando, que tenía hambre. Entonces, lo segundo que le dijo Carolina es que ella sabía exactamente lo que necesitaba. Se lo llevó a cenar una porción de tarta de jamón y queso a uno de esos cuchitriles cerca de la estación de tren y le explicó que lo que le faltaba era un nombre distinto, y una apariencia adecuada. Después de eso Carolina –asegura– lo adoptó “como una hija”. Un tiempo después, el varoncito tuvo unas tetitas incipientes hechas de hormonas inyectables y un nombre nuevo. Comenzó a llamarse Marina.

3 “Yo soy su madrina de calle, y todo lo que ella tiene, sus gestos, su manera de ser, me los debe a mí”, afirma Carolina, que nació en Tucumán pero que a los 8 años se mudó a provincia de Buenos Aires con su madre, una paraguaya que se llama Digna, y con algunos de sus once hermanos. Hasta ahora vive con ellos.

Luego empezó una historia que, con matices, se repite cuando las travestis recuerdan su transformación. A una hermana mayor le robaba las minis y los tacos. A Digna, el maquillaje. Todo a escondidas, claro. Una maestra de la primaria puso el grito en el cielo cuando ella, todavía varón, bailaba “La ola está de fiesta” y hacía de Flavia Palmiero con sus amiguitas. Entonces vino el turno de llevarla al psicólogo, y finalmente la madre la sacó de la escuela. Carolina se compró ropa femenina y se fue a la ruta porque de algo tenía que vivir y su madre, que limpia casas y negocios, no llegaba a mantener a toda la familia. Además, para ella “o sos puta o sos nada, porque es difícil trabajar en otra cosa”. Así comenzó a prostituirse a los 15 años. El problema con las historias que se repiten es que entonces no se escuchan ni se hacen visibles. Simplemente se acumulan como esas bombachas rosas que te regalan para fin de año parientes sin inventiva. Allí quedan, al fondo del cajón.

Carolina se armó una pieza en la parte trasera de la casa materna, con chapas y maderas, donde la visita el tipo que ahora la hace sufrir cada vez que la deja. También anexó otra habitación, para que ahí viviera Romina, otra “hija” que ahora tiene 20 años y se mudó con su novio. Marina se instaló ahí cuando Carolina comenzó a “criarla”. Este año, sin embargo, Marina volvió al hogar materno. Pero la cosa no anduvo, y todavía vuelve a la habitación de chapa, bajo el ala de su “madrina”. Su madre biológica, Roxana, tiene 47 años y vende repasadores en la puerta de un supermercado en el centro de Buenos Aires. Reconoce que se le complica aceptar la nueva condición de su hija. Que, cuando era varón, Marina la acompañaba a vender y arrimaba unos pesos para mantener a sus cinco hermanas menores, al marido de Roxana, y a su abuela. La madre dice que Marina (a quien sigue llamando por su nombre masculino) siempre fue muy avispada para conseguir dinero y arreglarse sola. Según ella, las cosas a Marina le van mejor “haciendo su vida”. Además, dice, su casa está quedando demasiado chica para tanto pariente.

4 “A mí siempre me gustó cuidar a otros. Primero cuidé a Romina. Nos conocimos porque trabajábamos en la misma parada. Marina y yo vivimos en dos barrios separados por una avenida. Una vecina le dijo que yo era como soy, y vino a verme. Yo le di la pieza de adelante, la que está pegada a la mía. Ya estaba mujercita; sólo le faltaba un retoque”, cuenta Carolina. Dice que la moldeó con paciencia: le regaló polleras y remeritas ceñidas, la subió a un par de tacos aguja y la hizo desfilar por ese rectángulo de cemento yermo que era el patio; le enseñó a pararse quebrando las caderas, una pierna delante, otra detrás, el gesto displicente y provocador que Marina comenzó a ensayar cuando llegó el momento de salir juntas a trabajar. En esa época, Marina la miraba con respeto y devoción. Pagaba una cuota mensual a modo de alquiler y colaboraba con la limpieza de la casa y la compra de alimentos. Era una ídola, Carolina, que la había bautizado con un nombre que terminaba en “ina” como el suyo, lo mismo que a Romina, y le había enseñado a soportar esos polvos secos a base de cocaína administrada con oficio para que durase toda la noche. Aunque a veces no duraba. Rara vez, se queja Marina, en esa ruta paran autos como la gente.

5 Carolina —caderas generosas, espalda ancha, pelo cobrizo sobre los hombros— usa un pantalón ceñido y un culo que se armó haciéndose inyectar aceite de avión por otra travesti. Lleva todas las uñas de los pies pintadas de morado. Las luce para que hagan contraste con sus sandalias blancas, que ahora están tiradas a los pies de la cama cubierta con una colcha color carmín, donde ella llora por su amor perdido. Marina le ceba mates, le besa la frente de a ratos para calmarla. Mientras, se mira distraídamente las zapatillas de caña alta, coloradas con brillitos, recién compradas. Ignora que en unos días se van a pelear pero, de saberlo, no le extrañaría porque a veces sucede. Marina está a punto de cumplir los 18 y le prometió a Carolina que van a celebrar juntas su cumple. “¿Y vos podés creer lo que hizo? Se puso de novia con una travesti y se fue a celebrar con ella, no conmigo”, se escandalizará Carolina más tarde. “A mí no me cae nada bien —seguirá—, porque yo la hice mujer para que le gusten los hombres, no las travestis. Estoy sin hablarle. Después se me pasa, pero ella me tiene que respetar, saber que no me gusta lo que hizo porque, encima, me dejó plantada con la torta que le hizo mi mamá.”

