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Viernes, 30 de julio de 2010

SOY POSITIVO

Dilaciones, dilataciones

 Por Pablo Pérez

P no se imaginaba la noche que le esperaba. Iba a la casa de T, para su segunda cita. Mientras miraba abstraído el paisaje por la ventana del colectivo, pensaba en las palabras de su amiga M y en cómo sacarle el tema de conversación a T: quería que dejaran de usar preservativos. M le había contado sobre las conclusiones de la reciente Conferencia sobre Sida, en Viena, de las que sobre todo le había interesado una: el riesgo de transmisión del VIH para una persona tomando el cóctel y con carga viral indetectable se reducía en un 90 por ciento, y no solamente para la fellatio (como le había dicho T en su cita anterior), que en realidad era de muchísimo menor riesgo, sino incluso en la penetración anal.

T, mientras tanto, pensaba en cómo sorprender a su nueva conquista. Hasta el momento, no habían hablado de fantasías sexuales, no sabía mucho sobre las de P. A T le gusta el cuero y todas las prácticas del sexo fuerte, de las cuales, considera, la mayoría son prácticas sin riesgo de contagio del VIH ni de enfermedades venéreas: ataduras, cera de vela, juego de tetillas, juego con cigarros, control de respiración, juegos de roles (esclavo-amo, médico-paciente), dildos... La lista es larga... Para aquella segunda cita decidió no proponer ataduras, que suelen asustar a los que no están familiarizados con el tema, y empezar por los dildos. Tenía una importante colección, desde los más pequeños hasta los enormes (incluso dos que ni él mismo, que había experimentado por años con su orto, había podido meterse); tenía también un rosario (disculpas por el uso de esta palabra en este contexto, pero a algún impío se le ocurrió llamarlo así, dado que consiste en varias pelotitas, por lo general de goma, unidas por un cordel) y su mejor aliado, un dildo inflable, especial para abrir los culos estrechos de los principiantes.

P, ya con su propuesta para dejar de usar preservativos mentalmente armada, golpeó impaciente a la puerta de T, que lo recibió vestido con un pantalón de cuero; en el living la luz era tenue y matizada con algunas velas encendidas; se dieron un beso que estremeció a los dos hasta que casi se desmayaron asfixiados. “¡Que buen recibimiento! Siempre me dio morbo el cuero y me moría de ganas de tener una experiencia así...”, dijo P y se arrodilló a lamerle los borceguíes. P estaba siendo gratamente sorprendido y también lo estaba siendo T, porque P había resultado ser más conocedor en la materia de lo que se esperaba. Antes de que se levantara, T le vendó los ojos, le sacó la ropa, lo acompañó hasta la mesa donde lo hizo acostarse boca arriba y, para que estuviera cómodo por un buen rato, le enganchó las piernas en correas de cuero suspendidas con cadenas desde el techo. Comenzó su paciente tarea con mucho lubricante y un dildo pequeño; comprobó que P tenía una excelente dilatación y que no necesitaría de la ayuda de su amigo inflable. Luego el rosario provocó los gemidos de P, que no sabía qué era lo que le estaban metiendo en el culo; estaba excitadísimo y se había olvidado de todos los temas que venía pensando en el colectivo. Para P, ahora, la sensación, además de un excitante ardor, era la de una luz, cálida, destellante, que se irradiaba desde su culo a todo el cuerpo y le dejaba la mente en blanco. T, ahora concentradísimo, le metía casi hasta el fondo el menos grande de los dos dildos gigantes. Ninguno de los dos pensaba en otra cosa... La propuesta de P quedará para nuestra próxima entrega. ¿Vos aceptarías o no?

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