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Viernes, 28 de marzo de 2008

CINE

Indefinible seducción

Hay algo en su presencia que inquieta. Será ese aura de ser andrógino, quizá un tanto lésbico que convoca tanto a la seducción como a la curiosidad. Tilda Swinton, narradora y productora del documental Derek –sobre Derek Jarman–, esta mujer atlética tiene brillo suficiente para encandilar el firmamento queer.

 Por Diego Trerotola

¿Inició Tilda Swinton una nueva etapa en la idolatría queer de las estrellas de cine? ¿Es la augusta heredera del encanto gélido de Marlene Dietrich? ¿Quiere provocar con su sex appeal entre andrógino y lésbico? ¿O debería hablarse de lesb appeal? Las respuestas y las palabras correctas son casi inhallables, y esa es la virtud de la Swinton, porque la seducción ambigua de esta actriz siempre se alejó de los encasillamientos tanto como de los caminos obvios. Lo cierto es que su culto cinéfilo queer tiene motivos concretos, empezando por su conexión creativa con Derek Jarman, el revolucionario director inglés que agitó desde los ‘70 con sus películas de desbordes estéticos inclasificables. Aunque cada periodista le repite el apodo de “Musa de Jarman”, ella responde con una aclaración sabia, y otra vez la palabra es inexacta: “No es una descripción realmente satisfactoria. Porque, por Musa, entiendo un objeto pasivo. Le hace flaco favor a Derek imaginarlo interesado en algo meramente pasivo”. Es que la acción poética que atraviesa la historia y los géneros (del cine, del arte y de la identidad) es la marca de fuego queer que Derek compartió con Tilda Swinton desde Caravaggio (1986), en un diálogo intenso entre cineasta y actriz. Y atravesar es tal vez una palabra más correcta: Swinton franqueó la pesada tradición familiar, que la anclaba a un pasado noble en Escocia, para dedicarse a la experimentación con su propio cuerpo que la condujo a la vanguardia más radical. Y pronto también se convirtió en el personaje por excelencia que atravesó géneros y épocas en Orlando, la adaptación cinematográfica de Sally Potter de la novela de Virginia Woolf. De hombre a mujer, según pasan los siglos, Swinton fue el colmo de la imagen queer en el cine, y la prolongó en varias películas: como la amiga de Francis Bacon en el romance pictóricamente sadomasoquista El amor es el diablo de John Maybury; como madre estoica que salva a su hijo gay en El precio del silencio de Scott McGehee y David Siegel. Después, en películas del montón, fue reconvertida en extraña heroína llegando a participar junto (y eclipsar) a Leonardo DiCaprio, Tom Cruise, Meryl Streep, Nicolas Cage, Cameron Diaz y George Clooney. Porque Tilda Swinton no cree en lugares estancos, su cuerpo enérgico de escorpiana parece no permitírselo, y no tiene problema en ir de la vanguardia al cine comercial ida y vuelta. Por un lado, mientras los reflectores hacían todo lo posible por iluminar el glamour políticamente correcto en la última ceremonia de los Oscar, Tilda Swinton encandilaba con luz propia al recibir el Oscar por su papel secundario de burócrata inescrupulosa en Michael Clayton (ocupando el trono de reina malvada que Hollywood reserva para esos rostros de belleza severa y desafiante). Pero, por otro lado, Swinton es la narradora y productora del documental Derek, recorrido por vida y obra de Jarman que compitió en el último Festival de Berlín por el Teddy de oro, el premio queer más importante del mundo del cine. Derek comienza con una carta que ella escribió en 2002, a los ocho años de la muerte de Jarman, donde reconoció prematuramente la importancia histórica del cineasta. Finalmente, en Berlín, Swinton recibió un Teddy por ser parte de la familia de “combatientes aliados del director británico Derek Jarman que han cuidado su legado”. No se equivocaron, porque como en cada uno de sus gestos, Swinton es reconocible por mantener activa una belleza de seducción combativa.

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