Pero para eso faltan unos días. Ahora Marina la consuela y la arrulla. Carolina se deja hacer, las dos abrazadas sobre la cama. “A lo mejor, si me pongo lencería de la que le gusta, él viene antes. Si no, la estreno igual en la ruta porque, total, es como si la estrenara con él, porque él sabe que es mi único amor”, se entusiasma Carolina. Marina opina que en la ruta la ropa se arruina, que mejor la guarde. “¿Con qué la voy a arruinar? ¿Lo decís por los clientes?”, pregunta la otra con ironía. Y se despacha: “Yo me cuido mucho y cuando trabajo, les digo: ‘No me toques acá, no me beses, hacé lo tuyo y andate’. Los infelices pagan por eso. Igual, son raros los tipos. Porque se dan cuenta cuando llevás encima el olor de otros que no son ellos. Y se cabrean. Mi novio no se va a dar cuenta de nada, porque cuando vuelva yo voy a estar bañadita, esperándolo”. Marina se pone incómoda mientras Carolina habla de sus clientes. Ella es pudorosa y no usa ropa provocativa para ir a trabajar. “Esta es demasiado delicada para vestirse”, la señala Carolina. “Mostrale, mostrale el trajecito de guerrillera que te compré y que no usás”, le manda. Marina saca del ropero una pollerita color terracota y verde, y un corpiño armado que hace juego. También trae una minifalda colorada. “Esta es la que me gusta”, muestra. “Esta y no el traje de guerrillerita, Carolina, hasta cuándo te lo voy a tener que explicar.”

6 Marina está convencida de que las otras travestis de la parada siempre la envidiaron, porque ella mide 1,70 y pesa unos 55 kilos, o sea, cree que sus medidas son de modelaje. Es femenina sin aspavientos, con el pelo negro y lacio que le baja por los hombros. Tiene los ojos oscuros y húmedos, la nariz prominente y los labios abultados. El año pasado se vinculó con referentes del Consejo de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de la Ciudad de Buenos Aires y fue admitida en hogares de tránsito primero, y en un hogar vivencial después. Además fue parte de la comunidad parroquial de una iglesia cristiana en San Cristóbal. En ese momento retomó la escuela primaria y escribió un diario íntimo en un cuadernito América de tapas blandas. En él se dibujó a sí misma curvilínea y sonriente, rodeada de flores y árboles con manzanas pintadas de rojo, como una Eva sin Adán. “Modelo de Marina la Fuego”, escribió debajo. También imaginó una historia que tituló “Roberto y su movimiento”. Roberto es un muñequito de palotes. Lo dibujó con una carta y al lado escribió “Roberto es cartero”. Lo retrató saltando, corriendo, enamorándose de una figurita con pollera. También dibujó a Roberto con pollera y escribió “Roberto es travesti”. Así llegó al final de la página. El último dibujo es una carita sonriente. “Roberto es feliz”, escribió Marina debajo. En su diario, Marina también habló de Carolina, pero como si contase un cuento que le había sucedido a otra persona. “El chico que se hizo mujer conoció a su madre de calle”, tituló. En una parte, el cuento dice: “Ella sintió que eso era lo que necesitaba para estar bien. Esa chica la ayudó mucho, la hizo ser mujercita, dejó de ser un pibito en su comportamiento. Ella la paró en un lugar para trabajar, para mejorar. Por primera vez convirtió su cuerpito en uno de mujer. Ella agradece mucho a su madre de calle”.

7 A fines del año pasado se fue del hogar, dejó la escuela y abandonó la iglesia. Vivió un tiempo en la casa de Carolina, pero ya no fue lo mismo. Según Marina, Carolina seguía enfrascada en su mundo de amores y pilchitas mientras ella había pensado en dejar la prostitución y estudiar mucho, para convertirse en trabajadora social, como las chicas del Consejo de Derechos. “Ya que me inventé esto de no ser chico ni chica, también puedo inventarme una vida nueva”, razonaba. Y luego pensaba que, en realidad, lo que más le gusta en el mundo era bailar reggaetón. Entonces, en vez de ser trabajadora social podía armar un grupo de música “como las Spice Girls o Las Divinas”. “Bueno, las Spice o Las Divinas son chicas. ¿Habrá algún grupo de cantantes travestis? Si no, lo armamos”, decía. Hasta que dejó de decirlo, volvió a la calle y se concentró en su mundo de amores y pilchitas. De vez en cuando visita el hogar vivencial, para encontrarse con los amigos y amigas que se hizo ahí. Marina se irá una vez más de la casa de Carolina. Volverá a veces. Lamentará la pérdida de un gorrito de piel que se compró para protegerse del frío en la ruta. Se quejará de que se lo robaron las otras travestis, que en la parada ninguna pone orden, que es todo un lío. Pensará en irse a otra parada. Carolina opinará que en otro lado va a encontrarse “con putos colocados, no con gente”. Marina le preguntará si los putos no son gente. Carolina dirá que los putos como ellas no son “gente, gente”. Marina se va a impacientar. Carolina responderá que bueno, que también son gente, pero distinta a otra gente, que mejor se olvide del asunto. Que por qué no se van juntas a comprar otro gorrito, que ella se lo regala, y también alguna bombachita sexy, que se puede quedar el tiempo que necesita, que está bien si Marina se quiere poner de novia con una travesti, que no se vaya, que no la deje sola.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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