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Viernes, 17 de junio de 2011

SOY POSITIVO

Leer al revés

 Por Pablo Pérez

Decidido a comenzar con el nuevo cóctel, efavirenz-truvada, el lunes 30 de mayo voy con todos los papeles a la obra social. Son las once de la mañana, el doctor que autoriza las órdenes todavía no llegó. “Mientras esperás te fotocopio los papeles”, me dice la empleada que al rato vuelve y me dice que la receta está mal porque no indica si el efavirenz es de 200 o 600 mg. Soy hábil para este tipo de trámites, le digo que en la receta dice “Stocrin” y que tal vez esta marca se presente solamente por 600 mg. A la empleada la conozco desde hace años, tiene buena voluntad y es muy accesible en el trato. Enseguida busca un vademécum para fijarse si es como yo digo y buscamos juntos; y yo, impaciente, la llevo hasta la página que me da la razón: no hay Stocrin de 200 mg. Sigo en carrera; la mujer va a hacer las fotocopias y vuelve. El pasillo donde nos hacen esperar es oscuro y frío. “¿Cuándo llega el médico? ¿Tengo tiempo de ir a tomar un café?”, pregunto. “Llega a las doce y media.” Falta una hora, entonces decido ir a un café. Cuando regreso, el médico, una loca vociferante, le explica a un afiliado, un osito lindo, que no puede autorizar su orden porque está incompleta. “¿Y ahora qué hago? —pregunta el osito—. Nunca la veo a mi médica, es la segunda vez que le dejo los papeles a su secretaria y la última vez le pedí que se asegurase de que los completara bien ¡y otra vez están mal! ¿Qué hago? ¿La mato?” “¡Matala! —dice el médico—, pero no te lo puedo autorizar.” El osito se rinde y se va . Mientras sigo esperando me pregunto: estos médicos de las obras sociales, ¿están para ayudar o para obstaculizar? Pienso en la gente muy enferma, con problemas de movilidad, sin nadie que la ayude a cumplir con esta burocracia, y que se ve obligada a ir y venir con un formulario mal completado, o en la gente que no tiene los reflejos para esgrimir una respuesta acertada que la podría salvar de una nueva pérdida de tiempo... Por suerte tengo un don, y es que puedo leer al revés. Cuando mi médico, muy distraído, me hace las recetas, siempre lo controlo desde el otro lado del escritorio y le señalo “falta la cantidad”, “falta la fecha”...

Mi turno. Mis papeles están bien, ya los revisó la empleada pública. El médico los mira y de pronto dice: “Disculpame, pero no te puedo aceptar esto, falta lugar y fecha”. “A ver...”, le digo desconfiado. Me señala el pie del formulario, donde efectivamente dice, en letra muy chiquita y oculto bajo la generosa firma y sello de mi médico: “lugar y fecha”. Esta vez no tengo argumento que me salve. “Tenés razón”, le digo al médico de la obra social, e inmediatamente le mando un mensaje al mío para preguntarle si puedo pasar por el hospital a completar lo que falta. “Estoy en Hamburgo, vuelvo el 13 de junio”, me contesta. Y mis amigos me siguen preguntando: “¿Ya empezaste a tomar los medicamentos nuevos?”.

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