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Viernes, 20 de agosto de 2010

ES MI MUNDO

La lista rosa

En el número anterior se abrió la polémica sobre si existe o no la literatura gay y, en caso de existir, en qué consiste y a quién le importa. A los argumentos en contra que sostuvo la escritora Flavia Company, responde el sociólogo Adrián Melo, autor de El amor de los muchachos. Homosexualidad y literatura apelando a la historia y a los orígenes de la militancia para celebrar la existencia de una literatura con sello de sexo y género.

 Por Adrián Melo

Podemos hacernos incontables preguntas respecto de la relación entre literatura y sexualidad. Lo que no podemos soslayar es que toda literatura tiene su contexto de producción, es decir, un campo de batalla en donde se dirimen luchas sociales y políticas. Por ejemplo, lo que hoy llamamos literatura gay surgió en el último tercio del siglo XIX cuando, en algunos edificios victorianos o en parajes solitarios a orillas del Támesis, algunos jóvenes se sentaban alrededor de hombres como Walter Pater o Benjamin Jowett y leían clásicos en griego y en latín, y a partir de estos textos confeccionaban listas de figuras míticas e históricas que evidenciaran los mismos gustos que ellos al contemplar un cuerpo musculoso, los mismos deseos o el mismo placer erótico al pasar las horas con un amigo.

¿Por qué se hizo particularmente necesario crear esas listas? ¿Por qué construir una tradición homosexual escrita por hombres homosexuales? Porque en esos mismos años se consolidaban discursos científicos, médicos, jurídicos y religiosos que hermanaban homosexualidad con perversión. De esas listas surgió el campo literario gay, una suerte de genealogía del orgullo de serlo. Es en ese sentido que relatos tales como El retrato de W.H. o la famosa defensa del “amor que no osa decir su nombre” de Oscar Wilde intentan convertirse en una especie de bibliografía de la literatura gay al citar a Platón, David y Jonatan, a Alejandro, a Adriano y Antinoo, a Miguel Angel y a Shakespeare.

La literatura lesbiana precisó de un esfuerzo mayor y de otras luchas para construir su tradición inserta también en la historia de las mujeres y las relaciones opresivas propias del paradigma de la dominación masculina. La historia de la literatura homosexual masculina es también, en cierta forma, una autoafirmación de las elites masculinas con acceso a una cierta cultura y no escapan a redes de poder en donde las mujeres son sometidas o invisibilizadas.

La literatura homosexual no es sólo una cuestión de testimonios personales, ni los escritores homosexuales, por el solo hecho de ser homosexuales, hacen literatura homosexual. La literatura gay, como cualquier canon de excelencia literaria, requiere de todo un proceso de selección, producción y evaluación. Las antologías cumplieron en esto un rol decisivo y a veces la mejor defensa de un compilador para justificar la inclusión de tal o cual texto radica en el placer erótico que le brinda al lector. Es decir, no importa si Shakespeare era gay o se acostaba con hombres, y no importa si sus sonetos estaban dedicados a un amigo o a un amado. Lo importante es que pueden ser leídos por un gay como si fueran obras gays. La acción militante, la solidaridad cultural y el goce erótico pueden ser algunos de entre tantos criterios para clasificar a una literatura como gay.

Lo que es indiscutible es que el discurso literario homosexual nace con la militancia –y como una forma central de acción militante– dentro de las identidades gays y lesbianas. De hecho no la considero un género sino como una categoría política. Tanto en su surgimiento en el siglo XIX como hoy todavía, la denominada literatura gay-homosexual ha servido para dar sentido a las experiencias de vida de incontables personas que, al descubrir, en la historia y en la literatura, que habían existido personas con deseos y placeres similares a los propios, comprendieron quizá que no estaban solas, que no eran fantasmas o que no eran monstruos o anormales. Es la convicción de que no son meros postulados estéticos los que se ponen en juego cuando se habla de literatura homosexual lo que impulsó a Edward M. Forster a escribir Maurice en 1914 y a Patricia Highsmith Carol en 1953. Frente a una serie de novelas en donde el final de los amores gays y lésbicos eran siempre trágicos, o donde eran presentados recurrentemente como monstruos y asesinos, sendos escritores escribieron novelas donde seres humanos corrientes tenían una historia de amor feliz con personas de su mismo sexo. Para dar cuenta, señala Forster, de que “el amor homosexual es bueno, que puede ser incluso ennoblecedor y que también hay una posibilidad feliz en la vida para estos seres desdichados”.

Me preocupa cuando, debido a cierta proliferación y saturación de discursos sobre lo gay o lo lésbico, los intelectuales comienzan a negar o a renegar de que exista lo específicamente gay o lésbico. Es una posición muy cómoda. Primero porque goza inmediatamente de popularidad, ya que todos –sea cual fuere la elección sexual– estamos un poco cansados de que gays, lesbianas y travestis seamos uno de los focos de atención de los medios, de los análisis intelectuales y pseudo intelectuales, de las discusiones entre amigos y conocidos, y también de las estrategias de mercado. Pero, en segundo lugar, es cómoda porque se sitúa en un lugar hegemónico. Cuando Flavia Company se pregunta irónicamente si participaría de una “Antología de escritura heterosexual sudamericana”, está poniendo en un mismo nivel las luchas que seguramente los heterosexuales deban llevar a cabo para poner en tela de juicio sus identidades, sus formas de vivir, amar y sentir, con las luchas que gays, lesbianas, travestis y trans deben llevar a cabo aun hoy para, muchas veces, apenas sobrevivir.

Autodenominarse escritor gay tiene un sentido. El de insertarse en una genealogía, una tradición forjada por luchas sociales que lenta y dolorosamente llevaron a alcanzar algunos derechos. Autodenominarse escritor gay es, en cierta forma, darles continuidad a esas luchas. Y en este sentido no me preocupa particularmente el hecho de que exista literatura clasificada como gay y “arrinconada” (aunque no siempre está “arrinconada” sino que, según el contexto histórico-social y según la librería, puede ocupar un lugar central) en una estantería específica de la librería. Porque, lejos de ponerle coto a la creación o de ser una inconveniencia comercial, da cuenta de la continuidad y la necesidad de esas luchas que particularmente ponen en juego la imaginación para pensar nuevas posibilidades de desear, de amar y de vivir.

Sería deseable que las identidades perdieran su razón de ser. Sin embargo, mientras haya batallas que librar, la existencia de una literatura homosexual me parece no sólo deseable sino imprescindible.

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